Con frecuencia los medios periodísticos tratan la cuestión del celibato, generalmente a propósito de la conducta de algún sacerdote u obispo. Tres destacados periodistas italianos dialogaron en el Corriere della Sera, en junio del año pasado. Ellos fueron Sergio Romano, que respondió inicialmente a un lector de El Correo del diario; dos días después terció Vittorio Messori, al que replicó su amigo Giovanni Gennari. Con argumentos diferentes, todos ellos exhibieron un común conocimiento sobre la historia del celibato en la Iglesia.En nuestro medio, Tomás Eloy Martínez –ya fallecido– reflexionó en La Nación a raíz del escándalo que provocó la noticia sobre los hijos del ex obispo y presidente del Paraguay, Fernando Lugo, engendrados durante su ministerio. En un contexto similar, suscitado por casos de pedofilia, el periodista español José Joaquín Iriarte escribió en la revista Ecclesia (Madrid). La reflexión final de Gustavo Irrazábal, aborda exposiciones no provenientes de la teología o el Magisterio, sino de intelectuales periodistas que tratan la cuestión en los medios.

Arturo Prins

Sergio Romano. Diplomático, escritor y periodista italiano

El tema del celibato en la jerarquía del Vaticano siempre ha sido objeto de fuertes reflexiones internas. Tal imposición, no codificada y menos aún considerada en los primeros siglos del cristianismo, fue posteriormente objeto de una legislación especial. Con el Concilio del 386, se estableció por primera vez que obispos y sacerdotes, ya casados, no podían vivir más con sus esposas. Obviamente, la regla no se tuvo en cuenta. El celibato eclesiástico, se volvió obligatorio y observado sólo después del Concilio de Trento. Hoy en día esta norma, relativamente reciente en la historia milenaria del cristianismo, ¿no debería ser seriamente revisada? Dado que, presumiblemente, puede ser una seria concausa del crecimiento cero de nuevos sacerdocios en Europa. En los inicios del cristianismo, los obispos y sacerdotes podían casarse. Lo demuestra por ejemplo la primera carta de Pablo a Timoteo, donde el apóstol escribe: “(…) si alguien aspira al episcopado, desea una noble tarea. En efecto, es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, respetable, hospitalario, idóneo para la enseñanza, no borracho, no violento, sino indulgente, no pendenciero, no codicioso, que sepa gobernar bien su propia familia, y mantener a sus hijos en sujeción con dignidad. Porque si uno no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la Iglesia de Dios? “. Y más adelante: “Los diáconos sean maridos de una sola mujer, y sepan gobernar bien a sus hijos y a sus hogares”. La castidad, entonces, fue sobre todo la libre elección de monjes y ermitaños que abandonaban el mundo para dedicarse por entero a Dios. Creo que el punto de inflexión no se remonta al concilio del 386, sino al del 1139, con el cual el celibato se convirtió, al menos en teoría, en una regla prescripta para todos los sacerdotes. Pero James Carroll (un escritor estadounidense que ha dejado el sacerdocio en 1974 debido a que el voto de obediencia no le garantizaba la libertad que necesitaba) considera que esta decisión fue tomada principalmente por razones prácticas: para evitar que los problemas de herencia interfirieran en la administración de patrimonio eclesiástico. De todos modos, sabemos que la regla fue violada en numerosas ocasiones y que el celibato se aplicó universalmente sólo después del Concilio de Trento. Fue entonces el medio del cual la Iglesia se sirvió para llamar al orden a los sacerdotes en el momento en que su imagen se vio fuertemente afectada por la Reforma luterana. Fue, por lo tanto, un instrumento de poder utilizado para fortalecer los lazos de la disciplina eclesiástica. Pero también se convirtió en un principio de identidad, el sello distintivo de una diferencia sobre la cual la Iglesia habría construido su reputación. Esta es probablemente la razón por la cual la Iglesia de hoy, pese a algunas aperturas del Concilio Vaticano II, no logra abordar libre de prejuicios el problema del celibato eclesiástico. Cuando una medida justificada histórica y pragmáticamente se convierte en parte de la identidad de una institución o de un grupo social, el cambio es muy difícil. Si la hay, como es probable, será necesario esperar otro papado.(“El celibato eclesiástico, de San Pablo a la actualidad”, Corriere della Sera, 2/6/10).

Vittorio Messori Periodista y escritor católico italiano. Su libro Cruzando el umbral de la esperanza (1994), contiene una larga entrevista a Juan Pablo II


