Un Marx para los católicos

Reinhard Marx, arzobispo de Munich y Frisinga desde 2007, fue creado cardenal por el papa Benedicto XVI en 2010, y es uno de los ocho purpurados elegidos por el papa Francisco para conformar el Consejo de Cardenales que lo asesora en el gobierno de la Iglesia y para reformar la Curia romana.
Tal vez es conocido entre nosotros por sus posiciones polémicas en el campo de la sexualidad y la familia. Pero merece mucho más serlo como destacado especialista en Doctrina Social de la Iglesia. Su competencia y originalidad en este campo han quedado reflejadas en un libro publicado en 2010, y que él tituló, con picardía, Das Kapital. Ein Plädoyer für den Menschen (en la edición española: El Capital. Un alegato a favor de la Humanidad, Barcelona, Planeta, 2011).
El marco de esta obra es una carta imaginaria dirigida a su “tocayo”, Karl, en la cual plantea una pregunta inquietante: a la luz de las disfunciones del capitalismo actual, que parece agrandar día a día la brecha de la desigualdad entre los seres humanos, ¿habrá que reconocer que, a fin de cuentas, Marx tenía razón? Con profundo respeto, humor, y a la vez un agudo sentido crítico, el autor irá construyendo paso a paso una respuesta a ese interrogante.
Reinhard Marx no duda en adherir a la convicción del papa Juan Pablo II, quien en su último libro (Memoria e identidad, 2005) calificó la idea de libertad como la clave de bóveda de su mensaje social, condensado principalmente en las tres grandes encíclicas sociales Laborem exercens (1981), Sollicitudo rei socialis (1987) y Centesimus annus (1991). Como escribe este pontífice literalmente: “Puede decirse que en la raíz de todos estos documentos doctrinales está el tema de la libertad del hombre” (42). Claro que no se trata sólo de la libertad formal (libertad ante la ley), sino también de la igualdad de oportunidades que hagan posible a cada persona el logro de una vida digna.
Esta opción por la libertad no es un simple juego con las palabras, sino que se traduce en concretas tomas de posición. Ante todo, frente a una tendencia todavía prevaleciente en diferentes sectores de la Iglesia, el cardenal Marx rechaza la idea de la Doctrina Social como una Tercera Vía, simétricamente equidistante tanto del individualismo liberal como del colectivismo socialista. Es cierto que la Doctrina Social toma distancia de ambos extremos, pero “escorándose”, por así decirlo, hacia el liberalismo. Y la razón de esto no debe buscarse en algún “coqueteo” con la Modernidad sino en las raíces más profundas del cristianismo, sin las cuales la filosofía moderna de la Ilustración y la misma idea de la autonomía del sujeto no habrían sido posibles (46).
En efecto, el cristianismo ha contribuido a liberar a la persona de la subordinación total a la “polis”, la comunidad política, abriendo un espacio para su propia responsabilidad ante Dios. Y esto constituye un vigoroso “individualismo”, que desde el punto de vista histórico-cultural, hizo posible que en la Edad Moderna se desarrollaran ideas como la libertad, los derechos humanos, la democracia, y también la economía de mercado (47).
Con respecto a esto último, Reinhard Marx sostiene que es erróneo achacar la miseria social y la pobreza de los primeros tiempos de la industrialización exclusivamente a la economía de mercado, porque si bien es cierto que el capitalismo incipiente trajo miseria, la pobreza y la escasez también existían en el siglo XIX y en mayor medida incluso en los países no industrializados y no capitalistas: “A la larga, la economía de mercado generó las condiciones para una riqueza de amplias capas de la población como nunca antes en la historia se había conocido” (82). En este fenómeno se puso de manifiesto la ventaja decisiva de la economía de mercado: en ella se coordinan todas las necesidades materiales y todos los recursos disponibles. Así fluye hacia el mercado mucho más conocimiento del que un gobierno o una autoridad planificadora podría tener jamás. Esto permite que los distintos intereses económicos de los individuos liberen una multiplicidad de fuerzas y recursos, y que los resultados de esa actividad económica no sólo beneficien a los actores individuales sino a toda la colectividad (84).
Es cierto que la Iglesia se mostró durante mucho tiempo extraordinariamente reticente frente al liberalismo económico, más tiempo en todo caso que frente al liberalismo político (84), pero también lo es que jamás negó de plano que para la organización económica, la economía de mercado sea el sistema más eficiente y que permita alcanzar una amplia y, por lo tanto, tendencialmente justa distribución de bienes y servicios. Por eso la Iglesia nunca rechazó la competencia, aunque dejando muy claro que se trata sólo de un instrumento que debe utilizarse para el bien de todas las personas, y no de un principio regulador intocable; lo cual en última instancia amenazaría la personalidad del hombre (ibid.).
