El escritor Liu Xiaobo fue galardonado con el premio Nobel de la Paz 2010 por su “larga lucha no violenta por los derechos humanos fundamentales en China”. Las repercusiones en el mundo abren una serie de interrogantes.Liu Xiaobo recibió la noticia del premio en la prisión de Jinzhou donde se encuentra detenido por redactar un manifiesto en 2008. Cumple en esta ocasión –la tercera– una condena de once años. La noticia generó gran impacto en las autoridades chinas y también trasmitió un categórico mensaje a las naciones más poderosas del mundo que habitualmente guardan silencio ante la violación de los derechos humanos en ese país, donde por otra parte la persecución religiosa alcanza no sólo a los cristianos sino también, y con particular fuerza, a musulmanes y a otras creencias.

El testamento de Alfred Nobel establece que el Premio por la Paz debe otorgarse a “la persona que haya realizado el mayor o el mejor trabajo por la fraternidad entre las naciones, la abolición o la reducción de los ejércitos permanentes existentes y por realizar y promover congresos por la paz”. El Gobierno chino, en conocimiento de que el PEN American Center había postulado a Liu, intentó influir oficiosamente sobre el Comité noruego en sentido opuesto. La gestión fue desoída y al  anunciar el premio para Liu, el Comité explicó que desde hace tiempo considera que existe una estrecha conexión entre los derechos humanos y la paz, y que la vigencia de esos derechos es un prerrequisito para la fraternidad entre las naciones a la que alude el testamento de Nobel.

Entre sus antecesores se encuentran Rigoberta Menchú, Nelson Mandela, el Dalai Lama, Desmond Tutu, Lech Walesa y Adolfo Pérez Esquivel, para mencionar algunos, cuya razón principal fue la defensa de los derechos humanos. En cuanto se conoció la distinción, China proclamó que Liu no ha hecho ninguna contribución a la paz y que la decisión constituía una ofensa a su sistema judicial. La ofensa a la justicia es en realidad el propio sistema judicial chino, en gran medida enraizado en las enseñanzas de Confucio, donde el mayor valor es la armonía que preserva el statu quo, no la justicia ni la verdad. El anuncio del Comité destaca el progreso económico chino en las últimas décadas, pero señala que ello implica una responsabilidad mayor en materia de derechos humanos y recuerda que China ha incumplido convenciones de las que es parte y no aplica el art. 35 de su propia Constitución, que reconoce el derecho a la libertad de expresión, de prensa, de reunión, de asociación y de manifestación.

Las autoridades chinas protestaron ante Svein Ole Saether, embajador de Noruega acreditado en Beijing, porque no entienden la autonomía de la Comisión. También detuvieron a quienes manifestaron en las calles su simpatía por Liu y la policía bloqueó el acceso de periodistas al edificio donde vive su esposa, la escritora Liu Xia, quien sólo ha salido con fuerte custodia. En una ocasión el Gobierno exhibió fotos en las que se veía a Xia de compras en un centro comercial, según ella misma contó por medio de twitter, espacio al que se puede acceder buscando su nombre en el sistema –es necesario identificarla entre varias mujeres que se han registrado con el mismo nombre–.

En las últimas semanas la prensa ha informado profusamente sobre la vida de Liu. El escritor  laureado es un opositor no violento y lo demostró en 1989 en Tiananmen: a pesar de sus declaraciones y escritos críticos del régimen, había partido para una serie de conferencias en Noruega, Hawai y Nueva York pero adelantó su regreso al conocer la existencia de las protestas. Se incorporó a los manifestantes y en junio, cuando los militares cercaron la plaza, hizo una huelga de hambre junto con otros tres intelectuales para ganarse la confianza de los estudiantes.

