No alcanza con implementar las mejores políticas públicas si no se reconocen y valoran los roles que entendemos centrales en nuestra sociedad, como el docente, el médico o el policía.Algunos dicen “somos lo que pensamos”. Otros, “somos lo que decimos”. “Somos lo que comemos”, se añade hoy. En tanto organización social, también somos lo que respetamos y admiramos, aquello que nos reúne, nos identifica, nos hace sentir orgullo como comunidad.

A la hora de mencionar pilares de nuestra sociedad solemos destacar tres: educación, salud y seguridad. Para perdurar, y más aún para crecer como grupo, se requieren planes sustentables e implementados con conocimiento y pericia en estas áreas. Podemos decir que hemos fallado en este sentido en los últimos años, pero a la vez hay que reconocer que el problema no se limita en nuestro caso a las bondades de un plan ni a las capacidades de los funcionarios responsables de llevarlo adelante, elementos necesarios pero insuficientes para alcanzar una solución completa. Son miles y miles los que dan su energía, dedicación, a veces hasta sus vidas en estas actividades, y poco nos cuestionamos respecto de nuestra relación cívica con ellos. Repasémosla brevemente.

Si coincidimos en que valorar la educación implica valorar al que educa, al profesor en la universidad y al maestro en la escuela, aquí encontramos un punto en extremo débil en la cadena de respeto y valoración social. En las últimas décadas hemos visto deteriorarse más y más la figura del maestro. Nos desentendemos de la necesidad de que los educadores tengan un salario y capacitación acorde con sus responsabilidades. La consecuencia es el reiterado “no comienzo” de clases, y la asociación “docente-reclamo sindical-piquete”, con gran carga de valoración negativa, que no permite poner en perspectiva el nivel de justicia respecto de la retribución de aquellos en cuyas manos confiamos la formación de los futuros ciudadanos. Esta falta de reconocimiento no se restringe a lo económico, permea la imagen que estamos construyendo de la figura del maestro, tan alejada del Sarmiento fundacional o del “otro Maradona”, el ejemplar.

Antes bien, si un joven reconoce su vocación en la enseñanza muchos dudarán de su proactividad en la vida, aun de su capacidad. ¿Olvidamos colectivamente la vocación docente y la importancia que tiene, más aún, el impacto en caso de perderla? ¿De esta manera reconocemos y premiamos públicamente a nuestros educadores, en un país que se caracterizó por su nivel de excelencia? ¿Cuántos años pasaron desde que nuestro cine retratara un ejemplo de maestro a imitar, que transmita esperanza, convicción e inspiración?

En el campo de la salud no podemos desconocer los esfuerzos que realizan los médicos en su extensísima formación universitaria y las sobrehumanas guardias que la completan. Pero una vez recibidos parecen caer presa del sistema de salud pública –en gran medida olvidado por el Estado y por la ciudadanía en general– o de empresas que le reconocen magramente su trabajo. El sistema hospitalario dispone hoy quizás de los mejores profesionales del país, a la vez que sobrevive en condiciones edilicias en muchos casos deplorables, que no se corresponden con las que merece el paciente, con la intervención y cuidado que requiere, ni las que necesita en su puesto de trabajo un profesional en cuyas manos depositamos nuestra vida. No podemos excusarnos pensando que el médico lo es por vocación y no por dinero; esta afirmación esconde cinismo y es ofensiva. El caso del doctor René Favaloro es suficientemente elocuente al respecto; herida que, en una sociedad que mira hacia otro lado, tardará en cicatrizar.

También somos conscientes de la necesidad de seguridad y del enorme riesgo físico y de vida que siempre supuso enfrentar la delincuencia. El ciudadano común tiende a huir de la violencia y de los violentos; para enfrentarlos precisamente están las fuerzas públicas de seguridad. Pensemos en algunas escenas recientes de tomas de predios donde los policías fueron insultados, escupidos y atacados por los integrantes de diferentes bandos, con la indiferencia general del público televisivo, y también de sus superiores. ¿Qué puede pasar por la cabeza de un policía cuando los participantes de una batalla campal sólo se empeñan en denigrarlos y atacarlos? ¿Cuando no puede intervenir al observar que unos pocos detienen una ambulancia, bajan al herido y lo matan de un tiro en la nuca?

