A propósito de La sal de la tierra

El documental sobre el fotógrafo de las guerras silenciosas invita a repensar la potencia de las imágenes más terribles sobre el dolor humano.

“Ustedes son la sal de la tierra, y si la sal se vuelve desabrida
¿con qué se le puede devolver el sabor?” (Mt 5,1)

¿Quién no se sintió aterrorizado y a la vez atraído por las imágenes tremendas del ataque a las Torres Gemelas? ¿O por las filmaciones apocalípticas de los hongos nucleares de Hiroshima y Nagasaki? ¿O las imágenes terribilísimas de la “limpieza étnica” en la ex Yugoslavia?

Nueva imagen (9)
Cabe preguntarse entonces, ¿puede lo terrible, el espanto, referirnos a un sentimiento sagrado? ¿Puede tener incluso belleza? El teólogo protestante Rudolph Otto rescató la frase/intuición del mysterium tremendum et fascinans (el misterio terrible y fascinante). Tremendum proviene de “tremor” (temor) pero el mysterium tremendum se refiere según Otto al “temor que es más que temor” (natural). Se referencia a lo “temible-desasosegante” que se perfecciona con su sublimación. Otto dice: “El ‘espanto’ retorna la forma infinitamente ennoblecida de aquel íntimo y profundo estremecimiento y enmudecimiento del alma hasta sus últimas raíces”. Por ello la intuición humana es inmediatamente atraída hacia el otro polo: “lo fascinante”. En palabras de Otto: “Por otra parte, es al mismo tiempo evidentemente algo peculiar, atrayente, cautivante, fascinante, que aparece en una extraña mezcla de contraste y armonía con el momento distanciador de lo tremendum”. En ambos polos se revela una de las formas de lo sagrado. Esta breve digresión sobre lo tremendo y lo fascinante (tal vez incluso lo bello) es motivada por el paso por las salas de cine argentinas del documental sobre el influyente fotógrafo brasileño Sebastião Salgado.
Salgado, un “fotógrafo social”, como se denomina a sí mismo, es mundialmente conocido por su trabajo que algunos, entre los que me incluyo, considerarían como tremendum et fascinans. Salgado fotografió algunos de los dramas colectivos más desoladores que azotaron a la humanidad en el último cuarto del siglo XX y es un referente actual ineludible de los “fotógrafos de conciencia”, esa “especie” que cubre, con su lente implacable, hambrunas, migraciones forzadas, poblaciones viviendo en la miseria extrema. Primos cercanos de los reporteros de guerra, su actividad y sus fotos son igualmente elogiadas y cuestionadas. Salgado añade a esto su particular percepción estética, que hace de sus exposiciones y libros verdaderos “acontecimientos de arte”, si es pertinente llamarlos así.

Salgado, la película
Sin ser el único documental sobre Salgado, quizás por la fuerza espectacular de sus imágenes y por ser el más reciente (2014), La sal de la tierra sea el más conocido mundialmente. Respaldado por la co-dirección del reconocido cineasta alemán Wim Wenders (director de, entre otras, Pina, Las alas del deseo y Paris, Texas) y en colaboración con Juliano Ribeiro Salgado, el hijo de Sebastián, el film obtuvo el Premio Especial de la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes del 2014, entre otros reconocimientos. La película presenta un itinerario de la vida y obra del conocido fotógrafo, desde sus referencias biográficas, comenzando en su niñez en la Fazenda Bulcão, en el interior del estado de Minas Gerais, a sus estudios de Economía, su matrimonio con Lélia (su mujer y hoy colaboradora imprescindible) y su exilio en Francia, a su inicial carrera como economista del desarrollo para el África, y su descubrimiento fortuito de la fotografía.
Los caminos cruzados de la vida y la obra de Salgado se alternan. En el inicio de su carrera como “fotógrafo social” en los ’70, sus primeros trabajos de envergadura cubrieron la trágica sequía y consecuente hambruna de la región conocida como Sahel (el largo cinturón de 5000 km. que constituye la transición del Sahara a las sabanas del África Central). Con “terribilísimas” imágenes del hambre y la devastación, representó el “otro rostro” de América en la serie que daría lugar al libro Otras Américas, con fotos de su Brasil natal, o su controvertido proyecto Éxodos, donde su ojo paciente y alerta capta imágenes de migraciones forzadas.
Vale la pena resaltar su giro en el siglo XXI, tal vez como compensación emocional a los dramas humanos que presenció y retrató tantos años, con su último gran proyecto de largo aliento: Génesis. En él abandona su tradicional enfoque social y emprende una peregrinación de ocho años por todos los continentes para registrar la mitad del mundo cuya naturaleza, bella e imponente, se encuentra casi intocada. Hielos gigantes y florestas, osos polares y tribus ignotas son las nuevas realidades que Salgado registra con maestría igualmente admirable. En este “giro” ecológico (que ocupa la última parte de la película) influyó notablemente el proyecto de reforestación de la fazenda de su infancia, que se encontraba casi totalmente desertificada. Por idea de Lélia, sobre la tierra yerma de la antaño floreciente hacienda Bulcão, la familia Salgado emprende la tarea de replantar los árboles que la erosión y la ganadería habían devastado. La iniciativa fue tan exitosa que consiguió transformar la fazenda en una reserva natural, sede actual del Instituto Terra, orientado a recuperar la devastada “Mata Atlántica”, una floresta que se extendía un millón de km2 desde Rio Grande do Norte hasta el Paraguay. Estas luces (la serie de fotos de Génesis) alumbran las terribles sombras que la película muestra del drama humano.

