Cartas de lectores a propósito del artículo publicado en la edición de agosto. A continuación, en un link independiente, la respuesta del autor del mismo, Roberto Di Stefano.Algunas omisiones sobre el rol de los laicos

Señor Director: En el nro. 2362 de Criterio (agosto de 2010), Roberto Di Stefano escribe sobre “El matrimonio gay, la Iglesia Católica y la laicidad”. Valoro el artículo como una invitación al diálogo. Lo sucedido en torno a esta ley ha sido muy intenso y movilizante. A todos nos ha quedado la necesidad de reflexionar y dialogar, para crecer desde los aciertos y errores, sabiendo que ponderar la actuación de instituciones y personas en temas tan complejos siempre es difícil y se corre el riesgo de caer en generalizaciones que no reflejan la diversidad de la realidad.

Comparto que la cuestión decisiva es la noción de laicidad. Pero me permito disentir en la interpretación que se ha dado a la actuación de la Iglesia en el reciente debate de la ley 26.618.

Luego de afirmar que en este debate se definieron “dos campos inconciliables entre los cuales no podía sino entablarse una suerte de guerra por la civilización”, el autor sostiene que “en nombre de utopías unanimistas que se autoproclaman defensoras de la Naturaleza, la Civilización, el Individuo, la Vida, la Sociedad, la Patria o la Familia (todo con mayúsculas)” se descalificó a los promotores de la ley. No sé a quiénes se refiere con esta afirmación. En el contexto del artículo, parece referirse a todos los que se opusieron a la ley y ello es una excesiva simplificación de las intervenciones de

personas e instituciones católicas en el reciente debate.

El autor sostiene que “no hay futuro si no es sobre la base de la negociación, que implica ante todo ver en el otro un interlocutor legítimo y digno de ser escuchado”. En este sentido, creo que durante el debate desde la Iglesia nunca se dejó de escuchar a los promotores de la ley como interlocutores legítimos. Pero eso no significa la uniformidad de opiniones ni acallar los disensos, máxime cuando se dieron fundadas razones de orden natural y desde las diversas disciplinas para defender la necesidad de respetar legalmente el matrimonio entre varón y mujer y el derecho de los niños a la riqueza de la diversidad de lo masculino y lo femenino. En esta línea estuvimos la gran mayoría de obispos, sacerdotes y laicos a quienes nos tocó intervenir en las audiencias públicas, en los medios de comunicación y en otros foros de debate.

Afirma el artículo que para la religión “el problema es cómo intervenir y dónde poner las fichas, si en la sociedad civil o en la sociedad política”. Sostiene que una cosa es manifestarse civilizadamente y “otra es hacer lobby para que los gobernantes, que representan a toda la ciudadanía, obren de acuerdo a las aspiraciones y valores religiosos”. E inmediatamente objeta la intervención de la comisión de Seguimiento Legislativo, acusando al Episcopado de erigirse “como una suerte de ‘parlamento moral’ con derecho a juzgar acerca de la legitimidad de las decisiones que toma el poder político”. Contar con una comisión de Seguimiento Legislativo en la Conferencia Episcopal no quiebra la sana laicidad ni significa querer imponer valores religiosos. La Comisión existe desde hace casi 14 años y ha tenido un desempeño intachable. Representa un esfuerzo por conocer la realidad parlamentaria de manera sistemática y ordenada, no quedando a merced de alianzas con el poder de turno, con el riesgo que corre la Conferencia Episcopal de ser instrumentada en su misión pastoral. A su vez, cuando tal comisión ha tenido que mantener diálogos con legisladores, ha procurado un esfuerzo argumentativo respetuoso, con recursos jurídicos, sociológicos, culturales y antropológicos.

