Bruno Davert (José García) lleva quince años trabajando en una misma empresa, una fábrica de papel a la que ha brindado sus mejores años y eficacia en el trabajo, pero una “reestructuración” lo deja fuera junto a cientos de colegas, a pesar de que es un ejecutivo importante. Davert no duda de su futuro (está convencido de que no le costará encontrar una ubicación equivalente) pero los años pasan y sus anhelos se van haciendo cada vez más lejanos. ¿Cómo competir en un mundo y un sistema que lo ha excluido? ¿Cómo resignificar su trayectoria profesional con tantos competidores? Estos interrogantes tienen para Bruno Davert sólo una respuesta: eliminar a cualquier profesional de su jerarquía, a cualquier posible oponente, devenido para él en enemigo natural.

 

Bruno asiste, minuto a minuto, a la degradación de su entorno; padece de manera lacerante las marcas más profundas del capitalismo. La primera palabra que se le dirige, a poco de iniciado el metraje de La corporación, es “idiota”. La violencia se presenta como una constante en la sociedad post industrial y globalizada con frases como: “Muerte a los que nos matan” (un graffiti en la pared), “Lo mataré y te darán tu trabajo” (de la boca de uno de sus hijos), “Estamos desprotegidos, tenemos miedo” (un entrevistado en la televisión), “el delito es la única industria que crece” (el policía que detiene a uno de sus hijos luego de un hurto). Así, Costa-Gavras va mostrando, en finas pinceladas, los resultados de un patrón económico que pone en crisis un modelo de  identificación del espectador: ¿debe experimentar simpatía o cierta identificación con un desocupado devenido en asesino serial?

 

Este es uno de los interrogantes que plantea inteligentemente La corporación en la mirada de Constantin Costa-Gavras y en la piel de José García, con su exquisita composición de un ingeniero que busca como única solución la salida individual. Después de Amén el reconocido director construye un cuento amoral donde el protagonista lleva en su interior la semilla del individualismo extremo y, al igual que en Diderot, presenta una situación que permite aflorar la cuestión del sentido moral. La Corporación denuncia el discurso sensacionalista de los grandes medios de comunicación, la anulación progresiva de los derechos laborales (aun en el “dorado” primer mundo) y, de gran cotidianeidad para la realidad argentina, presenta el corte de un puente por parte de recolectores de residuos en huelga. Si bien no tiene la contundencia de sus grandes clásicos como Z (sobre la dictadura en Grecia), La confesión (sobre el totalitarismo soviético), o Missing(sobre las actividades de la CIA en Chile), este trabajo de Costa-Gavras deja explicitados tanto en lo ético como en lo estético, interesantes e inteligentes reflexiones sobre el incierto rumbo del mundo laboral. Por momentos parece un film de Claude Chabrol dado el tempo cinematográfico de la traslación a la pantalla de la novela thriller de Donald Westlake. Impacta, entretiene, denuncia e interpela. O bien, en palabras del ingeniero devenido en asesino: “¿La gente sabrá que la tierra tiembla bajo sus jardines?”.

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