Abusos sexuales en la Iglesia: romper el silencio

La crisis de los abusos sexuales ha llegado a la Iglesia en la Argentina. Lo que parecía un problema doloroso pero lejano empieza a revelarse como una herida abierta, también entre nosotros. ¿Estamos preparados para vivirla evangélicamente?
Como ocurriera ya en otras latitudes, algunos casos concretos han sacudido a la opinión pública, animando a las víctimas a sacar a la luz el drama vivido. El largo proceso del Padre Grassi o las investigaciones en curso al Instituto Próvolo de Mendoza son algunos de los más clamorosos. El efecto dominó generado, según mi opinión, recién está tomando impulso.
Cuando hablo de crisis de los abusos me refiero a tres aspectos, distintos, pero vinculados entre sí: en primer lugar, al daño sufrido por las personas abusadas que intentan sobrevivir a esa experiencia(menores, discapacitados, adultos vulnerables y sus familias). En segundo lugar, a la inadecuada respuesta de los responsables de la Iglesia (obispos y superiores), que se ha mostrado no sólo errada sino verdaderamente fatal. Por último, la situación de los clérigos y consagrados que se han precipitado en estos delitos y cuyo deterioro humano, espiritual y moral nos deja punzantes interrogantes.
Con distinta intensidad, estos tres aspectos han sacudido fuertemente a la sociedad generando ira, desazón, desconfianza y rechazo hacia la Iglesia. Las víctimas, y quienes les son cercanos, suelen añadir también una nota de fuerte escepticismo hacia las declaraciones de la Iglesia sobre el tema, incluidas las del mismo Papa. Obviamente, todo esto ha despertado el interés de los medios de comunicación. Su tarea de investigación y difusión, sobre todo las más rigurosas y documentadas, combinada con la valentía de las víctimas en denunciar, ha sido factores decisivos para que esta crisis tomara estado público, obligando a la Iglesia, a las autoridades civiles y a la sociedad a hacerse cargo de este problema.
Pero, no tenemos que minimizar tampoco el impacto de esta crisis en la misma comunidad eclesial: en los sacerdotes, en las comunidades cristianas, en los laicos. La crisis sacude fuertemente la conciencia creyente de los católicos. ¿Podría ser para menos?Tanto sufrimiento ¿no tiene que convertirse en un grito de indignación dirigido a Dios?Superados los primeros momentos de sorpresa y desconcierto, han comenzado a surgir inevitablemente algunas preguntas incisivas: ¿cómo ha sido posible todo esto? ¿Cómo puede ser que un cura desbarranque de esta manera? ¿Qué dinámica espiritual se ha desatado en un consagrado para llegar a semejante abuso emocional, de conciencia y finalmente sexual? ¿Nadie vio ni dijo nada?¿Qué hicieron nuestras autoridades eclesiales? ¿Y las casas de formación? ¿Cómo fue posible que perdiéramos de vista la real gravedad del problema que no está en la credibilidad y buen nombre de la Iglesia, sino en la víctima agredida y en el inmenso daño infligido?
En muchos casos, la sorpresa inicial ha devenido en sana rebeldía e indignación. Lo cual no es malo.Sobre todo, si los “indignados” son laicos. He podido observar que esa indignación suele desembocar, al menos en algunos, en un compromiso de fe más adulto. Sienten a la Iglesia como “su” Iglesia, y se descubren interpelados a dar su aporte en la lucha contra los abusos. Es, a mi modo de ver, uno de los signos más alentadores que está dejando esta crisis en las Iglesias que ya la han vivido. Podemos aprender de esta experiencia.
Es decir: ha sido fundamental que, en todo este drama, se rompiera el silencio y comenzáramos a discutir esta problemática, más honda de lo que hubiéramos imaginado. Nos ha llevado a la oración. Sólo el Silencio del Dios Crucificado puede arrojar luz sobre la oscuridad de este mal.Este “romper el silencio” ante los abusos no es sólo condición indispensable para que los casos salgan a la luz y se haga justicia, sino que también es un criterio de fondo para el capítulo fundamental de la prevención.
En este sentido, los hechos de abuso sexual protagonizados por clérigos son la punta de una trama más enredada que es necesario desenmarañar. Sacan a la luz no únicamente problemas personales, sino dinámicas eclesiales deformadas que necesitamos identificar para corregir. Los abusos sexuales suponen un sistema inadecuado de relaciones que los favorece y hace posibles. No es un dato menor para la comunidad eclesial. Pensemos, por ejemplo, en la docena de fundadores de nuevos institutos religiosos que están hoy involucrados en estos aberrantes delitos, en lo que viven los miembros de esas comunidades y la deriva de sus obras. ¿No vamos a preguntarnos a fondo porqué pudieron prosperar durante tanto tiempo en la Iglesia? Es una pregunta que, sobre todo los pastores, no podemos eludir.
Si nos sobreponemos a la repulsa de pensar en un adulto violentando sexualmente a una persona vulnerable, es posible ver con mayor claridad teológica el núcleo del problema. Aquí, el comportamiento sexual transmite un mensaje a decodificar. Si toda forma de abuso sexual, protagonizada por célibes y no célibes, es básicamente un abuso de poder, lo que está en cuestión es, en definitiva, el modo de vincularnos de las personas, cómo nos percibimos y que uso hacemos de la natural asimetría que se da, por ejemplo, entre un sacerdote y un joven, entre un formador y un seminarista, entre un obispo y sus fieles.
