En estos días nuestro cine festeja los muchos y merecidos triunfos que viene logrando la comedia Relatos salvajes por diversos países. Record de público en el nuestro, éxito de boletería en varios más (en España empezó sexto y a los pocos días estaba segundo, gracias a los comentarios de los espectadores), película de apertura o de cierre de ocho festivales, premio del público en los cinco donde compitió por ese galardón (San Sebastián, Biarritz, Oslo, Sarajevo, Sao Paulo), parte del “top ten” en las evaluaciones anuales del Time Magazine y otros medios prestigiosos, precandidaturas al Oscar y el Goya, etc., etc.
Ya en algún lado describimos a esta obra de Damián Szifrón como un dechado de virtudes perversas, un entretenimiento de primer nivel, ejemplar en casi todos los detalles, lleno de eficaces recursos cinematográficos, casi ostentoso en calidad y cantidad de intérpretes, y en mano directiva, con un guión que destila ingenio y malicia, que sorprende, divierte y también espanta, y deja pensando. Es que frente a esos seis relatos de diversa duración y similar regocijo, nos divierte y nos perturba al mismo tiempo el espectáculo de gente aparentemente normal perdiendo los estribos de forma ridícula y estrepitosa en ocasión de enojo o de venganza, o mostrando la hilacha sin medir las consecuencias.
Humor negro y hasta escatológico, crítica mordaz del carácter humano, catarsis del espectador en algunos casos, por ahí también terrible denuncia de la justicia apresurada, la obra termina de modo delicioso, con una moraleja que pocos mencionan pero todos disfrutan: la reconciliación, cuando una de las dos partes abre los brazos como seña de estar desarmada y negarse a continuar la pelea (sin alarma, no hemos contado realmente nada concreto a quien todavía no vio la película, si es que alguien todavía no la vio).
Curiosamente esta obra, hecha con buena parte de la crema de nuestros artistas y técnicos, llega justo para el centenario de los dos primeros éxitos de nuestro cine, y también los dos puntales de otras tantas interpretaciones, relativamente antagónicas, del país.
Primero, Amalia, adaptación de la novela de José Mármol hecha por Enrique García Velloso a instancias de unas damas de la sociedad, como se decía entonces: Angiolina Astengo de Mitre, fundadora de una institución benéfica, la Sociedad del Divino Rostro, y Raquel Aldao, de la que luego hablaremos, que tuvo la brillante idea. Esa idea era hacer una película romántica con la cual recaudar fondos para sus obras de caridad. Y que el elenco estuviera integrado por sus amistades de la más alta alcurnia.
En verdad, la idea no era tan original. En su Breve historia del cine argentino (Barcelona, 2005) el investigador y médico César Maranghello recuerda un antecedente: Nelly, o La primita pobre, comedia a beneficio del Consejo Dotal de Obreras que conducía María Unzué de Alvear. Intérprete, la aristócrata Juana María Obarrio. Libro y dirección, Luis Klappenbach, que además se reservó el papel de primo enamorado. En el reparto, unos cuantos Jiménez Zapiola, Forn, Capdepont, Saubidet Bilbao, Montes de Oca y hasta el futuro dibujante Florencio Molina Campos. Estreno, octubre de 1913, con un total de tres proyecciones en el Palace y mutis por el foro, bajo acusación de estirada y poco emocionante.
Aún así, cabe registrar a Nelly, o La primita pobre como el primer largo nacional, primer crowfunding, como se dice ahora al método de financiar películas con dinero de los simpatizantes, y primer film de elenco amateur, o no-profesional. También, según parece, primera comedia romántica de conciliación de clases en nuestro cine.
Más ambiciosa, Amalia se estrenó el 12 de diciembre de 1914 nada menos que en el Teatro Colón, con el presidente de la Nación, don Victorino de la Plaza, en el palco oficial, rodeado de ministros y funcionarios, y un lleno total en las plateas y tertulias. Es que en la pantalla, y por ende en las butacas repletas de parientes, abundaban los Larreta y Quintana, García Lawson, Quesada Pacheco, Marcó del Pont, Huergo Paunero, González Guerrico, Miguens, Bruyn, Vivot, Saguier, Zuberbühler, Flores Pirán, Lagos García, Luro Roca, Luque Bustillo, y otras cuantas personas de doble apellido dispuestas a colaborar y, de paso, hacerse ver.
