Cuando Eugenio Guasta falleció el 11 de junio de 2013, CRITERIO publicó algunos artículos para rendir homenaje a su querido colaborador de muchos años.

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Guasta llevaba un diario desde su juventud. Algunos de esos cuadernos fueron publicados en vida. Así, conocimos Papeles sobre ciudades y Cuaderno de Tarsis que, junto con el libro sobre su correspondencia con María Rosa Oliver, formaron una trilogía que permitió al gran público acceder a un atisbo sobre la faceta de Guasta como hombre de fina espiritualidad y rica pluma.
Antes de su muerte, Guasta confió a unos amigos suyos la custodia de los cuadernos de su diario.* Ello incluía la ponderación sobre la posibilidad de que algunos de sus pasajes pudieran también ser publicados en el futuro.
La lectura de aquellos cuadernos, que cubren largas décadas de una vida de intensa riqueza, es conmovedora. En este número publicamos un breve escrito de la Pascua del año 1971. A medida que progrese la lectura de sus cuadernos, compartiremos otros textos de Eugenio Guasta como reconocimiento permanente a su legado y como forma de prolongar el mucho bien que Eugenio hizo en vida.

 

Del cuaderno de Eugenio Guasta del año 1970-1971 (páginas 279-280-281-282-283)

Hay mucha tristeza en esta noche. Después de la cena, después de todos los signos de amor –servirlos, lavarles los pies, decirles las palabras de despedida, mostrarles el camino, adoctrinarlos, consolarlos, darse a ellos como alimento e instituirlos sacerdotes–llegan todas las traiciones, todos los abandonos. Pobres hombres que no habían comprendido nada. Todo ese desastre que se les viene encima. En Getsemaní se duermen. Se ha confiado una vez más a ellos, abriéndoles su corazón, diciéndoles palabras que nunca ha dicho:“Estoy triste hasta la muerte…”y se le duermen, incapaces de acompañarlo de veras, en su hora de soledad. Y cuando llega Judas se despiertan de muchos sueños y caen en el horror. Sus vidas les deben parecer un fracaso. Es la derrota y el desastre de todo. Ellos lo siguieron porque les habló del Reino. El Reino, para ellos, es un reino concreto, de esta tierra. O es un Reino, les ha dicho, que no es de aquí, pero que ellos de algún modo ven de aquí. Y él, iba a triunfar. Y ahora lo ven reducido a un alborotador sorprendido de noche por los que tienen poder. Todo se desmorona. Entonces “lo abandonaron todo y huyeron”. Judas lo vende, lo entrega, lo besa. Los que declamaron con sinceridad y exaltación que iban a defenderlo y que iban a morir con él, se escapan. ¿Conmovidos durante la cena, habían pensado o creído que aquella muerte de que hablaban sería algo exaltante, heroica, capaz de arrebatarlos a una euforia anestesiante? Todo se les desmorona. Soldados y esbirros como cualquier policía nuestro, como cualquier miembro de “servicio especial”, torturadores de entonces y de ahora, tienen todos los mimetismos del miedo. El Señor es un agitador al que se sorprende de noche, en medio de sus secuaces medio dormidos, que escapan aterrados, un sálvese quien pueda miserable. Todo esto, y más, está en la copa que pide no se la hagan beber. ¿Cómo es la psicología de este hombre? Sabe. Ha venido para esta hora, que viene y se acerca y todo en él la está rechazando. Al unir su voluntad a la voluntad el Padre, se cubre de sangre. Desde mi mezquino dolor, desde la soledad de mi cuerpo clausurado, le pregunto a él cómo es mi dolor. Quisiera seguir a Juan, a Pedro, a los otros. Cobardes y miedosos, pero sufriendo también ellos por equivocados, por desilusionados a su modo, por trastornados. Pedro, el negador. ¡Cómo se le irán clavando las negaciones, qué heridas de dolor le dejarán! Y ese canto del gallo después, convertido en lágrimas de un dolor capaz de convertirlo. En esta noche terrible de la negación, veamos también la soledad de ese pobre hombre que llora su desconsuelo amargo, cuando se da cuenta, cuando empieza a darse cuenta de lo que ha vivido. Es la terrible noche de la conversión con toda su angustia, con toda su amargura, con un dolor que lo desgarra incontenible. Es el enfrentamiento con su miseria, con sus pecados, con la concreta realidad de ser quien se es. Pobre Pedro, que empieza a comprender, desde el fondo de su llanto sin consuelo, cuando esa ocasión que se le presentó ya está perdida. “Ahora puedes dormir”…le dijo.

* La Fundación Sur es titular de los derechos de publicación de los escritos de Eugenio Guasta y amablemente nos ha dado la autorización para acercar estos escritos a los lectores de CRITERIO.

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  1. cecilia demergasso on 23 septiembre, 2018

    Fui alumna de Eugenio Guasta en mi introducción al estudio de la Biblia en la Facultad de Teología. Llegué unos minutos tarde a la primera clase y el profesor estaba hablando de sus encuentros con Mallea. No tuve tiempo de pensar que estaba equivocada de sala porque no importaba, no se podía perder uno nada. Siempre agradecí haber tenido tan buen maestro.

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