Luigi Pareyson y la Verdad

Luigi Pareyson nació en Cuneo, Italia, en 1918. Su familia era del Valle de Aosta, y ese haber nacido entre fronteras en buena medida explica su cosmopolitismo cultural. Se doctoró en filosofía en Turín, presentando una tesis sobre Karl Jaspers. “Fue la lectura de Jaspers lo que me llevó a Kierkegaard”, dirá después. Del pensador danés admiraba en su pureza de cristianismo. Enseñó en la Universidad de Turín. Fue miembro de la Academia de Los Linces y director de la Revista de estética desde 1956 a 1984. Al año siguiente fundó el Anuario filosófico. Murió en Milán en 1991.
En 1950 publicó Existencia y persona, obra en la que sostiene que el existencialismo fue una recuperación luego de la disolución fruto del hegelianismo. Pero Hegel se equivocó y no podemos pensar que el cristianismo sea una etapa superada de la historia. El filósofo propone allí un personalismo ontológico en el que la persona es esencialmente apertura al ser, órgano de la verdad que interpreta.
Este tema de la interpretación y la verdad fue abordado en Verdad e interpretación, de 1971. Allí hay una clara idea de la filosofía como búsqueda autónoma de la verdad contra la deformación del cientificismo, del fideísmo y el panpoliticismo. Lo desarrollaremos.
Vendrían luego sus escritos sobre el tema de la belleza y el arte: Estética. Teoría de la formatividad (1954), Teoría del arte (1965), Los problemas de la estética (1965) y Conversaciones sobre Estética (1966). El arte posee como característica típica la formatividad, porque el arte es al mismo tiempo invención y producción: “hacer, que mientras hace, inventa el modo de hacer”.
El hombre, intérprete de la verdad
Encontramos una perspectiva original en este autor al momento de abordar la difícil cuestión de la verdad: “el único acceso posible a la verdad es la libertad” dirá en Ser, Libertad, Ambigüedad. Desde luego, hallamos la verdad si la libertad realiza un acto de aceptación de la misma. Pero cabe también el rechazo.
Al sostener que la verdad sea inobjetivable se nota una vez más la conexión con la doctrina heideggeriana, según la cual el ser no es simplemente objeto del pensamiento. Pero Pareyson dice que quiere evitar “el callejón sin salida” en el que el autor de Ser y tiempo ha metido a la filosofía “con su propuesta de una ontología solamente negativa y con su rechazo total de la filosofía occidental desde Parménides hasta Nietzsche”. En cambio, la verdad y la persona no pueden separarse, de tal modo que no existe ni platonismo ni subjetivismo o relativismo. No hay entre la verdad y la persona “una separación que le permita a esta última colocarse de tal modo que la pueda tener (la verdad) delante de sí en una figura completa y definitiva, ya que no es posible encerrarla en una fórmula que la explicite completamente y que por tanto valga como definitiva. (…) Toda formulación histórica y personal de la verdad es contemporáneamente la verdad misma y la interpretación que de ella se da, indivisiblemente, de tal manera que de ningún modo es posible distinguir la verdad de la interpretación de la interpretación de la verdad, y oponer una a la otra”, dice en Verdad e Interpretación.
Al reflexionar sobre la relación con la verdad es imposible hablar de su posesión definitiva, porque el acto interpretativo no es único. Por el contrario, la verdad es única y universal, pero según Pareyson, fuente inagotable de interpretaciones personales. “La formulación de la verdad es por un lado posesión personal de la verdad, y por otro posesión de un infinito: por una parte lo que se posee es la verdad, y se la posee del único modo como puede ser poseída, es decir, personalmente… por otra parte la formulación de la verdad es una auténtica posesión, y no una simple aproximación, pues la verdad reside en ella del único modo como puede residir, como inagotable, de manera que lo que se posee es propiamente un infinito”.
La estética nos ayuda a comprender esta tesis: una obra de arte –una novela, una sinfonía, una pintura, una escultura– se nos presenta a través de múltiples ejecuciones o lecturas, de modo que ninguna de ellas puede ser considerada exclusiva; todo fiel intérprete (lector, espectador o ejecutor) llevará a cabo una interpretación personal y al mismo tiempo, verdadera.
A este punto se hace inevitable, sobre todo para quien conoce la filosofía realista, preguntarse cómo es posible evitar el peligro de que esta postura sirva de apoyo a una tesis relativista, para nada loable. Sin embargo, el mismo Pareyson afirmó varias veces que había elaborado su teoría de la interpretación teniendo en cuenta la exigencia de salvaguardar la universalidad de la verdad. Hay una expresión suya que salva del relativismo: “La verdad se da sólo en la interpretación pero sin reducirse a ella. Y no sólo porque sean distintos los puntos de vista, sino más bien por el carácter inagotable de la verdad misma […]. Esto no significa en modo absoluto dar la razón al relativismo, a la equivalencia, a la indiferencia de los puntos de vista, idea tan consoladora y tranquilizante”.
Efectivamente, una de las características que distingue a la hermenéutica pareysoniana es su insistencia en el peligro que entraña la ideología, y en la necesidad de acceder a la verdad por medio de un acto libre.
Encontramos algunas debilidades en temas religiosos, renegando de la metafísica para hablar de Dios, y un desarrollo pobre de la ética. Pero no son pocos los méritos intelectuales y morales de este intelectual: haber pensado la persona humana como punto de partida y llegada, diseñar la difícil cuestión de la libertad desde la mirada ontológica, aportar ricas reflexiones en torno al Dios vivo que habita en cada uno y al que debe religarse el hombre para vivir honestamente y ser feliz. Haber realizado, apoyado en Kierkegaard, la crítica al hegelianismo, sistema que encierra en sí mismo al individuo sin aire para vivir, son unos de los tantos aportes que convierten a Pareyson en un filósofo destacado del siglo XX.

El autor es Vicerrector de la Universidad Católica de Cuyo.

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