París, 19 de noviembre de 2015

Queridos colegas y amigos,

Ustedes han reaccionado con mucha emoción a la ola de atentados que sacudió París el 13 de noviembre último, y que nadie puede certificar que no serán seguidos de otras mayores tensiones en los días, semanas o meses siguientes. Yo quisiera, como respuesta y a modo de gratitud, intentar formular los principales problemas que ocupan mi espíritu desde el viernes pasado (me pronuncio en mi nombre, porque la manipulación ética y política de un “nosotros” en muchos panfletos a partir del 7 de enero de 2015, me ha chocado muy a menudo, inclusive en el “yo unánime” del “Yo soy Charlie”.

Estoy ante todo impresionado (en el tiempo que siguió a la noche del 13 y durante el cual recibía sus cartas), por el efecto de estupor provocado en París por la ultra-violencia. Pensaba en Uds., que viven en ciudades menos apacibles, y pensaba también en no perder de vista a todos aquellos de quienes se habla evidentemente menos –salvo para escrutar allí a otros jihadistas infiltrados–, y que huyen desde hace meses, años, de las ciudades donde ellos vivían, y aquellos quienes, cotidianamente, en Bagdad, en Homs, en Damasco, en Bangui, en Bamako, en Beirut hace una semana, vieron cuerpos despedazados, cuerpos sin cabezas, cabezas sin cuerpos, niños sin madre y madres sin hijos. Y ¿cuántos entre ustedes han tenido también que huir por exilios cuyos sufrimientos conozco, en los años terribles? Y yo me decía: si me viniera la idea de dejar este país, ¿adónde iría? Y de alguna manera veía esta Europa corriendo, desde hace mucho tiempo, en un callejón sin salida: se sabía, políticamente, pero no se lo conocía como puede conocerlo aquel cuyo vecino acaba de ser ametrallado. Y para Uds. que me escribían a mí, que escribían a sus amigos de aquí que, todos, han recibido los llamados inquietos de Uds., París, esa noche dejaba de ser un oasis. Era la trampa que no podía esquivarse, y que, tal vez, ya no sería el refugio que han amado.
Pero, ¿qué era París para aquellos que esa noche la atacaron? A esta pregunta, se responde demasiado velozmente exaltando la libertad, el orgullo, la fuerza ciudadana de un pueblo nacido de Voltaire y de Rousseau, el pueblo que creía en el cielo y que no creía en él, un pueblo de individuos autónomos, soberanos, solidarios: ¿nos olvidamos que a partir del día siguiente a los desfiles del 11 de enero nos interrogábamos sobre la Francia que era y la Francia que no era? ¿Nos olvidamos que esa misma Francia se prepara, en estas elecciones inminentes, a rechazar una democracia agotada, no votando o queriendo regenerarla votando el Frente Nacional? La memoria corta es un mal presagio. ¿Cómo se puede, de un solo golpe, transfigurar este cuerpo enfermo para hacer de él una Marianne del primer día?
¿Qué ven ésos que matan? ¿Una Francia sin Dios, sí, seguramente; una Francia poblada de “musulmanes de origen”, como se dice de los “católicos de origen”, y que merecen tanto unos como otros morir? Sí, también sin duda, y la opción –si hay opción, nosotros debemos quedarnos con la mayor prudencia delante de un diluvio de exegesis que, ella también, intenta cubrir la desnudez de la violencia– de una parte de París poblada de una juventud que está presente, que es parte de lo que Francia conserva todavía como riquezas, y en particular puede ser de una juventud “musulmana de origen”, esa opción debe ser meditada. ¿Qué ven aún estos que matan, si se lo puede discernir en la ceguera y en la sordera de la ultra-violencia? Una Francia dominadora, tal vez, también, la que ha combatido y que combate en el cielo de tierras dominadas. Allí también, la mayor prudencia se impone: pero, ¿no es un deber de pensamiento –es en todo caso una de las razones por las que estoy apegado a una institución que Uds. conocen bien y que piensa la historia con quien no es ella– tomar la medida de lo que se llama una memoria, confusa, oscura, deformada, pero que acarrea bloques de historia? La segunda guerra de Argelia y el sostén de Francia al FLN contra el FIS no está lejos: la primera guerra de Argelia y la denegación obstinada del factor religioso en la Guerra de Independencia no está, tampoco, tan lejos. Está al alcance de generación, está al alcance de la memoria –y, como se sabe bien, la memoria de una historia no se detiene en sus últimos testigos–. Como se sabe también, desde Maurice Halbwachs, Ignacio de Loyola y otros –yo entremezclo sus nombres en mi propia memoria– la memoria ama apegarse a los lugares, y mucho más a los lugares profanados. No hay que subestimar la obsesión del pasado en nuestro extremo contemporáneo; la obsesión, el olvido y la pesadilla.

