Una batalla ha terminado, otras deben librarse

Análisis del resultado de las elecciones en Gran Bretaña.

El sábado 9 de mayo, miles de espectadores, agitando banderas británicas, se reunieron en la londinense Horse Guards Parade, para celebrar el VE day, el día en que setenta años atrás los Aliados proclamaron la victoria sobre la Alemania nazi. El evento, con canciones trayendo reminiscencias a los sobrevivientes veteranos y civiles, y memorables citas de Winston Churchill, dieron una imagen de patriótico orgullo en lo que el gran líder británico de la Guerra llamó “la hora más grandiosa de Gran Bretaña”.
Así como algunos vitoriosos conservadores ingleses disfrutaron un festejo tan cercano a las últimas elecciones, hubo otra demostración, más pequeña y violenta el mismo día en la capital inglesa, que manifestaba un sentimiento de frustración y enojo con genuina aprehensión acerca del futuro por parte de los votantes de los perdedores partidos Laborista y Liberal Demócrata. A pesar de estos contrastantes sentimientos, lo cierto es que David Cameron se aseguró una victoria notable que desafió las predicciones de los encuestadores, de amplios sectores del periodismo, de la mayoría de miembros de la anterior coalición gobernante y del opositor partido Laborista, conducido por Ed Miliband.
Para el relativamente nuevo líder laborista y sus más cercanos aliados, la dimensión de la derrota, particularmente en Escocia, llegó como un shock, dejándolo expuesto a críticas respecto a su estrategia de elección: la defensa de los más pobres en contra de los más ricos. No había sabido impresionar a los nacionalistas radicales escoceses ni a los votantes ingleses de clase media. El logro del partido nacionalista escocés, que se aseguró 53 de las 56 bancas escocesas disponibles en el Parlamento de Westminster, y por lo tanto ubicándose como el tercer partido en dimensiones (después de los conservadores y los laboristas) no fue tan inesperado, pero aún así representó un shock para sus mayores oponentes (laboristas) que había esperado una menos abrumadora derrota.

Dominio conservador
La mayoría de Cameron significó que la transición hacia un nuevo Gobierno fue mucho más suave de lo que hubiese ocurrido si las predicciones de los encuestadores hubieran sido correctas, y el resultado terminó en un hung-parliament, sin ningún partido en condiciones de formar una administración por sí solo. Una vez que los votos finales fueron contados, la confirmación de Cameron como primer ministro por la Reina fue una mera formalidad, como lo fue su nombramiento de ministros provenientes exclusivamente del partido Conservador.
La natural transición de un gobierno electo a otro, a diferencia de la experiencia política de los recientes años, evitó los escándalos financieros y de corrupción que parecieran haberse vuelto parte de la cultura en otros países –España y Grecia, o Argentina y Chile– y perpetuó el resiliente carácter de la democracia británica, como así también el más antiguo parlamento del mundo que aún sobrevive.
Por su victoria, Cameron, al menos pudo pretender brindar un sentido de estabilidad política como alternativa a lo que podrían haber sido semanas de discusiones y peleas para formar una nueva coalición de gobierno, o peor aún, un punto muerto o impasse que conduciría a un voto de no confianza en el nuevo programa de gobierno y nuevas elecciones antes de finalizar el año.
Ciertamente la bolsa vio el resultado con ojos optimistas, con precios de las acciones de empresas y bancos en alza, con expectativas por un gobierno que podría ser fiable en la economía y en los intereses del sector privado. Sin embargo, una lectura alternativa de la elección británica sugiere que la reacción optimista podría resultar prematura. En esta elección, en términos de candidatos parlamentarios elegidos, los resultados subestiman la complejidad de la política británica: la estrecha mayoría de los conservadores está basada sólo en un 37 por ciento de votos. Es decir, más de un 60 por ciento de votantes no lo hizo por Cameron. El virulento anti-conservador partido Nacionalista Escocés (SNP) ganó sólo el 5 por ciento del voto en todo el Reino Unido, pero su concentración en Escocia le dejó ganar más de una tercera parte de las bancas en el Parlamento británico. El UK Independence Party’s (Partido de la Independencia del Reino Unido) recibió un enorme apoyo por su manifiesto contra la inmigración y contra Europa. UKIP ganó alrededor de 4 millones de votos –más que el SNP y el Liberal Demócrata juntos– y se convirtió en la tercera fuerza política del país en términos de votos. A causa del sistema electoral del Reino Unido llamado ‘first past the post’ mientras el SNP tendrá 56 bancas en el Parlamento y el Liberal Demócrata 8, UKIP tendrá sólo un miembro en el Parlamento, a pesar de que muchos de sus partidarios votaron tácticamente a favor del partido Conservador para evitar un gobierno laborista.

