Es el poeta de lengua alemana más importante de la primera mitad del siglo XX. Una recorrida libre y fascinante por su vida y por la obra. Sus consejos más famosos para los que quieren empezar a escribir. La lente de un teólogo se pregunta por la verdad y presenta el ascenso del canto.
“Entrega siempre tu belleza
sin echar cuentas, sin hablar.
Callas. Ella dice por ti: Existo.
Y en mil formas distintas llega,
llega al final a todo el mundo”.
Poeta errante durante toda su vida y, al final de la Gran Guerra, sin patria. ¿Praga, Austria, Alemania? Una mezcla de sangre o identidades. Nació en Praga el 4 de diciembre de 1875 y fue bautizado como René Karl Wilhelm Johann Josef Maria. Creció en el seno de una familia burguesa pobre cuando gobernaba el anciano emperador Francisco José. La ciudad, aristocrática capital de provincia: con sus palacios barrocos que aún recordaban a su madrina la emperatriz María Teresa; el río Mondava, señorial y testigo; el puente San Carlos, con sus nobles de piedra que soñaron Bohemia desde la Edad Media.

No es Kafka, no es judío. Católico renunciante de la minoría germana dominante en el Imperio Austro Húngaro. Los muchachos checos se burlaban de su trajecito de escolar alemán. Alguna vez necesitó su pasaporte, aunque nunca se sintió checo. Praga es una más las primeras encrucijadas de su vida. Iluminaba su rostro cuando, saliendo o escapando de la escuela de comercio, se descubría en sus cafés, entre el humo, la risa de las damas y las nuevas ideas que estallaban libres y patriotas. Amó su ciudad, pero entonces, ¿por qué este sentirse extraño en su propia tierra? Como si fuera apenas un hombre peregrino y sin arraigo.

Su padre era un empleado de ferrocarril que decepcionó a su esposa Phia. Ella, nacida en una familia algo más acomodada, suspiró siempre poder rozarse con la nobleza. Así René sufrió el matrimonio desavenido de sus padres. Phia, mezcla de deseos y desencuentros con la vida, no supo ocuparse de su hijo, lo quiso en la distancia. René le contó a su amiga Lou Andreas Salomé: “Esperaba en el miedo, a lo oscuro, el beso de su madre y cuando éste llegaba venía ausente, dejando a su paso desapego y apuro. El encaje que roza con prisa, la capa de noche desplomada a un costado, un perfume de azahares inundando la habitación que mucho tiempo después siguió gozando”. ´Espera no te vayas´, le hubiera dicho deseando que aquel abrazo no pasara, el beso sabía eterno, la fiebre le abría o cerraba los ojos. De nuevo el encaje se deslizaba, rozando todo más que nunca. Josef, su padre, en la habitación contigua le reprochaba haber abandonado el baile en casa de su tío. La discusión se alejaba, pero la soledad de las palabras airadas rebotaba en las paredes del cuarto, se quedó en su interior para no irse. Al principio él mismo sentía la culpa. La habitación volvió a su oscuridad. El silencio trajo el miedo.

Josef soñó un futuro para su hijo: Saint-Pölten, la Escuela Militar para oficiales austríacos parecía lo más adecuado. Pero allí René chocó con la vida. Ciertamente, aquel lugar no era para él. Niño o adolescente retraído, sin tener malas notas penó lo indecible. Años más tarde llegará a comparar su paso de cadete con la Casa de los Muertos, espantosa cárcel que pintara Dostoievski. A confesión de parte relevo de pruebas: él mismo contó que no hubiera podido escribir los Cuadernos de Malte o las poesías más oscuras si no hubiera atravesado la fragua del sufrimiento, el momento cuando una herida se ve transformada para siempre. Como joven aspirante a poeta, desde la soledad se hizo camino abrazando y partiendo siempre, dibujando poesías de amor y desencuentro, como un ángel que esboza confiado su cifra distante.

