El mundo ya no sabe cómo expresar su simpatía y su amor por el papa Francisco, que después de un año de pontificado sigue encantando con su sonrisa a creyentes y no creyentes. El día de su cumpleaños, el miércoles 17 de diciembre, lo rodearon de mimos tales como mate para hacerlo sentir como en su querida tierra. Y más: una torta llena de velitas y un tango bailado por muchísimas parejas en la bella y solemne plaza San Pedro.
Todos saben el aprecio que siente el Papa por ese estilo de baile, tan característico de Buenos Aires. Su corazón debe de haber vibrado al ritmo de bandoneones y violines que marcaban el paso. Mientras recibía manifestaciones de aprecio y regalos, también él los hizo. Entre otras cosas, distribuyó 400 bolsas de dormir a personas sin techo que viven en las calles de Roma, en los alrededores de la Ciudad del Vaticano. Pero no terminaron allí los regalos para y de Francisco. El más grande estaba por venir…y llegó: Un regalo del cual él mismo fue importante artesano, pero que sin duda, al concretarse, fue el que más alegró su corazón. Dos países en beligerante “guerra fría” desde hace mucho – los Estados Unidos y Cuba– han reanudado relaciones diplomáticas. Después de 18 meses de negociaciones, y un documento redactado en la biblioteca del Vaticano, la isla de Raúl Castro y el país de Obama dieron un gigantesco paso en el proceso de acercamiento.

No hay nada por lo que Francisco luche más: la paz. Él sabe y está informado de todo lo que viene sufriendo el pueblo cubano con las consecuencias de la ruptura de relaciones con los Estados Unidos. Muy concretamente viene acompañando la situación de la Iglesia en Cuba que a lo largo de 53 años conoció períodos nada fáciles.

Si por un lado es verdad que la revolución ha significado beneficios muy concretos en términos de justicia social, igualdad de derechos y autodeterminación política a los habitantes de la isla, hay puntos que no endulzan la dura vida cotidiana de este admirable pueblo. Sobre todo después de la caída del muro cuando cesaron los aportes de la extinta Unión Soviética. Uno es el embargo económico estadunidense. Los cubanos son verdaderos artistas en creatividad para inventar estrategias de sobrevivencia, haciendo de lo poco, mucho; y de la nada, todo.

Raúl Castro se lo recordó duramente a Obama. La isla ha sido por décadas atenazada por este cruel embargo. Y pidió su cesación inmediata. El presidente estadounidense se comprometió a discutir la posibilidad con el Congreso, que pese a tener mayoría republicana y conservadora, tendrá que tomar en cuenta el respaldo de la mayoría de los ciudadanos y de la comunidad cubana de los Estados Unidos.

El presidente negro anunció al cubano y al mundo la flexibilización de las restricciones para viajar y hacer remesas de dinero, permitiendo que bancos estadounidenses tengan cuentas en bancos cubanos. Una embajada americana abrirá sus puertas en La Habana con nuevo representante, mientras que Cuba tendrá igualmente asiento en las conversaciones diplomáticas con la nación del norte.

Las relaciones bilaterales más abiertas seguramente beneficiarán a la Iglesia en Cuba. Con un número no tan expresivo de fieles, los católicos cubanos han conocido una nueva etapa en su eclesialidad después de la histórica visita de Juan Pablo II en 1997. Contra las expectativas no sólo del régimen, un millón de personas salió a la calle. El Papa polaco, al lado de un Fidel Castro todavía sano y fuerte, cumplió bien su papel de comunicador y trasmitió alegría.

A partir de allí, la Iglesia cubana ha encontrado más apertura para sus iniciativas y acciones. Figura hábil políticamente, el cardenal Jaime Ortega, de La Habana, ha logrado algunas conquistas importantes, sobre todo en las conversaciones diplomáticas con el gobierno a propósito de presos políticos, entre otras cosas.