Esta es precisamente la premisa fundamental de la denominada “economía social de mercado”, también conocida como “ordoliberalismo”, para la cual −como afirma J. Höffner− “la supresión de todos los medios de la política económica no conformes con el mercado no constituye un valor absoluto. Es el bien común el que debe decidir qué medios de política económica son necesarios, y el bien común puede requerir y sin duda requerirá en el futuro intervenciones en el proceso económico ajenas al mercado” (95). Pero tales excepciones deben evaluarse con prudencia, ya que ciertas medidas adoptadas con una finalidad social (el autor cita el ejemplo del salario mínimo, 81-82) podría tener efectos contraproducentes.
La justicia social significa en primer lugar y ante todo respeto –y respeto reflejado también en las instituciones y estructuras sociales− de la dignidad de todas las personas en nuestra sociedad: todos los hombres y mujeres tienen derecho a una oportunidad de participación, de formación y de trabajo. La justicia social es, ante todo, justicia participativa (173), entendida ésta de acuerdo con el principio de subsidiariedad, que implica fomentar no la dependencia sino la autonomía y la responsabilidad (173). El modelo de la justicia participativa debe tender no a una mayor redistribución, que por otra parte suele afectar siempre a los ingresos de las capas medias, sino a tomarse en serio la mayoría de edad de los ciudadanos (174).
Conforme a este concepto de justicia social como justicia participativa, debería revisarse una idea demasiado estrecha que durante mucho tiempo se ha tenido de la política social como política de redistribución. En primer lugar, porque una política social concentrada en la redistribución degrada a las personas a las que hay que ayudar, convirtiéndolas en receptoras pasivas de asistencia social. En segundo lugar, porque hasta ahora la política social concentrada en la redistribución ha desdeñado temas muy importantes, como las familias y la política educativa, que son ámbitos especialmente orientados al futuro. Finalmente, porque el Estado ha llegado ya al límite de sus posibilidades en lo que a su política redistributiva tradicional se refiere. Por todas estas razones debemos replantearnos las prioridades: la justicia distributiva –que sigue teniendo su razón de ser− ya no puede seguir siendo el único criterio. Hay que dar prioridad a la justicia participativa (176-8).
En lo que se refiere de modo más directo al progreso económico, es indispensable el espíritu pionero de los empresarios individuales, que una y otra vez abren caminos y con ello ofrecen nuevas posibilidades a sus conciudadanos. Uno de los motivos por los cuales fracasó la economía centralmente planificada fue que ahogó el espíritu emprendedor y dejó la economía en manos de tecnócratas y burócratas (230). Al decir de W. Röpke, el empresario −en la medida en que cumple responsablemente su función y renuncia a las muletas de las subvenciones estatales como a las del monopolio− “debería ser preservado de cualquier ataque de un anticapitalismo vulgar”.
Finalmente, abordando la delicada cuestión de la globalización y tomando pie en la crisis del sudeste asiático de fines de los ’90, el cardenal Marx sostiene que las organizaciones internacionales, que muchos militantes antiglobalización odian irracionalmente, más que ser combatidas deben ser reforzadas. Quienes quieran defender los intereses de los pobres en el mundo deben abogar por instituciones globales más fuertes y por una mejor regulación a nivel mundial (270).
Sería simplista atribuir al mercado los problemas de la actual globalización. Esto es verdad sólo cuando el mercado global está totalmente desregulado y cuando las condiciones no equitativas de la competencia no ofrecen a los pobres ninguna oportunidad. Pero los pobres sufren muchas veces porque son los países ricos los que anulan el mercado global. Es el caso, por ejemplo, de los países industrializados que impiden la exportación de los países en desarrollo estableciendo barreras arancelarias y poniendo trabas de todo tipo (271-272). Es claro que los países en desarrollo deben abrir gradualmente sus mercados. De lo contrario, les faltará el capital y el conocimiento tecnológico necesarios para seguir progresando económicamente. Pero también deben abrir sus mercados los países desarrollados.
El autor concluye expresando su convicción de que la Doctrina Social está espiritual y teológicamente fundamentada, y es razonable. Sólo si nos mostramos a la altura del desafío actual de unir libertad de mercado y justicia social, evitaremos que el fantasma de Karl Marx salga de la tumba para perseguirnos. Y cierra: “Yo le deseo a mi tocayo que descanse en paz”.