Este dato, para la conciencia eclesial, es precioso. La Iglesia es sacramento de comunión que involucra a las Personas divinas con las personas humanas. Además, el ministerio pastoral ubica al ministro ordenado en una rica trama de relaciones. La figura del pastor es esencialmente relacional y al servicio de la comunión. El servicio no es, primariamente, un imperativo moral. Es un rasgo cristológico que define la naturaleza de la Iglesia y del ministerio pastoral. ¿Cómo se ayuda entonces a un seminarista a asumir como forma de existencia personal la forma servi de Cristo? El pastor es signo sacramental de Cristo Cabeza. Pero, para ser cabeza y pastor de la comunidad debe vivir antes la condición de hermano, esposo y servidor, a imagen de Jesús. En la Iglesia, sacramento universal de salvación, lo humano es esencial: es la expresión visible del misterio de comunión. Cuenta, por tanto, la buena salud del sistema de relaciones que constituye la trama de una iglesia diocesana, de una parroquia o de un seminario.
Los obispos argentinos tenemos la problemática de los abusos en nuestra agenda desde el año 2010. Después de que Benedicto XVI mandara que cada conferencia episcopal adaptara la nueva normativa canónica sobre los abusos, la Conferencia Episcopal Argentina preparó unas Líneas Guía, aprobabas en 2013. Con el visto bueno de la Congregación de la Fe, constituyen el protocolo de acción hoy en vigencia para responder a las denuncias. Estas Líneas han sido muy bien recibidas por los obispos. Dan claridad y agilidad a un proceso que antes se mostraba más oscuro y engorroso. Son, sin embargo, perfectibles. Entre otros, hoy se discuten estos puntos: sentido exacto del secreto pontificio, pronta colaboración con la justicia secular, transparencia e información a las víctimas de los procesos en curso, información a la opinión pública, etc. Un capítulo aparte es el de las penas proporcionadas a este delito. Por una parte, soy de la opinión que el recurso a la justicia secular es indispensable: el clérigo abusador debe responder ante ella. Tenemos que trabajar proactivamente para mejorar nuestra colaboración con la justicia del país. Desde un punto de vista eclesial, opino que un solo caso de abuso afecta la idoneidad del clérigo para ejercer el ministerio. La pena adecuada no es otra que la dimisión del estado clerical. De todos modos, existe hoy una saludable discusión en la Iglesia sobre estos temas.
Recientemente se ha abierto otro capítulo en el abordaje del problema por parte de la Conferencia Episcopal Argentina. En la 113 Asamblea Plenaria del pasado mes de mayo, los obispos aprobamos la creación de un “Consejo pastoral para la protección de Menores y Adultos vulnerables”. Su finalidad fundamental es abordar la prevención de los abusos. Hemos aprovechado la experiencia de otros episcopados y de la Santa Sede en esta materia. Entre sus objetivos está la capacitación de agentes de pastoral: desde los propios obispos hasta los laicos que trabajan en parroquias y colegios católicos. El criterio básico es romper el silencio. El abuso es visto como abuso de poder que se expresa a través de comportamientos sexuales. El enfoque es sistémico, atento a todas las dimensiones de esta compleja realidad. Busca también trabajar en red con el Estado y otras organizaciones civiles que se ocupan de este problema social.Procura también que cada diócesis constituya una comisión similar. Las arquidiócesis de Paraná y Mendoza han dado pasos en esta materia. Habrá que observar su aprendizaje.
¿Son suficientes estos avances? ¿Están en la buena dirección? ¿Qué camino tenemos por delante en la Iglesia argentina? ¿Qué decisiones y acciones deben concretarse en la Conferencia Episcopal, en cada diócesis, pastores y comunidades?
Amedeo Cencini acaba de publicar una investigación que lleva el sugerente título: ¿Ha cambiado algo en la Iglesia después de los escándalos sexuales? (Salamanca, 2016, editorial Sígueme). Repasa con realismo los pasos dados, pero también los numerosos escollos que todavía quedan por superar. En breve: hay declaraciones de los Papas y normas canónicas muy claras. Sin embargo, la cultura que hizo posible los abusos y su encubrimiento sigue presente en demasiadas mentalidades, tanto laicales como clericales. El trabajo por delante se presenta arduo.
Al inicio de este artículo me he preguntado si la Iglesia en la Argentina estaba preparada para esta crisis. No tengo una respuesta sencilla y definitiva. Yo mismo me lo pregunto, una y otra vez. Puedo dar testimonio de la seriedad con que los obispos argentinos han asumido el tema. Me ha tocado guiar sus reflexiones en varias ocasiones, siempre con la sensación de estar provocando mucho dolor e inquietud. He podido constatar también que esta dolorosa y difícil problemática necesita tiempo para que madure la conciencia sobre las dimensiones del problema, se superen algunos enfoques parciales o equivocados y, sobre todo, se asuman con humildad los errores y, de esta forma, se esté en condiciones de aprender a dar una respuesta no sólo eficaz sino profundamente evangélica a los desafíos que esta crisis ha sacado a la luz. Experimento en todo este proceso un fuerte sentido penitencial como camino de una Iglesia en estado de purificación. O de conversión pastoral, como señala Francisco.
El punto clave, desde el Evangelio, es enfocar esta crisis con la mirada de Jesús, el buen samaritano, que es la mirada de las víctimas. En algunas diócesis del país se han dado pasos en esta dirección. No es fácil, pues en esta fase de la crisis, las víctimas desconfían de nosotros, de nuestras reales intenciones y de la capacidad que tengamos de cambiar realmente. Sin embargo, hasta tanto no se dé esta apertura a las víctimas – como ya lo han experimentado otras Iglesias hermanas y los mismos papas Benedicto y Francisco – no vamos a estar en condiciones de procurar una respuesta a fondo a este drama humano que sacude a la Iglesia. Porque la Iglesia ha sido herida: las víctimas de los clérigos abusadores son, en su inmensa mayoría, bautizados que nos fueron confiados y a quienes no supimos proteger. Como creyente y como pastor escucho aquí la llamada del Señor.