Para quienes se han enfrentado con ella, Francia estaba en guerra. El Presidente de la República se equivoca al declarar el 16 de noviembre: “hemos entrado en guerra”. Estábamos en guerra desde hace años, en Afghanistan, en Irak, en Siria. El ataque de París, preparado desde hacía meses no puede ser de ninguna manera comprendido como una réplica de la intensificación de la guerra de Siria; sino que éste se inscribe en un ciclo de conflictos en donde “nosotros” (como franceses) estamos bien ubicados para saber las tensiones políticas que ellos han provocado en nuestro país desde hace veinte años. No hay absoluta necesidad de hacer de estos que han matado el 13 de noviembre historiadores demoníacos de la colonización; basta con que recordemos nuestro tiempo.

Yo estoy impresionado también, todos estos días, por otra obsesión: la del martirio. Los que han matado en París son calificados a menudo como “mártires”. No insistiría aquí, por la urgencia de esta carta, en la confusión que parece estar alrededor del uso de esta vieja noción, cuya definición doctrinal, según una tradición cristiana que da vueltas en la memoria de los que hacen de los jhadistas su monstruoso avatar, nunca significó la simple exposición a una muerte voluntaria, sino a un testimonio de fe, hasta la muerte; lo esencial está en otro lado y puede seguramente alcanzar el sentido de un testimonio tal, pero solamente si se considera esto: nada permite decir que los miembros del comando se habían condenado ellos mismos a morir, y todo nos conduciría, por el contrario, a pensar que el intento de supervivencia no los ha dejado: la muerte de la joven mujer del inmueble de Saint-Denis, en la noche del 18 de noviembre, es una suicida, en una situación desesperada. No, lo que hay concebir, y que es difícil de concebir –el “martirio” que ahoga esa dificultad– es que los hombres hayan podido exponerse al riesgo extremo de morir; y que ningún dirigente “occidental” no tome el riesgo inverso de exponer sus armas a esa misma extremidad. La unanimidad es total en esta posición –y yo no tengo evidentemente el candor tranquilo de lamentarlo – salvo puede ser en la Rusia de Vladimir Putin– si bien el retorno de los “círculos de zinc” chechenos incitan probablemente a Putin mismo a una cierta prudencia. Él también bombardea.

Ahora bien, nosotros tocamos seguramente aquí uno de los abscesos más dolorosos, más allá de la pena irreparable de las vidas destruidas o eliminadas para siempre por la masacre del 13 de noviembre, de lo que nosotros, sobrevivientes, vivimos hoy: es que los que afrontan el peligro supremo de morir lo afrontan en su propio país, en un país en el que ellos se perciben a sí mismos como los guerreros de una guerra interior, que es también evidentemente en su espíritu una guerra global: pero esta globalidad tiene, tenía también para ellos un suelo, el de su país –lo que no sería evidentemente la situación de un soldado francés proyectado sobre el frente sirio–.

Dolorosa tierra de Francia, sí.

El resorte no debe, no debe en ningún caso, ser el de la culpabilidad. “Nosotros”, hoy, en Francia, en París, ya no somos culpables de Guy Mollet en la época de la guerra de Argelia y de la siniestra extrema marcial de la izquierda francesa, nosotros no seremos culpables mañana, de François Hollande, no somos culpables de nada. Pero el resorte de la lucidez, de la lucidez en el mundo, es de rigor. Porque en esta lucidez sobre el mundo que es también una lucidez sobre el hombre, corremos el riesgo de la idiotez angélica –corremos el riesgo de esta fórmula muchas veces entendida y que ningún hombre sabio sabría decir: “esos asesinos han cesado de ser hombres”–.

*
Acabamos de vivir, ello es una certeza, una de las raras certezas en este océano de interrogantes, una tragedia histórica: primero porque la amplitud de la operación y más precisamente la potencia de la determinación de sus autores hacen surgir inmediatamente esa sola tarde del viernes 13 de noviembre de 2015 como una fecha histórica, no sólo por el número de muertes sino también por la onda de shock que esas muertes producen en la conducción de los asuntos del Estado a algunas semanas de una cita electoral probablemente dramática para el poder actual y para la conducción de los asuntos del mundo, si se lo juzga por el ballet diplomático y militar de estos últimos días en el cielo del Cercano Oriente; enseguida porque la historia del siglo XX, de la descolonización a las guerras del Golfo, se encuentra recogida, en forma oscura, diría tenebrosamente, en esta “noche de horror” ; y finalmente porque los nudos inextricables de ese pasado y de nuestro presente, las consecuencias de una nueva intervención masiva –masivamente aérea– de las “fuerzas occidentales” en esa región postergan la perspectiva de una paz duradera en un planeta equilibrado a un plazo tan lejano que, de una manera u otra, “nosotros” habremos muerto todos.

Gracias, queridos amigos de América Latina. Uds. que han enfrentado y enfrentan una violencia tan grande en ese continente, por estar más atentos a “nosotros” que lo que nosotros lo estamos, generalmente, a “ustedes”.

En amistad viva, y en gratitud,

Pierre Antoine Fabre

El autor es historiador y filósofo, director del Centro de antropología religiosa europea y director de la revista Archives de Sciences sociales des religions.

(Traducción de Alejandro Poirier)

1 Readers Commented

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  1. horacio bottino on 5 diciembre, 2015

    No se olviden que en Siria hay atentados todos los días

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