El paisaje de la pampa argentina

Ante su inagotable complejidad, algunas notas en torno a la constitución y los habitantes de la llanura.

Puede parecer que el paisaje de la llanura pampeana y la forma de ser de sus habitantes sea un tema bastante agotado. Creo, sin embargo, que quienes se han ocupado del asunto no han sacado todas las conclusiones que serían de desear. Tales limitaciones pueden atribuirse, naturalmente, a la inagotable complejidad que posee lo real.
Estas reflexiones deben entenderse como el modesto resultado de una serie de lecturas y de un afán teorizador que busca comunicar una gran cantidad de vivencias. Me propongo abordar tres puntos que no he visto tratados: la constitución de la inmensidad y su efecto en el espíritu humano, el habitante de la llanura pampeana como un ser-a-la-intemperie, y por último, las posibilidades y problemas que tiene la interrelación paisaje-habitante en nuestra época.
Resultaría casi imposible determinar los límites precisos de la “llanura pampeana”. En principio, con esta expresión y con otras similares como “pampa”; “paisaje de llanura”, etc. me refiero principalmente al paisaje y las poblaciones eminentemente rurales del este de la provincia de La Pampa, oeste de la provincia de Buenos Aires, sur de Córdoba y Santa Fe.

Inmensidad, silencio y pura horizontalidad
Quien se ha enfrentado con la inmensidad del paisaje de la llanura debe haber experimentado que la pampa llama a callarse. Pareciera como si en la inmensidad y en la lejanía de los campos el paisaje se fundiera con el silencio.
Con la claridad y el poder de observación que lo caracterizan, Jorge Luis Borges nos dice que “hay una hora en la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música…”. De la misma manera, su compañero “martinfierrista”, Leopoldo Marechal, formula reflexiones análogas en su Adán Buenosayres y afirma que “el silencio y la reserva son estigmas que se adquieren en la llanura, donde la voz humana parece intimidarse ante la vastedad de la tierra y la gravitación del cielo”.
Este llamado al silencio es el primer obstáculo con el que nos encontramos cuando queremos acercarnos conceptualmente al paisaje. Sobre la llanura y su misterio no se puede decir demasiado.
Ortega y Gasset observaba que el paisaje de la pampa no puede ser sólo visto, sino que debe ser vivido. Se podría acordar con tal afirmación pero haciendo una salvedad: el paisaje se vive de una manera casi pasiva, esto es, dejándose habitar. En la pampa el paisaje lo habita a uno; uno no vive el paisaje. Esta puede ser la clave hermenéutica desde donde interpretar la imposibilidad de decir demasiado. Lo que se nos pone enfrente, la pampa, es demasiado grande para contenerla en nuestra pequeña conciencia.
La pampa suscita en el espectador un estado que podríamos definir como “serenidad” .Quizá sea porque la vegetación, las aves y los mamíferos, que en la planicie se fusionan con el paisaje, permiten sentir que las fuerzas de la naturaleza no se imponen sobre todo lo viviente. En ella no hay un arriba y un abajo definido. La llanura no se muestra profunda como el mar ni elevada e imponente como la montaña: su modo de existencia propio es la pura horizontalidad.
Esta característica parece resaltar particularmente en dos momentos: el amanecer y el atardecer. Es entonces, donde el sol pareciera fundirse y a la vez romper ese horizonte puro, cuando la llanura más resplandece y es cuando más pareciera abordarnos. Quizá, era en esa hora en la que pensaba Borges cuando describió a la pampa como música intraducible.