Cuando Raúl Castro asumió la presidencia de Cuba, la apertura creció. Las relaciones entre el presidente y la jerarquía católica cubana eran francamente cordiales, muy diferentes de tiempos anteriores, en los inicios de la revolución, cuando la Iglesia perdió muchas propiedades, y algunos de sus miembros vivieron situaciones difíciles.

Hace mucho que vamos, mi marido y yo, por lo menos dos veces al año a Cuba por trabajo pastoral. Tengo que decir que jamás encontré ninguna dificultad para entrar y salir de la isla, realizar mi trabajo y acercarme a la gente. No me sentí impedida o coartada en mi libertad para actuar, hablar y acompañar personas.

Siempre me ha impresionado la dignidad de los cubanos. Jamás los oí quejarse por no contar con transporte y tener que caminar largos recorridos a pie. Tampoco los escuché lamentarse por tener que pelear cada día por la comida y buscar con qué alimentar a los suyos en dos o tres lugares diferentes. Al contrario, siempre lo hacen en tono de broma. Pero también me impresionó su fe intacta y fortalecida precisamente por tantas privaciones. Hablando con amigos católicos, revolucionarios de primera hora, se podía sentir su sufrimiento por las familia separada con hijos viviendo fuera del país. Su opción de quedarse tenía origen en la fe y en la convicción de no poder abandonar su país y su pueblo. Y se puede experimentar vivamente el amor y el orgullo que sienten de ser cubanos, de pertenecer a este pueblo y a esta historia, el deseo de dar toda su vida allí con todo lo que Cuba tiene y deja de tener.

Estarán todos celebrando, creo, esta histórica apertura que tiene significados tan profundos para la humanidad. Políticamente los analistas son unánimes en reconocer que ello representa el fin efectivo de la “guerra fría”. Muestra igualmente que América es un solo continente, restando sentido a divisiones estériles que sólo dañan el futuro y malogran las esperanzas. El mismo presidente Obama pronunció la frase histórica con la cual se espera que sea consecuente: “Somos todos americanos”. Sí, señor presidente, todos. América somos nosotros: los “red necks” y los migrantes, los sudacas y las centenas de etnias nativas en nuestros países. ¡Todos americanos!

En términos de política exterior es un logro que los Estados Unidos hayan llegado a la conclusión de que aislar a un país no funciona. Eso también salió de los labios de Obama: “El aislamiento no funcionó”. Es un razonamiento tan sencillo y evidente que sorprende que se haya necesitado cinco décadas para tomar conciencia. El presidente estadunidense se preguntó frente al mundo: “¿Para qué nos han servido décadas de bloqueo?” La respuesta es: para nada. La altiva y digna Cuba no se postró y sobrevivió a pesar de todas y dificultades. El presidente americano aprendía en ese momento una grave e importante lección: “Empujar a Cuba al abismo no beneficia a los Estados Unidos ni al pueblo cubano”.
Escuchándolo Francisco debe haber sonreído y agradecido humildemente a Dios por ese magnífico regalo de cumpleaños. Por su parte, Obama no dejó de mencionarlo como pieza fundamental en toda la negociación: “En particular quiero agradecer a Su Santidad el papa Francisco, cuyo ejemplo moral nos muestra la importancia de luchar por un mundo como debe ser, en lugar de simplemente aceptarlo tal y como es”.
La cultura del encuentro funciona, la paz y el diálogo se han restablecido, un pueblo que sufría vislumbra una feliz esperanza, y la lección aprendida es: “No conformarse con este mundo”. Seguramente, con todo lo que nos gusta el tango, esa canción fue mucho más inspiradora: los acordes de la paz llenan los aires de una América en proceso de reconciliación, de una Iglesia haciéndose realidad en el continente. Como decía Vinicius de Moraes, poeta y diplomático brasileño: “La vida es el arte del encuentro, aunque haya tanto desencuentro por la vida”.

La autora es teóloga

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