Así sondeó la vida y sobre todo lo bello. Dejaba que el mundo sintiera en él mientras honraba una palabra desnudando lo impensable. Como si en su búsqueda, tan personal y peregrina, cargara el mensaje del siglo XX que amanecía, desde las promesas y hacia el terror. Con esfuerzo y labrada arquitectura cumplió el sueño de su madre, quien como Madame Bovary soñaba ser aceptada en los palacios y sus fiestas. Con sensibilidad extrema y palabra filosa logró comprender el corazón de la mujer o el sinsabor de quien cree que ama: su esposa Clara, su hija Ruth, Lou Andreas Salomé y tantos nombres como su última compañera Merlin o Baladine Klossowska. Quiso mucho y luego llega el desprendimiento, como si el amor fuera un destino de dos que se unen y no alcanzan a tocar su soledad. Mimado y sostenido por princesas y marquesas que conservaban su brillo antes de que la Belle époque estallara en pedazos.

En pos de la poesía, los amores pronto terminaban. En el mejor de los casos, las mujeres fueron amigas duraderas y acompañaron su destino solitario como la princesa María de Tour y Taxis, que en Duino, hoy Trieste, le dio cobijo a su inspiración desandada. Lou Andreas Salomé lo llevará dos veces a Rusia. En aquellos viajes iniciáticos y románticos, idealizaron el suelo ruso, conocieron al conde Tolstoi y al pintor Leonid Pasternak. Allí Lou le regaló un nombre más alemán, Rainer. Él la amó apasionadamente durante tres años. Ella, quince años mayor, supo conocerlo como nadie; hasta el final de sus días fue la amiga entrañable, consejera y acaso madre. Lou lo ayuda a permanecer, como la estepa que templa y da profundidad a los rusos.

París supo formarlo al tiempo que desnudaba su tristeza en Los Cuadernos de Malte. En esta ciudad se hizo vulnerable y duro, frágil y determinado. También le regaló a Rodin y el gesto para escribir: “Trabajar con paciencia, buscar su propio medio de expresión, consagrarle vida y esfuerzos. El amor no puede competir con el arte, a uno de ellos debe darse todo. Ser feliz por el duro ascenso hacia una belleza que busca ser rescatada”. Junto al mayor escultor de su época, totalmente volcado al servicio de su obra, Rainer optó por el arte. Soñó una gran obra a pesar de la oscuridad. A cada paso tuvo que alumbrar la falta de inspiración. Como poeta sin casa, deambulará las ciudades presentando su palabra, en las maletas trajinaba el desvelo de culminar su obra.

Si Rodin le enseñó la dedicación al trabajo artístico, Cézanne le mostrará como persistir hasta el final. El pintor no miraba la cercanía de la locura o la crítica de los otros. Con poca vista, agotado, morirá trabajando, como si no hubiera otra cosa que chercher la beauté. Pleno de contemplaciones buscará descubrir la montaña, desnudar el centro y dejar que un diamante geométrico llene de luz, despliegue su fuerza más allá de la mirada. En 1910, agotado en París, Rilke publica Los Cuadernos de Malte Laurids Brigge, tránsito y exorcismo de las oscuridades en el camino. Diálogo con las posibilidades de vivir, diría André Gide.

Con la vida y la muerte de la mano llegará al final de su camino, hasta el pequeño castillo de Muzot, Suiza, donde encontrará refugio. Luego de diez años de duro ascenso, Rainer logró el cometido de su vida: completar Las Elegías de Duino que comenzara en 1912, desde el hermoso castillo en Trieste. A comienzos de 1922, en aquella torre solitaria, Rilke reconocerá con gozo que su obra había culminado. No paró, enseguida regaló, como quien encuentra su transparencia, una alegría ligera y afiebrada: los 42 Sonetos a Orfeo en sólo veinte días. Cinco años después, el 29 de diciembre de 1926, la leucemia dijo basta a su vida peregrina y le permitió descansar.

Consejos para el que empieza
Cartas a un joven poeta, publicado después de su muerte, reúne diez cartas a su amigo Kappus, artista incipiente. Hoy podríamos decir que este joven representó al universo de escritores nuevos que anhelan aprender, narrar y permanecer. Un tesoro para los que escuchan su vida y están dispuestos a recibir consejos: “Amigo Franz no tenga miedo a su soledad ni a la tristeza que la acompaña; cuídela con honor y déjese habitar, ella crecerá en usted pues es no es más que el futuro que se le ha metido adentro”.

