Tributo al cine mudo de la mano de El artista, coproducción franco belga, dirigida por Michel Hazanavicius; y la norteamericana La invención de Hugo Cabret de Martin Scorsese.Con el tiempo, ya no importará cuál de las dos ganó el Oscar. Ambas se lo merecían,aunque, sinceramente, nuestro corazón siempre estuvo con la franco-belga, pordiversas razones, pero sobre todo por una en particular: es encantadora.

No por eso hablaremos mal de la otra. Al contrario, también es una joyita, sólo que de diverso material y con distinto reflejo. Además, tienen encomún. Ambas rinden cariñoso homenaje al cine mudo. Y, como si sus autores  conscientemente hubieran decidido complementarse,la norteamericana evoca los comienzos del cine en su cuna de París, y lafrancesa evoca el final del mudo y el arribo del sonoro en Hollywood. Las dos muestrancariño y admiración por los artistas de aquellos tiempos. Las dos se centran engrandes triunfadores que caen luego en la derrota y el olvido, para recuperarseen el acto final, ayudados por el enorme cariño de agradecidos admiradores. Asítambién agradecen los autores de hoy las maravillas que hicieron sus admirables antecesores.

Enverdad, la mayor diferencia es que “Hugo” rinde su homenaje al pasado empleándolos mayores recursos de  efectos digitales,tridimensión, etc. del presente (como cuando en casa el nieto les muestra a losabuelos cuánto se avanzó hoy a partir de sus viejas creaciones), mientras queEl artista hace el camino inverso: está hecha casi exactamente igual que laspelículas de 1927-29, es decir, la etapa de mayor madurez del cine silente. Esmuda, con acompañamiento orquestal (incluyendo Estancia opus 8 de AlbertoGinastera y algunos temas de moda en aquel entonces), enteramente en blanco ynegro, y en el viejo formato cuadrado. Lo de “casi exactamente igual” es por laedición digital, que se disimula sin problemas, y por el guiño inicial que nospone en clima y nos da a entender qué ingenuo era, todavía, el público de entonces.

Dos minutos después, también nosotros gozamos de similar ingenuidad. Pero la obra, aunquelo parezca, no lo es. No lo eran, aunque pudieran parecerlo, las de Murnau, Mamoulian, Vidor, Borzage, o el Hitchcock de la etapa muda, que aquí sirven de inspiración. Simplemente, hablaban a su público. Al corazón de su público.

Conviene ver esta película sin mayor información previa. Encontrarse con ella. Recién después, si uno quiere, conocer algo más sobre sus responsables (los protagonistas son maravillosos) y veralgunas piezas de esos autores mencionados, y las de Douglas Fairbanks, laschicas “flapper” de los años 20, y las posteriores Nace una estrella y Cantando en la lluvia.

En cambio, a Hugo la disfrutarán más quienes sepan algo sobre Georges Méliès, el padre del cine fantástico, los efectos visuales y las cintas para niños. En este caso, laobra tarda en arrancar y da muchas vueltas, pero termina bien, tiene su emocióny su gracia. Otra forma de complementarse: El artista arranca como comedia y se vuelca a melodrama intenso, Hugo arranca como historia tristona y sevuelca a aventura de reconocimiento. Y en ambos casos las generaciones se unen,la gente es agradecida, nadie es tan malo como parece, hay final feliz,  y el público sale contento de la sala.

Postdatapara interesados. Méliès, máximo productor y artista en 1903, empezó a ver eldescenso en 1913, quebró en 1923, enviudó, y sobrevivió trabajando en un kiosko de su segunda esposa, actriz retirada. Allí lo descubrió en 1928 León Druhot,director de “Cine-Journal”. Le armaron un homenaje en la gran sala Pleyel,Louis Lumiere le dio la Legión de Honor, etc, y en 1932 lo llevaron con esposay nieta al asilo de artistas de Orly. Cuando murió en 1938 ya lo habían olvidadode nuevo.

Dos cortos evocan esa época oscura en un rinconcito de la estación Montparnasse,hoy también olvidada: “El gran Méliès”, de Georges Franju, que iba a visitarlo al asilo, y “Pamplinas”, de Javier Garrido, Argentina, que culmina diciendo“Entre 1896 y 1913 hizo cerca de 500 cortos maravillosos. Después se puso un kiosko”. Basta una simple palabrita, un pronombre personal de dos letras, quepara nosotros es toda una afirmación: “Sepuso un kiosko”. Y la cosa cambia. Qué tanta lástima.

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