La obra Camaradería, de Analía F. García, basada en Los camaradas del dramaturgo sueco August Strindberg, se presenta en el teatro El portón de Sánchez.

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Nuevamente August Strindberg nos interpela desde un escenario porteño con la adaptación realizada por Analía Fedra García, actriz y directora de sólida y reconocida trayectoria, cuya versión de Greek de Steven Berkoff fue galardonada en el 2012 con tres premios ACE, uno de ellos a la puesta en escena.
Los camaradas, nunca estrenada en Buenos Aires, fue escrita en 1886 con el título Merodeadoras, revisada dos años más tarde, pero estrenada recién en 1910 con poco éxito. Su autor la consideraba el primero de sus dramas “de nuestro tiempo” y el segundo de una trilogía inacabada que abarcaría distintos momentos de la vida de Berta, su protagonista femenina. Es precisamente El padre, escrita dos años después, el texto que se remonta a la niñez de la joven pintora, que aparece ya casada e instalada en París en el texto que nos ocupa. La pieza fue pensada inicialmente como comedia, pero a Strindberg le resultó imposible compatibilizar el tono ameno y ligero con las cuestiones en discusión que generan el desarrollo del conflicto y con los principios del naturalismo que procuraba comenzar a aplicar en su teatro.
En plena controversia con el feminismo, el autor pretende examinar el rol de la mujer en un matrimonio de artistas, indagando sin tapujos la intimidad de los personajes. El texto, modificado como resultado de sus incidencias matrimoniales, termina resultando una parodia de los principios feministas y, en particular, del planteo de Casa de muñecas de su contemporáneo Henrik Ibsen. La indudable actualidad de muchos de sus planteos y cuestionamientos, más allá de la misoginia que trasluce, es lo que atrajo a Analía García para encarar su adaptación.
La dramaturga elige, muy certeramente, un fragmento de Casados –volumen de cuentos del propio autor que generó gran polémica– para enunciar –desde la voz del marido que lo lee– el modelo de matrimonio que se han propuesto forjar ambos: una relación de “camaradas” que le permitirá a ella ser independiente económicamente y desarrollar sus propias inquietudes a la par de las de él, porque han convenido ambos en que “la amistad es más duradera que el amor”. A poco andar la acción va desnudando, sin embargo, la fragilidad y complejidad de ese vínculo y también de los roles que cada uno acepta desempeñar. Los camaradas pasarán a ser enemigos: Axel descubrirá sus ocultas inseguridades cuando se ve superado profesionalmente por Berta y ella, que pugna por su independencia pero apelando a su apoyo y también a su sometimiento, terminará necesitando ser doblegada físicamente por él para poder volver a amarlo, precisamente cuando él ya solo ve en ella a una camarada y no a una esposa, porque ambos roles se le presentan como incompatibles.
García, además de modificar una circunstancia argumental que debilitaría la figura de Berta, suprime los personajes secundarios para concentrar el conflicto en la pareja y en un par de amigos –Abel y Gagá, mujer y hombre respectivamente– a través de los cuales potencia una de las ideas formuladas en la obra y más novedosas para la época: la coexistencia de lo masculino y lo femenino en el ser humano.
Para privilegiar el trabajo de los actores, la puesta en escena opta por una escenografía y utilería muy despojadas y en clave simbólica, en contraste con el vestuario que ancla la acción en el siglo XIX. Yanina Gruden logra transmitir con solidez la duplicidad de su personaje que oscila entre la dureza y la fragilidad, entre la ingenuidad y la madurez. Juan Pablo Sierra y, especialmente, Tamara Garzón construyen sólidamente personajes sinuosos marcados por la ambigüedad. A Walter Quiroz se lo ve menos consolidado en su rol de Axel pero se va afianzando con el correr del texto. El lirismo íntimo de los preludios de Schopin pauta las transiciones entre cada acto. En síntesis, una propuesta que rescata las preocupaciones del autor y las configura escénicamente con fuerza y rigor técnico.

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