¿Cómo no se le iba a insinuar esa sonrisa si nos estaba entregando su humorada final? El Negro dijo “basta” un sábado de carnaval. ¿Cuándo si no iba poner fin a su batalla? Fue la muestra postrera de ese humor que regalaba. Esa ironía filosa con la que era capaz tanto de evocar ésta o aquella anécdota del oficio al que amaba, como de interpretar la crisis política de turno o asomarse a la angustia de los más sencillos. Nos ayudaba a pensar. Nos rescataba de la frivolidad y la tontería. Pero siempre con ese humor que repartía sonrisas y que no pocas veces sembraba carcajadas con la misma generosidad con la que, hasta minutos antes, había reflexionado en un panel sobre comunicación o sembrado esperanzas invitando a la utopía, a ejercer la capacidad del hombre para construir algo nuevo, diferente.

“Maestro de la vida”, escribió con dolor Washington Uranga, su amigo y compañero de redacciones, charlas, conferencias, seminarios. En la UNESCO, en aquel debate por el Nuevo Orden Mundial de la Comunicación, en ésta y aquella organización de  comunicadores, en este encuentro mundial de Iglesias, en el Congreso de Católicos Comunicadores, en charlas de Criterio.

Siempre la mano tendida, el oído atento. José María, el Negro Pasquini, no rehuía las convocatorias ni escondía convicciones y principios. Buscaba y ayudaba a buscar sin hipocresías una vida más justa y más digna; también más libre. Y con esa capacidad para mirar desde el ángulo y las angustias de los desposeídos y esa cercanía fraternal que no era pose, compartía diálogo y valores con creyentes y no creyentes. Lo escribía, lo predicaba casi, en sus columnas, en sus disertaciones, nunca con soberbia. Allí quedó todo dicho.

En el tiempo de la gran crisis argentina de principios de este siglo, ¿cómo no habría de ser Pasquini, como otros, un hombre de consulta? También entonces ayudó a pensar y a hacer. Con obispos, ministros de otras confesiones, dirigentes sociales, políticos, habló y escuchó. Orientó y debatió. Su actitud y disposición siguen y seguirán grabadas en mi memoria. Sus líneas aún están −y no por casualidad− en mi computadora.

Fue ocho años atrás, exactamente cuando expiraba febrero de 2002, y llevábamos un mes largo y difícil de constituida la Mesa del Diálogo Argentino. Se buscaba algo más que aquellos encuentros por separado −¡tanta era la disgregación!− con dirigentes de diferentes sectores que se reunían con miembros de la Mesa: Gobierno, Iglesia, Naciones Unidas. Y entonces Pasquini escuchó, y luego habló y propuso.

 

Desde la gesta de la independencia nacional hasta el presente, la historia argentina da cuenta del compromiso de la Iglesia con sus deberes pastorales y, a la vez, con las demandas del bien común.

• Ninguna circunstancia previa, a pesar de algunos momentos terribles del pasado, exigió como el momento actual con urgencia imperativa la renovación de esos compromisos. Así lo entendió también el Santo Padre en su permanente vigilia por el bienestar de pueblos y naciones.

• Sin vacilación alguna ni otra especulación que el interés general, la Iglesia aceptó el nuevo desafío del destino y se hizo cargo del tremendo esfuerzo de impulsar la Mesa del Diálogo Argentino en busca de los denominadores comunes que permitieran congeniar voluntades a fin de superar la crisis actual, compleja y generalizada.

• Aún sin agotar esa etapa, dadas las dificultades que se devoran el tiempo a costas de los que más sufren y menos tienen, hace falta preguntarse si allí se agota la capacidad y el deseo de participación de los creyentes, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, en todo el país.

• La respuesta es que la concertación puede expresarse de múltiples formas. Una de ellas es la reunión de todos los afluentes de fe y de esperanza que recorren el país en un solo torrente de anhelos y oración por la justicia y la fraternidad.

• Más aún: sería deseable que la convergencia encuentre cauces comunes desde el momento de la convocatoria misma a esta oración pública sumando en la iniciativa el concurso de creyentes en las diversas confesiones, laicos y religiosos, en un acto ecuménico que sea la prueba viviente de la unidad nacional que la hora demanda.

• Invitamos por ello a acordar las condiciones para realizar procesiones populares en todas las ciudades capitales al mismo tiempo, en silencioso recogimiento de comunión espiritual, sin estandartes ni divisas que resalten las diferencias, excepto la común aspiración de justicia y fraternidad, en primer lugar para los desamparados.

 

“Hay que derrotar el escepticismo y la amargura −dijo Pasquini− para renovar fuerzas en la epopeya de superar las pruebas amargas de la hora. Hay que librar batalla en todos los frentes de libertad y paz, con la mano tendida hacia el vecino, hacia el necesitado, hacia el diferente.” Nunca borré ese texto del querido Negro. Entonces, porque entendí que aquella convocatoria a la manifestación pública, ecuménica, de los creyentes era una tarea, un compromiso, pendiente. Ahora porque es parte del legado-ejemplo de Pasquini.

Como sus columnas, sus charlas y disertaciones, sus broncas y su humor. Como las preocupaciones tantas veces compartidas: las de este viejo oficio hoy a la deriva, las de la familia, la suya y la de sus amigos por las que nunca dejaba de interesarse.

Su vida, una enorme columna periodística, fue un ejemplo de entrega y honradez.

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