El vastedad y la exactitud de la información de Sergio Romano, sobre los temas más variados, son a menudo admirables, y en cualquier caso, siempre dignos de lectura atenta.
Sin embargo, como es lógico, un error puede ocurrir, especialmente en el campo de la intrincada historia eclesiástica, donde tropiezan incluso los estudiosos católicos. Así, en respuesta a un lector de El Corriere del 2 de junio, Romano escribe que el celibato para los sacerdotes católicos que “se habría tornado obligatorio, al menos en teoría, con el Concilio de 1139”. En realidad, en ese año se celebró el segundo Concilio de Letrán, que dispuso que todo matrimonio por parte de sacerdotes o laicos consagrados por el voto de castidad era no sólo ilícito, sino también inválido. Comenta el Cardenal Alfons Stickler, historiador de extraordinaria erudición, a lo largo de toda una vida bibliotecario y archivista de la Santa Iglesia Romana y autor de una obra considerada definitiva: “Esta disposición conciliar ha creado una convicción que sigue siendo muy extendida: a saber, que el celibato clerical no se introdujo hasta entonces. En realidad, se transformó en inválido lo que siempre había sido ilegal. Por lo tanto, esta pena es más bien una nueva confirmación de una obligación existente ab immemorabili“. Stickler, muerto hace pocos años, comienza las sólo setenta, pero densas páginas de su libro (El celibato eclesiástico. Historia y fundamentos, Libreria Editrice Vaticana) declarando: “Estamos acostumbrados a hablar del celibato, es decir, de la renuncia al matrimonio por parte de los candidatos al sacerdocio. En realidad, se debería utilizar el término más amplio de la continencia”. Se refiere a la continencia que se debe observar no sólo renunciando al matrimonio, sino también no usando de él cuando se es ya casado. En efecto, en la Iglesia primitiva, la mayoría del clero estaba compuesto por hombres maduros – los viri probati – que, con el consentimiento de sus esposas, accedían a las órdenes sagradas, dejando a la familia, cuyas necesidades materiales eran atendidas por la comunidad de los creyentes. Ahora bien, se lee a menudo, incluso en autores serios, que la obligación de este abandono de la consorte, con el consecuente compromiso de la continencia perfecta, se decidió sólo alrededor de 300 en el Concilio, o mejor dicho, el Sínodo de Elvira, en España. Otros, como Romano (lo hemos visto) remontan dicha obligación incluso al 1139. Ahora bien, en el canon 33 de las actas de Elvira dice: “Los padres sinodales están de acuerdo sobre la prohibición completa para todos los clérigos dedicados al servicio del altar, consistente en abstenerse de sus esposas y no procrear hijos. Quién hizo esto deben ser excluido del estado clerical”. Stickler comenta: “No se trata, como vemos, de una nueva disposición. Es, en cambio, la reacción contra el incumplimiento de la obligación tradicional y bien conocida y al cual se añade ahora una sanción”. Que Elvira sólo ha confirmado la tradición ‘ininterrumpida y no establece una novedad de extraordinario peso, lo demuestran también las actas de muchas otras asambleas de obispos. Por ejemplo, el Concilio de Cartago (año 390), donde por unanimidad se reafirmó la obligación del celibato o la continencia “para preservar”, está escrito, “lo que enseñaron los Apóstoles y que todo el pasado siempre ha mantenido”. A las decisiones conciliares se puede añadir el testimonio de los mayores Padres de la Iglesia, desde Ambrosio a Jerónimo, de Agustín a San Gregorio Magno: todos reafirman que la castidad para los sacerdotes se remonta a los tiempos apostólicos, es decir, al comienzo mismo del cristianismo. Sin embargo, pasando ahora a las Iglesias orientales, sobre todo greco-esclavas, citamos de nuevo al cardenal Stickler: “Frente a una actitud considerada más liberal de parte de estas comunidades, se dirigió la crítica a la Iglesia Católica de haberse vuelto demasiado severa en su disciplina del celibato”. De hecho, entre los ortodoxos, sólo los obispos debe preservar su virginidad si, como es muy a menudo sucede, provienen de monasterios, o tienen que vivir la continencia absoluta si eran ya casados. Los sacerdotes “simples”, los “pope” parroquiales, pueden usar el matrimonio, siempre que sea el primero y el único y haya sido contraído antes de la ordenación. Pero, en realidad, hasta finales del siglo VII no fue en absoluto así, y en la Iglesia indivisa, tanto en el Este como en el Oeste tuvieron vigencia las mismas reglas restrictivas sobre el sexo, en la convicción unánime de que provenían de la Tradición apostólica. El Concilio de Nicea, entre otros, en el 325 reafirmó la prohibición para todo el clero de tener en casa mujeres que no fueran madres y hermanas hermanas, y es falsa la protesta aislada de un obispo en Egipto. Pero la obligación del celibato o continencia exigía una “autoridad que ejercitase un control constante y riguroso, cosa que en Oriente a menudo faltaba. Luego, frente a la propagación de abusos, los emperadores de Bizancio, que se había arrogado la autoridad en cuestiones eclesiales, eligieron el camino menos agotador para el poder político, tolerando y defendiendo aquellos abusos. Stickler: “Si bien al menos para los obispos se logró mantener la antigua tradición restrictiva, el abuso cada vez más generalizado del matrimonio entre el clero inferior fue considerado imparable”. Se capituló ante la situación de hecho en el Concilio Trullano, que se reunió en el 691, no casualmente en el palacio imperial de Constantinopla. La Iglesia, impotente ante el Basileus, eligió el mal menor. Pero aún hoy, en el Oriente, hay clérigos prominentes a los que les gustaría regresar a la situación de los siete primeros siglos y que la Católica Romana ha sabido conservar. Entre otras cosas, carece de fundamento la creencia de que la abolición del celibato aumentaría los candidatos para el sacerdocio: el matrimonio no ha impedido que la imparable crisis numérica de los popes ortodoxos, pastores protestantes, rabinos hebreos. Tampoco una esposa para sacerdotes católicos evitaría el abuso sexual de los niños: en los Estados Unidos (pero la situación es similar en Europa) más del ochenta por ciento de los casos denunciados se refiere a casos de homosexualidad. No se ve de qué podría servir una esposa a un pederasta, aunque sea consagrado.
(“En la Iglesia, el celibato ha existido siempre”, Corriere della Sera, 6/6/10).

