Los obispos frente a los asuntos públicos 

  Los discursos de Barack Obama en la Universidad de Notre Dame (17/5/09, Indiana) y en la Universidad islámica Al-Azhar (4/6/09, El Cairo), suscitaron una reflexión del cardenal suizo George Cottier, dominico de 87 años, teólogo emérito de la Casa Pontificia.

   Cottier, que fuera profesor en las Universidades de Ginebra y Friburgo, y secretario de la Comisión Teológica Internacional, elogió a Obama en la revista católica 30 Días por considerar que su pensamiento expresa datos de la tradición cristiana y busca un “terreno común” en las cuestiones del aborto y el islamismo. 30 Días, ligada a los círculos diplomáticos de la Curia Vaticana y muy atenta a la política de la Iglesia en el mundo, es dirigida por el ex premier italiano Giulio Andreotti;  se edita en seis idiomas.

   En Notre Dame, Obama había sido distinguido con un doctorado honoris causa, a pesar de su postura frente al aborto y desoyendo una indicación de la Conferencia episcopal. Por ello, el obispo de Denver (Colorado), Charles J. Chaput, respondió al cardenal Cottier en un artículo en IL Foglio de Milán. Tras criticar a Obama, Chaput –franciscano capuchino de 65 años, descendiente de una tribu piel roja– indica a Cottier que ha malentendido la cuestión por escribir fuera del contexto norteamericano y que “las realidades pastorales de cada país son mejor conocidas por los obispos locales que guían a su pueblo”.

 

  Por su parte, el arzobispo emérito de San Francisco –este sí local-, John R.Quinn, de 80 años, quien presidió la Conferencia Católica de los Estados Unidos y la Conferencia Nacional de Obispos Católicos, había previsto hacer conocer su opinión en la reunión de junio de los obispos estadounidenses, pero finalmente sólo la publicó en la revista America. Quinn busca trascender la cuestión del aborto para referirse a las modalidades y actitudes que deberían tener los obispos en ése y otros temas de interés público. Él prefiere la aproximación y el diálogo a  la confrontación y condena.

 

  Las opiniones de Cottier y Quinn intentan crear nuevas formas de expresión en la Iglesia, en los obispos, frente a los temas públicos más sensibles. Los lectores que deseen agregar sus puntos de vista pueden hacerlo en: www.revistacriterio.com.ar/debates

Arturo Prins

Nota de los editores: el arzobispo Quinn preparó originalmente estas observaciones para su consideración en la reunión de junio de los obispos estadounidenses. Las circunstancias no lo hicieron posible en aquel momento, razón por la cual ha presentado esta  reflexión a América como una contribución al debate sobre el papel de los obispos en el tratamiento de los asuntos públicos. El derecho a la vida es una cuestión moral primordial y preeminente de nuestro tiempo. Los obispos católicos han dado un testimonio coherente y profético de la verdad de que todos los demás derechos están anclados en el derecho a la vida. Cuando la decisión Roe v. Wade fue dictada en 1973, esta Conferencia fue casi la única entre las voces institucionales en señalar los defectos y peligros de esta decisión y en pedir su revocación.

 

Falsos mensajes

La razón para sancionar el presidente Obama declarándolo inelegible para recibir un título universitario católico se basa en una verdad poderosa: el presidente ha apoyado prácticamente todas las propuestas a favor del derecho al aborto en su carrera pública, y el aborto constituye la  cuestión moral preeminente en el actual gobierno americano.

A pesar de este hecho, la razón contraria a una estrategia de sanciones como aquellas y de condenas personales se basa en una verdad más fundamental: semejante estrategia de condenaciones socava el papel trascendente de la Iglesia en el orden político estadounidense. Porque la controversia de Obama, unida a una serie de condenas relacionadas con el candidato durante las elecciones de 2008, ha enviado varios mensajes falsos e involuntarios a gran parte de la sociedad estadounidense. Existen cuatro mensajes de este tipo que nos exigen hoy una seria consideración.

