La inclusión social y el futuro del trabajo

Los avances de la ciencia y la tecnología están acelerando el reemplazo de máquinas y robots en muchas tareas en las que se requerían seres humanos. Esta mutación se da particularmente en oficios y tareas manuales y rutinarias. Algunos pronostican además que, por el desarrollo de la inteligencia artificial, en pocos años serían reemplazados hasta periodistas, abogados, e incluso médicos. En un informe del Foro de Davos 2016 se sostenía que aún no existe el 65% de los trabajos que tendrán los estudiantes del actual sistema educativo, y el 35% de los que hoy existen, desaparecerán en los próximos años. La propia Organización Internacional del Trabajo reconoce que “se experimenta un importante proceso de cambio”. Todas estas transformaciones desafían primariamente a la educación (que debe preparar a los jóvenes para convivir con estos inesperados escenarios), pero se extienden a casi todas las cuestiones vinculadas con el desarrollo humano, la convivencia, la ética, la justicia social y la equidad.
Algunos confían en la aparición de nuevas tareas: la operación de esas máquinas, la atención de adultos mayores o las que demanden estas nuevas realidades. Pero también es cierto que esta nueva revolución digital utiliza menos materias primas, mano de obra y capital, y disminuye sensiblemente la necesidad de puestos laborales para muchas actividades que requieren principalmente habilidades para manejar y gestionar el conocimiento superabundante y disponible en las redes digitales.
El papa Francisco advertía en el mes de marzo a los líderes de 27 países de la Unión Europea que “no hay paz donde no hay trabajo”, y reconocía hace unas semanas al cierre de un encuentro sobre este tema lo difícil que es la creación de empleo en el contexto de la nueva revolución tecnológica. “Es preciso –sostenía– responder a los desafíos éticos planteados por la aparición de nuevos paradigmas y formas de poder derivados de la tecnología, de la cultura del descarte y de estilos de vida que ignoran a los pobres y desprecian a los débiles”.
Junto a la indiscutible necesidad del trabajo humano y su determinante impacto sobre la dignidad de las personas, es necesario preguntarse: ¿debemos pensar en un mundo donde desaparecerá el trabajo tradicional? ¿Qué sucederá con la mano de obra que hace desaparecer la robótica? ¿Cómo afectará esta transformación a las clases más humildes? ¿Pueden ellas por sí mismas encontrar soluciones? Si no es así, ¿quién evitará el riesgo de su exclusión? Es importante, aunque cueste imaginar soluciones, arriesgarnos a entrar en el debate para no sólo denunciar los riesgos que conforma el avance sin control ético de la ciencia y la tecnología, sino también pensar en el largo plazo, imaginar y proponer acciones que puedan cambiar también el curso de los acontecimientos.
No se trata de poner freno al progreso tecnológico, fruto sin duda del talento y la creatividad humana, sino de buscar el mejor modo de ponerlo al servicio de la solución de los problemas que enfrentamos. Hay que tener conciencia de la urgencia por atender la coyuntura como en “hospitales de campaña” pero, a la vez, asumir el compromiso para construir un futuro en donde pensemos alternativas creativas que no produzcan “tantas víctimas”.

El autor es ex Director General del Grupo Educativo Marín de San Isidro.

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