Fue significativo el testimonio del policía que intentó interponerse en una pelea entre dos hinchadas de fútbol. Ante la pregunta periodística sobre si sentía orgullo por su tarea y por la intervención difundida por los medios contó, desde la cama del hospital, que lo esperaban dos semanas de internación para curar las heridas y las costillas rotas, que había tenido que pagar 400 pesos en remedios que no cubría su obra social y 350 pesos por perder su gorra reglamentaria, y que estaba por enfrentar un sumario en el que investigarían una posible represión de su parte. “La próxima vez, que se maten”, sentenció. Respuesta incorrecta dado el compromiso que tomó al asumir su cargo, pero que no podemos dejar de comprender si evitamos los estereotipos y lo escuchamos con una mano en el corazón.

Sabemos la importancia de estos roles en la sociedad; sin embargo, hemos disociado en los últimos años lo que valoramos en el concepto y lo que premiamos en la práctica. Banalizar el aporte de los que encarnan estas tareas genera grietas en el entramado social que impiden construir modelos de identificación. No se trata sólo de implementar las mejores políticas públicas sino de volver a reconocer y poner en valor aquellos roles que entendemos centrales en nuestra sociedad. Es cierto que acaso la mayor responsabilidad del líder de un país es generar y mantener una cultura cívica que permita superarse a través de las generaciones. No es menos cierto que como comunidad debemos también desarrollar comportamientos y hábitos que si bien no suplen al líder ideal, al menos atenúen su falta. Un camino –no el más sencillo pero sí de efectos en el largo plazo– es educar reconociendo los aportes a la comunidad. Sin dejar de señalar la existencia de casos de corrupción y aprovechamiento personal, no contribuimos en absoluto al bien común si lo único que transmitimos a nuestros hijos y amigos son ejemplos negativos, con una impronta peyorativa y descalificatoria en la cual a veces nos regodeamos.

El reconocimiento social para quienes ocupan estos lugares, que en su mayoría anteponen la vocación a muchos otros intereses, parece inferior al del más novato participante de los programas televisivos y su retribución económica a veces ni alcanza lo establecido por convenio para el conductor de un camión, por ejemplo. Sin ánimo de menospreciar estos roles, presentes en cualquier sociedad, sí hay que ubicarlos en su justo lugar. Parecemos carecer incluso del inteligente egoísmo de distinguir a quienes nos educan, curan y protegen. Dice mucho la disminución de cooperativas y redes de apoyo en estas áreas, base imprescindible también para la estabilidad de las instituciones. La privatización de estos servicios públicos no suple su rol sino en parte y con perjudiciales implicancias en términos de integración social. Es crucial por lo tanto recrear el respeto a la persona y a su tarea, hacerlo público y transmitirlo a nuestros hijos. Este reconocimiento es asimismo, en gran medida, lo que distingue a un pueblo.

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  1. Juan Carlos Lafosse on 12 abril, 2011

    «…hemos fallado en este sentido en los últimos años…». Yo rechazo este tipo de frases – tan reiteradas en Criterio – que nos culpan y opacan las razones concretas de muchos problemas de nuestro país. Cuando somos todos, nadie es culpable y nos alejamos del diagnóstico y de las soluciones. Decir «los últimos años» es otra generalización que no ayuda en nada, más tiende a confundir.

    Estas son las ideas que dan cabida a comentarios tales como «Los argentinos somos unos ignorantes, tanto que nos reímos de nuestros problemas. Queremos un país mejor pero para eso tendrían que exterminarnos a todos y volver a empezar.» Inconcebible.

    Sin duda se han producido enormes cambios en la sociedad y su sistema de valores en el mundo entero, no solo en Argentina, incluso en la valoración del trabajo. Nosotros los argentinos, que no somos ignorantes, debemos comprender las razones de la desvalorización de quienes nos educan, curan y protegen, una realidad lamentable. Para hacerlo, hay que analizar el contexto global, recurrir a la historia, hacer memoria y dilucidar quienes han fallado, como, cuando y porqué.

    No es este el lugar para recorrer en detalle como es que ocurre todo este proceso, hay literatura más que suficiente que lo documenta y explica. Pero si se analizan los salarios pagados a los maestros en los últimos 50 años en los sistemas público y privado, veremos que su caída va a la par con el crecimiento del negocio privado. La correlación es obvia si se comprende la lógica empresarial detrás de la misma. En la misma línea, crece la proporción del gasto en educación destinada a los establecimientos privados. Un fenómeno similar, aunque más complejo, ocurre en la salud.

    Hace muy pocos días, conversando con un amigo, me comentó que una joven conocida, que ni siquiera había terminado su bachillerato, era maestra en un conocido colegio de zona norte. Él se preguntaba ¿cómo pueden tomarla y ponerla al frente de un grado sin tener el título habilitante? La respuesta es sencilla: la tomaron porque es BARATA.