Como quizás el lector quede varado, sin reacción, el poeta sigue con una imagen casi cibernética: “Imagine señor que usted está en su despacho, sentado ante la mesa, entre sus libros, la pluma, las hojas, de pronto, como un sueño pero real es transportado a la cima de una montaña muy alta, allí es dejado con descuido en medio de la brisa, sin tientos ni amarras. ¿Cuál puede ser su reacción? Piénselo usted… un terror inimaginable… así es la tristeza que llega y nosotros queriendo huir”.

Cualquiera que esté en disposición de aprender podrá adivinar por dónde se cuela la luz en la nueva situación y confiar en el don que brota frágil y decidido. Por eso la realidad del deseo no sólo necesita trabajo y paciencia sino una fortaleza de confianza que cuide y defienda la soledad de un aire impropio o malsano. De a poco asomará el canto pulido entre la belleza, la emoción y el sufrimiento. Cientos de escritores han sentido el abismo de este apotegma que Rilke suelta a su amigo: “No vaya preguntando por ahí si es un buen escritor, busque más bien dentro de sí mismo y pregúntese si le es imperioso escribir como algo impostergable que devora sus horas, si llega a las raíces de su corazón, en la respetable noche escuche la pregunta desnuda: ¿Debo escribir? Y si siente un grito sordo o un fuerte y sencillo: debo, construya entonces su destino pues cada hálito de su vida deberá responder a este impulso. Si otra fuera la respuesta, no intente más, dedíquese a otra cosa que hay mucho por hacer, encontrará caminos propios, amplios y también ricos. Una obra de arte es buena si ha sido creada necesariamente”.

Una mirada teológica
El teólogo católico alemán Romano Guardini confesó haber admirado la poesía de Rilke durante 50 años y escribió un libro comentando Las Elegías de Duino. Solicitado por Max Scheler, Guardini hace un análisis literario e interpreta la verdad de su poesía con una perspectiva cristiana. Destaca en su interpretación tres aspectos: el fracaso del amor humano, la pérdida de la fe y la ausencia y vacío de Dios.

Con la imagen del dios de la primavera en la primera Elegía describe Rilke la imposibilidad del amor: Lino abatido por la tristeza pierde toda esperanza para más tarde encontrar su consuelo en la música. Como anota Guardini, para Rilke no existe el amor que capacite a un ser humano para encontrar un hogar espiritual en otro, como tampoco puede uno establecer su hogar en un país cualquiera. El teólogo critica la visión del poeta porque amar significa amar a alguien. Y una vida sin una relación de yo-tú no es verdadera consigo misma, cae en un vacío interior que la afecta en su relación con todo. Así vuelve a la primera Elegía que describe nuestro desamparo, como cuando un árbol solo en el paisaje, fiel como una rutina amada, nos conmueve y descubre la soledad que nos habita: “O la noche que tanto teme el solitario, ¿acaso es más leve para los amantes que intentan poseerse y no hacen más que esconderse el uno al otro?” (Elegía 1,V20).

Al amor que no llega sucede la pérdida de la fe en Dios. Para el poeta, “Dios” es una fuerza que se encuentra dentro del cosmos. Rilke habla del ángel pero no como un ser divino o trascendente sino en cuanto un límite superior de la experiencia del hombre, un dibujo cifrado de nuestra esencia en el cielo que nos hace saber lo que no somos. No podemos recibir consuelo de arriba y por eso nos sentimos todavía más solitarios. Según Guardini, nuestra conciencia de la ausencia de Dios significa que la soledad se ha hecho aún más profunda.

Si Dios no existe, entonces estamos solos. ¿Cómo hemos de vivir? Continúa el Rilke que avizoró Guardini: aceptar la no definición, permanecer en el espacio abierto, que los brazos queden solos, extendidos hacia adelante. Si admitimos nuestra soledad y la aceptamos, podríamos, de manera paradójica, dar un sentido a nuestras vidas y al mundo. Dejando que el corazón acepte el vacío podrá dotar al espacio exterior de fervor y hondura espiritual. A medida que renunciamos a nuestro deseo de intimidad, podemos alcanzar una profundidad que le da sentido tanto a nuestra vida como al mundo.