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  1. Juan Carlos Lafosse on 6 octubre, 2017

    Reinhardt Marx no se ocupa solamente de la libertad de mercado y de criticar el marxismo, sino que propone un orden mundial solidario con una economía social de mercado a escala global para superar la injusticia y la pobreza, ya que como muy bien dice “Un capitalismo sin humanidad, solidaridad y justicia no tiene ni moral ni futuro”.

    Me llamó la atención una curiosa frase: “El modelo de la justicia participativa debe tender no a una mayor redistribución, que por otra parte suele afectar siempre a los ingresos de las capas medias, sino a tomarse en serio la mayoría de edad de los ciudadanos”. Veamos: Bill Gates juega a hacer “beneficencia” con sus 90.000 millones de dólares, Apple ha anunciado hace poco que cuenta con 230 mil millones de dólares en efectivo. Es todo dinero potencialmente gravable, pero que descansa en “paraísos fiscales”, agravando la injusticia y la inequidad. Las “capas medias” no tienen el poder necesario para manipular las leyes democráticas y pagar contadores “creativos”, así que tiene razón: son las que terminan pagando.

    En su mensaje del pasado 21 de Septiembre, a los miembros de la Comisión Parlamentaria Antimafia, nuestro Papa Francisco dijo: “Hoy ya no podemos hablar de luchar contra las mafias sin enfrentar EL ENORME PROBLEMA DEL IMPERIO DE LAS FINANZAS SOBRE LAS REGLAS DEMOCRÁTICAS, a través de las cuales las organizaciones criminales invierten y multiplican los ya ingentes beneficios obtenidos con sus tráficos: drogas, armas, eliminación de residuos tóxicos, amañado de grandes contratos de obras, juegos de azar y crimen organizado.”

    “Escorando” su lectura tan fuertemente hacia el (neo)liberalismo, el artículo permite verificar que la energía puesta en la defensa de la “libertad de mercado” por sus evangelizadores y formadores de opinión crece exponencialmente en función del patrimonio neto de los que financian sus fundaciones y medios de comunicación. El poder nunca se anda con chiquitas para defender lo que dice que “es mío”.

  2. lucas varela on 6 octubre, 2017

    Estimado presbítero Irrazábal,
    Toda lectura que no sea alineada es enriquecedora. Pero cuando el texto está sostenido desde algún sector intelectual, las frases pueden convertirse en lugares comunes que se emplean sin reflexión. Como si hubiera conceptos diáfanos y de discusión innecesaria, siendo lo contrario. Por ejemplo: “el mercado”.
    Es necesario desgranar permanentemente estos lugares comunes del pensamiento ideológico o alineado, para desagregar el mito del concepto y lograr así un entendimiento más verdadero y menos mito.
    No es mi intención oponerme al pensamiento del presbítero Irrazábal, y mucho menos, negar realidades. Pretendo más bien, hacer evidente que el mensaje del presbítero Irrazábal ha tomado cuerpo en una ideología, la neoliberal, y que su sincera propuesta merece crítica.
    Tratemos entonces de lograr un entendimiento verdadero mediante el estricto uso de la palabra, exenta de cualquier alineamiento. A saber de la Real Academia Española, “mercado” es un nombre masculino, que puede tener alguno de ocho significados:
    1. Contratación pública en lugar destinado al efecto y en días señalados. “Aquí hay mercado los martes”.
    2. Sitio público destinado permanentemente, o en días señalados, para vender, comprar o permutar bienes o servicios.
    3. Concurrencia de gente en un mercado. “El mercado se alborotó”.
    4. Conjunto de actividades realizadas libremente por los agentes económicos sin intervención del poder público.
    5. Conjunto de operaciones comerciales que afectan a un determinado sector de bienes.
    6. Plaza o país de especial importancia o significación en un orden comercial cualquiera.
    7. Conjunto de consumidores capaces de comprar un producto o servicio.
    8. Estado y evolución de la oferta y la demanda en un sector económico dado.
    De los ocho significados del nombre surge claramente la característica pública de la palabra. Es el pueblo el protagonista y artífice. Entiéndase por “pueblo”: un conjunto de personas (el presbítero incluído) de un lugar, región o país.
    Dicho esto, le podemos meter al concepto toda la política económica, y economía política que queramos. Aunque, los resultados del mercadeo serán siempre consecuencia del buen o mal comportamiento del pueblo. El orden de los factores es uno solo: primero un pueblo, y después un mercado. El correcto, o incorrecto, comportamiento de un pueblo es lo que condiciona un mercado.
    El pueblo norteamericano fue fundado según el principio de la libertad de trabajo, diversidad económica, cohesión cultural, y grandeza nacional. La filosofía económica de los fundadores de la nación fue altamente individualista, aunque las comunidades locales era de moral fuerte y definida. Ellos, el pueblo, construyeron una red de relaciones muy educadas, compartiendo moralidad cristiana y patrones comunes de comportamiento y carácter. La economía de mercado fue solo una de muchas consecuencias beneficiosas de una moral cristiana.
    Conclusión: primero el evangelio y después “el mercado”, es la clave del éxito. Siguiendo éste orden, no me caben dudas que el presbítero Gustavo Irrazábal será: “Más papista que el Papa Francisco”.

