El síndrome del avestruz

“Dulce bellum inexpertis”
Erasmo
(Aman la guerra quienes no la conocen)

Estamos en peligro. No sólo la sombra del terrorismo se cierne sobre nuestra indefensión. El inusitado crecimiento de la tensión terrorista, que amenaza hasta al Papa y al Vaticano, no resulta la mayor de las amenazas sobre la seguridad. Aunque no se lo quiera ver en toda su magnitud, el peligro mayor es el de la guerra. Si se desata un conflicto verdadero –nuclear, químico, biológico, es decir, de destrucción masiva– ningún país del mundo estará exento de sus consecuencias, por más “lejos” que esté geográficamente.
En nuestras latitudes, se tiende a observar los gravísimos hechos internacionales –en ambas Corea, Japón, los Estados Unidos, China, Rusia, Irán, Medio Oriente, otros países, asiáticos y africanos, y hasta en la misma Europa– como si ocurrieran en otro planeta. Continúa la creencia, no del todo fundada, de que prevalecerá alguna forma de sensatez, que los principales actores no se suicidarán. Sin embargo, lo que ocurre día a día va en sentido contrario a esa pretensión de seguridad, porque paulatinamente, sin pausa y con prisa, nos acercamos al peligro de una grave confrontación.
Es obvio que esto no debe ser leído como una incitación al conflicto armado y menos aún, para promover un estado de pánico en la población. Sí, en cambio, es una invitación a tomar conciencia de que la distancia de la Argentina de la realidad del mundo nos está amenazando con el peor de los escenarios posibles: sufrir consecuencias no previstas por no haber tomado decisiones a tiempo.
Lamentablemente no son necesarias muchas pruebas para temer semejante horizonte. El presupuesto militar actual de los Estados Unidos, por lejos el mayor del mundo, representa alrededor del 45 por ciento del total mundial. El gasto militar de todos los países es uno de los mayores de la historia, y continúa aumentando. Hay ya nueve países que cuentan con armas nucleares, y en los próximos años pueden llegar a sumarse otros. Y lo peor es que no se percibe el temor a un holocausto nuclear como en décadas anteriores.
Particularmente en la Argentina tenemos un problema con la realidad cuando es dura: no la queremos ver. Simplemente, la negamos. Es una especie de síndrome del avestruz. Habituados a simplificar, reducir o negar lo que percibimos como malo o desagradable,tendemos a cerrar los ojos y a huirpara no enfrentar lo que se presenta con toda crudeza. Tal rechazo, que nos involucra, también parece liberarnos de la culpaindividual e incluso de las responsabilidades colectivas. Pero la realidad sigue allí, y hasta empeora con el paso del tiempo.
Por eso, si se desatara un conflicto internacional grave, nuestra indefensión podría tentar a algún líder internacional a protegernos, salvarnos o cualquier otra iniciativa en ese sentido, con o sin nuestro consentimiento. Para evitar este escenario es necesario prever un alineamiento deseable y acorde a nuestros intereses y valores, y evitar el vacío de poder. En un eventual conflicto global difícilmente haya espacio para neutrales, como los hubo en las dos guerras mundiales del siglo pasado. Pero de esto no se habla porque existe la falsa idea de que la Argentina no tiene amenazas, visibles o invisibles. Y las alianzas comerciales también deben tenerse en cuenta a la hora de los alineamientos:no se puede eludir que el Gobierno actual ha refrendado y ampliado los acuerdos comerciales y de inversiones firmados con China durante la gestión anterior. China ya es hace tiempo el segundo socio comercial del país, y las inversiones comprometidas en infraestructura son las más relevantes en montos, por lejos, en comparación con las de otros países y organismos multilaterales: los ferrocarriles de cargas Belgrano y San Martín, las dos represas en Santa Cruz, la energía fotovoltaica en Jujuy, dos nuevas centrales nucleares, a lo que se suma la renovación por tres años del préstamo en yuanes que aún mantiene el Banco Central. Por su parte, COFCO compró Nidera y Noble, y es la principal exportadora de granos y derivados del país. Y en materia geopolítica, se mantiene la continuidad de la base espacial en Neuquén.
Pero creer que estamos “lejos” de todo habla de la extendida desconexión internacional de nuestro país. Y la culpa no es ajena. Ni siquiera el terrorismo, del que fuimos víctimas (la embajada de Israel en marzo de 1992 y la AMIA en julio de 1994), nos convenció de que ninguna nación es inmune. Con excepción de quienes sufrieron estos atentados en carne propia, o de quienes se solidarizaron inmediatamente, aquellos que tenían responsabilidades institucionales y políticas no estuvieron a la altura de las circunstancias. Se cometieron demasiados errores, distinguiéndonos para mal de cualquier otro país civilizado. Pasados los años, llegamos hasta el presunto crimen de un fiscal que estaba por develar una siniestra maniobra de ocultamiento de estos atentados irresueltos.
A propósito del reciente ataque terrorista en Barcelona podemos decir que la Argentina, su sociedad, su gobierno, su clase política, no están preparados para afrontar un peligro grave. No contamos con mecanismos institucionales, protocolos ni métodos de toma de decisiones de extrema gravedad, ni siquiera de defensa elemental–tal como inteligencia para detectar y neutralizar eventuales amenazas– ante posibles ataques como los que ya sufrieron varios países europeos. Nuestra indefensión es tan delicada como lo es el peligro de un ataque importante. Y como si este escenario no fuera suficientemente grave, asumimos la responsabilidad de organizar aquí la próxima reunión del G-20 en 2018. Preocupados estamos… preparados, no.
No toda esta tragedia es fatal. “Nada está escrito”, como Lawrence de Arabia les negó a los islámicos en su célebre libro. Pero todo indica que el tiempo de la irresponsabilidad manifiesta respecto de la seguridad nacional debería terminar. Ya lo habíamos advertido en el editorial que publicamos en enero de este año con el título “Un mundo incierto ante Donald Trump”. Es imprescindible un buen sacudón, un despertar del sopor de la inconciencia.
Si bien después de la última dictadura y el desastre de la Guerra de Malvinas, todo lo vinculado con lo militar despierta rechazo, no por ello se debería renunciar a tener fuerzas armadas modernas y apegadas a la ley, aunque esto suene a incorrección política. Las instituciones siempre deben potenciar y mejorar los mecanismos de negociación para evitar los conflictos armados, pero quedar indefensos no es una actitud realista. Esta toma de conciencia debe comenzar en la clase dirigente. Como punto de partida, se impone recrear un eficiente sistema de inteligencia y ejercer desde el Gobierno un liderazgo claro y rápido, todo esto con el imprescindible respaldo del Congreso y una decidida vocación por respetar la Constitución.

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  1. lucas varela on 5 octubre, 2017

    Yo le diría a los señores del Consejo de Redacción, que empecemos a hablar en primera persona, al momento de enumerar los vicios del comportamiento humano.
    No, no, no, amigos de la revista Criterio, ustedes son parte del problema. La hipocresía, es hija del interés.
    Pongamos, por ejemplo, la actitud de ésta revista frente al gobierno de USA, encabezado por una cabeza anaranjada y vacía de conceptos. Es Donald Trump la amenaza, pero la Revista Criterio no lo dice. Tiene miedo?, es cobarde?, o simplemente tiene intereses?
    Yo les sugiero que lean The New York Times, como ejemplo de compromiso. Quizás, aprenderán a convivir con la verdad y vivir con convicciones.

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