infancia-de-jesusRecientemente, un editorial de la revista italiana La Civiltá Cattolica, dirigida por el jesuita Antonio Spadaro, se refiere al último libro publicado por Joseph Ratzinger, La infancia de Jesús.Poco antes de Navidad se conoció ese “pequeño libro desde hace mucho tiempo prometido sobre las narraciones de la infancia de Jesús”, escrito por Benedicto XVI. En diálogo con la Escritura, los Padres de la Iglesia y los exégetas del pasado y del presente, el autor cumplió un profundo deseo expresado hace ya diez años, durante una entrevista. El entonces cardenal Ratzinger, en efecto, confiaba: “Lo que siento ahora particularmente en el corazón es escribir un libro sobre Jesucristo. Si se me diera ese regalo, se cumpliría mi mayor deseo. Y a este deseo se suma el de tener suficiente tiempo y libertad como para contar con la posibilidad de cumplirlo”.

El deseo se llevó a cabo en tres etapas y en cientos de páginas. La primera está representada por el libro Jesús de Nazareth (2007), que comienza con el bautismo de Jesús y concluye con la transfiguración. El segundo volumen se titula Jesús de Nazareth. Desde la entrada en Jerusalén hasta la resurrección (2011), y el tercero, La infancia de Jesús (2012).

En el primero, el autor señala que sus páginas no son de ninguna manera un acto del magisterio sino “únicamente expresión de mi investigación personal del rostro del Señor (Sal 27,8). De manera que cualquiera es libre de contradecirme”. Y continúa: “Pido a las lectoras y a los lectores sólo un poco de simpatía, sin la cual no hay comprensión”. Por lo tanto, esta trilogía puede considerarse fruto del ardiente deseo de realizar la búsqueda personal del rostro de Cristo, propuesta a un lector dispuesto a escuchar una experiencia de reflexión y de meditación.

Al publicar La infancia de Jesús, el autor entendía razonar ante algunas preguntas fundamentales: “¿Es verdad lo que ha sido dicho? ¿Guarda relación conmigo? Y en ese caso, ¿en qué forma?”. A estas preguntas deben agregarse las del mismo Jesús: “¿Quién dice la gente que soy?” (Mc 8,27-29). ¿Quién es Jesús? ¿De dónde viene? El diálogo con el texto bíblico está fundado radicalmente en la fuerza de estos interrogantes, diálogo que nunca se completa de manera definitiva. Ratzinger se presenta extremadamente sensible ante los numerosos “diálogos”: el personal entre el individuo y la página, el de la tradición con el texto original, el de la comunidad con el texto y su tradición, el del texto con su contexto histórico y de pensamiento… Esta exigencia está relacionada con el significado mismo de la Encarnación, íntimamente vinculado a la humanidad y a cada hombre.

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La infancia de Jesús se compone de cuatro capítulos y un epílogo, concentrados en los 180 versículos evangélicos que narran con un “extraordinario montaje casi fílmico”, tal como ha dicho el cardenal Ravasi en la presentación del libro. Estas páginas, “rebosantes de una verdadera selva bibliográfica exegética”, son capaces de generar “un ininterrumpido hilo de oro artístico, literario y musical”.

El primer capítulo lleva por título “¿De dónde eres tú? (Jn 19, 9)”.  Resuena desde el comienzo una pregunta del final del Evangelio de Juan: la que el pretor romano de Jerusalén, Pilatos, dirige a Jesús. El libro comienza con una pregunta que, sin embargo, está planteada poco antes de la muerte. Un contraste de luz y de sombra; que volverá más adelante y que se hará explícito al recordar que la tradición de los íconos, según la teología de los Padres, ha interpretado el pesebre de los animales como un altar, y los pañales que envuelven a Jesús como símbolo del sudario. En este panorama de fuerte densidad simbólica y espiritual, el autor le plantea al lector la pregunta sobre el origen de Jesús, su ser y su misión.

Advertimos la exigencia del autor por dar con la ubicación de Jesús en la historia, su ser incluido en los caminos históricos de la promesa, en plena continuidad con la acción histórica de Dios, tal como resulta evidente en la genealogía de Mateo. Y, al mismo tiempo, el hecho de que él es “el nuevo comienzo”. Su origen puede determinarse pero a su vez es un misterio. Este doble carril de la continuidad y de la discontinuidad de Cristo es fundamental para comprender lo que sigue.

El segundo capítulo se concentra en el anuncio del nacimiento tanto de Juan el Bautista como de Jesús, comparándolos y presentándolos como el cumplimiento de antiguas promesas en la misteriosa espera de su realización. Y es en este capítulo donde emerge la figura de María en el trazado de su interioridad y de su psicología: turbación, ensimismamiento reflexivo, coraje. Dios necesita de su libertad para entrar en el mundo. María es la puerta.