  3. Luis M. Aguirre on 13 octubre, 2017

    Felicitaciones al Padre Gustavo Irrazabal por su excelente artículo sobre el libro del Cardenal Marx. Es un ejemplo de cómo entender la práctica de los negocios y la economía desde el sentido común y la realidad, conforme a la visión cristiana del mundo. La erradicación de cientos de millones de personas de la pobreza en los últimos años es la mejor evidencia de las bondades de la economía de mercado, que no excluye la responsabilidad social

  4. Ricardo Daniel Ferrero on 20 junio, 2018

    A mi juicio cristiano católico, Lucas Varela da con el espíritu del Señor, que une la sabiduría del hombre y su presencia divina con tal efecto, que la realidad restaurada por el Resucitado, brilla aún en la contradicción: un cardenal especialista en DC persistiendo en reconocer el lenguaje de una economía que nunca fué ciencia sino una mera técnica sometida por la acción orgánica de la falsedad de los llamados CENTROS: harvard? sobre el mar de la cultura históricamente evidenciada, desde el estado inglés o norteamericano y ahora europeo y demás contagiados. Persiste en reconocer que una cosa es el orden mudial que permite fortalecer la cultura de los países y su justicia… esto es la inversión del sentido de patria, de comunidad de personas con lazos de racionalidad y tradición en la Filosofía clásica y en la Iglesia católica, fundacionales para restaurar los problemas siempre promovidos desde afuera a los traidores de adentro. Y pretende mostrar que multinacionaless angloestadounidenses son dos cosas distintas. Me es inaudito o inleíble el que este cardenal afirme que son dignos de defensa ante las multinacionales, los empresarios inventivos, pero mira el daño de ladronazgo actual de quienes lo planifican pero no trata el accionar cultural , comunicacional y físico de cómo el mal del dinero se adentra en la legalidad de cada país y fornica nuevamente con los partidos políticos de siempre obrando de la misma manera!!. Y permítaseme una última y nerviosa afirmación que me repugna expresarla: deja hasta defendidas a las instituciones y estructuras denunciadas desde el documento de Puebla, responsables de la degradación de nuestras vidas, porque tampoco se toca lo que el derecho corrompido permite, a los ojos ciegos de los juristas dormidos: todo lo que he leído del comentarista a este cardenal queda como en el liberalismo capitalista radical, incompatible con un cristiano católico, en el abatar voluntarioso y virtuosidad de los grupos de influencias cada vez mejor posicionados para disfrutar de sus injusticias. Pido a los aduladores de las ideologías y a quienes instrumentan la responsabilidad sesgando los principios que están tambien maleados en los términos de la DC, se molesten solo por deporte a la incomodidad, que se vinculen con la búsqueda de la verdad de las cosas en la Verdad ya pronuciada y nunca aplicada, porque ella es la vida que devela de las tinieblas, la luz que alumbra sin sombra. Bendición en el Señor. Ricardo

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