1. El mensaje que los obispos católicos de los Estados Unidos se comportan como actores políticos partidistas en la vida americana. La gran tragedia de la política norteamericana desde una perspectiva católica es que las estructuras partidarias en los Estados Unidos diseccionan la Doctrina Social de la Iglesia, lo que hace imposible para la mayoría de los ciudadanos identificar y votar por un candidato que abarque adecuadamente el espectro de la enseñanza católica sobre la bien común. Por ejemplo, los candidatos republicanos son, en general, más favorables a la posición de la Iglesia sobre el aborto y la eutanasia, mientras que los candidatos demócratas son generalmente más firmes defensores de la visión católica sobre asuntos de la pobreza y la paz mundial.

Durante la mayor parte de nuestra historia, los obispos estadounidenses han tratado diligentemente de evitar ser identificados con cualquiera de los partidos políticos y han hecho un esfuerzo consciente para ser vistos como trascendiendo las consideraciones partidarias en la formulación de sus enseñanzas. La condena al presidente Obama y el cambio de política más amplio que dicho episodio refleja indica, en opinión de muchas personas reflexivas, que los obispos se han colocado decididamente del lado republicano en la política estadounidense. Los obispos están dando a entender que, pese a todas las promesas de la administración de Obama en temas como la salud, la inmigración, la pobreza global y la guerra y la paz, las autoridades de la Iglesia en los Estados Unidos se inclinan estratégicamente a favor de una alianza permanente con el Partido Republicano. Un signo de esta postura estaría en lo que se ve como la adopción de una política de confrontación en lugar de una política de compromiso con la administración de Obama.

Este mensaje es alienante para muchos en la comunidad católica, especialmente para aquellos de entre los pobres y los marginados que sienten que no tienen una representación adecuada dentro del Partido Republicano. La percepción de parcialidad por parte de la Iglesia es preocupante para muchos católicos, dada la indicación de Gaudium et Spes de que la Iglesia debe situarse más allá de toda estructura política y que no puede sacrificar esa trascendencia, y la percepción de la misma, no importa cuán importante sea la causa.

2. El mensaje que los obispos están ratificando la “mentalidad de la guerra cultural”, que corroe el debate, tanto en la política estadounidense como en la vida interna de la Iglesia. Ambos polos del espectro político de Estados Unidos consideran que nuestra sociedad está enredada en una guerra cultural en los temas de aborto, matrimonio, derechos de la inmigración y pena de muerte. En esa guerra, afirman, la demonización de los puntos de vista alternativos y de los líderes de oposición no sólo es aceptable, sino necesaria. Tácticas y lenguajes más duros son vistos automáticamente como más efectivos, como necesarios y en mayor consonancia con la importancia de las cuestiones objeto de debate. La “mentalidad de guerra cultural” también ha penetrado en la vida de la Iglesia, lo que distorsiona el debate sobre cuestiones vitales y conduce a campañas contra obispos que se esfuerzan por anunciar el Evangelio con caridad más que con antagonismo.

El movimiento favorable a las sanciones contra los funcionarios públicos se verá como la ratificación de esta trayectoria en nuestra vida política, cultural y eclesial. Cualquiera sea nuestra intención, la aceptación y el empleo de una estrategia deliberada que va más allá de la enseñanza sobre la dimensión moral de los asuntos públicos, y busca etiquetar a aquellos con quienes no estamos de acuerdo, inevitablemente envalentonará a los que pretenden de-cristianizar nuestro debate público, tanto dentro como fuera la Iglesia.

3. El mensaje de que los obispos son efectivamente indiferentes a los demás males graves que no sean el aborto. Tal vez la tarea más difícil que enfrentamos, como maestros en las dimensiones morales de la política pública en los Estados Unidos hoy, es la de enfatizar la preeminencia del aborto como un problema moral defendiendo al tiempo una visión holística de los derechos intrínsecos a la defensa de la dignidad de la persona humana. Esta tarea de equilibrar se plantea no sólo en la formulación de nuestras políticas, sino también en los pasos que nosotros, como obispos, tomamos para lograr la justicia en el orden político. La vía de las sanciones y de la condena personal nos expondrá a todos los obispos a la acusación de que si no utilizamos la táctica de las sanciones y las condenas en temas como la guerra y la paz o la pobreza global, estamos tácitamente relegando estas cuestiones a un nivel de poca importancia. Y de hecho, sería difícil explicar porqué sería adecuado para una universidad católica honrar a los que autorizan la tortura o inician una guerra injusta o interrumpen la asistencia a los pobres del mundo. Afirmar, por un lado, que las tácticas de sanción y condena pesonal son instrumentos legítimos para la acción episcopal en el orden público, negándose por otra parte a emplear esas tácticas para cualquier otra cuestión distinta del aborto no hará sino agravar las sospechas de aquellos en la sociedad americana que creen que nosotros, los obispos de la Iglesia en los Estados Unidos, somos miopes en nuestro enfoque de la enseñanza social católica.

