Hacia dónde estamos yendo, hacia dónde querríamos ir

Al promediar la segunda década del siglo XXI, debemos hacer frente a signos contradictorios. Por una parte, el fin de la larga experiencia colectivista y la ilusión de una globalización sin fin. Por otra parte, las señales de fragilidad de la estructura financiera mundial y su secuela social con las migraciones masivas y las diferentes manifestaciones de violencia indiscriminada del terrorismo y de decenas de escenarios de conflictos internos e internacionales que están produciendo millares de muertos. Francisco procura sacudir las conciencias al hablar de una tercera guerra mundial en cuotas.
La inmensa desigualdad en las condiciones de vida y los ingresos de la población en y entre los países y la falta de una perspectiva mejor alcanzable para las mayorías, se presta a diversos ensayos de interpretación. Para unos, el clivaje político ya no se plantea en términos de izquierdas o derechas, entre liberalismo o intervencionismo, sino ente apertura o cerrazón, entre integración o aislamiento, entre murallas o puentes. Otros ponen de relieve la crisis de dirigencia. La consolidación de liderazgos personalistas o autoritarios en las fronteras de Europa Occidental, el “Brexit” y sus secuelas y las opciones que plantean las elecciones presidenciales de este año en los Estados Unidos, parecen confirmar la carencia de dirigentes visionarios con prestigio reconocido y con poder como para orientar las voluntades hacia canales constructivos.
Es en este contexto que al promediar el año, los argentinos nos preguntamos hacia dónde estamos yendo y de dónde estamos viniendo; preguntas propias de un cambio de época.
En el cuadro de nuestras relaciones exteriores, por el momento se están reanudando vínculos que estaban congelados, lo cual es bueno. En la cuestión venezolana hubo un comienzo incierto, oportunamente rectificado. Ha sido correcta la incorporación como observador en la Alianza para el Pacífico y es comprensible que, dada la situación brasileña y las secuelas del “Brexit”, quede condicionado por el momento un relanzamiento significativo del Mercosur y el muy demorado acuerdo con la Unión Europea. También ha sido positiva la normalización de relaciones con los Estados Unidos y las señales dadas a China y a Rusia, así como la elección de la Argentina como sede de la cumbre del G-20 en 2018. La candidatura de la canciller Susana Malcorra a la Secretaría General de la ONU, de resultar exitosa, contribuiría al prestigio de la Argentina.
En el terreno político interno, el cambio es evidente. Ha concluido un periodo de neodogmatismo populista, agotado desde su interior por la corrupción y la ineficacia. Ahora se trata de reemplazarlo por un ensayo que podrá sustentarse en la medida en que no sólo aporte argumentos sino también resultados convincentes.
Eduardo Fidanza escribió en La Nación sobre “un cambio de época, donde se discute en torno a tres díadas: público y privado, objetivo y subjetivo, instituciones y destituciones”. A ello podría añadirse que las tres díadas mencionadas guardan también relación con la manera en que los argentinos nos vinculamos con la propiedad, la verdad, las leyes y la justicia. En todo caso, se trata de categorías que van mucho más allá de las variables con que se evalúa habitualmente a la economía y la política. Es preciso entonces ahondar el análisis para internarnos en el campo de la cultura que los argentinos creamos y en la que nos relacionamos a diario.
Una de las características de nuestra cultura consiste en la incierta e inestable comunicación entre los sentimientos y aspiraciones de los ciudadanos y las distintas dirigencias. En el caso de la dirigencia política, podría deberse en parte a lo endeble de los partidos políticos.
La ciudadanía ha quedado resignadamente expuesta a los bandazos que se sucedían entre gobiernos de distinto signo, ante la inexistencia o falta de continuidad de políticas de Estado. Consecuencia directa o indirecta de esta situación es que no está claro el camino hacia la integración efectiva de los cerca de 15 millones de argentinos que no sólo son pobres en cuanto a sus ingresos, sino que lo son debido a sus dificultades para acceder a educación de calidad, comunicación, trabajo, vivienda y, en general, al desarrollo de sus talentos.
Hoy en día vuelve a percibirse una demanda ciudadana por la implementación de políticas de Estado, no sólo vinculadas a lo social, lo económico y de relaciones exteriores, sino de una política de largo aliento que responda a la pregunta tácita: ¿hacia dónde va la Argentina? Es que hasta aquí ha sido dable percibir una importante carencia en el discurso político: una visión y un camino sobre el perfil productivo de la Argentina a largo plazo.
Dicha carencia se remonta a muchas décadas y en su versión más difundida y simplista se traduce en la falsa disyuntiva “campo o industria”. El hecho es que lo que hoy se produce en los tres sectores –primario, secundario y servicios– es resultado en buena medida de respuestas acumuladas a sucesivas crisis y relanzamientos más que a una visión pensada y concertada de antemano.
Para superar esta carencia sería necesario proyectar la demanda local y, al mismo tiempo, la demanda global, en un lapso de al menos cinco mandatos constitucionales, a la luz de los datos que proporcionen la demografía y las cifras de la evolución económica y comercial global. Estudios de prospectiva como los que publican organismos oficiales de otros países serían un insumo necesario para la elaboración de nuestras proyecciones.
A título de ejemplo, podemos suponer que habrá sectores vinculados a la alimentación que, por su ventaja comparativa, sin duda tendrán un lugar en cualquier escenario argentino futuro. Por el contrario, cabe postular que existen áreas donde la eficiencia y costos de otros países harían inútil e imposible que se pretendiera ser competitivos. Sin embargo, existirán áreas de interés estratégico que, aún al costo de altos subsidios, será preciso proteger. Qué sectores y qué industrias estarán entre las que tienen futuro y cuáles no, es un debate que la dirigencia debe encarar con datos, proyecciones y evaluaciones intersectoriales e internacionales. Será responsabilidad del Estado, con la participación de las distintas dirigencias concernidas, planificar y financiar una transición razonable en el tiempo, a condición de no renunciar a la sensibilidad social. Sin embargo, la cultura de los argentinos pareciera insensible al futuro. Largos años de inflación han hecho que toda proyección sea casi sinónimo de irracionalidad.
En este contexto, han proliferado diversas estructuras de la sociedad civil, creadas para acometer objetivos específicos, algunas de ellas con un apreciable grado de éxito. El momento pareciera oportuno para que desde las universidades se propiciara la reflexión y el diálogo necesarios para saber hacia dónde estamos yendo y elegir hacia dónde queremos ir.

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  1. horacio bottino on 7 noviembre, 2016

    aumento de la pobreza la desocupación baja de los salariosreales aumento de endeudamiento externo a altas tasas de interés presidente que robó con evasión de impuestos.Los idólatras-dogmáticos del capitalismo asesino anti-laudato si

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