En la novela Flush, a través de la peculiar mirada del perro de la escritora Elizabeth Barret, Virginia Woolf describe la siempre bella ciudad de Florencia.

Estimulada por el síndrome Stendhal, acabo de leer Flush, una biografía,  la deliciosa novela de Virginia Woolf. ¡Bella Florencia! Lo que afecta a Stendhal al salir de Santa Crocce es el agobio ante tanta belleza, ante la obra magnífica del hombre renacentista. Sin embargo, no es lo único que lo atrapa; el paisaje florentino y su clima, la historia, las costumbres y el espíritu libre de su gente habrán sido decisivos para ser elegida como lugar de residencia por artistas, intelectuales y espíritus errantes de variada procedencia y en todas las épocas.

En el antiguo cementerio  inglés de la ciudad descansa la poeta británica Elizabeth Barret Browning, autora de Las ventanas de la Casa Guidi y Sonetos del portugués, quien vivió en Italia, según sus palabras, los años más felices de su vida.

En la novela que nos ocupa, el biografiado es su mascota, Flush.

Elizabeth Barret fue la hija menor de una familia rica que por generaciones había hecho su fortuna en plantaciones en la India. El padre estaba acostumbrado a manejar esclavos, era un hombre severo y riguroso. Como la chica parecía algo enfermiza, la mantenía recluida en la última habitación de la casa, en la zona más elegante de Londres. Todas las noches pasaba a verla por su cuarto y controlaba si había comido toda la cena. Sí le permitía rodearse de libros y recibir semanalmente la visita de poetas y escritores. Siendo ya una mujer de más de treinta años, una de sus amigas, Miss Mitford, le regala un cachorro Spaniel, de la variedad Cocker,de la más pura estirpe según la calificación del Kennel/Spaniel Club. “Se sorprendieron el uno del otro. A miss Barret le pendían a ambos lados del rostro unos tirabuzones muy densos, le relucían sus grandes ojos y su boca grande se sonreía. A ambos lados de la cara de Flush colgaban sus espesas y largas orejas, los ojos los tenía también grandes y brillantes. Existía un cierto parecido entre ambos”. Nació enseguida un vínculo sólido que llevó a Flush a renunciar a sus correteos diarios por la campiña a cambio de un invierno guardado en la penumbra del cuarto de su ama, donde Elizabeth leía, escribía, recibía visitas. Le permitía dormir sobre un diccionario griego y le regalaba las alas de pollo para no dejar evidencia de su falta de apetito.

Robert Browning entra en escena. El poeta se había enamorado de Elizabeth leyendo su poesía y el noviazgo fue en gran parte epistolar, sin embargo, a los pocos meses empezó a visitarla dos veces por semana. Flush fue el primero de la familia en descubrir que esa relación era algo serio y eso lo inquietó tanto que una tarde de celos exacerbados lo mordió en la pierna, sobre la tela del pantalón. A Browning no pareció importarle mucho, a diferencia de su ama, quien lo castigó firmemente. Así supo Flush que el amor ahora sería de a tres, entonces fue perdonado. Elizabeth demostró cuánto quería a Flush cuando lo secuestraron. Por 1830 la pobreza en Londres podía ser extrema, la gente hacía cualquier cosa para conseguir algo de comida o abrigo. Muchos perros, aunque debían andar con cadenas, estaban mejor cuidados y vivían en mejores condiciones que las personas, por lo que se hizo habitual el robo para pedir rescate por ellos.  Este episodio tan funesto para Flush, aunque tuvo final feliz, le mostró a Elizabeth una realidad de Inglaterra que desconocía: rostros siniestros que vio durante esa búsqueda fueron retratados en su obra Aurora Leight, bastante tiempo después.

El padre de Elizabeth nunca consintió el noviazgo de su hija y la pareja se casó en secreto. Después de una cuidada preparación la joven se fugó con su doncella y Flush, sin despedirse de la familia. El padre nunca la perdonó.

Arribo a Italia. Lo primero que descubre Flush es que no había categorías entre los perros. ¿Será posible?, se pregunta. Todos eran mestizos, andaban sueltos, solos de aquí a allá. No había aquí Kennel Club ni padres severos. Libertad, amor, salud. Texturas, colores, fragancias. Flush supo lo que era andar borracho de aromas y sin cadenas. Sin miedo. Elizabeth, a su vez, parecía no sufrir ninguna enfermedad, vivía con deleite lo que Florencia le ofrecía, el arte,la naturaleza y su matrimonio. Quedó embarazada y tuvo un hijo. Claro que el verano toscano, además del amor libre, le hizo conocer a Flush la molestia de las pulgas. Mr. Browning intentó diferentes formas para librarlo sin conseguirlo, y finalmente decidió raparlo. Sacrificar una parte de su belleza, dejar atrás la identidad de su raza para conseguir a cambio alivio y paz, aparece en una de las frases del libro para recordar: “El verdadero filósofo es el que se queda sin pelo pero se libra de las pulgas”.

El mundo es conocido por Flush a través de los sentidos: olfatea, lame, oye, ve, roza hasta el mármol con su pelambre: “Italia significa para él, principalmente, una sucesión de olores”, “Lo correteaba todo con la nariz a ras del suelo, sorbiendo esencias”, “En resumen, se sabía Florencia, como jamás se la supo ningún ser humano… la conocía como sólo pueden conocer los mudos. Ni una sola de sus innumerables sensaciones se sometió nunca a la deformidad de las palabras”.

Basada en la frondosa correspondencia entre Barret y Browning, Virginia Woolf narra con singular encanto esta romántica historia desde el punto de vista del perro y finaliza la obra con palabras propias de Barret: “…cuando la barbuda aparición acabó de secar mis lágrimas, reconocí a Flush y me repuse de mi sorpresa y de mi pena, dando gracias al verdadero Pan, quien valiéndose de criaturas insignificantes, nos permite conocer cumbres de amor”.

Es esta una alegoría en la que Woolf muestra mundos recortados, como lo es el de las mascotas, o los contrastes de las clases sociales de la Inglaterra victoriana, para detenerse en los problemas que la preocupan. Se reconocen las ideas del grupo Bloomsbury, de ideología progresista y liberal, sus temas de vanguardia,el lugar de la mujer, en particular el lugar de la mujer educada dentro de una comunidad regida por hombres. Exalta la poesía como recurso maravilloso para explorar lo desconocido; sostiene que somos conmovidos por infinitas sensaciones, hasta el punto de interrogarse adónde podría llegar la percepción como reconocimiento del mundo si ésta no estuviera mediatizada por palabras.

La autora es psicóloga y escritora.

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