La segunda mitad de 2004 y la primera de 2005 representaron una etapa de gloria y triunfo para el presidente Hugo Chávez y su populismo militarista. Los enormes gastos del régimen, en las “misiones” internas, en dispendiosa cooperación con otros países y en la creación de una imagen “antiimperialista” mundial, inicialmente tuvieron el efecto esperado. Aumentó la popularidad del mandatario sobre todo en el seno de los sectores venezolanos de bajo ingreso e igualmente se elevó su nivel de aceptación o aprobación internacional. La oposición venezolana, desmoralizada luego del referendo revocatorio, pasó en 2005 por su peor período de pasividad, divisiones y desaciertos, contribuyendo así a exaltar el triunfo del caudillo.

 

Sin embargo, en la segunda mitad del año comenzó a bajar notablemente el índice de aprobación popular a Hugo Chávez y al “proceso bolivariano”. Las encuestas más serias indican que, luego de la reacción inicial de entusiasmo y gratitud popular por las misiones, se inició una etapa de desencanto creciente. Además de las fallas y deficiencias específicas de cada misión, se hizo evidente la ineptitud administrativa general de un gobierno de cuadros improvisados, seleccionados por su apego al “proceso” y no por su capacidad profesional. El colapso de las infraestructuras, el desastre del aseo, de la seguridad y de la calidad de vida de todos los estratos sociales, así como el espectáculo cotidiano de la corrupción y de las divisiones y conflictos en el seno del oficialismo, han causado una vasto éxodo popular del chavismo hacia la neutralidad o el rechazo al régimen.

 

 La oposición democrática puede aprovechar este momento propicio, si logra establecer las bases de una estrategia de conjunto que, a nuestro juicio, debe contemplar la ejecución de tres grandes tareas. La primera de ellas consiste en volver a la calle y presentar un cuadro de vibrante unidad de propósitos. Sin duda, la exitosa marcha del 22 de enero de 2006 marcó el primer paso en ese sentido. De ahora en adelante, por los actos de calle, debe darse constante apoyo masivo a la exigencia democrática de condiciones impecables para las elecciones presidenciales del diciembre venidero. Igualmente la movilización callejera unitaria perseguirá la protesta contra la represión política y los abusos de poder.

 

 La segunda tarea fundamental de la oposición democrática –tarea de importancia cardinal– es redactar y emitir (a la mayor brevedad) un “mensaje al país” con las bases mínimas de un futuro programa de gobierno democrático y pluralista, que combine la reafirmación del Estado de Derecho y de las libertades y garantías individuales con un proyecto de equidad social y de promoción popular auténtica. El único frente democrático que en la Venezuela de hoy puede tener posibilidades de derrotar al presidente Chávez, es el que tenga cariz social progresista y logre convencer a los sectores populares de su sincera voluntad de mantener y profundizar reformas ya vigentes, y de complementarlas con una política de creación de empleos, de seguridad social, de relaciones laborales equitativas, de educación y salud, y de rescate y dignificación de los excluidos. Legítimos planteamientos de corte liberal deben combinarse con importantes ingredientes programáticos de izquierda democrática.

 

En tercer término, es esencial que el proceso de selección del candidato presidencial tampoco se demore hasta la segunda mitad del año sino que arranque con rapidez. En el mundo entero, y sobre todo en países en vías de desarrollo, es imprescindible la pronta personalización de un proyecto político en la figura de un líder en potencia. Creemos que, para agilizar tanto la nominación del candidato como la presentación del mensaje o programa, no conviene esperar que los impulsos provengan de algún órgano central de coordinación opositora, sino que se debe proceder en forma descentralizada o “federalista”. Es bueno que los pre-candidatos se lancen ya, bajo la única condición de que acepten el compromiso de someterse a un eventual proceso de selección (primarias u otro) de la candidatura definitiva. Asimismo, la mejor manera de adoptar un mensaje político o programa de conjunto, podría consistir en la elaboración inmediata de anteproyectos que reflejen los respectivos enfoques de las dos tendencias ideológicas fundamentales que existen en el seno de cualquier frente democrático amplio. Los grupos de centro-derecha producirían un anteproyecto que contemplaría un liberalismo económico amplio, en tanto que las fuerzas de centro-izquierda enfatizarían la conveniencia de cierta regulación del mercado con fines de equidad social. Un cuerpo representativo de alto nivel sintetizaría los dos ante-proyectos en un documento definitivo.

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