Giovanni Gennari Periodista, abogado y diplomático italiano

Mi amigo Vittorio Messori, en el Corriere el domingo, es terminante desde el título: “En la Iglesia, el celibato ha existido siempre”. Verdad: Jesús y el apóstol Juan no estaban casados. Pero también es cierto que “el matrimonio de los sacerdotes en la Iglesia siempre ha existido.” Los otros apóstoles estaban casados, y en la Iglesia Católica existe desde siempre y hasta hoy el matrimonio de los sacerdotes: por más de un milenio los sacerdotes de rito latino podían ser casados, y aún hoy hay sacerdotes casados ​​en el rito oriental católico, y están llegando los ex anglicanos. Entonces, hay que aclarar que una cosa es el indudable valor del celibato “concedido desde lo alto” – palabra del mismo Jesús, y otra distinta es el problema de la ley histórica del celibato para los sacerdotes. También en perspectiva ecuménica: todas las otras iglesias cristianas aceptan el ministerio de hombres casados. Y, en efecto, el celibato por ley se convirtió en algo necesario sólo después de siglos. Messori lo sabe muy bien, y de hecho debe apelar a la lex continentiae por la cual, en particular a partir del siglo IV, se pedía la abstención de las relaciones conyugales en el tiempo que precedía la celebración eucarística.
Valía para los sacerdotes, obispos y papas, entre los cuales al menos cuatro – por ejemplo, San Ormisda (514-523) y su hijo Silverio (536-537) – fueron casados. La cosa fue incluso más reciente, y varios papas tuvieron hijos a lo largo de los siglos. Por lo tanto, una cosa es el carisma del celibato y otra el celibato como condición requerida por la ley para quien quiere ser sacerdote católico. Messori recuerda los estudios del cardenal austríaco Stickler en este tema sostiene como argumento principal precisamente la ley de “continencia”. Pero esta realidad histórica es el resultado también, y quizás exclusivamente, de la historia de las culturas anteriores al cristianismo y al mismo hebraísmo, en los que la mujer era un ser inferior y “sucio”, el cuerpo algo ajeno a la perfección, y el encuentro sexual degradaba al hombre, acercándolo a los animales. Por lo tanto, el maestro más famoso, Aristóteles enseñó que “la mujer es un hombre fallido.” Durante miles de años de la cultura persa, griega y romana, la mujer rebajaba al hombre, o incluso lo volvía impuro. Algunos rastros también – afortunadamente aislados, y quizás falsificados – se pueden hallar en el Apocalipsis (14, 4) que declara “beatos” a los hombres que “no se han contaminado mezclándose con mujeres”. Esta concepción pagana e injusta ha contribuido, con muchas otras razones concretas, a dar motivos teóricos para la tardía transformación del carisma del celibato en la “ley obligatoria” en la Iglesia occidental y latina. Se sabe, además, que la “ley de la continencia”, comenzó su transformación después del fin de las persecuciones paganas, a principios del siglo IV, cuando el ideal cristiano más originario, el del martirio, se volvió obsoleto y fue reemplazado por el de la virginidad. De esa visión de la sexualidad y de las mujeres se han derivado muchas consecuencias en la relación entre la Iglesia Católica y la sexualidad, como por ejemplo, durante siglos, la idea de la virginidad como “superior” al matrimonio. Así lo manifestaron en el pasado textos solemnes, y para quien lo negaba había un anatema sit del Concilio de Trento, recordado en la Encíclica Sacra virginitas de Pío XII, pero el Papa Juan Pablo II, durante sus célebres catequesis sobre el cuerpo, la sexualidad y el matrimonio ha declarado explícitamente que no es así, porque “la superioridad de la visión cristiana” se da sólo por el grado de ejercicio del amor-caridad hacia Dios y al prójimo, inseparablemente: textos en L’Osservatore en Acta de la Santa Sede. Benedicto XVI también ha reafirmado recientemente “el valor del celibato”? Claro, pero muchos papas, y él también, reiteran el valor del ” sagrado matrimonio “, “gran misterio en Cristo y en la Iglesia”, como enseña San Pablo, incluso “sacramento”, cosa que no es el celibato. De modo que el verdadero problema aquí no es el celibato, sino la ley histórica del celibato obligatorio para el clero católico. Y la llamada de la “ley de la continencia” – argumento central de Stickler, y Messori – está fuera de lugar. El que prueba demasiado también corre el riesgo de no probar nada, y más aún. Se sabe que Stickler fue sólo uno de los principales partidarios del cardenal Groer en Viena, después del “demasiado progresista” cardenal Koenig, y también se conoce el final del cardenal Groer, a comienzos de los años turbulentos de la cuestión de la pedofilia, que no tiene nada eclesiástica que ver con el tema del celibato, y tiene mucho que ver con la sexualidad mal vivida (de solteros y casados ​​es lo mismo). El punto aquí es pensar – y hoy en día lo hacen hombres de Iglesia incluso muy cercanos a Benedicto XVI – la ley del celibato que existe en la actualidad en la Iglesia católica. Que quede claro: mientras esté en vigor, los sacerdotes están obligados a observarla, o solicitar ser eximidos de su ministerio, pero esto no es sólo su problema individual. Por último, sin embargo, un pensamiento triste y una nota del hecho. En un año entero dedicado a los sacerdotes, no hay noticias de un solo pensamiento público de la autoridad en la Iglesia, dirigido a los sacerdotes casados ​​- unos 60.000 en el mundo de hoy – que en la obediencia a la ley histórica han tenido que abandonar un ministerio para el que muchos se han sentido y se sienten llamados. Y ningún pensamiento, creo yo, incluso para los sacerdotes casados ​​del rito oriental, que el Concilio ha definido como ” ni menos sacerdotes, ni menos buenos sacerdotes ” respecto a los célibes, y que continúan felizmente su ministerio en la Iglesia Católica. La observación del hecho: para el celibato de los sacerdotes la Iglesia Católica hizo lo que oficialmente no se siente autorizada a hacer para los ministerios femeninos, es decir, que se ha alejado de la conducta de Jesús, que de hecho ha llamado al ministerio apostólico también a los casados, incluso especialmente los casados. Esto también puede hacernos reflexionar, y tal vez, rezar.
(“Sacerdotes célibes por ley, y no siempre”, Corriere della Sera, 8/6/10).

