¿Se vive el tiempo de Adviento como una oportunidad para renovarnos, para cambiar y reorientar nuestras vidas, para poder encarnar el mensaje evangélico?

Estamos viviendo nuevamente el tiempo de Adviento, tiempo penitencial en el cual a los cristianos se nos invita a preparamos para la celebración de la Navidad. Podemos preguntarnos, entonces, sobre el sentido de los ritos. ¿Por qué el ser humano frecuenta año tras año la misma acción? Un rito es un acto repetido, acostumbrado, tal como se repiten las estaciones del año. Es una celebración también de carácter simbólico pero que modifica nuestra vida. “Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso –le dice el zorro al principito de Saint-Exupéry–. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón… Los ritos son necesarios”.
Hay distintos tipos de ritos: los de purificación y los de tránsito, que se realizan en los momentos claves de la vida de una persona: nacimiento, matrimonio, muerte. Los ritos de consagración, los de acción de gracias. Y los ritos de conmemoración, en los que se recuerda un acontecimiento, como sucede en este caso, al celebrar el nacimiento de Jesús. El rito a veces se cumple por una simple tradición cultural, cada vez más desdibujada con respecto a su origen. En otros casos tiene un profundo sentido humano y religioso y puede transformar realmente la vida de muchos de nosotros. Acaso por ello sentimos la necesidad de repetir la Navidad cada año, de volver a celebrarla.

Pero podemos preguntarnos: ¿Qué nos aporta el festejo de la Navidad a los hombres y mujeres de hoy?¿Permitimos que Jesús nazca en nosotros de acuerdo a sus enseñanzas? ¿Es él, al menos en este tiempo, el centro de la existencia?

Durante este año fuimos testigos de la persecución de cristianos en diversas partes del mundo. Iraq, Siria y otros países son un trágico ejemplo. El odio, la intolerancia, el desprecio por la vida se hacen patentes una y otra vez. A partir del sufrimiento y del martirio de muchos hermanos nuestros podemos preguntarnos: ¿que implica ser cristiano hoy? Francisco, en su exhortación apostólica Evangelii gaudium, dice que “la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”.

¿Cómo deberíamos, entonces, prepararnos para vivir esta Navidad de una manera diferente, más auténtica y radical? Durante la liturgia del Adviento se nos ofrece la oportunidad de “convertirnos”, de cambiar nuestra mirada para recibir como regalo el anuncio de salvación y, consecuentemente, también modificar nuestras vidas. La Navidad es el misterio de la encarnación del Hijo de Dios, quien junto a María, su madre, nos asoma a otra historia desde un pesebre Se nos ofrece trabajar por la justicia y la paz, aprender a perdonar sin recurrir constantemente al pasado para reavivar las discordias y los enfrentamientos, rechazar la tentación de las disputas y las ofensas. Lo cierto es que necesitamos un corazón reconciliado para poder alojar a Jesús dentro de nosotros. En efecto, él nos invita a mirar hacia adelante y a construir día a día una sociedad más justa y fraterna, más atenta al dolor de los demás. Sólo con emprender esta consigna cambiarían muchas cosas incluso en nuestra sociedad y en la dimensión política argentina, tan proclive a lo contrario.

Sabemos bien que todo proceso de cambio suscita miedo y angustia. Escribe el biólogo molecular Estanislao Bachrach en su obra En Cambio: “Cambiar muchas veces implica entrar en conflicto. Esto significa admitir que comportamientos de tu pasado estaban mal o simplemente no te hacían feliz, y esta ruptura con el pasado es un gran disparador de ansiedad”. También afirma que “a pesar de los riesgos de quedar un poco vulnerable, vos podés elegir dar la bienvenida a los desafíos y tomarlos por lo que son: oportunidades para crecer, para aprender, para cambiar…” . Y Francisco señala en la exhortación mencionada: “La pastoral en clave de misión pretende abandonar el cómodo criterio pastoral del ‘siempre se ha hecho así’. Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades”. Y agrega en seguida que “los males de nuestro mundo, y los de la Iglesia, no deberían ser excusas para reducir nuestra entrega y nuestro fervor. Mirémoslos como desafíos para crecer”.

Crecer y animarnos a lo nuevo, tal como se desprende del mensaje más profundo del reciente Sínodo sobre la familia, es el salvoconducto para este tiempo. ¿Por qué no aprovechar de la preparación de la Navidad para cambiar todo aquello que nos impide vivir la alegría del evangelio? Todo lo que nos separa de nuestros prójimos, todo lo que nos imposibilita percibir las necesidades de los que nos rodean y contribuir a su dignidad y crecimiento. Bachrach llega a observar: “Si se trata de cambiar para un mayor bienestar, el perdonar, agradecer y el humor ya no sólo son conceptos espirituales, religiosos o de sentido común, sino que existen evidencias científicas de sus efectos en las personas (…) Al no perdonar el resentimiento y la amargura de esa emoción dañan a la persona que no perdona”.
¿Por qué no dejar, entonces, que en esta Navidad Jesús renazca en cada uno de nosotros y nos anime a tener la fortaleza y el coraje de perdonar y de amar, en lo personal y en lo socio-político? La Navidad señala un horizonte de esperanza que es posible cultivar; depende de cada uno de nosotros.

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