Amalia quedó así como el primer éxito de nuestro cine, y (debido a la pobre trayectoria de Nelly) quedó también, inmerecidamente, como el primer largo nacional, crowfunding y amateur, aunque esto también es relativo, ya que guión y dirección estuvieron a cargo del dramaturgo y director de teatro García Velloso. En cuanto al tema, ya se sabe que Amalia es una novela romántica fuertemente antirrosista, y así se mantuvo en la adaptación: gran parte de ese público había crecido oyendo los malos recuerdos de sus abuelos, que apenas 60 años antes fueran víctimas de Rosas y de su ladero, el feroz Cuitiño. Nada de conciliación, en este caso.
Derivado inmediato del suceso de Amalia, fue el largo cordobés Deuda sagrada, hecho a beneficio del asilo Entre Nous en base a una novela romántica alemana que incluía rapto de la novia y otras aventuras. Autor, Julio Brunner Núñez, periodista y hombre de teatro. Rodaje en el Palacio Ferreyra, el Museo Genaro Pérez y el lago del Parque Sarmiento, artistas improvisados de “acomodadas familias provincianas” y, esto es llamativo, estreno simultáneo a comienzos de mayo de 1915 en el Teatro Rivera Indarte de Córdoba, Buenos Aires y Montevideo. Es decir, nuestro primer estreno en simultáneo con el exterior (como hacen ahora las producciones norteamericanas para no ser pirateadas).
Párrafo aparte, y antes de pasar a otro tema: Raquel Aldao, hija de un gran propulsor del deporte amateur, fue la primera campeona argentina de golf en Mar del Plata, la quinta persona (más específicamente, la segunda mujer) que recibió el Registro Nacional de Conductor, alumna avanzada del pintor Héctor Basaldúa, volaba con Jorge Newbery, usaba piel bronceada en contra del hábito general establecido para las mujeres, y le enseñó a bailar el tango al príncipe Edward de Windsor. En Amalia, ella interpreta el personaje de Manuelita Rosas.
Y llegamos al gran suceso: Nobleza gaucha, película enteramente hecha por plebeyos, pero profesionales, y para provecho propio. Directores, el empresario teatral y ocasional comediógrafo Humberto Cairo, y los fotógrafos Ernesto Gunche y Eduardo Martínez de la Pera, que ya habían trascendido por sus registros de las cataratas del Iguazú y otros lugares entonces recónditos del país, por los cuales ganaron una medalla de honor en la Exposición de San Francisco. Libro, el prolífico dramaturgo y letrista de tango don José González Castillo. Intérpretes, Julio Scarcella y María Padin como la pareja del gaucho y la criollita, Arturo Mario en rol de dueño rico que pretende imponerse por la fuerza y la riqueza, y los cómicos Orfilia Rico y Celestino Petray, vecinos que además representan la unión de una criolla con un tano, al que se representa como medio ridículo por su habla cocoliche, pero trabajador y de nobles sentimientos.
Personajes prototípicos representaban el triunfo del limpio hombre de campo sobre el señorito enviciado de la gran aldea que ha mancillado a su prenda. Esa era la historia, que debía llenar el alma de los espectadores, ansiosos de ver sus tierras, sus costumbres y su reclamo de justicia. Pero faltaba un detalle. Tras una primera exhibición, González Castillo reformó los intertítulos, insertándoles cada tanto algún verso evocativo del Martín Fierro y el Santos Vega. Y ahí se dio la plena comunión, a través de la palabra. El éxito esta vez no se restringió a un sector de la sociedad, sino que se expandió por todo el país, dejando, de paso, bastante alimento para pensar sus formas de representación, entre aristocracia y criollismo, producciones para público selecto o para el gran público, etc. Para algunos, la confrontación todavía se mantiene.
Dato interesante: Nobleza gaucha costó 25.000 pesos de la época, recaudó ¡diez veces más! (y eso que entonces ya había copias piratas), y por su buena fama tuvo como derivados un tango de Francisco Canaro, una marca de yerba, una remake nacional y otra chilena. No vamos a menoscabar sus méritos, pero ¿ya habrá alcanzado Relatos salvajes diez veces más de lo que costó? ¿Habrá más adelante alguna marca de cuchillas, explosivos o regalos de boda con su nombre?

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