Reseña del libro El santo de César Aira. Buenos Aires, 2015, Random House, 141 páginas.

9788439730682

Nacido en Coronel Pringles, en 1949, César Aira es un escritor prolífico, divertido, polémico y desconcertante. Muchos lectores señalarán como obras clave Ema, la cautiva, original reivindicación de la mujer indígena, el breve Diario de la hepatitis (porque “el lenguaje es un virus”), El mago (“un libro de Aira sobre Aira”) o La liebre... Son tantos los libros de este autor y tan heterogéneo su público lector que la lista resultaría larga y subjetiva. Si se me permitiera añadir alguna sugerencia, recomendaría leer tanto su pintoresco El tilo como ese estupendo fresco titulado Un episodio en la vida del pintor viajero (la aventura americana del pintor romántico alemán Moritz Rugendas).
Más allá de sus etapas de provincia y del barrio de Flores, e incluso más allá de la difícil tarea de definir con precisión el género de sus obras, hay siempre un encanto sutil en su escritura, un juego inteligente y humorístico, un manifiesto desapego de las categorías ideológicas. Y hay también un cierto apuro por concluir los textos al promediar las narraciones, como si Aira ya estuviera pensando en su próximo libro y quisiera despedirse del actual.
En El santo se narran las aventuras de un monje con fama de santidad en la Cataluña medieval que, al presagiar su muerte, manifiesta la intención de regresar a su aldea natal en Italia para transcurrir los últimos años. El monasterio y el pueblo perderían así su mayor atracción: la de un santo que moviliza peregrinaciones: “El monje de marras se había vuelto una celebridad. Obraba milagros, no todos los días pero con llamativa frecuencia. Y si a veces pasaban años sin que obrara ninguno, la confianza que se depositaba en sus poderes y el correspondiente prestigio no se desvanecían”. Pero, ante el peligro de una mortal amenaza, como en un sueño el monje huye y va al encuentro de las más dispares experiencias en un agitado periplo por África. No puede más que presentarse como lo que es: alguien que hace milagros. Y, en efecto, su salvación en el mar y de los piratas tiene el sabor de algo milagroso. No lo entienden, pero tampoco lo acometen. Después de 40 años de oración y vida retirada, conocerá también el apasionado amor de una joven, que es nada menos que una bella reina soltera. Es la última circunstancia de su viaje iniciático, o acaso la penúltima, porque al final decide abandonar ese paraíso terrenal que se ha ido oscureciendo y desdibujando. Y concluye ya desilusionado: “No debería haber amado. ¿De qué sirve? Es pan para hoy, hambre para mañana”.
La manera de narrar de Aira es natural y fantástica a la vez, porque hilvana las anécdotas como en una asociación libre de ideas y ocurrencias. Él mismo afirmó que “si hay un camino es hacia la libertad, hacia ir liberándose de convenciones, de trabas que uno se autoimpone”. Y agrega: “La última (convención o traba) será liberarse de la calidad. ¿Por qué hacerlo bien? ¿Por qué darles ese gusto a los lectores y a los críticos? ¿Y por qué si lo quiero hacer mal?”.
Más allá de las ironías y las burlas, César Aira ha reconocido siempre su profunda vocación por las letras, desde temprana edad, gracias al gozoso descubrimiento de los cuentos de Jorge Luis Borges: “Yo era jovencísimo, pero aun así sentí toda la grandeza, la elegancia, la exquisitez de sus textos, eso es casi un veneno porque nos malacostumbra y después todo lo demás en literatura parece no estar a su altura”. En efecto, con un rictus mordaz Aira se muestra inapelable y fatal cuando se refiere a ciertos escritores consagrados. No le gusta Sabato (“no lo hemos tomado nunca muy en serio”) ni Cortázar (“es el escritor de la iniciación, el de los adolescentes”). Tampoco Ricardo Piglia y Juan José Saer. Pero no esconde su amor por algunos poetas, aunque él no se dedique a esa disciplina: Alejandra Pizarnik y Osvaldo Lamborghini. Tampoco oculta su gran admiración por Roberto Arlt, Felisberto Hernández y Manuel Puig.

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