Mapa político
Durante la campaña los conservadores se disociaron de sus anteriores compañeros de coalición, los Liberal Demócratas, se mostraron como los únicos guardianes fiables de una economía revitalizada (la post-recesión creció en una tasa de 2,4 por ciento, con un desempleo que cayó por debajo del 5 por ciento, y una inflación por debajo del 2 por ciento), y afirmaron que el único gobierno alternativo era el de una alianza del ala izquierda laborista con el SNP, lo cual representaría el desastre financiero y el desmembramiento del Reino Unido. Una pretensión de la cual no había evidencia pero que claramente ganó a la causa conservadora miles de votantes en Inglaterra, a expensas en particular de los Liberal Demócratas, muchas de cuyas figuras no lograron ser reelegidas. El mismo líder del partido, Nick Clegg, renunció luego de haber declarado: “El miedo y la queja han ganado, y el liberalismo ha perdido”.
El verdadero mapa político del Reino Unido, leído a través de la perspectiva de Clegg, es que el actual gobierno conservador británico, sin la moderadora influencia de su anterior partner de coalición, el Liberal Demócrata, está en condiciones de correrse hacia la derecha en acuerdos de cuestiones como recortes en el bienestar social o más severos poderes antiterroristas y anti sindicatos. El Partido Conservador está comprometido a promover un referendum dentro de los dos años para decidir si Gran Bretaña debe o no permanecer en la Unión Europea.
El nuevo Parlamento tiene un radical independentista y un muy debilitado mayor partido de oposición (Laborista). Tras una campaña electoral en la cual el derrotado jovial líder laborista Miliband prometió defender el estado de bienestar social e imponer nuevos impuestos punitorios para los no domiciliados hombres de negocios y para propietarios de casas ricas, el partido quedó dividido sobre si su dirección ideológica futura debiera ser de izquierda o más hacia el centro, como fue la línea de Tony Blair.

Las promesas de Cameron
En su primer discurso como reelecto Primer Ministro, un energizado Cameron hizo lo más que pudo para actuar como estadista. Prometió dar mayor autonomía a Escocia, pero poco de independencia, y unir a los británicos alrededor de un “único proyecto nacional”. En sintonía con el Número10 Downing Street (la casa de los primeros ministros británicos desde 1735), Cameron prometió : “Al conducir este trabajo vital, debemos asegurar que llevamos nuestro país juntos. Gobernaremos como el partido de una nación, un Reino Unido”.
Por su parte, la carismática nueva líder del SNP, Nicola Sturgeon, envalentonada por el impresionante casi monopólico voto de su partido en Escocia y su muy crecida representación en el Parlamento Británico, declaró que había habido “un abrumador voto por Escocia que debe ser oído, para un final de la austerity y otras cuestiones que hemos puesto en el corazón de la campaña como la devolución de los poderes impositivos, un mayor salario mínimo y la protección de los servicios públicos”.
Habiendo ganado la batalla de ser reelegido, Cameron enfrenta otra más desafiante para mantener unido a su partido, y evitar la desintegración del Reino Unido. Como Primer Ministro tiene reputación de pragmático y moderado, como así también ser un privilegiado miembro de la clase dirigente. Cameron tiene ahora que tratar con miembros del partido que son más de derecha y nacionalistas que él, quieren una drástica reducción del Estado y esperan que el referéndum de 2017 lleve al Reino Unido a dejar la Unión Europea.

