El libro-entrevista del periodista alemán Peter Seewald con Benedicto XVI ha suscitado reacciones encontradas: demasiado atrevido para las tradicionales cúpulas eclesiásticas e ingenuo a los oídos de la sociedad que no repara en las sutilezas de un intelectual.En seis horas de conversación con el periodista bávaro Peter Seewald en el sosiego estival de Castel Gandolfo, repartidas en seis días, como los de la creación, y transcriptos con exactitud en un libro reciente, Luz del mundo, editado por Herder, Benedicto XVI ha entregado al mundo su imagen más auténtica: la de un hombre encantado con las maravillas de lo creado, alegre, incapaz de soportar una vida vivida siempre y solamente “en contra”, felizmente convencido de que en la Iglesia  “muchos que parecen estar adentro, en realidad están afuera; y muchos que parecen estar afuera, en realidad están adentro”.

“Somos pecadores”, dice el papa Benedicto cuando el entrevistador lo arrincona contra la encíclica Humanae vitae, que condena cualquier anticonceptivo no natural. Pablo VI la escribió y publicó en 1968, y desde ese año fatídico se ha convertido en el emblema de la incompatibilidad entre la Iglesia y la cultura moderna. Joseph Ratzinger no deja de lado ni una coma de la Humanae vitae. La “verdad” es esa y permanece como tal. “Es fascinante”, dice, para las minorías que están íntimamente persuadidas. Pero inmediatamente el Papa pone su mirada sobre las masas exterminadas de hombres y mujeres que no viven esa “moral elevada”, para decir que “debemos tratar de hacer todo el bien posible, y sostenernos y soportarnos recíprocamente”.

Éste es el Papa que emerge del libro-entrevista Luz del mundo. Es el mismo que así se había revelado en su primera Misa celebrada luego de su nombramiento como sucesor de Pedro. Un pastor que va a la búsqueda de la oveja perdida, y la pone sobre sus espaldas como la lana de cordero del palio que lleva puesto, y muestra mucha más alegría por la oveja encontrada que por las noventa y nueve en el redil. En ese momento pocos lo habían comprendido. La imagen que se elaboró de Ratzinger fue, durante mucho tiempo, la del profesor gélido, el inquisidor de hierro, el juez despiadado. Cinco años después la tormenta perfecta de los sacerdotes pedófilos rompió definitivamente esa falsa imagen.

A diferencia de tantos otros personajes de la Iglesia, Benedicto XVI no lamenta complots, no tuerce las acusaciones contra los acusadores. Mucho de lo que dice en el libro intenta poner luz a la verdad, por eso debemos estar agradecidos a ellos. Y explica: “La verdad, unida al amor entendido correctamente, es el valor número uno. Después, los medios de comunicación no habrían podido pedir esas rendiciones de cuentas si el mal no hubiese estado en la Iglesia misma. Sólo porque el mal estaba dentro de la Iglesia, los otros han podido usarlo contra ella”. Dichas por el hombre que en la

cima de la Iglesia católica ha sido el primero en diagnosticar y combatir esta “suciedad” y luego, como Papa, teniendo que cargar el peso mayor de culpas y omisiones que no son suyas, estas palabras impresionan. Pero es el estilo con el que Benedicto XVI trata en el libro también otras cuestiones candentes, va directamente al corazón de los puntos más controversiales. ¿El sacerdocio femenino? ¿Pío XII y los judíos? ¿El burka? ¿El preservativo? El entrevistador lo apremia y el Papa  o se echa atrás. Acerca del burka, no ve razones para una prohibición generalizada. Si se les impone a las mujeres con violencia, “es evidente que no se puede estar de acuerdo”, pero si se lo lleva voluntariamente, “no veo por qué se debe impedir”. Podrá objetársele que un velo  que cubra completamente el rostro plantea problemas de seguridad en el campo civil. Objeción legítima, porque él ha concedido la entrevista también para abrir la discusión, no para cerrarla. En el prólogo a otro libro, el de Jesús, publicado en 2007, Ratzinger escribió que “cualquiera es libre de contradecirme”. Y tuvo que precisar que no se trataba de un “acto magisterial”, sino “únicamente de una expresión de mi investigación personal”.