La necesidad del diálogo en la sociedad y la política, desde los aportes de las riquezas de cada identidad, ha sido una consigna repetida numerosas veces por los más diversos sectores eclesiales en los últimos años. Ahora bien, no se advierte por qué la Iglesia puede intervenir en debates públicos cuando se trata de temas como la pobreza, la drogadependencia, los derechos de los trabajadores o la globalización, pero no puede hacerlo ante los temas arduos de la vida y la familia. Por otra parte, si las voces que disienten se callan, los especialistas en comunicación hablan de una “espiral del silencio” que potencia la voz de unos y lleva a los otros a un silenciamiento de las propias creencias o convicciones por miedo al aislamiento.

El artículo no refleja un dato que se verificó en este debate: la irrupción de un laicismo militante en algunos legisladores y medios de comunicación, que descalificó y agravió a los católicos por el sólo hecho de ser tales y sin el menor esfuerzo en procurar analizar y debatir los argumentos esgrimidos. Las innobles agresiones sufridas por la Iglesia, el Papa Benedicto XVI, el Cardenal Bergoglio y Mons. Marino, entre otros, por parte del Senador Pichetto, fueron uno de los puntos salientes de este laicismo. En el debate, fue paradójico que algunos legisladores alegaran su condición de católicos y, sin embargo, votaran a favor del proyecto de ley de matrimonio en clara incoherencia con el Magisterio eclesial. Otros descalificaron a quienes se oponían al proyecto afirmando que lo hacían por convicciones religiosas y que ello violentaba el principio de laicidad del Estado, aún cuando éstos no hubieran invocado sus convicciones y hubieran recurrido a argumentos de orden natural. Es decir, se pudo invocar la condición católica para votar a favor del proyecto pero no se pudo invocar esa misma condición para oponerse.

Finalmente, creo que el autor omite referirse a la saludable participación que han tenido muchos laicos católicos en el debate y que, en términos del artículo, significó también “poner fichas en la sociedad civil”. Las movilizaciones a lo largo de todo el país estuvieron signadas por la presencia de numerosas familias, entusiastas en su fe, conscientes de su responsabilidad social, comprometidas ciudadanamente, respetuosas pero firmes en sus derechos y su defensa de la naturaleza de la persona y la familia. También hubo un renovado y fresco testimonio de jóvenes comprometidos y dispuestos a dar testimonio sacrificando noches, fines de semana y horas de sueño por juntar firmas, sostener pancartas, movilizarse por la ciudad, participar en debates en las redes sociales, difundir actividades y buscar formación. Las campañas públicas y muchas de las participaciones en los medios estuvieron marcadas por una renovada imagen, creativa, positiva, que denunciaba los disvalores pero proponía caminos ciertos para contribuir al bien común. Además, fue una movilización fuertemente federal, que despertó muchas conciencias. Hay mucho para aprender y mejorar, hay que hacer una profunda reflexión sobre una crisis en la vida cristiana que afecta a muchos bautizados, pero lo sucedido es todo un signo de esperanza.

Creo que es oportuno recordar la enseñanza del Concilio Vaticano II en el n. 76 de Gaudium et Spes: “Es de suma importancia, sobre todo allí donde existe una sociedad pluralística, tener un recto concepto de las relaciones entre la comunidad política y la Iglesia… La Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia no se confunde en modo alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno, es a la vez signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana. La Iglesia… predicando la verdad evangélica e iluminando todos los sectores de la acción humana con su doctrina y con el testimonio de los cristianos, respeta y promueve también la libertad y la responsabilidad políticas del ciudadano… Es de justicia que pueda la Iglesia en todo momento y en todas partes predicar la fe con auténtica libertad, enseñar su doctrina social, ejercer su misión entre los hombres sin traba alguna dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas, utilizando todos y solos aquellos medios que sean conformes al Evangelio y al bien de todos según

la diversidad de tiempos y de situaciones”.