El autor es Obispo de San Francisco y Presidente de la Comisión Episcopal de Ministerios.

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  1. Graciela Moranchel on 11 diciembre, 2017

    El primer paso para comenzar a limitar los abusos sexuales por parte del clero católico es rever el concepto de “Iglesia”. Ello implica descartar la imagen tradicional piramidal de la misma, cuya cabeza es el Papa, luego todo el clero y donde en la base convive el laicado, para comenzar a practicar la vida en las comunidades cristianas más al estilo de Jesús. Dichas comunidades deben tener la forma “circular” y su centro siempre será Cristo Resucitado.
    Este cambio llevaría per se a “desacralizar” la figura sacerdotal, ya que durante siglos se la ha relacionado con el “poder” absoluto (potestad de presidir la liturgia, de gobernar las comunidades, de enseñar, según el derecho canónico).
    Haber sacralizado el sacerdocio trajo como consecuencia abusos de poder de todas clases, entre los que se cuentan los aberrantes delitos de abuso sexual. Si ubicamos el sacerdocio dentro de los múltiples ministerios que pueden desarrollarse en el seno de la Iglesia, en igualdad de condiciones con el resto, incluso laicales, sin ningún tinte de superioridad de unos hacia otros, como lo exige el Evangelio, sino sencillamente como un “servicio” más (que “eso” es lo que debería ser y no otra cosa…), creo que dejaría de verse al cura como portador de unas potestades de las que se arroga pero que no posee y que Dios jamás le ha concedido.
    Eso implica desarticular el status quo actual que sigue conservando la casta sacerdotal católica. Por lo cual veo muy difícil que pueda haber cambios en ese sentido, y como consecuencia, que puedan disminuir los casos de abusos sexuales por parte del clero, porque el tema es siempre una cuestión de “poder” sobre los más débiles.
    Sin embargo, estimo que dichos cambios serían absolutamente importantes para dar un nuevo perfil a una Iglesia que, pese a las anunciadas “primaveras” en la era del Papa Francisco, no logra florecer en el corazón de los creyentes por estos delitos y otras acciones fuera de tiempo y lugar.

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