Donde el magisterio de la Iglesia parece temblar, en la entrevista, es cuando el Papa habla del preservativo, justificando su uso en casos particulares. Ningún “viraje revolucionario”, explicó rápidamente el padre Federico Lombardi, portavoz de la sede petrina. En efecto, ya muchos cardenales, obispos y teólogos, pero sobre todo innumerables grupos de párrocos y misioneros, admiten desde hace tiempo el uso del preservativo para muchas personas concretas con las que se encuentran en la acción pastoral. Pero una cosa es que ellos lo permitan, y otra que un Papa lo diga en voz alta. Benedicto XVI es el primer pontífice en la historia que atraviesa este Rubicón, con una tranquilidad que desarma. Él, que sólo dos primaveras atrás había desencadenado en el mundo un estruendoso coro de protestas por haber dicho, en vuelo hacia África, que “no se puede resolver el flagelo del SIDA con la distribución de preservativos, sino que, por el contrario, el riesgo es que aumente el problema”.

Era marzo de 2009. Se acusó a Benedicto XVI de sentenciar a muerte a miles de africanos en nombre de la ciega condena al protector de látex, cuando en realidad quería llamar la atención sobre el peligro – comprobable en África– de que a un uso más extendido del preservativo lo acompañe no el descenso sino el aumento de relaciones sexuales ocasionales y promiscuas. En la entrevista, Ratzinger retoma el hilo de su razonamiento, entonces mal entendido, y observa que también fuera de la Iglesia, entre los expertos internacionales de la lucha contra el SIDA, se comparte cada vez más la idea de la eficacia de una campaña centrada en la continencia sexual y en la fidelidad conyugal, frente a la distribución indiscriminada del preservativo.

“Concentrarse sólo en el profiláctico –prosigue el Papa– significa banalizar la sexualidad, y esta banalización representa precisamente la peligrosa razón por las que tantas y tantas personas no ven ya en la sexualidad la expresión de su amor, sino solamente una suerte de droga que se suministran a sí mismos”. En este punto se esperaba que Benedicto XVI confirmara la condena absoluta del preservativo, pero no fue así. Sorprendiendo al lector, dice que su uso puede justificarse en algunos casos, por razones diferentes a la anticoncepción. Y pone el ejemplo de “un prostituto” que utiliza el profiláctico para evitar el contagio. Se trata de una acción que si bien sigue siendo pecaminosa, al manifestar un arrebato de responsabilidad por parte de esa persona, el Papa lo juzga como “un primer paso hacia un modo distinto, más humano, de vivir la sexualidad”.

Si esta comprensión amorosa vale para un pecador, mucho más puede valer entonces para el caso  clásico que en África y en otros lugares se les presenta a párrocos y misioneros: dos cónyuges, uno de los cuales está enfermo de SIDA y utiliza el profiláctico para no poner en peligro la vida del otro. Entre los cardenales que hasta ahora han planteado, más o menos veladamente, la licitud de éste y de otros comportamientos análogos, están los italianos Carlo Maria Martini y Dionigi Tettamanzi, el mejicano Javier Lozano Barragán y el suizo Georges Cottier. Pero cuando en 2006 La Civiltà Cattolica, la revista de los jesuitas de Roma, editada bajo control de la Secretaría de Estado vaticana, confió el argumento a un gran experto en este campo, el padre Michael F. Czerny, director de la Red SIDA de los jesuitas africanos, con sede en Nairobi, el artículo fue publicado pero censurando los pasajes que admitían el uso del preservativo para frenar el contagio. Se atrevió el papa Benedicto a decir lo que hasta aquí nadie había osado en la cima de la Iglesia. Y esto basta para hacer de él un humilde y gentil revolucionario.

 

Publicado en L’espresso n. 48 de 2010.

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