A mi entender, todavía no terminamos de procesar todas las implicaciones que posee este pasaje del Concilio. El diálogo con la sociedad y la política supone respeto, pero también la profecía de hablar cuando están en juego valores fundamentales vinculados con la persona, como ocurrió en este caso. Y supone seguir profundizando el deber de los laicos de transformar las realidades temporales según el plan de Dios. Para ello se necesitan fieles con una profunda y coherente vida cristiana y muy competentes en lo profesional y temporal. Esta sana laicidad no significa un integrismo  fundamentalista, pero tampoco un relativismo que diluye la identidad y calla verdades fundamentales, “no negociables”, que hacen a la dignidad de la persona y la familia.

 

Jorge Nicolás Lafferriere

 

Ligerezas interpretativas

Señor Director: En la fecha recibo el ejemplar N° 2362, correspondiente al mes de agosto del corriente año, y he quedado sorprendido por la ligereza de los juicios que emite el historiador Roberto Di Stefano en la segunda columna de la página 313. Las Comisiones Episcopales por naturaleza constituyen un servicio interno a los miembros de la Conferencia Episcopal. Compete a esta Comisión todas las cuestiones de carácter doctrinal como, asimismo, las diversas relaciones que existen entre la fe y la cultura.

Dentro de tan amplio marco, le corresponde prestar atención a cuanto se refiere a los Bienes Culturales y al Seguimiento Legislativo, en razón de las incidencias de la legislación en la cultura.

En manera alguna, por los Estatutos y los Reglamentos vigentes, ello permite afirmar que la  “Conferencia Episcopal parece concebirse a sí misma como una suerte de «parlamento moral» con derecho a juzgar acerca de la legitimidad de las decisiones que toma el poder político”.

No pretende “modelar el marco jurídico que rige la vida de todos los argentinos de acuerdo con los valores católicos”. Sí, en cambio, colaborar con los pastores miembros de la CEA en su tarea propia, que incluye el favorecer la coherencia de vida de los católicos con la fe que Dios ha depositado germinalmente en sus existencias personales, desde el instante en que, por los méritos de Jesucristo, los adoptó como hijos suyos en el Bautismo.

Lamentado que Criterio brinde en sus páginas la difusión de tantas ligerezas interpretativas, que manifiestan haber obviado el elemental recurso de informarse profesionalmente y de recurrir a un detenido estudio de las fuentes documentales. Reciba un atento saludo,

+ Guillermo Rodríguez-Melgarejo

Obispo de San Martín

Presidente de la Comisión Episcopal de Fe y Cultura de la Conferencia Episcopal Argentina

 

Doctrina católica

Estimado Director: Soy lector y coleccionista de Criterio desde los 18 años, y ya estoy en la tercera edad. La revista ha sido un canal abierto de cultura católica y ha marcado pautas en difíciles momentos de la vida argentina. Pero la manera en que se ha tratado el problema del llamado matrimonio gay me ha llamado la atención. El problema, de difíciles aristas y de enorme proyección social –presente y futura–, no ha sido tema de editorial y sí de un comentario del Prof. Di Stefano.

El referido profesor tiene una línea definida y temas recurrentes, como el cuestionamiento al concepto de Argentina católica, la defensa del pluralismo religioso y cultural y una crítica recurrente a nuestra jerarquía eclesiástica, ideas en las que podemos coincidir o no, pero la forma en que presentó el tema del matrimonio homosexual tiene incongruencias y temas inconexos, que confunden.

Una sana laicidad, a esta altura de la historia, es irreversible y beneficiosa para el Estado y para la Iglesia. Las líneas doctrinales del Vaticano II son por demás claras en este sentido. De hecho el matrimonio fue laicizado por la generación del 80, como parte de su programa liberal y anticatólico. Pero no llegó a tanto… La Iglesia, en el problema planteado por la minoría gay, no ha querido definir ningún marco legal para la comunidad nacional, solamente ha salido en defensa de la institución matrimonial, que, desde que el hombre es hombre, siempre ha sido entre un varón y una mujer y la historia así lo prueba, hasta el día de hoy. De manera que esa unión homosexual, desde una mínima lógica semántica, no puede ni debe llamarse matrimonio ni puede ni debe equipararse al matrimonio heterosexual, porque entonces nos vamos aproximando, paso a paso, a la descripción de cambalache.