    Conozco casos de alumnos de medicina que ocuparon guardias nocturnas en clínicas privadas que atienden prepagas y obras sociales. Ellos solos, con el teléfono de un médico a quién llamar en caso de «emergencias». Estos irresponsables están ahí porque son BARATOS.

    Las empresas dueñas de colegios y clínicas tienen como objetivo ganar dinero, bajar costos es más importante que educar o curar. Claro que ahora cabe la pregunta ¿Qué respeto puede otorgarse a personas que no tienen la calificación mínima para su tarea? Y que encima se saben “baratas”. ¿Y que pensar de las instituciones que no respetan ni a sus clientes ni a sus empleados?

    La seguridad también es un excelente negocio. De hecho, hoy las agencias de seguridad tienen más personal que las policías de nuestro país. Con el agravante de que son policías quienes controlan la mayoría de estas organizaciones y que trabaja en ellas mucho personal policial en actividad. Llamar a estas situaciones «conflicto de intereses» sería inocencia, es corrupción lisa y llana, tal como los tercerizados de Pedraza.

    La seguridad privada funciona como un seguro: cuanto mayor el riesgo, mayor la prima. Es una ingenuidad pensar que las agencias de seguros desean que los riesgos disminuyan o que las agencias de seguridad quieren que baje la “sensación de inseguridad”.

    En este caso se suma la perversa y falaz asociación entre pobreza e inseguridad. La promoción del “gatillo fácil”, la xenofobia, el racismo y todas las formas de discriminación se suman en esta vergüenza social que es aprovechada por algunos políticos. No he visto ninguna palabra de condena en Criterio por estas bajezas que ofenden los más básicos sentimientos cristianos y humanos. ¡Estas son faltas de respeto que merecerían editoriales!

    Lo que en Criterio debería analizarse es porqué el principio de subsidiariedad fue un argumento privilegiado para poner en manos de empresas privadas la educación, la salud y la seguridad.

  2. Isabel on 20 abril, 2011

    Coincido con la reflexión de Sr. López Rivarola , apropiada para este tiempo de Pascuas donde un encuentro con el sentido de la vida lo produce el hábito del respeto. Más es notable asumir que los párametros de algunos sectores de la sociedad ubican a éste en el desequilibrio que el individualismo «moderno» da en ejercicio. Período de trancisión ? de crisis ? no lo entiendo. Por eso asumo que para el mantener el hábito del respeto se necesita el acompañameinto de templanza y comprensión.

  3. Clara I. Gorostiaga on 21 abril, 2011

    «Si coincidimos en que valorar la educación implica valorar al que educa, al profesor en la universidad y al maestro en la escuela, aquí encontramos un punto en extremo débil en la cadena de respeto y valoración social».
    Como docente desde hace casi 40 años (a nivel primario, secundario, terciario y universitario), no puedo más que discrepar con esta frase. Siempre, y en los ámbitos más distintos, he encontrado una enorme valoración y respeto por esta tarea. A veces los docentes nos quejamos: ¿no tendríamos que mirarnos primero a nosotros mismos? ¿Hasta qué punto los fracasos educativos no se han debido a no encarar nuestra formación permanente de una manera responsable, o a nuestras dificultades para actualizarnos con las necesidades, muy distintas de las nuestras, de los jóvenes de hoy?
    Se dice que es una tarea difícil, agregaría que dificilísima, y más en nuestro país. Sin embargo la elegimos, y creo que nadie puede decir que en ese momento no sabía a qué se estaba comprometiendo.

  4. Jorge Horacio Day on 21 abril, 2011

    Me parece excelente el artículo. Está bien, no da un listado de quienes son los más culpables. Eso sería una tarea imposible. Tampoco los comentaristas los dan, sino que también señalan en general o dan algunos ejemplos puntuales. Y entonces cabe la pregunta si primero es el huevo o la gallina. ¿Las empresas de seguridad proliferan como «negocio» de algunos policías, o es al revés, o sea que la seguridad pública no da respuestas? Idem con la salud y la educación.
    En mi caso personal, no solo la magra retribución me «expulsó» de la medicina pública, sino todo el contexto de la misma. Pienso en el policía internado y sufriendo no solo por las heridas recibidas sino que además tuvo que gastar en medicaciones no cubiertas por su obra social y el colmo de los colmos, pagando por la gorra perdida.
    Concluyendo, interpreto que el artículo es una fotografía de la realidad y un llamado de atención.