Tomás Eloy Martínez Periodista y escritor argentino

Ya casi no hay memoria de los tiempos en que la Iglesia Católica sufrió desafíos tan ásperos como los de estos últimos años. Lo que sucede no tiene la profundidad del cisma litúrgico del obispo Marcel Lefebvre ni el fervor revisionista en la interpretación de los Evangelios que desembocó en la Teología de la Liberación, sino las violaciones de una obligación que no es materia de dogma pero sí de continua perturbación: el sexo de los clérigos.

Primero fueron los delitos de pedofilia, que en diciembre de 2002 provocaron la renuncia del cardenal de Boston Bernard Law, de quien se sospechó ocultamiento; 450 demandas millonarias por décadas de abusos contra menores dejaron la arquidiócesis al borde de la quiebra. Otra vez ahora, como suele suceder, el escándalo se desata cuando sale a la luz algo que se trataba de ocultar: la descendencia del ex obispo Fernando Lugo. Los actos aberrantes y la aparición de tres hijos engendrados por el presidente de Paraguay durante sus años de ministerio ponen en tela de juicio el valor de la represión sexual en la vida católica.

Lugo es un novato en política, en quien los creyentes paraguayos advirtieron un carisma natural asociado, en buena medida, a las virtudes que se atribuyen a los hombres que transmiten la palabra de Dios.

Al ser elegido, en abril de 2008, cerró 61 años de dominación del Partido Colorado. De ellos, 35 corresponden a la dictadura de Alfredo Stroessner, cuyas violaciones de los derechos humanos investiga hoy la justicia paraguaya. Cuando la senadora Lilian Samaniego, jefa de la oposición, denunció a Lugo por estupro, acusándolo de tener relaciones con una adolescente de 16 años, el ex obispo pidió perdón al pueblo, señalando que su falta era un rasgo propio de la condición humana. Los seguidores de Lino Oviedo, un militar procesado por intentos de golpes de Estado y masacre de civiles, quien se fugó hace diez años a la Argentina de su amigo Carlos Menem, hacen continuos aportes al show televisivo con declaraciones sobre el derecho canónico, Dios y la moralidad. Otros colorados llaman a Lugo “falso profeta” y “farsante”. Y, como al pasar, destacan la inestabilidad que representa el distanciamiento entre el jefe de Estado y su vicepresidente Federico Franco.

Al margen de la lucha en el barro de la política, las declaraciones más esclarecedoras han salido de la Iglesia paraguaya misma. El obispo de Ciudad del Este, Rogelio Livieres, dijo que sus pares conocían la información sobre Lugo desde hacía tiempo. “No sé por qué se enmascaran los temas de la Iglesia y no se ventilan. En nuestra época eso es pésimo, porque todo se descubre finalmente”, afirmó Livieres, y encontró una instantánea refutación oficial: “El Consejo Episcopal Permanente lamenta y rechaza las expresiones de monseñor Livieres, quien hace entender que hubo encubrimiento y complicidad de los obispos de Paraguay sobre la conducta moral del entonces miembro del colegiado episcopal, monseñor Fernando Lugo”.

Las palabras del obispo Livieres recuerdan las que monseñor Jerónimo Podestá, impulsor del Movimiento Latinoamericano de Sacerdotes Casados, escribió en 1990 al entonces presidente del Episcopado Argentino, cardenal Raúl Primatesta: “Veo con pena que en general tengan ustedes una visión bastante «alienada» y timorata: no saben lo que piensa y siente la gente en el mundo de hoy. La Iglesia es el Pueblo de Dios y ustedes lo saben, pero en el fondo siguen pensando que la Iglesia son ustedes”, le dijo en una carta tras el enésimo rechazo a su prédica por el celibato optativo.

Cuando era obispo de Avellaneda, a fines de los 60, monseñor Podestá se convirtió en una pesadilla para el régimen autocrático de Juan Carlos Onganía. Reunía a multitudes de hasta un millón de personas para ceremonias religiosas que se transformaban en espontáneas manifestaciones políticas. En sus sermones denunciaba las injusticias sociales y apoyaba el compromiso de los sacerdotes con las reivindicaciones populares, precursoras de las obras que hoy se hacen en las villas. Para el régimen fue un alivio que el obispo anunciara, en 1967, la decisión de casarse con Clelia Luro, quien había sido su asistente en la diócesis y era madre de seis hijas de un matrimonio anterior.

Era una época de rupturas sonoras. Poco antes, el jesuita Joaquín Adúriz, quien se había hecho famoso en el programa de televisión El abogado del diablo , con Raúl Urtizberea, colgó los hábitos y se fue a vivir a Lima con su esposa.

