El 8 de diciembre de 1965 Pablo VI celebraba la misa de clausura del Concilio Vaticano II. En las páginas de la revista, Jorge Mejía, perito conciliar, escribía “una especie de Tedeum” al culminar la serie quincenal de su Crónica Conciliar. Y concluía su nota: “El director de CRITERIO a quien fue concedida la gracia de tomar parte activa en el gran acontecimiento salvífico que fue el Concilio, se hace el deber de mantener a los lectores de la revista, en cuanto le sea posible, informados de las vías que toma el Espíritu después de la gran explosión pentecostal que hemos vivido, ‘desde Jerusalén (o desde Roma) por Judea y Samaría, hasta los extremos límites de mundo’ (Hech. 1,8)”. Para ese número, que era el de Navidad, Mejía tradujo la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, lo que de por sí era una definición. En los años siguientes lo que individualizaba como los temas centrales, “el ecumenismo, la conciencia de la Iglesia como comunión, la apertura al mundo o, como habrá que llamarlo en adelante, el nuevo humanismo”, estuvieron en los aportes de colaboradores, muchos de ellos ilustres, pero muy especialmente en la nueva serie que firmaba el director: “Crónicas de la vida de la Iglesia”. Fueron años apasionantes pero nada fáciles: Mejía, con valentía e independencia, escribía sin temer ni la incomprensión ni las críticas tanto de los exponentes del tercermundismo como de los más conservadores.

A exactamente un año del cincuentenario de esa memorable jornada, el cardenal Jorge María Mejía, archivero y bibliotecario emérito, a la edad de 91 años, entregó su alma a Dios. Era el último y definitivo Tedeum, al que nos unimos quienes lo conocimos, quisimos y valoramos, así como la Iglesia y el sucesor de Pedro, a los que sirvió hasta el fin. Todos los que formamos CRITERIO nos unimos a la acción de gracias por quien, sucediendo tras un breve interregno, a monseñor Gustavo Franceschi, dirigió la revista, la orientó y abrió a la participación de quienes formaron el Consejo de Redacción entre 1957 y 1977, y siguió vinculado con ella. En efecto, su última colaboración fue en 2014, con un título elocuente: “La santidad como vocación de todo cristiano”, con motivo de las canonizaciones de los papas Roncalli y Wojtyla (nº 2404, junio 2014).

Al tiempo que el presbítero Jorge Mejía desembarcaba en CRITERIO, comenzaba su tarea docente en la Facultad de Teología. A lo largo de los años, su impresionante conocimiento y su capacidad de transmitirlo formaron a generaciones de seminaristas y a no pocos laicos en los estudios de la Biblia. Era un hombre de la cultura religiosa y humanista que dominaba varias lenguas, entre ellas hebreo, latín y griego. Sin embargo sus clases y cursos especiales no eran simplemente eruditas, había pasión y espiritualidad profunda, lo que se traslucía también en sus predicaciones.

La Biblia a la vez fue el punto de contacto con uno de los temas más novedosos y sensibles del Concilio, la relación con el judaísmo. Como con el camino del ecumenismo, Mejía fue un pionero. En la secretaría de Ecumenismo del CELAM, que vivió en esos lejanos años su tiempo de esplendor, y del organismo arquidiocesano primero y del episcopado después, señaló rumbos, recurría para ayudar a sacerdotes, religiosos y laicos, ya que, decía, es compromiso de toda la Iglesia, no solamente de los ministros ordenados.

En 1978, sobre el fin de su pontificado, Pablo VI llamó a Mejía, que por ese entonces era objeto de amenazas contra su vida, a ocupar el cargo de secretario de la Comisión de Relaciones Religiosas con el Judaísmo. En su fugaz pontificado, Juan Pablo I le dio el título de monseñor. Cuando su sucesor, el flamante papa polaco recién electo, pasó a saludar a la Curia, se detuvo y señalando a Mejía dijo que se conocían de estudiantes en el Angelicum y que siempre el que más sabía era el argentino.

Jorge Mejía es firmante (los otros son el cardenal Willebrands y el padre Pierre Duprey OP) del importante documento “ Notas sobre la correcta forma de presentar a los judíos y el Judaísmo en la predicación y la catequesis de la Iglesia Católica Romana” (mayo, 1985 ). Fue él quien transmitió al rabino Elio Toaff el deseo de Juan Pablo II de visitar la sinagoga de Roma. Relata Mejía en su Historia de una identidad que la respuesta fue: “Bendito el que viene en nombre del Señor”. Un acontecimiento histórico con cuya organización terminaba una etapa del servicio de Mejía a la Santa Sede.
Consagrado obispo en 1986 asumió la vicepresidencia del Pontificio Consejo Justicia y Paz, a cuyo frente estaba el cardenal Roger Echegaray. La experiencia de CRITERIO, solía decir su ex director, le resultó muy útil para encarar problemas relacionados con la Doctrina Social de la Iglesia. “La justicia y la paz se abrazan” (Sal. 85, 9-14), se necesitan recíprocamente, y esa es parte de la tarea de organismo vaticano.

En 1994 el Papa lo designó secretario de la Congregación para los Obispos, que presidía el cardenal africano Bernardin Gantin, evidentemente un puesto clave y de altísima responsabilidad hasta que cesó en el cargo cuando cumplió 75 años.

En un gesto revelador de especial reconocimiento, pese a la edad, fue promovido a archivero y bibliotecario de la Santa Iglesia Romana. Para un hombre como Mejía, el cargo era fascinante, y él lo vivió así, contribuyendo a la publicación de documentos, puesta en valor de colecciones y modernización de los sistemas. El 21 de febrero de 2001 recibió en la Plaza de San Pedro las insignias cardenalicias, cuyo color simboliza la entrega a Cristo y a la Iglesia “usque ad effusionem sanguinis”. El otro cardenal argentino creado entonces era el arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio. A los 80 años, Mejía dejó su cargo y pasó a ser emérito pero continuó algunos años más como representante de la Santa Sede en una comisión mixta de gran significación para ese diálogo, la de los secretariados del Gran Rabinato de Jerusalén y de la Santa Sede. Por razones de edad no participó en las votaciones de los cónclaves de 2005, en el que se eligió a quien había sido como él perito conciliar, Benedicto XVI, y el de marzo de 2013. Francisco, en un primer gesto al salir del Cónclave, fue a visitar a Mejía enfermo, y volvió a hacerlo en otras oportunidades, la última de las cuales el 16 de noviembre pasado.

El cáncer y los años, con sus altibajos, no lo privaron de recibir y conversar en su departamento de la Piazza San Calisto, a metros de Santa Maria in Trastevere, a sus muchos amigos, obispos, sacerdotes y laicos, hasta días antes de su fallecimiento.
Jorge Mejía venía periódicamente a la Argentina, en especial para estar con la numerosa familia para la que, como escribió una de sus integrantes, era un patriarca muy querido. Amaba Roma e hizo de ella su casa y el destino final de sus restos, despedidos en la Basílica de San Pedro por el Santo Padre, el compatriota al que lo unía una larga amistad.

De la mano de María, cuyo nombre portaba y en cuya fiesta falleció, el cardenal Mejía, servidor fiel y prudente, maestro enamorado de la Palabra de Dios, obispo testigo de la Resurrección, estará en la mansión eterna. Desde CRITERIO lo despedimos con tristeza pero con esa gozosa certeza.

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