  5. Juan Carlos Lafosse on 28 abril, 2011

    Excelente la pregunta del Sr. Jorge H. Day, realmente es un tema que vale la pena discutir. En mi opinión, no hay una respuesta única, hay momentos en que el huevo abandonó espacios por los que debía pelear y otros en los cuales la gallina ocupó lugares a codazos para hacer sus negocios.

    La historia de los últimos 50 años de la Argentina es compleja y la de estos temas no lo es menos, de modo que es imposible extenderse en un comentario. Solo a modo de ejemplo, se puede mencionar la inconcebible transferencia de la educación primaria a las provincias en 1978, sin recursos ni organización, y la de la educación secundaria en 1993. Recordemos que en el 2000 las escuelas primarias y secundarias públicas terminaron siendo comedores y lugares de contención social, en lugar de ámbitos de enseñanza. La historia de los sistemas de salud y seguridad es aún más complicada.

    En el mundo entero son muy importantes los cambios de valores e ideas sobre el mundo del trabajo. Hace 50 años, quién entraba en una empresa grande, estatal o privada, habitualmente se jubilaba en la misma. Hoy, en todos los niveles los empleados nunca saben si el mes siguiente tendrán trabajo, se vive con miedo al desempleo. Y no hablemos de los trabajos basura, pasantías, en negro o directamente esclavos.

    Claro que los sueldos de los médicos son bajos! Y los de los maestros y los policías!
    Del 50% del PBI para los asalariados en la década del 50 pasamos a muy cerca de la mitad a comienzos de este siglo, la valoración del trabajo también sigue esa pendiente, que en el caso del empleo público ha enfatizado la ideología liberal prevalente desde 1976.

    En estos días hemos tenido un premio Nobel recordando los buenos tiempos de la educación argentina que fueron un logro del Estado Nacional, aunque él lo presentara al revés. Este Estado en caída libre no es ajeno a la falta de respeto que trata el artículo.

    Es importante discutir todos estos temas, reducirlos a expresiones de desaliento o simplemente nostálgicas de tiempos pasados que imaginamos mejores no conduce a nada, solamente desanima e impide enfrentar la realidad con la energía necesaria.

    Hay que entender como se llega a esta situación, reconocer que cosas podemos efectivamente cambiar y ponernos a trabajar para hacerlo. La revolución francesa no se hizo soñando con el paraíso terrenal. Se hizo peleando por reparar injusticias muy concretas, lo que sabían era muy difícil pero no imposible.

    Debemos discutir ideas y visiones, con pasión y diferentes opiniones. Con añoranzas y lamentaciones solo se llega al Prozac.

  6. CARLOS ESTRADA on 9 julio, 2011

    A colación de irregularidades, respeto, injusticias, valores morales, seguridad, salud, sueldos bajos y tantas cosas que nos preocupan, no podemos olvidar la desprotección oficial de los caballos, y si no respetan los derechos de los animales tampoco les interesa el bienestar del prójimo.
    PERDONEN QUE DEJO EN ESTE ESPACIO UN TEMA QUE SE APARTA UN POCO DE LO QUE ESTÁN DISCUTIENDO, pero un día antes de la elecciones en Capital Federal es importante conocer lo que insensibles políticos permiten contra leyes vigentes para tener votos asegurados. ///////

    PODRÍA AUMENTAR EL MALTRATO DE CABALLOS EN CAPITAL FEDERAL

    Desde hace mucho tiempo ingresan por el Puente Alsina centenares de carros tirados por caballos maltratados (muchos provenientes de actos de cuatrerismo), que salen de Valentín Alsina -Lanús, provincia de Buenos Aires- y entran a la Capital Federal por el barrio de Nueva Pompeya, situación que se agravó en los últimos cinco años poniendo en riesgo la vida de automovilistas y transeúntes al desparramarse por calles y avenidas cercanas al centro, actos violatorios de la ley nacional N° 14.346 y disposiciones municipales que nadie hace cumplir.

    Un poco de historia: en 1855 comenzó la planificación del puente sobre el riachuelo y en 1859 fue inaugurado por el Dr. Valentín Alsina, llevando su nombre; en 1910 fue suplantado el puente de madera por uno de hierro, pero debido a deterioros tuvieron que rehacerlo. La construcción del actual la habrían iniciado en 1932 e inaugurado en 1938, bautizado más tarde como Puente Gral. José Félix Uriburu y casi medio siglo después algunos políticos solicitaron que le sacaran el nombre del militar lo que se concretó en el 2002 cuando la legislatura aprobó llamarlo como en su nacimiento.