Podestá llamó varias veces a las puertas del Vaticano sin lograr que Pablo VI le levantara la suspensión a divinis. Hasta su muerte, hace nueve años, nunca se dio por vencido: “Celebro misa en el patio de mi casa”, solía decir. Reivindicaba su compromiso con Dios: “Tengo la formación tradicionalísima de la Iglesia, que dice: «Tú eres sacerdote para siempre». Lo primordial es esa elección interior: ¡yo quiero ser sacerdote! ¿Y por qué? Porque quiero enseñar el bien, la enseñanza de Jesucristo”. Podestá insistía en recordar que, si bien Jesús optó por el celibato, no lo impuso a sus apóstoles, entre los que había casados y solteros. El ex obispo de Avellaneda predicaba que el celibato es un don, no un mandato divino, y que nada impide sentir la vocación sacerdotal si se está privado de esa gracia.

La mayoría de los católicos ignora que los sacerdotes y obispos no tenían prohibido el matrimonio durante los primeros diez siglos de vida cristiana. Además de San Pedro, otros seis papas vivieron en matrimonio y -más llamativo aún- once papas fueron hijos de otros papas o miembros de la Iglesia, sin que ese linaje afectara la santidad de sus actos. Hasta el Concilio de Elvira, que lo prohibió en el año 306, un sacerdote podía incluso dormir con su esposa la noche antes de dar misa. Eso comenzó a cambiar diecinueve años más tarde, cuando el Concilio de Nicea estableció que, una vez ordenados, los sacerdotes no podían casarse.

En 1073, Gregorio VII impuso el celibato. Uno de sus teólogos, Pedro Damián, dictaminó que el matrimonio de los sacerdotes era herético, porque los distraía del servicio al Señor y contrariaba el ejemplo de Cristo. Si bien la intención del Papa era restaurar la derruida moral del clero y purificar a la feligresía con ejemplos de castidad, decenas de historiadores -incluyendo los más piadosos- suponen que la decisión de imponer el celibato fue también un medio para evitar que los bienes de los obispos y sacerdotes casados fueran heredados por sus hijos y viudas en vez de beneficiar a la Iglesia. En 1123 el Concilio de Letrán decretó la invalidez del matrimonio de los clérigos y, como la norma no hallaba completa obediencia, dieciséis años más tarde el segundo Concilio de Letrán la confirmó. Cuando el Concilio de Trento fijó la excelencia del celibato sobre el matrimonio, hizo doctrina de las palabras con que San Gregorio Magno había condenado el deseo sexual durante su papado, en el siglo VI. Sólo la Iglesia Oriental que adscribe a Roma admite sacerdotes casados, pero deben haber contraído matrimonio antes de la ordenación y nunca llegarán a obispos.

Para los católicos, el paso por este mundo es sacrificio y sufrimiento, tal como lo escribió Santa Teresa: “Vivo sin vivir en mí, / y tan alta vida espero, / que muero porque no muero”. Pero así como el placer del sexo fuera del matrimonio está prohibido por la doctrina, para las religiones védicas de la India es un camino de aprendizaje y un elemento de vida: “Atravesada por un ardor que te devora, la boca seca, te arrastrarás hacia mí, dulce, sin ira, toda mía, la voz tierna, fiel”, dice una plegaria hindú para ganar el amor de una mujer, en el Atharva-Veda.

¿Cuál es el sentido de reprimir las expresiones de la sexualidad, no sólo entre los clérigos sino también en la vida diaria? ¿Qué gana la fe católica con eso? Se teme que el placer distraiga de la oración, de la relación con Dios, pero el menosprecio de la mujer en los seminarios y la contradicción de los impulsos naturales del hombre en realidad no fortalecen los vínculos entre la Iglesia y el pueblo de Dios. Al contrario, el celibato obligatorio suele desanimar algunas vocaciones sacerdotales y provocar defecciones en el clero.

Si bien creía que “la vigente ley del sagrado celibato” debía seguir “unida firmemente al ministerio eclesiástico”, Pablo VI, atento a los clamores de modernización del Concilio Vaticano II, analizó las objeciones en una encíclica memorable, Sacerdotalis caelibatus , de 1967. Allí se preguntó: “¿No será ya llegado el momento de abolir el vínculo que en la Iglesia une el sacerdocio con el celibato? ¿No podría ser facultativa esta difícil observancia? ¿No saldría favorecido el ministerio sacerdotal si se facilitara la aproximación ecuménica?”.

Acaso a Dios lo tengan sin cuidado los deslices del ex obispo Lugo, porque su gloria está más allá de lo que establecen los seres humanos. Pero la inflexibilidad de la doctrina deja entre los católicos la pregunta sobre el sentido de normas creadas por la Iglesia hace diez siglos, que no existían antes y no tendrían por qué existir para siempre. Jesús predicó la humildad, el amor a Dios y a los semejantes. Sus lecciones de vida siguen siendo claras. A veces, en el afán por interpretarlas, los seres humanos las oscurecen.

(La Nación, 9/5/09).