Ante el dolor de los demás
La polémica sobre las imágenes de seres humanos sufrientes, heridos, agonizantes o directamente sin vida es casi tan antigua como la fotografía misma. Uno de los mejores escritos sobre este tema es el excepcional libro de la escritora e intelectual norteamericana Susan Sontag, Regarding the pain of others (Ante el dolor de los demás), donde problematiza el tema desde gran cantidad de perspectivas y con referencias a materiales icónicos de las “fotografías del dolor ajeno”. Inicialmente enfocado a las polémicas sobre la moralidad de la publicación de fotos de guerra, con una erudición apabullante (fruto de sucesivas elaboraciones de un ensayo original) y una gran agudeza, Sontag hace la genealogía del fotoperiodismo de guerra. Sitúa el inicio real de este “género” en la Guerra Civil Española, donde la conjunción de las primeras máquinas fotográficas portátiles, como la famosa Leica, con una camada de fotógrafos aventureros dispuestos a arriesgarse por una buena toma, retrataron los horrores de la guerra “moderna”. Tal vez como ícono de aquella época recordemos la famosa foto “Muerte de un soldado republicano” de Bob Capa de septiembre de 1936. Según Sontag, “el fotoperiodismo maduró a comienzos de los cuarenta, durante la guerra. El menos controvertido de los conflictos modernos, cuya justicia quedó confirmada con la plena revelación del mal nazi cuando concluía en 1945, ofreció a los fotoperiodistas una nueva legitimidad”. Relata que, como consecuencia, “Capa y algunos amigos (entre ellos David “Chim” Seymour y Henri Cartier-Bresson) formaron una cooperativa, la Magnum Photo Agency, en París, en 1947. El propósito inmediato de Magnum –la cual se convirtió muy pronto en el consorcio de fotoperiodistas más influyente y prestigioso– era práctico: representar a audaces fotógrafos autónomos ante las revistas ilustradas y periódicos que les asignaban un trabajo”. Por la cercanía temática (el sufrimiento) no es casualidad que reconocidos fotógrafos de Magnum terminaran cubriendo innumerables temas humanitarios: Werner Bischof fotografió a las víctimas de la hambruna en la India en 1951 y Don McCullin inmortalizó las imágenes de las víctimas de la guerra y la hambruna en Biafra. No casualmente Sebastián Salgado se unió a Magnum en 1979 para posteriormente independizarse.
Sontag también, y fundamentalmente, analiza los dilemas éticos y morales que de muy diversas aristas el tema “fotografía y dolor ajeno” proporciona (entre ellas las reiteradas críticas a su costado “mórbido”). Agudamente se balancea entre una posición crítica (especialmente a sus instrumentalizaciones, desde las más burdas a las más subconscientes) y cierta valoración mesurada del rol de las mismas (bajo ciertas cualificaciones que no cesa de puntualizar). Ya cerca del final se pregunta “¿Cuál es el objeto de exponerlas? ¿Concitar la indignación? ¿Hacernos sentir ‘mal’, es decir, repugnancia y tristeza? ¿Para consolarnos en la aflicción? ¿Ver semejantes fotos es realmente necesario, dado que estos horrores yacen en un pasado lo bastante remoto como para ser inalcanzables al castigo? ¿Somos mejores porque miramos estas imágenes? ¿En realidad nos instruyen en algo? ¿No se trata más bien de que sólo confirman lo que ya sabemos (o queremos saber)?” Las dudas son muchas y las certezas flaquean.
Entonces ¿Por qué ver esta película, estas imágenes? Sontag deja claro que los efectos de las fotos “tremendas” no son unívocos ni deterministas. Pueden ser tanto llamados a la conciencia y aún más a la acción, como meras autoconfirmaciones de que estas cosas pasan y que no se puede hacer nada por ellas (sobre todo en esos “mundos ajenos, exóticos y lejanos” donde son irremediables).
Refiriéndose al proyecto Éxodo de Salgado, Sontag señala: “Realizadas en 39 países, las fotos de migración de Salgado agrupan, bajo un único encabezamiento, un conjunto de causas diversas y de clases de pesadumbre. Al hacer que el sufrimiento parezca más amplio, al globalizarlo, acaso lo vuelva acicate para que la gente sienta que ha de ‘importarle’ más. También incita a que sienta que los sufrimientos y los infortunios son demasiado vastos, demasiado irrevocables, demasiado épicos para que la intervención política local los altere de modo perceptible“.
Pero a los cristianos (como a todo ser humano creyente o no) las imágenes deberían interpelarnos. En particular, los cristianos deberíamos, en palabras de la Madre Teresa de Calcuta, recordar que “Dios cuida siempre de sus criaturas, pero lo hace a través de los hombres. Si alguien muere de hambre o pena, no es que Dios no la haya cuidado; es que nosotros no hicimos nada por ayudarla, no fuimos instrumentos de su amor, no supimos reconocer a Cristo bajo la apariencia de ese hombre desamparado, de ese niño abandonado”. Lo sagrado en el mysterium tremendum et fascinans que rescata Otto, debería no sólo llevarnos a reconocer la intrínseca dignidad de los sufrientes, sino también la dimensión activa de la caridad: “Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver” (Mateo 25, 35-36).

