Un hito en la ardua tarea de la paz de Colombia

En surcos de dolores
el bien germina ya.
(Himno Nacional de Colombia)

Nada más apropiado que estos versos de la primera estrofa del Himno colombiano para dar cabida a comentarios de un hecho que sorprendió a muchos hace dos meses: el triunfo del No en el plebiscito de Colombia. Unos días de visita a un hijo y nietos en Medellín resultaron una oportuna ocasión para mirar más de cerca, conversar y analizar tanto lo sucedido alrededor del plebiscito, como los esfuerzos, pasados y presentes, de un país que anhela la paz. Reflexiones hechas con ojos extranjeros y con más información que la que corrió por estas latitudes australes.
Fue un plebiscito cuyo resultado pareció, inicialmente, hacer trastabillar los muchos esfuerzos para alcanzar una paz muy deseada, después de una sangrienta y compleja contienda de más de cincuenta años. Contienda con muchos frentes abiertos y donde las heridas no fueron sólo de sangre ni exclusivamente entre combatientes. Pero hay esperanzas…
El 50,21% de los colombianos votaron por No; una mínima diferencia de 0,43 puntos con respecto al Sí. La primera constatación era que no se aceptaba el acuerdo. Aunque no se había alcanzado la meta y el camino elegido no era celebrado, la dirección en que se apuntaba era la correcta. Y esto dice mucho de la capacidad política de quienes intervinieron en los primeros planos de todo este arduo proceso, que aún continúa.
A partir de ese momento y con suma velocidad se desarrollaron sobre todo en Colombia pero también en otras ciudades como La Habana y Oslo, al menos dos vías de análisis o de hechos que se entrelazaron e interaccionaron retroalimentándose, pero que pueden diferenciarse claramente. Una vía puso su foco en el examen de lo ocurrido; ante el inesperado resultado, realizaron análisis electorales para intentar comprender cuál era el mensaje recibido. En simultáneo, la segunda vía fue la de las propuestas, las lecturas institucionales y políticas que recomendaron qué hacer, sobre todo lo que había que corregir del acuerdo. Una vía donde discursos, gestos y artículos o comentarios públicos enriquecieron la discusión y ayudaron a desbrozar un poco la maraña y vislumbrar un futuro más auspicioso. Fue el escenario de inmediatos hechos políticos en que los principales actores ofrecieron gestos de paz y se comprometieron con valentía a diseñar y/o participar en las nuevas rutas a recorrer. “Las FARC-EP mantienen su voluntad de paz (…). Al pueblo colombiano que sueña con la paz, que cuente con nosotros. ¡La paz triunfará!” aseguró el comunicado leído desde La Habana. Y Santos, al momento de recibir el Nobel, dijo: “Creo que el mensaje es que tenemos que perseverar en la meta, que no es otra que la paz para todos los colombianos”. Una meta, digámoslo nuevamente, que la mayoría desea. En las oportunas palabras desde Oslo y que bien sintetizaron el abordaje futuro: “Respetamos el voto democrático, pero los colombianos no le dijeron no a la paz, sino a este acuerdo en particular.”
Por cierto que lo dicho hasta aquí puede sonar un tanto idílico o romántico y llevar a creer que no hubiera conflicto alguno o que su entidad fuera de poca monta. Ciertamente no es así: el conflicto existe, se desarrolla en muy diversas arenas y hay múltiples intereses opuestos. También hay dolores muy profundos. Pero parece posible afirmar que por la vía del diálogo y la negociación se camina hacia la meta, pues si hay algo que ahora quedó claro es que lo que se desea mayoritariamente es una Colombia pacificada.
Las principales cuestiones debatidas en la primera vía versaron sobre la altísima abstención registrada (62.6%), el verdadero ganador. Un estudio reciente aunque anterior al plebiscito había señalado ya los “altos niveles de desafección hacia los partidos políticos y la falta de legitimidad, tanto de las elecciones, como de otras instituciones democráticas”. La abstención fue la mayor en la historia reciente del país, sólo superada por la elección presidencial de 1994 (E. Samper y A. Pastrana) con 66,2%. Hubo factores climáticos que justificarían en algunas regiones costeras esta falta de participación, y hasta se hipotetizó que la tan difundida ceremonia de la firma del acuerdo (26 de septiembre pasado en Cartagena) pudo haber indicado que la paz ya era un hecho y no había para qué ir a votar. Quizás el plebiscito no pudo superar la historia de un electorado que no cree que su voto tenga impacto en los destinos del país.
La formulación excesivamente adjetivada de la pregunta: “¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?” confunde. Sus redactores parecían tener más interés en el “marketing” del Sí que en expresar con claridad el nudo de la cuestión. Una formulación más escueta y despojada como “¿Aprueba usted los acuerdos de paz?” hubiera sido mejor.