José Joaquín Iriarte Periodista español

Días pasados, un grupo de teólogos de habla alemana presentó un manifiesto redactado por 8 de ellos y firmado por alrededor de 150. Aprovecharon la ola de un acontecimiento reciente –el escándalo por el caso de abusos sexuales de un número exiguo de clérigos– para argumentar que no se habría producido si los sacerdotes se casaran. (…)

En otros credos religiosos, incluso cristianos, en los que no se vive el celibato sacerdotal, los casos de abusos sexuales se dieron en un porcentaje muy superior. (…)

Todos sabemos que el celibato de los presbíteros no fue condición sine qua non en la Iglesia primitiva, que San Pedro estaba casado. (…) El celibato se vio necesario no sólo para la disponibilidad plena del sacerdote con los feligreses –que es un motivo suficientemente práctico– sino para expresar con su templanza el destino del hombre: la vida eterna en la que “nadie se casa ni es dado en matrimonio”. (…) Los detractores se fijan en los problemas que suscita la falta de curas jóvenes y, como decía más arriba, en una forma de evitar el escándalo de los sacerdotes que obraron mal. “Mi investigación de los casos de los últimos 20 años –escribe el profesor Philip J. King, de la Universidad de Pensilvania– no revela evidencias de que el clero católico o cualquier otro clero célibe sea más propenso a involucrarse en conductas inapropiadas o en abusos que el clero de cualquier otra denominación, o incluso que los laicos. Sin embargo, ciertos medios de comunicación ven el asunto como una crisis del celibato, aseveración que sencillamente no tiene fundamento.” (De su artículo “¿Curas casados? No, gracias”, revista Ecclesia, Madrid, 19/2/11).

Reflexión final: Escuchemos la voz del célibe

Las diferentes opiniones que hemos presentado en este capítulo del debate, así como los comentarios de los lectores, pese a su heterogeneidad, tienen dos puntos en común: el primero, es que la mayoría se refiere a la ley del celibato o de la continencia; el segundo, es que ninguno de los participantes es célibe. Con esto no pretendo negar en lo más mínimo el valor de sus aportes; sí quiero indicar un factor de evidente desequilibrio en ese debate: se discute mucho sobre el celibato sacerdotal sin que esté suficientemente representada la voz del célibe, y en particular del sacerdote célibe.

No me refiero ante todo a lo que el célibe pueda decir sobre la doctrina del celibato y la virginidad, sino a lo que puede comunicar acerca de su propia experiencia de vida: sus esperanzas, sus luchas (muchas veces marcadas por avances y retrocesos) y las posibilidades que efectivamente se abren, gracias a este carisma en orden a su realización personal en la entrega a Dios y a los demás.

Sin prestar oído a esos testimonios, difícilmente la persona no célibe pueda llegar a una comprensión auténtica y cordial de aquello de lo que está hablando, y en muchos casos su discurso tenderá a focalizarse en los aspectos exteriores, de orden jurídico-institucional, cultural, económico, etc. A mi juicio, escuchar voces representativas de lo que viven miles de sacerdotes célibes en todo el mundo, permitiría entender que el ideal del celibato sacerdotal no depende directamente de las complejas discusiones sobre la historia de esta disciplina.

Ese ideal se acredita a sí mismo conforme a una experiencia secular sobre sus frutos espirituales y pastorales; y es esto, más que cualquier otra razón, lo que justifica la preferencia de la Iglesia católica latina a favor del celibato.

El sacerdocio célibe presta a la Iglesia un servicio insustituible como testimonio del Reino. La eventualidad de un celibato optativo no debería oscurecer este hecho.

Gustavo Irrazábal

Ecos del debate anterior

Selección de opiniones recibidas en la web

El celibato, don de Dios a su Iglesia

Muy interesante la selección de artículos sobre el celibato sacerdotal. Como hombre casado y padre de familia, entiendo las dificultades propias del matrimonio y el sostenimiento de una familia.

Admiro la entrega de nuestros sacerdotes, que viven su celibato con corazón indiviso y entrega profunda a su ministerio sacerdotal y a las actividades propias de su estado. Admiro la disponibilidad para atender los requerimientos de nosotros, sus feligreses, para orientarnos y ayudarnos en nuestra identificación con Cristo; para exigirnos a responder también como ellos lo hacen.

Pienso que cualquier revisión a las prácticas milenarias de la Iglesia debe realizarse atendiendo a lo que Dios le pide a cada cristiano en particular y a los llamados al sacerdocio. No podemos rebajar nuestra entrega, sea la que fuere. Dios nos pide una entrega siempre creciente, en el estado matrimonial o en el sacerdotal.

Rescato la práctica de las Iglesias orientales, en las cuales una vez hecha la opción al celibato éste se mantiene de por vida. Una nueva regulación no debería suponer la liberación de compromisos en aquellos que libremente asumieron el celibato al ordenarse. El celibato es un don entregado por Dios a su Iglesia y que puede y debe ser adecuadamente regulado por la Iglesia.

René Játiva

Enemistad de la Iglesia con la sexualidad

Ante todo me sorprende el cambio de pensamiento de Ratzinger. Me parece valiente y clara la declaración de ese grupo de obispos alemanes del cual el actual Papa formaba parte. Me apena el cambio de su pensamiento, que se ha vuelto rígido, intransigente, insuficiente, características que acompañan al resto de las declaraciones magisteriales sobre el tema.

Me parece que el “problema de fondo” sobre la obligación del celibato sacerdotal en la Iglesia occidental es siempre el mismo: la “enemistad” dela Iglesia con la sexualidad, problema que en pleno siglo XXI aún no ha sido superado. (…)

Las modificaciones a esta norma tienen que ir acompañadas de cambios también en ciertas concepciones antropológicas dualistas, que hoy siguen acompañando el discurso pastoral sobre el hombre, pero que se alejan de la visión bíblica, sana y abierta, respetuosa de la naturaleza humana y “amigable” con la cuestión de la sexualidad.

El respeto por el trabajo de la teología, que cada día dialoga más ampliamente con el resto de las ciencias, debe ser considerado por el Magisterio de la Iglesia, sin pretender que la primera se vea limitada en sus reflexiones y conclusiones por las declaraciones papales o por lo que muchas veces se entiende erróneamente como la “intocable tradición”.