Por otro lado, el Estado no delega en la Iglesia funciones que debe cumplir por sí, sino que debe  reconocer las funciones que, como institución o como persona jurídica, tiene el derecho de ejercitar en cualquier sociedad pluralista, comenzando por reconocerle el derecho a expresarse, de conducir a sus fieles y de hacerse oír. Por un lado, el artículo respira liberalismo y laicidad; por otro, es celoso de los derechos del Estado y crítico de la actuación eclesial. Pero la laicidad de las instituciones públicas tiene sus límites y el primero, en una democracia que se precie de tal, es no ponerse al servicio de las minorías, cualesquiera ellas sean, y acallar las voces de la mayoría de la sociedad civil. Mucho menos no tomar en cuenta y descalificar a instituciones y sectores cuyas opiniones son tan valiosas y respetables como todas las demás.

La distinción entre sociedad civil y sociedad política no se sostiene como argumento porque son funcionales entre sí y aunque sean diferenciables, en ambas dos, los que piensan en cristiano tienen el derecho y el deber de manifestarse en los pasillos legislativos o en las calles y plazas, como se ha hecho. ¿Por qué negar a los que defendían la institución tradicional del matrimonio, lo que se les reconocía –y publicitaba ampliamente– a quienes propulsaron esta reforma legislativa? Sencillamente porque molestan los valores cristianos a la ideología imperante. En este tema, la sorprendida ha sido la sociedad civil, por una maniobra artera de los grupos que propiciaban el cambio del marco regulatorio del matrimonio, que no obstante su peso en los medios, son absolutamente minoritarios. Ninguno de nuestros representantes en el Parlamento expresó alguna vez semejante propuesta en sus programas electorales. Sin embargo, entre gallos y medianoche y con una pobreza argumentativa lamentable, cedieron a razones sentimentales para aparecer progresistas ante la campaña mediática, cuya influencia social, especialmente entre la juventud, es de nefastas consecuencias.

La Iglesia expresó su voz, ganó la calle en defensa de la concepción cristiana de la institución matrimonial. Esos valores, fundados en el humanismo cristiano, han informado –desde el alumbramiento de América– toda la historia argentina. Han sido nuestra matriz histórica y el alma de la cultura argentina, aunque el autor del comentario (al igual que en anteriores artículos), lo ponga en duda. El alma cristiana de nuestra Patria, aunque maltrecha, aún existe, sobre todo en el país real. Su destrucción o pérdida, en la cual muchos se empeñan, incluido el actual Gobierno, va a ocasionar

un vaciamiento y empobrecimiento espiritual del país. Y cuando de vacíos se trata, no hay que olvidar que alguien –o algunos– vendrán presurosos a ocuparlo, en función de muy concretos intereses ideológicos, aunque sea con lo más marginal que circula con la fuerza de la nueva globalización: el sistema financiero y comunicacional internacional.

Es cierto que al hombre actual toda heteronimia le resulta un atentado intolerable a su absoluta libertad. Es la patología del humanismo, que se consuma en el más feroz individualismo, en donde sólo privan las razones subjetivas. Pero si ese va a ser el criterio determinante para el legislador, terminaremos muy pronto –a no dudarlo– en la más absoluta anarquía, con claros síntomas de  disolución social, tal como lo estamos padeciendo con el tema de la inseguridad, uno de los frutos del planteo garantista prevalente en el ámbito jurídico. En la esfera privada cada cual podrá hacer lo que le parezca a su conciencia individual, pero en la órbita pública, social y jurídica, sin normas y límites, sin criterios de valor resguardados por la ley y por los jueces, vamos directo al sálvese quien pueda.

Que la Iglesia salga en defensa de una concepción cristiana del hombre, de la familia y de la sociedad debe ser reconocido con la misma licitud y lógica que se le reconoce a quienes predican una libertad individual desaforada. La defensa de esos valores debe desplegarse y hacerse presente, por jerarquía y laicado, en todos los ámbitos y sectores donde sean atacados. Negar o circunscribir al ámbito religioso este derecho –y deber– como lo hace el articulista, es inaceptable.

