las-acacias-21El estreno de Las acacias (Argentina-España, 2011), el film de Pablo Giorgelli. Tras un buen recorrido por festivales, desde Cannes hasta Kaulnas, allá en Lituania, pasando por Lima, San Sebastián, Biarritz y ahora Mar del Plata, ganándose tanto la Camera d’Or de los exquisitos como el Rail d’Or del personal ferroviario francés, a fines de noviembre llega a nuestras carteleras esta sencilla película de un debutante cuarentón. Puede pasar inadvertida, lo que sería una lástima. Pero su anuncio también puede crear demasiadas expectativas, lo que luego causaría en cierto público una decepción. Tan pequeña y frágil es.

Antes de entrar en materia, una aclaración: el Rail d’Or no fue entregado por una supuesta Asociación de Ferroviarios Cinéfilos de Francia, como torpe y humorísticamente titularon los cables locales y reprodujeron los medios, sino por la Union Artistique et Intellectuelle des Cheminots Français, una entidad dedicada a la educación popular dentro del personal ferroviario y sus familias. Para el caso, cien socios asisten a la Quincena de Realizadores y deciden por mayoría. Como se ve, un premio interesante, ya que expresa el gusto de lo que se supone “el espectador promedio”. Y un agregado: uno de los premios que Las acacias obtuvo en el Festival de Lima, fue el de la Asociación Peruana de Comunicadores Católicos, por ser, según este jurado, “un film que enaltece la dignidad de los seres humanos y la belleza de la ternura y la comunicación”. Tal, su dictamen, que bien define algunos valores de la obra.

acacias-premio-inedito-festival-habana_claima20110419_0066_21¿Y cuál es su argumento? ¿Y por qué ha gustado tanto en tantos lugares distintos, una película chiquita, que ni música tiene, ni gran elenco? Por simple haraganería, y porque lo encontramos muy bien escrito, transcribimos el comentario del diario madrileño ABC, en oportunidad de su estreno comercial en España, en octubre pasado: “La sinopsis es el argumento: un hombre recoge en su camión a una mujer y a su bebé y viajan juntos desde Paraguay hasta Buenos Aires. Pero el argumento no es la sinopsis: la soledad busca el espejo retrovisor para no reflejarse y un hombre huraño, introvertido, adusto y tímido necesita muchos kilómetros de cabina y compañía para mirar y ver el paisaje de otro modo. Las acacias es una película diminuta, hecha minuciosamente por Pablo Giorgelli, que se dedica del principio al fin de su historia a abrir una ostra, con el sorprendente desenlace de hallar ahí una perla. Giorgelli filma el viaje con los ojos puestos en ese camionero y en esa mujer (rara vez mira la cámara fuera de la cabina), a la espera que de sus rostros, sus silencios, el manojo de palabras que intercambian, salte alguna chispa, algo que sustancie una expectativa… Es, digamos, el revés de una intriga. Las acacias del título sólo puede referirse a las espinas que va perdiendo sigilosamente ese camionero, y que la cámara de Giorgelli atrapa con sutileza y paciencia (suya y del espectador, obviamente) en un pitillo mal fumado, en una imagen de la madre cambiándole unos pañales al bebé, en una sorprendente sonrisa de la niña, en el celoso sinsabor de un encuentro de ella con un compatriota…Puro polvo, sí, pero polvo cinematográfico resuelto en unas escenas finales de una ingenuidad y una verdad agobiantes de ternura y asperezas. Germán de Silva y Hebe Duarte, protagonistas, se escabullen de cualquier análisis cinematográfico: son como son las personas y nos cuentan su interior sin levantar la voz. También como la acacia, esta pelí- cula es dura y espinosa, pero rima con maravillosa”.

Exagera un poco el hombre, tan maravillosa no es, pero tiene razón sobre todo en lo de las escenas finales, y en que los intérpretes “son como son las personas”. Seguramente el lector ha visto muchas historias de gente que va aflojando su coraza a lo largo de un viaje, sea en aventuras como La reina africana o relatos de amistad como Espantapájaros, pero siempre estamos viendo a los artistas encarnando a sus personajes. Aquí realmente nos parecen gente de veras, un camionero de veras y una simple mujer del interior, y nos asombra saber que son actores. Ella, Hebe Duarte, debutante. Él, Germán de Silva, hasta hoy una figura de reparto. Nayra Calle Mamani, de cinco meses, completa el elenco, sin saberlo, y llena la pantalla en más de una ocasión.

Otros méritos corresponden, lógicamente, al realizador, que supo dirigirlos, elegir luego las tomas mejor indicadas para ir marcando como naturalmente la evolución del personaje, a su esposa la montajista María Astraukas (editaron en su propia casa, de a poquito, al coguionista Salvador Roselli (que también supo participar en El perro junto a Carlos Sorín), al director de fotografía Diego Poleri, y, esto hay que confesarlo, Yamila Fontán, que hizo armar una falsa cabina de camión para algunas partes. No todo es real, ni en la película más realista.

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