¿Cómo interpretar hoy el pluralismo o a qué llamamos pluralismo?

El florentino Giovanni Sartori, contemporáneo, sugiere esta analogía: “poner nombre” viene a ser el guante; interpretar, la mano. Leviatan necesita de Humpty Dumpty, el personaje de Lewis Carroll que le dice a Alicia: “Cuando yo uso una palabra, quiere decir lo que yo quiero que diga…”. Sartori apela al nombre de pluralismo para considerar sus variedades, pero antes de observar las variedades particulares y los tipos de pluralismo, la cuestión es entender el concepto de pluralismo.

Históricamente el pluralismo puro y simple (sobre todo la idea) surgió de la mano de la aceptación gradual de la tolerancia después de las guerras de religión. Un pluralismo intolerante era un falso pluralismo. Cuando comenzó a recelarse de la unanimidad, sucedió una revolucionaria reversión de perspectiva y por ese camino se fue construyendo por partes una civilización liberal y se arribó a la democracia de nuestros días. Desde los mundos monocromáticos del pasado, los regímenes llegaron hasta la democracia multicolor: tendieron a la democracia liberal, la que se basa en el disenso y la diversidad en un consenso discrepante, y una realidad en la que la divisoria entre facción y partido no era indiferente respecto del tipo de régimen político. Edmund Burke (1729-1797) marca claramente la diferencia: la facción evoca partes contra un conjunto, y el partido partes de un conjunto.

Un segundo punto atañe a la manera en que el pluralismo político se relaciona con el “gobierno” de la mayoría. Si se lo entiende en el sentido que lo hicieron Madison, Tocqueville y John Stuart Mill, o sea como la amenaza de la tiranía de la mayoría, de una “regencia” de la mayoría numérica concreta, entonces puede afirmarse que gobierno de la mayoría y pluralismo son términos antagónicos.El pluralismo, no obstante, sigue siendo el mejor terreno sobre el cual sostener y legitimar el principio de la mayoría “limitada”: quienes conforman la mayoría deberían respetar los derechos de las minorías.

Por el momento, sólo haré enfática mención de un tercer punto que merece elaboración. El pluralismo no consiste sólo de asociaciones múltiples. Éstas deben ser tanto voluntarias como no exclusivas; es decir, abiertas a múltiples afiliaciones. El pluralismo funciona bien cuando los clivajes están moderados por múltiples afiliaciones, incluso lealtades; y puede funcionar mal cuando esas líneas de escisión son acumulativas y mutuamente reforzantes. Es prudente subrayar el elemento estructural del pluralismo y no el de la creencia en su valor, aunque esta creencia sea la condición previa. Entender el pluralismo significa, al cabo, penetrar el terreno de la tolerancia, el consenso, el disenso y el conflicto. Todo lo cual adquiere compleja significación, si se trae a escena la noción de comunidad desde la mirada de la tolerancia, que no significa indiferencia ni relativismo. La tolerancia es tal en cuanto albergamos creencias que estamos convencidos de que son las correctas pero no obstante concedemos a otros el derecho a profesar creencias erróneas.

Los límites de la tolerancia involucran tres criterios: uno, es que siempre debemos dar razones de lo que consideramos intolerable; otro, es que no debemos tolerar un comportamiento dañino; y el tercero es la reciprocidad: al ser tolerantes o al conceder tolerancia esperamos, como contrapartida, ser tolerados. La continua vitalidad del pluralismo descansa sobre la tensión entre convicción y tolerancia, no sobre las aguas calmas de la indiferencia o del relativismo. Si se sigue la línea del consenso, se advierte que no es consentimiento real: no requiere que todos y cada uno presten aprobación activa a algo. Mucho de lo que entendemos por consenso es un compartir que de algún modo obliga.

En el contexto de dicho consenso, el juego pluralista de las democracias liberales encuentra terreno compatible… Vale la pena recorrer esta línea frecuentada por pensadores perceptivos. Porque ese consenso es un compartir que de algún modo obliga y consolida el “juego pluralista” de las democracias liberales.

Este tema lleva a una cuestión clave: ¿hasta dónde puede y debe doblegarse la tolerancia pluralista, no sólo ante los “extraños culturales” sino también ante los enemigos culturales “agresivos”? Sartori, junto con Burke y otros, adhiere a una posición severa. El límite reside en la comunidad de sentimientos respecto de las cosas públicas (idem sentire de re publica). Dicho sentimiento “es un bien al que no se puede renunciar con ligereza”. Y entonces lo que está en cuestión en este dilema es la reciprocidad. Si ésta no existe, se da el caso de quienes no están dispuestos a dar algo a cambio de lo que obtienen, que desean permanecer “extranjeros” hasta el punto de desafiar las leyes mismas de la tierra que los hospeda. Inevitablemente suscitarán temor, rechazo y hostilidad. Nada es gratis, dirán nuestros autores. La ciudadanía ¿debe ser referentes piensan que no. Y esa postura, lejos de retraerse, se expande… Un gran tema que nuestros clásicos contemporáneos ya no eluden.

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3 Readers Commented

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  1. horacio bottino on 11 diciembre, 2011

    No se olvide de los escritos de Juan Pablo II,Ratzinger,Santo Tomás de Aquino,el compendio de la doctrina social de la Iglesia.

  2. Luis Alejandro Rizzi on 27 diciembre, 2011

    Diría que la Argentina no conforma una sociedad pluralista. En los últimos 50 o 60 años ha sido imposible como dice Floria entender que el “pluralismo” como sinónimo de “democracia” implica “…penetrar el terreno de la tolerancia, el consenso, el disenso y el conflicto…”.
    Mas bien parecería que la tolerancia y el consenso se entienden como un modo de obediencia y el disenso y el conflicto como una expresión intolerable, como una desobediencia que nos aleja no ya de la propia tolerancia y del consenso, sino del pluralismo, el desobediente está contra el concepto de pluralismo.
    La sociedad argentina es en cierto modo “singularista”, o facciosa segun el cocnepto de Burke expuesto por Floria.
    El “Kirchnerismo” politicamente es faccioso pero también la oposición o las oposiciones lo son . La alianza en el 99 y la alianza que ganó las elecciones en 2009 fracasaron por que no se comportaron como “partidos políticos” sino como “facciones políticas.”

    Por último, el “singularismo” genera conflictos con niveles de violencia en la” facción” dominante que ejerce el poder por eso el juego es a todo o nada.
    En el singularismo el consenso se convierte en sinónimo de obediencia. El desobediente pasa a la categoría de “traidor”.
    En el singularismo el miedo es tambien sinónimo de lealtad, lo grave es que ese miedo al poder caricaturiza el sistema republicano institucional.
    Hoy la sociedad argentina está muy lejos del “pluralismo”

  3. horacio bottino on 23 enero, 2012

    ¿solo Argentina no es tolerante?¿Y Europa con su mal secularismo?¿E.E.U.U. con las minorías étnicas de adentro y de afuera?

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