La Iglesia no ha combatido a los homosexuales, merecedores de todo respeto. Ha defendido una concepción de la familia y de la sociedad que fue atacada públicamente con la pretensión de que todo es lo mismo. Y para los cristianos, bueno es recordarlo, todo no es lo mismo ni es igual. Lo que se ha sancionado tiene solamente apariencia de ley, pero no es tal, y en lo posible –quienes deben aplicarla– deberían resistirse por legítima objeción de conciencia. Criterio ha asumido una posición

pluralista y dialoguista en varios temas conflictivos y me parece muy bien. Pero también es su deber, a la hora de la verdad, sentar doctrina católica, por tradición y fidelidad a sus orígenes. Esa es la línea que ha definido a esa querida revista, que ha tenido y tiene, en su equipo, personalidades de la cultura católica, fieles a la cosmovisión cristiana del hombre y de la vida.

Porque es falso diálogo lo que mejor se acomoda al momento, camuflando nuestras convicciones doctrinales o pensando que todo vale lo mismo. Los obispos han usado suprudencia pastoral en esta  batalla desgraciadamente perdida, y ellos y los que se sienten Iglesia deberán seguir usándola para las que se vienen muy pronto. No se trata de moldear a la sociedad argentina, que se ha salido de madre, sino de preservar valores cristianos por todos los medios y canales posibles. La crítica despiadada al Episcopado, muy reiterada, no construye; confunde aún más.

Por otro lado, buscando algo de oxígeno, en la sección Debates para el diálogo leí con avidez la reflexión final del teólogo Irrazábal, y francamente quedé más desilusionado que antes. Sus razones son descriptivas e inmanentes; no hay afirmación de principios ni de las razones doctrinales, de ley natural, de ley moral y de historia y de tradición occidental, que esperaba leer de su pluma. Si no partimos de una clara afirmación de identidad doctrinal, no existe diálogo serio y valioso.

 

Dr. Luis Ángel Tau

 

 

 

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  1. Pedro Siwak on 29 octubre, 2010

    El clima que se vivió en la Iglesia Católica después de la votación favorable al matrimonio homosexual, evocó al de los días posteriores a la sanción de la ley del divorcio en 1987. Aunque hay algunas diferencias que resultan evidentes.
    Se dijo que en este tema la Iglesia mostró el rostro de un padre severo más que el de una madre misericordiosa.
    Recuerdo que algunas décadas atrás, en una entrevista que tuve con el más lúcido de los nuncios que tuvo la Argentina, Pío Laghi, me cortó una pregunta con una frase tajante: “Para la Iglesia, los guerrilleros también son hijos de Dios”. Una respuesta que obviamente me descolocó.
    Los separados y en nueva unión –como se llama en el lenguaje eclesiásticos a los divorciados- también son hijos de Dios, y después de la sanción de la ley de divorcio, la Iglesia cobró conciencia de la importancia que tenían, advirtió que se los había desatendido e inició una nueva etapa, prestándoles una atención que hasta ese entonces no la había tenido.
    Si bien la Congregación de la Doctrina de la Fe dio a conocer un texto en 1986, titulado “Documento sobre la atención Pastoral de las personas homosexuales”, la mayor parte de los sacerdotes –e incluso un buen número de obispos- lo desconocen. Desbordados en sus tareas de asistencia espiritual optan entonces por mantener distancia con el mundo homosexual, más que nada por ignorancia; tienen serias dificultades para saber como encarar pastoralmente su atención.
    Porque no fueron debidamente atendidos surgió esta separación y sin querer se cayó en un enfrentamiento que uno se pregunta si encaja con el espíritu evangélico.
    La atención pastoral a los homosexuales va a ser ahora el desafío que deberá emprender la Iglesia. Porque el amor a las personas es su cometido. Los homosexuales también son hijos de Dios.

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