Tal vez la inmensidad de las tragedias nos deje sin aliento, con una sensación de imposibilidad, como señala Sontag. Sin embargo en el caso del documental La sal de la tierra es posible otra reflexión más pertinente y oportuna: que nuestro futuro puede estar en el pasado que nos muestra Salgado, abierto a dos opciones posibles. El cambio climático nos interpela a cuidar “nuestra casa común” y a quienes la habitamos como parte de ella. Como señala la encíclica Laudato Si: “El cambio climático está intrínsecamente vinculado a la salud pública, a la seguridad del agua y de los alimentos, a los movimientos migratorios, a la paz y la seguridad”. En términos más crudos, a las epidemias, a las sequías y hambrunas, las migraciones forzadas, las guerras. Todo lo que nos muestran las fotos más tremendas de Salgado. Si no hacemos nada, y teniendo en cuenta que el cambio climático, como señala la encíclica, afectará fundamentalmente a los más pobres, los rostros sufrientes que muestra Salgado serán nuestro futuro como humanidad. Pero el documental, como Laudato Si, nos presenta otra alternativa: “cuidar la casa común” de la gran familia humana (como llama Salgado a la humanidad): replantando sus árboles, evitando la deforestación y la degradación ambiental, reduciendo la contaminación de nuestros ríos, tierras, cielos y mares, erradicando la pobreza extrema, promoviendo vidas humanas dignas. Reconciliarnos con nuestra “madre Tierra”, nuestra raíz bio-ecológica, como el gran proyecto fotográfico Génesis nos muestra, el Instituto Terra ejemplifica, y Laudato Si urge, nos reconciliará también como “familia humana” y aliviará los efectos “tremendísimos” que pueden afectarnos como humanidad. Porque, en palabras de Wim Wenders, después de todo, los hombres son “la sal de la tierra”.

Referencias
Sebastião Salgado, “Da minha terra a Terra” -Traducción de Julia Da Rosa Simões – 2014.
EDITORA SCHWARCZ S.A. São Paulo
Susan Sontag, “Regarding the pain of others”- 2003, Picador© – Farrar, Straus & Giroux
(Pan Books Limited). New York.

No hay comentarios.

¿ QUIERE DEJAR UN COMENTARIO ?