El tercer capítulo se focaliza en el nacimiento de Jesús en Belén en un cierto momento de la historia de la humanidad y no en un tiempo indeterminado y “mítico”. Las narraciones son leídas de forma amplia, relacionadas con la tradición, incluso en el significado simbólico de los detalles presentes o no en el texto de los Evangelios, siempre de carácter bíblico: el pesebre, el buey y el asno, el canto de los ángeles…

El cuarto capítulo toma en consideración el viaje de los Reyes Magos, el significado de la estrella, la huida a Egipto y la presentación en el Templo. Estos acontecimientos no son considerados simples “hechos”, sino “eventos” dentro de una amplia y articulada historia de la salvación, cuyo objetivo, escribe eficazmente el autor, “no es wellness, un baño de autocomplacencia, sino una liberación del ser comprendido en el propio yo”.

El epílogo se concentra en Jesús que, a los doce años, enseña a los doctores en el Templo y luego es hallado por sus padres que lo habían perdido en el viaje.

Los capítulos son ágiles, escritos con prosa límpida, cristalina y humilde. Tiene razón la teóloga brasileña Maria Clara Bingemer al afirmar, durante la presentación oficial del libro en Roma, que “nadie podrá leer el texto sin entrar en el ritmo de oración que lo atraviesa desde el comienzo hasta el final”. Las frases son breves e incisivas, para abrirse, en los momentos clave, a citas o meditaciones más amplias. Las citas directas de otros exegetas son pocas, pero hay alrededor de 30 figuras de estudiosos con las que el autor se pone en diálogo para compartir el pensamiento o para tomar distancia.

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El fil rouge de la hermenéutica del autor es la atención a la historia narrada por el texto evangélico. Se quiere evitar que la historia se pierda en el “mito” a causa de una escisión entre el hecho narrado y su significado teológico y espiritual, una fractura entre la afirmación histórica y la teológica.  En efecto, escribe: “Jesús no ha nacido  y comparecido en público en un tiempo indeterminado, en la intemporalidad del mito. Él pertenece a un  tiempo que se puede determinar  con precisión y a un entorno geográfico indicado con exactitud: lo universal y lo concreto se tocan recíprocamente. En él, el Logos, la Razón creadora de todas las cosas, ha entrado en el mundo. El Logos eterno se ha hecho hombre, y esto requiere el contexto del lugar y del tiempo”. Resuenan en estos pasajes, sin que nunca se las cite explícitamente, las Migajas filosóficas de Kierkegaard, que contienen respuestas a la duda o a la negación iluminista de Lessing sobre si se puede fundar una salvación eterna sobre la base de un acontecimiento histórico, acaecido en el tiempo, como es la vida de Jesús.

Joseph Ratzinger, en suma, niega la idea de que los Evangelios sean meditaciones teológicas expresadas en forma de historias o parábolas, dramatizaciones narrativas de verdades teológicas. Claro está que considera atentamente los géneros y las teologías de los textos que comenta. Pero su verdadero objetivo es sostener que los evangelistas, cada uno a su manera, querían “no tanto contar ‘historias’ cuanto escribir historia, historia real, acontecida, historia ciertamente interpretada y comprendida sobre la base de la Palabra de Dios”. Por lo tanto, resulta evidente que para el autor no estamos frente a textos que presentan narraciones completas o detalladas, ni ante crónicas en el sentido moderno del término, sino frente a “anotaciones” de lo que, a la luz de la Palabra y para la comunidad naciente de la fe, se presentaba como importante. Por lo tanto, son “historia interpretada y, a partir de la interpretación, escrita y concentrada”.

Algunos consideraron de manera simplista que la aproximación del autor pretendió negar la validez de la lectura histórico-crítica. En realidad, ya en su primer volumen, él mismo quiso afirmar que solamente esa lectura no es exhaustiva. El método histórico-crítico, escribió en 2007, “sigue siendo indispensable” y es “una de las dimensiones fundamentales de la exégesis”. Sin embargo “no agota la tarea de la interpretación para quien ve en los textos bíblicos la única Sagrada Escritura y cree que ella ha sido inspirada por Dios”.

