de Ricardo Bartís. Sportivo Teatral 

El Box, segunda parte de la trilogía deportiva iniciada con La pesca, llegó al Sportivo Teatral, tras un frustrado estreno en el Centro de Experimentación del Teatro Colón como parte de los festejos por el Bicentenario. Nuevamente el deporte no es más que una excusa para repensar nuestra historia y algunas características del ser argentino actual. A la ausencia de mitos organizadores fundamentales, y a su reemplazo por fetiches, atribuye el autor la secuela de dolor y tristeza que arrastra el argentino, la falta de fe en proyectos comunes, la amargura de no poder ser lo que se propone. Al igual que en La pesca, la espera inútil se constituye en el núcleo de la acción dramática pero en este caso tendrá como inusual protagonista a una boxeadora ya retirada: María Amelia Leguizamón, apodada “La Piñata” por Aníbal, el relator de su carrera y compañero de vida. En ella se entrecruzan la formación religiosa y el aprendizaje del box, inculcado por un padre violento y abusador de la madre, así como lo femenino y lo masculino, al haber tenido que disfrazarse de varón para poder iniciarse en un deporte tradicionalmente reservado a los hombres. Sin embargo, ella supo salir adelante haciendo de “su miedo un arte” y del ring “otro altar”, lo cual habilita el trazado de otro posible paralelo entre el box y la actuación.

La mujer celebra sus cincuenta años organizando, ante la mirada escéptica de su pareja que la cree víctima de una crisis de edad, una fiesta de cumpleaños en la que, si bien no se propone boxear, intentará recuperar, en la intensidad de la lucha cuerpo a cuerpo, el culto al sacrificio y al dolor que cree perdidos y necesarios para alcanzar la victoria y el progreso. Para ello contrata a dos boxeadores, entre decadentes y atontados, que contrastan con las viejas glorias del box local e internacional que desfilan en las

imágenes de un viejo proyector como símbolos de un pasado ya irrecuperable. Ausencias no esperadas y llegadas imprevistas permiten el desfile carnavalesco de una sociedad que oscila entre la corrupción, la estupidez y la falta de conciencia. Se va generando así, al compás de una cumbia, una atmósfera cada vez más enrarecida donde la confrontación sangrienta no se hará esperar y en la que “La Piñata” se ofrece como víctima porque “un poco de dolor organiza”, aunque al espectador bien puede quedarle la sensación de que su rebelde e intensa entrega de poco servirá. Un final sorpresivo remata un texto donde lo que prima no es la historia ni la representación de un sentido ya dado, porque no es allí donde el autor cifra su búsqueda del lenguaje teatral. El texto se propone como alegoría sin clave para que el espectador lo recorra de manera múltiple.

El parejo rendimiento de todo el elenco da cuenta del intenso trabajo previo que caracteriza las puestas de Bartís. Tanto Mirta Bogdasarian como Pablo Caramelo se destacan en sus interpretaciones de la pareja protagónica al igual que Adrián Fondari y Andrés Irusta como los boxeadores decadentes. El total aprovechamiento de la sala permite recrear con amplitud no sólo el desconchado gimnasio de box donde se organiza la fiesta sino también el escritorio donde se refugia Aníbal. La música, ejecutada por los propios actores, se articula eficazmente para enmarcar la fallida gesta que pretende emprender “La Piñata”.

No hay comentarios.

¿ QUIERE DEJAR UN COMENTARIO ?