    Es «folklore» ver caballos lastimados tirando cargas superiores a sus fuerzas conducidos a latigazos, crueldad del conocimiento de fiscales y jueces nacionales, sumado a la vista gorda de la Policía Federal Argentina que cuando le conviene permite graves infracciones (seguramente cumpliendo directivas de altos niveles nacionales), es decir, una cadena de tolerancias y aparentes complicidades que tendrían raíces en gobernantes sospechosamente “garantistas” con sus seguidores.

    El 23 de junio de 2006 hubo una violenta protesta de carreros, incluyendo corte del puente, motivando la intervención de la Policía Federal que desplazó al lugar a un grupo de combate de la Guardia de Infantería con camiones hidrantes. Este conflicto se originó porque les impedían ingresar a la Capital con caballos y no querían que las autoridades les “cortaran la fuente de trabajo” (?); las presiones de numerosos inescrupulosos terminaron por torcer el brazo al Gobierno de la Ciudad que aparentemente pactó y desde ese momento los crueles explotadores de equinos tuvieron garantizada la impunidad para abusar y cometer delitos. Triste clase política (habría excepciones) que traiciona a las leyes y ordenanzas vigentes permitiendo violarlas a cambio de fáciles votos y sentirse “populares” para ocupar inmerecidamente cargos públicos.

    Marco de situación: crecen los cordones de pobreza y para “calmarlos” se tolera que los indigentes (y los no tanto) invadan la ciudad, se instalen en veredas de todos los barrios, tomen plazas y paseos públicos, levanten refugios con trapos y cartones en zonas céntricas, recojan plásticos y metales en las calles rompiendo las bolsas de basura ensuciando todo, tapando bocas de tormenta y alcantarillas que los días de lluvia no funcionan y por eso se inunda la ciudad, además convierten a las veredas en fuentes de bacterias y focos de infección con proliferación de ratas y cucarachas que luego pasan a instalarse en los edificios, es alarmante la sostenida (¿programada?) inseguridad, etc., problemas que van de la mano con el uso de carros tirados por caballos con presunto respaldo de punteros que asegurarían a sus “caciques” políticos millares de votos en trueque por impunidad; eslabones de conveniencias contrarios a derecho y en directo perjuicio de los ciudadanos que no comulgan con una ciudad en anarquía, vicios, abusos, delitos, verdades rengas y dobles discursos.

    Aclaro que no tengo preferencias políticas, respeto a mis autoridades y hago votos para que se cumplan sus sanos anhelos, simplemente comento innegable realidad.

    Es más, noticiario de Canal 9 de TV del martes 28 de junio p.pasado mostró en un breve pantallazo -entre otros hechos cuestionables- el ingreso de carros con caballos por puente Alsina.

    Resulta inexplicable que el actual jefe de Gobierno de la Ciudad “Autónoma” (sin timón) de Buenos Aires -que pide votos por televisión- también haya permitido este descontrol e ilegalidades, mientras sus fiscales y jueces, como la Policía Metropolitana tampoco se han ocupado de impedir el ingreso y circulación de chatarreros con caballos.

    Ahora la situación estaría por empeorar ya que existe la posibilidad que sean elegidos otros señores para tomar las riendas y manejar la ciudad (codiciado “botín de oro”) con más inseguridad porque flota en el ambiente demasiado desprecio por los uniformes (no entienden que la policía en todo el mundo es un «mal necesario”), con multiplicación del caos en las calles, más ruidos y escándalos a cualquier hora y, entre cosas más graves, NO SERÍA RARO QUE LOS CARROS CON CABALLOS TENGAN MAYOR LUZ VERDE.

    Espero que Dios observe y juzgue, y que esta Patria no siga descendiendo en hechos de vergüenza; sería hermoso que un día no lejano alguien sin interés económico personal, que respete los símbolos patrios y honre a los grandes próceres nacionales nos saque del subdesarrollo con real sensibilidad, con ejemplos éticos y sin salpicar rencores y divisiones entre hermanos.

    CARLOS ESTRADA (hijo de hogar profundamente católico y patricio) *escritor, periodista de investigación, dedicado a actividades ecuestres, a la fecha con rescates de casi 600 caballos del maltrato y actos de cuatrerismo, impulsor de incautaciones de varios millares de especies salvajes vulnerables, proteccionista independiente con documentada trayectoria pública desde 1970, decenas de certificaciones oficiales y científicas y máximos reconocimientos internacionales.

    Buenos Aires, Argentina, 9 de julio de 2011.

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