Desafíos del nuevo gobierno
El partido Nacionalista Escocés (SNP) ha ocupado por ahora la izquierda del mapa político, pero en una posición nacionalista extrema. A pesar de haber sido derrotado por un margen de 55 por ciento contra un 45 en el referéndum sobre la independencia de Escocia en el último otoño, el SNP ahora se siente reivindicado por su espectacular victoria en las elecciones nacionales británicas. Estos resultados han levantado la moral de los nacionalistas catalanes en España. Pero el destino de la política británica sigue siendo poco claro.
Como escribió mi colega Philip Stephens, comentarista político del Financial Times, el frágil futuro del Reino Unido y la irascible relación del país con el resto de Europa promete sólo retos y tribulaciones para Cameron. “La historia bien puede ver el real significado de la elección en la colisión entre el resurgente nacionalismo escocés y un nacionalismo inglés resentido, que se convierte en el punto en el que la política de identidad, causante de divisiones, dio vuelta el antiguo orden”.
Con excepción de la cuestión catalana en España –en donde el nacionalismo es central en el debate político–, la victoria de si el largamente afirmado partido Conservador británico está en contraste con la Europa meridional (con nuevos movimientos políticos anticorrupción y grupos como Podemos y Ciudadanos en España o las resurgientes coaliciones de izquierda como Syriza en Grecia) ha sido vista como la mayor resistencia de la vieja casta política.
La victoria de Cameron , tras cinco años de duros recortes en el gasto público, con un partido Conservador que termina ocupando más bancas en el Parlamento que cuando empezó su coalición con los Liberal Demócratas, ha sido invocado como un antecedente por halcones y partidarios del libre mercado en otros sitios en Europa, y no menos en España, en donde el gobernante Partido Popular de centro-derecha ha seguido políticas económicas similares a las de Cameron y está luchando por ser reelegido a pesar de que ha provocado un desempleo mucho más alto que en el Reino Unido, y cuyo brillo ha sido empañado por acusaciones de corrupción.
La política británica también ha presentado ejemplos en el pasado de cómo fácilmente (incluso el aparentemente más popular de los líderes y el más popular de los partidos) pueden acabar disminuidos, divididos y derrotados. Ése fue el caso de Churchill en la elección general de 1945, después del final de la Segunda Guerra Mundial, y más recientemente, de John Major cuyo segundo mandato como Primer Ministro conservador (1992-1997) fue debilitado por continuas rebeliones de miembros anti-europeos de su partido, provocando un desplazamiento hacia la victoria del laborista Tony Blair en 1997.
En términos políticos domésticos (dada la caída en desgracia de Blair por su muy criticada política en Irak), Cameron ha evitado las mayores intervenciones militares desde que se aliara él mismo con los franceses y la persecución al coronel Gadafi en Libia por parte de los Estados Unidos. Él ha prometido alcanzar una significativa y genuina reforma dentro de la Unión Europea antes del planeado referéndum de 2017. Pero parlamentarios más euro-escépticos dicen que esas reformas tienen que incluir frenos sobre la libertad de movimiento como parte de mayores medidas restrictivas respecto de la inmigración, un área en la cual el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, dice que no habrá cambios.