Mientras serpenteábamos por colinas cubiertas de verde tropical en el ordenado y disciplinado tránsito “paisa”, saqué el tema del plebiscito en una charla con un taxista culto. Fueron fuertes los comentarios adversos sobre la persona del Presidente, descalificándolo no sólo política sino moralmente. Este hombre, dueño de su vehículo y con estudios terciarios, me aclaró que pese a estar en total desacuerdo con la brutalidad de la guerrilla y de las fuerzas paramilitares, así como con los beneficios que se les concedían, había votado afirmativamente: “No estoy de acuerdo (con las concesiones dadas a la guerrilla) pero voté por el Sí. No es correcto que lleguen al Senado sin haber participado en elecciones”.
Debe destacarse el sólido respaldo al Acuerdo de paz en los municipios que han sido especialmente afectados por la violencia guerrillera paramilitar, donde se dieron algunas de las masacres más atroces. Un buen ejemplo es el municipio de Bojayá (Chocó), al oeste. Un lugar con fuertes intereses económicos y estratégicos en juego (tráfico de drogas, vía para el ingreso de armas y pertrechos desde Centroamérica, conexión interoceánica, y cercanía de puertos y de centrales hidroeléctricas). Allí en mayo de 2002 una bomba de las FARC dirigida contra los paramilitares mató a 119 personas refugiadas en una iglesia; 48 eran niños. En septiembre de este año estuvo allí Iván Márquez, jefe negociador de la guerilla en la Habana, para decir: “Pedimos nos perdonen y nos den la esperanza del alivio espiritual permitiéndonos seguir junto a ustedes haciendo el camino que, reconciliados, nos conduzca hacia la era justa que tanto han anhelado los humildes de todos los rincones de Colombia”. Notablemente, Bojayá fue el municipio con más alta votación por el Sí: el 95,8 por ciento. ¡Después de lo vivido, cómo no querer la paz!
En todo caso, parece que el mensaje de los partidarios del No fue efectivo. Reiterado continuamente en un país desconfiado y ya cansado de las FARC, además de inconforme con el desempeño del Gobierno en casi todos los campos. Es interesante escuchar al jesuita Francisco de Roux, un activo impulsor de concurrir a votar y quien supo ser muy docente sobre esa obligación sin pretender influir en la dirección del voto: “No hay voto cristiano ni católico por el Sí o por el No. El voto de cada uno es una responsabilidad que no pueden descargar en su obispo, en su párroco o en su ministro, y menos aún en su jefe político”.
Cabe pensar que algunos votaron en función de lo que se conoce como “preferencias de segundo orden”, donde no se mira aquello que es el objeto del plebiscito sino quién o para qué lo convoca. Más que responder a la pregunta formulada, se expresó descontento con el gobierno en un sentido más amplio (en mayo la imagen favorable de Santos era la más baja de toda su gestión: 21%, según Gallup). Santos eligió, sin que formalmente fuera necesario, una estrategia de alto riesgo y jugó su propio prestigio tras un éxito político que le fue esquivo.
En la segunda vía, la de las propuestas, una cuestión que ocupa (y ocupará) mucho esfuerzo es cómo resolver en justicia todas las situaciones irregulares. La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) es el mecanismo de justicia transicional dispuesto por el acuerdo de La Habana para juzgar los crímenes cometidos en el marco del conflicto por todos los actores. Allí parece estar la cuestión de fondo. Hay responsabilidades diversas, colectivas pero también individuales. Hay comandantes y jefes y hay guerrilleros rasos. Muchos opinan que los responsables no pueden salir tan campantes y que algo deben pagar. A ninguna de las víctimas mortales se les devolverá la vida pero hay daños que todavía podrían ser recuperables, como los despojos de tierra. No es imposible retrotraer muchos de esos despojos, pero es harto complicado tanto desde lo práctico cuanto de lo jurídico.
Tanto daño no podía quedar impune, la idea central del No era que Sí a la paz pero no de ese modo, idea que escuché y leí estampada en algún paragolpe de vehículos.
El padre Roux también fue un buen clarificador de las falsedades difundidas, como cuando dijo: “No es cierto que el acuerdo sea impunidad. Los tribunales de justicia transicional juzgan y condenan a acciones de reparación controladas en restricción de libertad durante 6 a 8 años, y condenan hasta por 20 años de cárcel si hay mentira. Y la justicia internacional vigilará estos tribunales para no permitir impunidad”. Sostuvo también que “no es cierto que los actores de delitos de guerra, después de pagar justicia, no puedan participar en política. En toda paz, en Colombia y en el mundo, los rebeldes políticos han participado en la vida pública una vez dejadas las armas”.
Hay muchas preguntas aún y numerosas cuestiones a acordar; entre ellas, precisar muy bien qué y cómo se va a investigar. También será menester dar a conocer e informar bien acerca de lo que se resuelva. Tener presente que una de las críticas formuladas a la preparación del plebiscito es no haber dado ni tiempo para leer, ni información clara y concisa sobre el acuerdo, un mamotreto de muchas páginas que fue zarandeado y tergiversado por la campaña del No.
Cerrando esta edición de la revista, se difundió la noticia de un nuevo acuerdo. Pareciera que las puertas a la paz en Colombia ya casi están abiertas del todo.

NOTAS
1. Kaci Kullman Five, coordinadora del Comité Noruego del Nobel.
2. Universidad Sergio Arboleda, 2013.

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