Luego negoció la salida de los que estaban en la plaza y fue detenido, expulsado de la universidad y condenado a dos años de prisión. La actitud de Liu es lo que hoy permite a los funcionarios chinos decir que en 1989 nadie murió en la Plaza de Tiananmen: en realidad los militares acribillaron a los estudiantes que permanecieron en los alrededores, no dentro de ella. Liu fue nuevamente detenido en 1995, y su actual condena es el resultado de haber contribuido a la redacción y a la recolección de firmas para la Carta 08, un documento político que muchos comparan con la Carta 77 de los opositores checos. La primera parte de la Carta 08 es una interpretación de los últimos cien años de la historia de China y, reconociendo el progreso económico del país, se pregunta: “¿Continuará con su modernización autoritaria o se adaptará a los valores universales?”. En la segunda parte indica que los principios fundamentales de sus firmantes son la libertad, los derechos del hombre, la igualdad, el sistema republicano y la democracia. Para lograrlos propone adoptar una nueva Constitución que establezca la separación de los poderes, un sistema federal, una justicia independiente, el control público de los funcionarios, la garantía de los derechos humanos, la elección generalizada de las autoridades, la igualdad entre la ciudad y el campo, la libertad de asociación, de reunión, de expresión, la libertad religiosa, la educación cívica, la propiedad personal y el mercado libre, una reforma financiera, la seguridad social, la protección del ambiente, y la reconciliación. En estos puntos, que ya habrían recibido 10.000 adhesiones, no hay nada que signifique una amenaza para un Estado de derecho, pero obviamente las autoridades chinas los interpretan como un intento subversivo.

Es lógico preguntar el interés que generan estos temas en una población de 1.300 millones de habitantes cuya sensibilidad cívica se encuentra, en general, debilitada por una historia de opresiones y por la filosofía confucionista, orientada a respaldar al poderoso. Durante décadas la mística comunista de la igualdad dio cohesión al sistema. En la actualidad el carácter totalitario se mantiene, si bien las reformas económicas han minado su mística. El quiebre de la igualdad se advierte fácilmente: el pasado 24 de septiembre, según informa la ONG Chinese Human Rights Defenders, días antes de conocerse la designación del Nobel de la Paz y por un hecho totalmente aislado, cientos de manifestantes reclamaron la igualdad de los ciudadanos ante la sede del Tribunal Popular Supremo, en Beijing, cantando el Himno Nacional y canciones del período de Mao que ensalzaban ese valor. Naturalmente intervino la policía y hubo detenidos.

Las noticias y los intercambios de opiniones sobre la política interna china se mantienen a través de  medios electrónicos, con mucha interferencia oficial, pero también con ingenio de los jóvenes. Los procedimientos recuerdan la utilización del facsímil en el período previo a la glasnost. Con todo, es difícil saber qué pasa en la China profunda.

La segunda reflexión fue adelantada al comienzo. Los gobiernos de las naciones de Occidente que proclaman la defensa de los derechos humanos habitualmente pasan por alto las violaciones sistemáticas de esos derechos en China porque privilegian las relaciones políticas y comerciales. Los documentos del Consejo de Derechos Humanos, que integra China, son una clara prueba de esa indiferencia. El Comité del Premio Nobel ha tenido el efecto de provocar la reacción de varios gobiernos occidentales.

El primero en pedir la libertad de Liu fue el presidente norteamericano Barack Obama. En el mismo sentido se pronunciaron Alemania, Australia, Canadá, España, Francia, el Reino Unido, el Parlamento Europeo y también Nueva Zelanda, aunque con algunos matices. En Asia, Taiwán pidió la libertad inmediata de Liu, pero Japón sólo dijo que el respeto de los derechos humanos es importante en todos los países, e India explicó que no interviene en asuntos internos de otros estados.

No he visto ninguna manifestación de nuestro gobierno; el presidente venezolano Hugo Chávez se solidarizó con China y la misma posición tomó la prensa cubana. El nuevo Premio Nobel no cambia la situación pero remueve el avispero, y es probable que sirva para verificar la solidez de la actual estructura política del Partido Comunista Chino.

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