Graciela Moranchel

Licenciada y profesora en Teología Dogmática

¡Qué bueno debatir un tema tan importante!

Como parte de esa magnífica reflexión sobre el matrimonio, que encontramos en el séptimo capítulo de la primera epístola que le escribiera a los corintios, Pablo expresa en el versículo siete: “Mi deseo es que todo el mundo sea como yo, pero cada uno recibe del Señor su don particular: unos éste, otros aquél”.

Podemos decir que hay cristianos que recibieron el don del celibato. Esto no debería llevarnos a establecer el celibato como condición indispensable para ser ministro del evangelio. Permítanme presentar dos razones bíblicas para fundamentar este pensamiento: En primer lugar, el celibato no aparece entre ninguno de los requisitos de los siervos de Dios en el Nuevo Testamento (ni en 1 Timoteo 3,1-7; ni en Tito 1,5-9); más bien todo lo contrario, ya que en 1 Timoteo 3,4 se dice, por ejemplo: “Que sepa gobernar su propia casa y mantener a sus hijos en la obediencia con toda dignidad”. En segundo lugar, al defender sus derechos como apóstol, Pablo expresa en 1 Corintios 9,4-5: “¿Acaso no tenemos derecho a comer y a beber, a viajar en compañía de una mujer creyente, como lo hacen los demás apóstoles, los hermanos del Señor y el mismo Cefas?”.

Las palabras griegas traducidas mujer creyente, son adelphen gunaika, que podrían traducirse también como esposa creyente, pues las palabras guné, aikós significan no sólo mujer, sino también esposa. Por lo dicho, ¡qué bueno es llevar adelante un debate sobre un tema tan importante!

Raúl Ernesto Rocha Gutiérrez

Doctor en Teología

Magister en Ciencias Sociales

Licenciado y profesor en Letras

Celibato y matrimonio

Pienso que el debate sobre si el celibato es superior al matrimonio es una discusión semántica y bizantina. Me parece que el compromiso con Dios no pasa por allí, sino por la disposición personal de cada uno.

Isidoro Cárdenas

El comentario de Isidoro Cárdenas da en el clavo. Siempre se ha predicado y creído entre los eclesiásticos que el celibato es superior al matrimonio. Los escritos y reflexiones aquí presentados se alínean en su mayoría con la idea de que el celibato es superior al matrimonio u otra forma de vida. Se habla mucho del llamado de Dios a la vida religiosa o sacerdotal como lo máximo, y muy poco del llamado a desarrollar una sexualidad para la vida.

Ramón Reyes

Cuando uno ejerce la sexualidad haciendo uso de su plena capacidad, se derrama sobre la persona amada en todo el sentido del término: el cuerpo se hace uno con el alma y se sale de sí para lograr la mayor alegría en el amado. La intención del amante es darle al amado la experiencia de la mayor plenitud de vida, del mayor gozo. Y el amado no distingue aquí entre cuerpo y alma… todo es “todo”. Pero se puede hacer mucho daño en el ejercicio de la sexualidad que no expresa el amor, o lo expresa mal. De hecho es común descubrir que el buen ejercicio mutuo de la sexualidad es un lenguaje que se aprende a medida que se ejercita en el tiempo y se van conociendo los amantes, que se descubre al otro tal como él sabe expresarse y puede recibir mejor lo que se le da.

El celibato tiene la misma dinámica, porque no es asexuado. El celibato sólo si quiere darse plenamente, totalmente al otro en el amor –como Cristo en la cruz– es, entonces, un don cuyo valor no está en el beneficio propio sino en el que recibe la comunidad donde se ejercita. Ambas maneras de amar son válidas y han coexistido desde el principio. La vida matrimonial plena, vivida como camino de unión en el amor, es imagen del amor de Dios por su Iglesia, como bien lo señala Pablo. La vida célibe bien vivida y entregada, es imagen del amor total que viviremos en el seno de la Trinidad. Necesitamos de ambas luces que nos señalen el camino. El celibato debería ser voluntario entre los sacerdotes como lo es entre los laicos, no una legislación con el poder de determinar el ejercicio del ministerio.

Pedro Puente Olivera

Celibato y Diaconado

Me gustaría aportar una observación: resulta llamativo cómo se omite contemplar que dentro del Orden Sagrado, el celibato sólo es requerido a los presbíteros y obispos, pero no al ministerio de los diáconos. Por tanto, es incorrecto sostener que el celibato es la única opción admitida para el ministerio dentro de la Iglesia católica de occidente.

No veo razón por la que una vocación ministerial y una matrimonial no puedan ser encauzadas en el Diaconado. A sacerdotes probadamente fieles, que no pueden eludir el llamado a la vida matrimonial, se les otorga la reducción al estado laical. Por qué no llevarlos al estado diaconal, conservando el ministerio y el matrimonio.

Soy profesional, me desempeño activamente en el mundo del trabajo y cotidianamente observo hombres y mujeres que hacen una opción y renuncian a tener una familia por dedicar todo su empeño al trabajo. Es lamentable ver cónyuges que concluyen su relación por la influencia del trabajo de uno o de ambos, y el modo en que se elige la profesión antes que el propio matrimonio. Ello demuestra que la disponibilidad absoluta es parte sustancial de un llamado o vocación, no sólo sacerdotal sino también profesional.

Es cierto que la soledad y el aislamiento no son buenos. Pero será necesario operar sobre este problema, sin que se pueda asegurar que la eliminación del celibato lo solucione. ¿O acaso no hay matrimonios en los que los cónyuges padecen de soledad y aislamiento?