Concluye Guardini apreciando la belleza de los versos y valorando los diez poemas como una expresión fiel del dilema del hombre en el siglo XX. Su poesía desnuda una enorme necesidad de creer en Dios, y a la vez una incapacidad para hacerlo. El poeta percibió con toda razón que la vida humana está destinada a la comunión con una realidad trascendente.

Desde una óptica contrapuesta, el filósofo de la hermenéutica Hans Georg Gadamer critica los estudios literarios de Guardini porque, a su juicio, violan el principio hermenéutico según el cual uno debe interpretar el texto apoyado en los criterios de las mismas Elegías, no según a sus propias convicciones religiosas y filosóficas. Gadamer agradeció a Guardini haber suscitado la cuestión de la verdad en la literatura. Ante la crítica por lo abusivo de este intento, Guardini se defiende diciendo que si Rilke, poeta, se presenta como profeta con un mensaje sobre el mundo, el hombre y Dios bien puede resistir también una mirada teológica.
Por qué asomarse a la poesía y su camino de ascenso

Apasiona en Rilke la belleza de sus versos, la autenticidad de su camino y la aventura épica que puede reunir en el canto poético a la muerte con la vida. Siempre cuesta el tema de la muerte y quizás por eso mismo encuentro genial la imagen que transmite el poeta: algo que sentimos todo el tiempo y llevamos como la otra cara de la luna.
He aquí el desafío al que nos lanza el poeta: atravesar desde el comienzo la vida entera. En el Libro de las Horas es el monje, peregrino y pintor, quien se desprende y guarda todo en su interior; en las Elegías de Duino será el distante ángel, bello y terrible, quien guiará al poeta hasta las soledades más altas para devolverlo a la tierra en paz. Llega entonces el turno de Orfeo, músico y poeta, quien por Los Sonetos se paseará a su aire, despertando la belleza que conmueve y admira.

Su exigencia por alcanzar la belleza en las Elegías se enrola en la mejor tradición simbolista del poeta que nunca renunció al ideal, basta recordar a Rimbaud, “místico salvaje” dijera Claudel, quien al descubrir la imposible belleza que anhelaba, quedó voluntariamente mudo. Así también Rilke en su frágil ascenso, toma sobre sí al hombre, al desamparo de su tiempo, donde no hay Dios ni religión que lo contenga, atraviesa la angustia de no tener ya horizonte, encuentra a un Dios más cerca, mendigo y vacilante, pidiendo reposo en lo abierto, ama lo efímero y atraviesa la sombras. Luego, como quien vuelve otro de la guerra, tan frágil, llega sin embargo, más sanado. Como los profetas, Oseas, Amós o Jeremías, cuyas vidas fueron signo, advertencia y cobijo para su pueblo, la obra de Rilke posee una dimensión profética en su grito bello y desgarrador.

A un maestro de la poesía universal se le rinde honores; por eso bien vale esta extraña luminosidad. Ella, por hebras, desnuda el tiempo, como lo hiciera su conciudadano Kafka o el mismo Heidegger. Rilke lo hizo por la palabra poética y su confianza en ser poeta y nada más.

Libro 2, soneto XXIX

Siente, callado amigo de tantas lejanías,
como el espacio aún aumenta con tu aliento.
Dentro del armazón de oscuros campanarios
deja oír tu sonido. Lo que de ti se nutre.
Se fortalecerá con este alimento.
Entra y sal en la transformación.
¿Qué es tu experiencia más doliente?
Si el beber te es amargo, hazte vino.
Sé en esta noche de exceso
fuerza mágica en el cruce de tus sentidos
y sé sentido de su extraño encuentro.
Y si lo terrestre te ha olvidado,
dile a la tierra callada: me deslizo.
Dile al agua veloz: soy.

Algunas Obras de Rilke para leer
Cartas a un Joven Poeta
Los Sonetos de Orfeo
Las Elegías de Duino
Los Cuadernos de Malte Laurids Brigge
El libro de las Horas
El libro de las Imágenes
Nuevos Poemas- I y II-

El autor es Sacerdote de la diócesis de San Isidro y poeta.

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