4. El mensaje que los obispos son insensibles a la herencia y a la persistencia del racismo en América. La elección del senador Barack Obama como Presidente de los Estados Unidos en noviembre de 2008 fue un momento único y una señal en la historia de la solidaridad racial en los Estados Unidos. L’Osservatore Romano la comparó a la caída del Muro de Berlín. En todo el mundo la elección fue aclamada como el inicio de un nuevo capítulo en el rechazo de los estereotipos raciales y en la mejora de las relaciones internacionales.

Sin embargo, aquí en los Estados Unidos, se ha dado la percepción de que los obispos no comprenden la enorme trascendencia del momento. Sacerdotes afroamericanos, religiosos y laicos, han relatado que sintieron que tenían que silenciar su júbilo por la elección de un presidente afro-americano, y que nosotros los obispos no compartimos su alegría. Algunos han expresado su profundo dolor por esto, precisamente porque respetan a los obispos y aman la Iglesia.

A esto se añade que la enérgica condena de la visita y a la distinción otorgada al presidente en Notre Dame en mayo pasado ha reforzado en muchos afro-americanos católicos esos sentimientos de dolor y distanciamiento. No es que los afro-americanos católicos no entiendan que la Iglesia debe oponerse al aborto, o que ellos mismos, personalmente, crean que los obispos actúan por motivaciones racistas. Es más bien que la Iglesia adopta un nuevo nivel de confrontación cuando se trata de un afro-americano, lo cual plantea interrogantes extendidos acerca de nuestra sensibilidad racial. Y estas preguntas continuarán suscitándose con más fuerza si seguimos caminando por el sendero de la confrontación con esta administración.

Una política de cordialidad

Al enfrentar la tarea ciertamente difícil de equilibrar la necesidad de defender la santidad de la vida humana y evitar las consecuencias altamente destructivas de la estrategia de la sanción y la condena, los obispos podríamos reparar con provecho en el ejemplo de la Santa Sede, que lucha con estas mismas complejas cuestiones de integridad del testimonio, fidelidad a la verdad, cortesía en el discurso, y sensibilidades políticas, nacionales y raciales, todos los días.

El enfoque de la Santa Sede con justicia puede ser caracterizado como una política de cordialidad. Se basa en la convicción de que la integridad de la doctrina católica no puede ser sacrificada, pero refleja un profundo deseo de preservar la cortesía en el centro del discurso público y las relaciones con funcionarios públicos. Está dispuesta a decir la verdad directamente al poder terrenal. Sin embargo, la Santa Sede muestra públicamente gran renuencia a personalizar los desacuerdos con los funcionarios públicos sobre los elementos de la enseñanza de la Iglesia. Y el enfoque de la Santa Sede siempre favorece el acuerdo sobre el enfrentamiento. Como dijo el Papa Juan Pablo II: “El objetivo de la Iglesia es hacer del adversario a un hermano”.

Estos principios de cordialidad no harán de nuestra tarea como obispos en la plaza pública una tarea fácil. Sin embargo, sí proporcionan la mejor presentación para asegurar que nuestras acciones y declaraciones permanezcan fieles a la misión integral y trascendente de la Iglesia, nuestro encargo fundamental. Gran parte de esto se resume en el decreto del Concilio sobre los obispos, Christus Dominus (Núm. 13):

“La Iglesia tiene que estar en buenos términos con la sociedad humana en la que vive. Por lo tanto, es el deber de los obispos en primer término aproximarse a los hombres, buscando y promoviendo el diálogo con ellos. Si la verdad debe ser siempre acompañada por la caridad y la inteligencia por el amor, en tales discusiones saludables ellos deben presentar sus posiciones en un lenguaje claro, sin agresiones y diplomáticamente. Asimismo, deben mostrar prudencia combinada con confianza, porque esto lo que fomentar la amistad y trae consigo la unión de los ánimos.”

31 de Agosto 2009

 

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