¿No estamos pretendiendo debatir un tema que está mal planteado? En la Iglesia hay espacio y camino para todos, sin que se observen razones suficientes para cambiar el celibato sacerdotal. Lo importante es que haya un correcto discernimiento de cada vocación, pues los problemas surgen, muchas veces, por haber elegido un camino incorrecto.

Mario T.

Coincido con Mario T. Una opción para salir de la estéril discusión de si el celibato sí o el celibato no, sería promover el Diaconado, institución que existe desde el principio del cristianismo y admite personas casadas. Cada parroquia podría contar con varios diáconos que ayuden al párroco. También deberían flexibilizarse las normas que rigen para los diáconos, en el sentido de que si ellos enviudan se les permita casarse nuevamente (es un contrasentido no permitirlo) y ampliar lo más posible sus facultades (administración de sacramentos, celebración de actos litúrgicos).

Guillermo Battro

Quiero, como diácono permanente, clarificar algunas cuestiones que, por desconocimiento de lo que es el Diaconado, se expresan en algunas intervenciones. Digamos con el concilio que el diácono es “el servidor de la Palabra, de la Liturgia y de la Caridad”. Dicho esto es posible inferir las muchas funciones que de ello se derivan: la celebración del Bautismo, del Matrimonio, de la Palabra con Comunión, de la homilía en la Eucaristía y en otros sacramentos, de funciones como delegado diocesano de ecumenismo, de Cáritas, del servicio a los migrantes, de la pastoral carcelaria, de bendiciones de todo tipo, responsable de la catequesis, etc. Soy diácono de una diócesis suburbana, donde el cuerpo diaconal ha crecido: 29 ministros en 10 años. No fue necesario orar de manera particular, ni explicar a las comunidades qué es un diácono. Sin embargo, el Espíritu ha iluminado a hombres casados que, de manera espontánea, se presentaron para prepararse y ser ordenados en este ministerio. Mientras vemos la tremenda declinación de vocaciones al presbiterado, se asiste en las Diócesis a una floreciente respuesta al llamado a la diakonia, al servicio de las comunidades.

Todos somos casados, padres de familia, en mi caso con 5 hijos. Imagino lo que sería contar, junto a los sacerdotes célibes, a casados que enriquecieran el presbiterio y el testimonio evangélico. Es el caso de las Iglesias orientales, ortodoxas y otras, donde coexisten ambos tipos de presbíteros desde la más remota antigüedad. ¿Por qué no habría de ser así en occidente? ¿Por qué dos criterios distintos y contrapuestos dentro de nuestra misma Iglesia?

Aurelio Carlos Cercone

Hay personas, algunas escriben aquí, que tienen la idea de que el celibato es algo “obligatorio” que impone la Iglesia. Traigo una noticia: no lo es. Lo es sólo para los sacerdotes. Si no quieres ser célibe, puedes ser diácono, o laico consagrado, o cualquier otra cosa, así de simple. Los más celosos guardianes de la tradición cristiana, los hermanos orientales ortodoxos, ellos también establecen el celibato como requisito para el ministerio sacerdotal, pero no para los sacerdotes, sino sólo para los obispos y patriarcas. ¿Acaso son discriminados los obispos por no poder “elegir” no ser célibes?, ¿o son discriminados los sacerdotes casados por no poder “ascender” a obispos?

No, son todos cristianos y cada cual cumple su función. No vivimos según el criterio mundano, somos cristianos, es una religión, no otra cosa. No hay mucho que “debatir”, sino cuestionarse por qué no se promueve la consagración laica y el Diaconado, alternativas válidas, menospreciadas y desconocidas para la mayoría de los cristianos.

Quien omite voluntariamente lo que acabo de decir e insiste con el mismo discursillo del “debate abierto sobre el celibato”, no entiende nada o no quiere entender. ¡Viva el Diaconado!

Emmanuel

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  1. Eduardo Vila Echagüe on 21 agosto, 2011

    Años atrás participé como laico en un Sínodo de la Iglesia de Santiago de Chile. Trabajábamos en pequeños grupos y se esperaba que cada uno hiciera propuestas, ojalá novedosas, que luego se consolidarían hacia arriba hasta llegar al Arzobispado.

    Mi propuesta fue que se evaluara la posibilidad de que ingresaran al sacerdocio personas maduras, casadas o no, con un perfile similar a los actuales candidatos al diaconado. Personas respetables con hijos ya mayores, con trabajo o jubilados, que ya tuvieran sus medios de vida asegurados y que no representaran una carga económica para la Iglesia. Esta categoría de sacerdotes, a los que podríamos llamar en propiedad presbíteros por su edad, seguirían viviendo en el mundo pero podrían apoyar a los sacerdotes tradicionales en la administración de los sacramentos durante los fines de semana, y excepcionalmente los demás días. Naturalmente que en esas condiciones no podrían ser párrocos ni mucho menos obispos.

    Como estos sacerdotes continuarían con sus actividades laborales y sociales, contribuirían a cerrar la enorme brecha que existe hoy entre el templo y la sociedad, teniendo en cuenta que la gran mayoría de los cristianos rara vez pisan una iglesia y que tampoco los sacerdotes frecuentan sus círculos sociales.

    No soy teólogo ni historiador para evaluar la factibilidad de esta propuesta, pero con el método del sínodo de pasar hacia arriba sólo las ideas con alto grado de consenso, ésta no tenía posibilidades de llegar muy lejos.

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