La madurez política

Cuando se analiza el desarrollo del sentido político puede observarse que en cada persona ese proceso va atravesando diferentes etapas evolutivas, que puede seguir una trayectoria normal o sufrir fijaciones o retrocesos.

En cada etapa, determinados valores juegan un papel central que la definen. En la etapa infantil, la dependencia y la sumisión son la forma de la búsqueda de seguridad. En la adolescente, es la actitud crítica y la búsqueda de independencia. En la adultez, la autonomía mental, el juicio de realidad y la responsabilidad.
Pero esto no significa que en el pasaje de una etapa a otra los valores precedentes desaparezcan, sino que se transforman y, aunque pierden su centralidad, son incorporados a la nueva estructura. En ese camino, el pasado no se pierde sino que se sublima y adquiere un sentido nuevo. No se trata de arribar al logro de una adultez sin raíces, aislada de sus nutrientes vivificantes, sino de la integración de su historia y de la totalidad de los componentes. El ideal no es un ciudadano puramente racional, individualista, separado de la naturaleza y de los otros, sólo cumplidor de normas y formalidades, sino el de una personalidad integrada y sensible a las realidades sociales y culturales y con carácter propio.

Sobre la obediencia a la ley

Una tradición milenaria ha presentado hasta ahora la virtud de la obediencia, considerándola parte necesaria de la educación, de la armonía de los vínculos y de la paz y el orden social. En los tiempos en que los bienes eran escasos, se consideró necesaria la obediencia de muchos.
De todos modos, esa valoración de la obediencia, con independencia de las connotaciones autoritarias que la acompañaran, no dejaba de tener alguna relación con la esencia de la condición humana. El hombre, contingente y vulnerable, no goza de independencia absoluta respecto de su medio, y su supervivencia y desarrollo es posible en la medida en que acepta las leyes de la naturaleza y las finalidades de la sociedad, sus propios límites y su dependencia del contexto. La contaminación ambiental, por ejemplo, es una forma incipiente de suicidio.
Todo el pensamiento oriental está impregnado del reconocimiento de un orden universal que respetar. Y esto supone una actitud de obediencia.
Pero no toda obediencia es virtud, y se hace necesario distinguir obediencia sana de sometimiento. Esto depende, según Erich Fromm, de si esa actitud responde a una autoridad racional o irracional. La primera se da cuando los intereses de ambas partes son coincidentes: es el caso de la relación maestro-alumno cuando ambos buscan el desarrollo de éste. El ejemplo contrario, el de la autoridad irracional, es el del vínculo amo-esclavo, en que uno busca explotar al otro, y éste defenderse cuanto puede. La autoridad racional está al servicio de una finalidad sensata, como las órdenes de un capitán de barco en una situación de emergencia; merece aceptación y no implica sometimiento. La autoridad irracional, en cambio, necesita del uso de la fuerza o de la sugestión, pues de otro modo no lograría aceptación.
Sin embargo, hay algo en la obediencia que hace que a veces pueblos enteros opten por el sometimiento. Tal sujeción lleva a creer que se encuentra protección, que se participa del poder al que se somete y se libera de la responsabilidad personal, en manos del poder. Es el entusiasmo que generan los populismos, que luego se extinguen y dejan poco de constructivo.
De modo que en el desarrollo personal del sentido político podemos distinguir una obediencia infantil y una obediencia adulta; lo normal es que, en su crecimiento, la persona vaya pasando de una a otra.

Sobre la desobediencia a la ley

Aunque resulte inusual, nos atrevemos a hablar de una “virtud de la desobediencia”, pero creemos que con fundamento, pues muchas veces se necesita fuerza (virtus significa vigor) para ejercerla y sus resultados pueden ser positivos. Es la capacidad de resistir al mal y no amoldarse a un sometimiento indebido.
Pero no toda desobediencia es virtud. La que es mera rebeldía implica la no aceptación de las limitaciones que impone la realidad o la restricción de los deseos individuales en razón del bien común. Es la desobediencia de los eternos insatisfechos, hipercríticos y ansiosos. Y hay una desobediencia sana: la que promueve el desarrollo humano y está al servicio de la vida y del cambio constructivo.
La desobediencia sana supone salir de la dependencia infantil y afrontar el coraje de estar solo, poder equivocarse y ser capaz de pensar y sentir por sí mismo. Lleva a la libertad pero requiere precisamente vencer el “miedo a la libertad” (Fromm), salir del estancamiento y de la resistencia al cambio.

Sobre la adultez política

Madurez política significa haber alcanzado un estado en que se es capaz de obedecer y de desobedecer según corresponda. Quien sólo puede obedecer es un esclavo y quien sólo es capaz de desobedecer es un “rebelde sin causa”.
Ejemplos máximos de madurez son, entre otros, los de Antígona, Cristo y Gandhi. Antígona desobedeció una orden del tirano para obedecer “las leyes de los dioses…cuya vigencia viene de ayer, de hoy y de siempre”, y muere por esa causa. Cristo, por su parte, se muestra totalmente autónomo de los hombres y, al mismo tiempo, absolutamente “obediente a la voluntad del Padre”. Y Gandhi, a través de la desobediencia civil y la observancia a la no violencia, liberó a un país de 500 millones de habitantes.
En el extremo opuesto, Eichman constituye el ejemplo más infausto del burócrata alienado incapaz de ver en los otros y en sí mismo más que un “número”, y sólo capaz de obedecer al poder. Hoy, el flagelo del narcotráfico es la terrible conjunción del sometimiento y la rebeldía.
Además, con grandes avances tecnológicos pero con valores sociales y éticos rezagados, está latente el peligro de una actitud generalizada de sutil sometimiento a la uniformidad tecnocrática de un mundo cibernético o a las promesas falaces de revolucionarios tardíos. Es el hombre-organización, incapaz de desobedecer, que ni siquiera se da cuenta que obedece.
Y esta cuestión está presente en forma constante en la realidad argentina. Se hace necesaria una clara conciencia de la diferencia entre la obediencia autónoma (atenta a la propia conciencia), que es afirmación de la identidad personal, y la obediencia heterónoma (subordinada a la imposición de los otros), que es sumisión y debilidad del yo.
Porque una cosa es obedecer a una conciencia autoritaria (a la que Freud llamó Super Yo, representante de las órdenes recibidas de nuestros padres), que es acaso la forma más generalizada en la sociedad actual, y otra la conciencia éticamente sana, autónoma, que surge del conocimiento intuitivo de lo que es el hombre, y que sabe diferenciar qué contribuye a la vida y qué la destruye. Lo cual implica independencia de las sanciones externas y capacidad de ser uno mismo. Esto sienta las bases de una vida democrática; y sin ella la democracia genuina no es posible.

El autor es psicólogo y docente universitario

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