El significado de la que podríamos definir, quizá de manera impropia, como una suerte de “defensa de la historicidad” consiste esencialmente en acentuar el hecho de que “Dios es Dios, y no está sólo en el mundo de las ideas”. La palabra “historia” y el adjetivo “histórico” aparecen 120 veces en el texto para significar que Dios no obra solamente “en las ideas y en los pensamientos, en la esfera espiritual”, sino también en la materia, porque el poder creador de Dios abarca todo el ser. “Si Dios no tiene poder también sobre la materia, entonces no es Dios”. En este sentido, al citar a Karl Barth, el autor considera que el parto virginal y la real resurrección del sepulcro son piedras angulares para la fe.

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La dimensión histórica que el autor presenta y defiende nace de un dinamismo profundo. En efecto, el presente narrado por la historia evangélica está iluminado por las esperanzas profundas de la humanidad, hacia donde  dirige su deseo. La historia se carga de profecía, de una “inminencia de espera”, para expresarlo con un célebre verso de Clemente Rebora (sacerdote y poeta italiano, 1885-1957; ndt). En una página entre las más bellas del volumen, el autor escribe que hay palabras del antiguo testamento que quedan “aún sin dueño”. Hay profecías que permanecen incomprensibles para el mismo profeta que las formula, profecías que no alcanzan a ser explicadas eficaz y completamente, incluso considerando el contexto histórico en el que han sido formuladas. Es el caso del cuarto canto del Siervo de YHWH (Is 53) o de Isaías 7,14, donde está escrito: “Miren, la joven está embarazada y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emanuel”. Este versículo, escribe el autor, forma parte de aquellas palabras que quedaron en espera de la figura a la que nombran. Por lo tanto, la historiografía del cristianismo de los orígenes consiste precisamente en consignar  su protagonista a estas palabras que esperan. Por lo tanto, “una palabra del año 733 AC,  que había permanecido incomprensible, se verifica en el momento de la concepción de Jesús”.

Leyendo estas palabras vienen a la mente los versos de Mario Luzi (poeta florentino del hermetismo,1914-2005;ndt) cuando ve a los Reyes Magos ir con cautela: “atento era el viaje / hacia adelante / ¿o hacia atrás? Avanzando / ¿o regresando / a los lugares / de una ignota prefecía? / Sabían y no sabían / desde siempre la falsedad del camino”; ndt). De esta correlación entre la palabra “sin dueño” de una ignota profecía aún “en espera” y “el reconocimiento de su protagonista finalmente manifestado se ha desarrollado la exégesis típicamente cristiana, que es nueva y, sin embargo, sigue siendo totalmente fiel a la palabra originaria de la Escritura”.

Los Evangelios de la infancia deben ser leídos a partir de la historia que comienza con Abraham y se dirige hacia Jesús. La espera del Mesías se confronta con esperas que superan las contingencias y que son tan amplias como la humanidad: “El signo que Dios mismo anuncia no lo ofrece una determinada situación política, sino que tiene que ver con el hombre y su historia en conjunto”. El autor entonces llama como “testigo” de estas esperas no solamente a las Escrituras, sino también a Virgilio, que en la cuarta égloga de las Bucólicas, compuesta alrededor de 40 años antes del nacimiento de Cristo, parece hablar con la lengua de Isaías 7, 14: Iam redit et virgo (regresa la virgen). Obviamente el autor es consciente del contexto en el que fueron escritos los versos, pero precisamente por ello percibe la tensión de espera. De esa atmósfera forma parte la figura de la virgen y la espera del niño, del “brote divino” (deum suboles), figuras que forman parte, de alguna manera, “de las imágenes primordiales de la esperanza humana, que emergen en momentos de crisis y de espera, sin que haya en perspectiva figuras concretas”.

En tal contexto, el autor percibe con hondura la conexión entre Jesús y la figura de Augusto, definido en la inscripción de Priane del 9 AC como “salvador”. Y así entre la pax Christi y la pax Augustae. La conexión la establece el mismo evangelista Lucas, que quiere decirnos: “Lo que el emperador Augusto ha pretendido para sí se ha cumplido de modo más elevado en el Niño, que nació inerme y sin ningún poder en la gruta de Belén”. Por lo tanto, la historia del imperio romano y la historia de la salvación se compenetran recíprocamente, y la historia de la elección hecha por Dios de Israel entra en la vasta historia universal. Dios se demuestra guía de toda la historia.

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En esta perspectiva se comprende el significado de la historia de los Reyes Magos, guiados por la estrella,  y de sus expectativas, que se cumplen en Cristo. “Que los Magos fueran en busca del rey de los judíos guiados por la estrella y representen el movimiento de los pueblos hacia Cristo significa implícitamente que el cosmos habla de Cristo”. Los hombres a los que se refiere Mateo no eran únicamente astrónomos. Eran sabios; es decir que “representaban el dinamismo inherente a las religiones de ir más allá de sí mismas;  un dinamismo que es búsqueda de la verdad, la búsqueda del verdadero Dios, y por lo tanto filosofía en el sentido originario de la palabra”.