Un modo de ser como ser-al-descampado
Para el escritor Martínez Estrada el homo pampeanus es un ser aislado; entregado al apetito sexual, curioso, indiferente. Su arquetipo es el guapo: un ser vicioso que vive el margen de la ley, pero protegido y, en cierto modo, admirado por la sociedad.
Se cuenta del poeta Yeats que cuando leyó La genealogía de la moral de Nietzsche, escribió: “Pero ¿por qué piensa Nietzsche que la noche no tiene estrellas, sino únicamente murciélagos, lechuzas y la luna loca?”. Algo análogo puede decirse de la obra de Martínez Estrada: su interpretación parece estar completamente imposibilitada para ver también las buenas cualidades que existen en los habitantes del llano. Suelen ser personas amables y hospitalarias. Se podría pensar que el paisaje influye haciendo a sus habitantes más “llanos”. De una gran honestidad y simplicidad a la hora del trato cotidiano con sus semejantes.
En los pueblos de la pampa se respira un profundo clima de amistad cívica. Esto se hace palpable cuando ocurre una situación difícil a alguno de sus integrantes. Los habitantes son muy conscientes de dos aspectos claves de la vida humana de la llanura: la limitación de los recursos; y (como ya lo notaba Martínez Estrada) el aislamiento y la soledad.
Por “limitación de recursos” no nos referimos a pobreza extrema, sino más bien a la dificultad de conseguir un bien o servicio. Por este motivo, en mayor o en menor medida, suelen estar bien predispuestos unos con otros. Esto se debe a la “autoconciencia” de que la comunidad política (en sentido propio) se construye diariamente, con el esfuerzo de todos y cada uno de sus miembros.
Lo anterior está estrechamente vinculado con el problema del aislamiento y la soledad. Las grandes distancias y la poca población suelen potenciar ese sentimiento de pertenencia y de comunidad. Las personas nacidas y criadas en la planicie saben que el modo de ser en la pampa es ser-a-la intemperie .
Ese modo de ser tuvo una expresión concreta: el fogón como lugar de encuentro. Hoy por hoy es más difícil tener una vivencia de lo que el fogón significó como expresión de un modo existencial. Si bien es cierto que la reunión frente a un fuego es cosa tan universal y antigua que se da en todas las culturas; también es cierto que en la pampa el fogón es lugar de historias y de charlas saboreadas. A veces es un lugar donde sólo se comparte un mate y un asado, y se gusta del silencio. Es donde la melancolía (sobre todo si es de noche) se funde con una extraña alegría. Allí donde el fuego y el mate son los únicos refugios, es donde se evidencia con claridad que el homo pampeanus es un ser-a-la-intemperie.

Problemáticas y posibilidades
El paisaje de la llanura no es en sí mismo un lugar paradisíaco. La uniformidad y la extensión suelen producir en los ánimos una sensación de monotonía y aburrimiento al cabo de un tiempo. Una especie de tedium vitae. Los vientos constantes, la variabilidad del clima (de sequía a inundación y de inundación a sequía) y la falta de caudales naturales de agua suelen aumentar el peso que de por sí implica el ser-a-la-intemperie.
La monotonía y una cierta impotencia frente a lo natural traen como consecuencia el poco interés por el mundo espiritual/cultural, o por el bien común. Esta indiferencia actúa como límite a la hora de emprender obras que desafíen el tiempo y el espacio y que sean las concreciones de aquellas promesas de las que hablaba Ortega y Gasset.
Martínez Estrada juzga que es imposible forjar una “historia” en la llanura, es decir acontecimientos y actos dignos de recordar, dado el aislamiento en que se encuentran los pueblos de la pampa. Los hechos, los eventos y las obras, al cabo de una generación, se pierden en la inmensidad. Dice en Radiografía de la pampa: “La inhistoricidad del paisaje, la enorme superioridad de la naturaleza sobre el habitante y las fuerzas del ambiente sobre la voluntad, hacen flotar el hecho con la particularidad de un gesto sin responsabilidad, sin genealogía y sin prole. Técnicamente en estas regiones no hubo nadie ni ocurrió nada”.
La inmensidad como obstáculo para formar “cultura” ha sido un problema muy debatido . Sólo diremos que si bien la inmensidad, la distancia, el paisaje llano y “casi infinito” son limitaciones, también son posibilidad: la posibilidad de con-formar lo ilimitado.
Esto exige dos actitudes fundamentales. En primer lugar, un trabajo que implique la formación política de los ciudadanos y de los políticos propiamente para que piensen en la concreción de obras a largo plazo. Se debe educar para entender que la formación de la sociedad es un proceso: sólo después de muchos errores y fracasos puede llevarse a cabo una tarea duradera. Así se hicieron las grandes obras de la humanidad.
En segundo lugar, creo que debe formarse en los habitantes una conciencia que podríamos llamar “vocación creadora”, que no sería otra cosa que lo que los antiguos denominaban magnanimidad, esto es, la disposición para emprender grandes obras.
Juan Ramón Sepich, hablando de Latinoamérica, señala esto cuando dice que su destino debe estar en manos de aquellos que decidan arriesgarlo todo. Para Sepich esta empresa es un acto heroico ya que no ofrece garantías de éxito. Algo análogo podría decirse de la llanura.
Urge, sin embargo, acometer esta empresa. Pero para ello necesitaremos vencer dos enemigos que aquejan a nuestras sociedades: el deseo excesivo de seguridad y el cálculo económico de la vida.

[1] Ese estado que los místicos alemanes denominaron gelassenheit.

[2] Esta idea la concebí mientras leía el texto de Leopoldo Zea La filosofía latinoamericana como filosofía sin más. Allí el pensador mexicano cita un texto del venezolano Mayz Vallenilla donde afirma que el presente del hombre latinoamericano se expresa en un no-ser-siempre-todavía.

[3] Por ejemplo Massuh y Jauretche consideran que “inmensidad o cultura” es una falsa dicotomía.

El autor es Licenciado en Filosofía

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2 Readers Commented

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  1. cecilia on 29 agosto, 2016

    todo eso no creo que sea

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