Aceptación de la existencia

Reseña del libro El arte de envejecer, de Anselm Grün (traducción de Beatriz Romero). Buenos Aires, 2014, Editorial San Pablo

Anselm Grün, nacido en 1945, es monje benedictino de Münsterschwarzach en Alemania, probablemente uno de los autores cristianos más leídos en la actualidad. Ha escrito, entre otras obras, Luchar y amar, ¿Por qué a mí?-El misterio del dolor y la justicia de Dios, La aventura de la vida, Lo que creemos –en colaboración con D. Steindl-Ras, también monje benedictino antropólogo y psicólogo, nacido en Austria en 1926–. Se caracteriza por una visión existencial de la vida, por medio de la cual pretende responder a las necesidades y preguntas que acosan al hombre concreto. En el libro comentado concluye que “Si nos ejercitamos en los diversos pasos del arte de envejecer, seremos una bendición para otros, tanto en la vida como en la muerte”.
Después de comenzar examinando el sentido de la vejez, explora la aceptación de la propia existencia, la reconciliación con el pasado, el admitir los propios límites, el aprender a convivir con la soledad, así como los varios desprendimientos que deben ejercitarse: “En el fondo, se trata de que el anciano se desprenda de su ego. Esta es la tarea más ardua que pueda haber, pero en las diversas religiones los sabios repiten lo mismo: Debe morir el ego para que algo más grande pueda resplandecer en mi interior”. Trata también del manejo del miedo y de la depresión, y expone las virtudes que también desarrolla el anciano sabio: la gratitud, el amor, la libertad, la serenidad, la paciencia y la benevolencia. Finalmente dedica sus últimos capítulos al camino del silencio y al ejercitarse en el morir, de modo que en esa ocasión pueda decirse: “Fue y es una bendición para nosotros”.
En mi modesta opinión, aunque no trate exactamente del mismo tema, se inscribe en la línea del a mi juicio también magnífico libro escrito por otro monje benedictino argentino, El paso y la espera, de Mamerto Menapace (Ed. Sígueme, 2003) en el cual, a partir también de experiencias concretas y existenciales, se alude al fin de nuestra existencia en este mundo.
Creo entender que en la “parábola de los talentos” (Lucas 19:11-24 y Mateo 25:14-30) hay algo que está implícito: quienes duplicaron lo que les confiaron, se arriesgaron a quedarse sin nada, es decir, “sin el pan y sin la torta”. Dios quiera que al final de nuestra vida en esta tierra podamos decir, con nuestros aciertos y errores –porque “nada de lo humano me es ajeno”, como escribió originariamente Publio Terencio y recogieron luego varios–, aquello de la autobiografía de Pablo Neruda, Confieso que he vivido. Porque hay tantos ancianos que provocan compasión, que no han sabido vivir y que normalmente también han intentado no dejar hacerlo…

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