El autor le dedica una amplia reflexión a la estrella. ¿Realmente hay que excluir que se hubiera tratado de un fenómeno celeste determinable y clasificable astronómicamente? La respuesta queda abierta. La conjunción de Júpiter y Saturno en el signo de Piscis al tiempo del nacimiento de Jesús parece acertada. De todas maneras, la conjunción astral podía ser un impulso que nadie siguiera, si los Magos no hubieran sido impresionados interiormente. Se podría sintetizar el significado de esta reflexión con un verso de Alda Merini (escritora italiana, 1931-2009; ndt) : “Jesús había sido preanunciado hasta por los elementos”. En su materialidad también “el cosmos habla de Cristo”.  Además, “el lenguaje de la creación ofrece múltiples indicaciones. Suscita en el hombre la intuición del Creador. Suscita también la expectativa, más aún, la esperanza de que un día este Dios se manifestara. Y hace tomar conciencia al mismo tiempo de que el hombre puede y debe salir a su encuentro”.

Por lo tanto, Ratzinger se detiene atentamente ante los Magos y, con un acercamiento veloz y eficaz, los ve tras Abraham y Sócrates. Escribe: “Están en cierto modo siguiendo a Abraham, que se pone en marcha ante la llamada de Dios. De una manera diferente están siguiendo a Sócrates y a su preguntarse sobre la verdad más grande, más allá de la religión oficial. En este sentido, estos hombres son predecesores, precursores de los buscadores de la verdad, propios de todos los tiempos”. Las distancias, el tiempo, las culturas, las sabidurías y las religiones aparecen unidas por esta exigencia radical: “en él y por él, la humanidad está unida sin perder la riqueza de la variedad”.

La historia de la infancia de Jesús de la que habla el libro está preñada por una espera que involucra a toda la historia del mundo y a todo el cosmos. Podemos identificar en este valor universal otra clave interpretativa esencial del discurso de Joseph Ratzinger sobre los Evangelios de la infancia. La misma genealogía de Jesús es interpretada como expresión de una promesa referida a toda la humanidad. Ya en el saludo del ángel a María, expresado en la formula griega y no en la acostumbrada formula hebrea chaire (alégrate) de shalom (la paz esté contigo), el autor percibe una señal de la universalidad del mensaje cristiano. Precisamente Lucas describe el carácter histórico universal cuando considera “un censo en todo el mundo” (2,1), el ecumene en su conjunto. Jesús es “luz para iluminar a las naciones” (2,32).

El autor discierne la raíz de esta universalidad también en la definición de “hijo primogénito” que el evangelista Lucas le da a Jesús (2,7). Relaciona esta primogenitura con la presentada por la teología paulina en la Carta a los Romanos, donde Cristo es definido como “el primogénito entre muchos hermanos” (8,29), es decir: el que inaugura una nueva humanidad. Y también a la que presenta en la Carta a los Colosenses, donde Cristo es llamado “el primogénito de toda la creación” (1,15). En Lucas estas conexiones no están explicitadas, “pero para los lectores posteriores de su Evangelio –para nosotros–, en el humilde pesebre de la gruta de Belén está ya este esplendor cósmico: aquí ha venido entre nosotros el verdadero primogénito del universo”.

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Junto a las tres perspectivas de lectura que hemos elegido en esta breve presentación –la histórica, la profética y la universal-cosmológica–, es necesario señalar al menos un “bajo continuo”, es decir, lo que acompaña constantemente todas las páginas de este libro. Se trata del sentido del “misterio”, palabra que aparece 30 veces en el texto. El misterio entendido como “rendirse” frente a la posibilidad de una explicación completamente exhaustiva de los textos bíblicos, como el citado de Isaías 7,14 o la frase de Lucas: “¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?” (1,34). Escribía Gerard Manley Hopkins (jesuita y poeta inglés, 1844-1889; ndt): “de su carne él tomó carne, / la toma aún, nueva siempre, / pero de una manera misteriosa”. A este enigma se refiere el autor después de haber ilustrado algunas explicaciones posibles que, sin embargo, no lo convencen del todo: “Por tanto, el enigma de esta frase –o quizá mejor dicho: el misterio– permanece”.

Este “rendirse” salva la Palabra de Dios, marca la distancia con una “teología que se agota en la disputa académica”, y representa la cifra de la experiencia de “búsqueda personal” del rostro de Cristo llevada a cabo por Joseph Ratzinger.


Traducción de José María Poirier

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