Dulces victorias y amargas derrotas
Por ahora, Cameron, espera asegurar razonables concesiones antes de apoyar una amplia campaña pro–Europa en el referéndum, en una alianza que atravesaría las líneas de los partidos, para recabar amplios sectores propios junto con los votantes pro-europeos, laboristas y liberales. El veterano analista político Andrew Rawnsley, del The Observer, dice que el gobierno de Cameron no será popular por mucho tiempo, con una mayoría frágil sumamente vulnerable ante rebeliones y chantajes por parte de parlamentarios de su propio partido alineados con los euro-escépticos o con los nacionalistas escoceses. Además, Cameron ha contribuido a sabotear sus perspectivas de medio término anunciando –como lo hizo antes de la reciente elección– que no buscará un tercer término como Primer Ministro. Ello amenaza con convertirlo en un eventual líder “pato rengo” antes que la esperada guerra civil parlamentaria se resuelva. “David Cameron debería saborear su “dulce” victoria mientras pueda. La historia se volverá amarga”, dice Rawnsley.
Tony Blair, que algo sabe de dulces victorias que se tornan amargas, puede haberle ofrecido a Cameron, inconscientemente, algunos consejos útiles que empleó con el Partido laborista que él condujo a dos consecutivas victorias electorales. Porque Blair sugiere que el camino para que vuelva el partido laborista al poder es a través un corrimiento de la izquierda al centro, que él favoreció como líder. “El centro es tanto un estado mental como un conjunto de políticas,” dice Blair. Y “ello significa que en el mundo de hoy muchas de las soluciones atravesarán los límites tradicionales de la derecha y la izquierda”. Y agrega: “Nosotros necesitamos activamente buscar las alianzas para alcanzar a quienes están fuera de nuestra tribu como también a los que están dentro. Con el debate sobre por qué Gran Bretaña debe permanecer en Europa tenemos una chance”.
Seguramente la mejor oportunidad de sobrevivir para Cameron es ocupando él mismo ese centro que quiere llevar a cabo en varios puntos. Sin embargo, enfrenta una pelea cuesta arriba para construir un consenso con los laboristas, el SNP y su proprio partido. En este caso, podría detener el alcance y la dimensión del cambio constitucional que la elección general parece haber puesto en movimiento.

El voto católico
Para los católicos en el Reino Unido, ésta ha sido una elección sin claras directivas más allá de las de su propia conciencia. “El papa Francisco nos dice que somos ‘discípulos misioneros’ que dan testimonio de la misericordia de Cristo a través de la fidelidad de nuestras vidas y el mundo que queremos construir. En la luz del Evangelio podemos ser mensajeros de esperanza cuando desafiamos a los candidatos políticos acerca de las políticas que ellos quieren implementar y las razones de por qué”, escribieron los obispos de Inglaterra y Gales en su carta pre-elección. Sin embargo, no estuvieron a favor de un solo partido, reconociendo que cada partido tenía proporcionalmente un número similar de candidatos que eran católicos y ninguno tenía un programa que pudiera pretender la total adhesión a las enseñanzas católicas. En Escocia, por contraste, una mayoría de católicos parece haber votado por la causa nacionalista como mejor representante del bien común.
Lo que está en juego actualmente para la mayoría de los votantes británicos –más allá de su fe– no es sólo el futuro de Gran Bretaña sino también el más amplio contexto de relaciones internacionales.
A setenta años de distancia desde el rol clave de Churchill en la derrota de Hitler, el Reino Unido no puede ya tener la seguridad de ser una “gran raza isleña” (a great island race*) cuando la isla en sí misma está incierta no sólo sobre el rol que debería jugar en el mundo de los asuntos internacionales sino cuál es el real significado de ser británicos.

*Las islas fueron siempre consideradas como habitadas por una raza especial, la isleña, distinta de los continentes. En ese contexto, Gran Bretaña se consideraba una gran raza isleña. (nota del traductor)

Traducción de Alejandro Poirier

El autor es periodista y escritor. Miembro de la revista The Tablet. Fue corresponsal del Financial Times en Buenos Aires 1981-1986. Su biografía sobre el papa Francisco, The Pope of Good Promise, se publicara en septiembre.

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