“Tengo una visión comediante del mundo que me permite soportarlo”

Entrevista al actor y director Simon Verhoeven a partir de su película Bienvenido a Alemania sobre la llegada de inmigrantes a Europa, de gran éxito en su país.

Recientemente dos películas han dado cuenta de la crisis migratoria. Desde el poderoso registro documental, el artista y activista chino Ai Weiwei permitió a través de la muy recomendable Marea humana dar cuenta del flujo migratorio alrededor del mundo y cómo, de acuerdo con la mirada del exiliado chino, éste será un denominador común y creciente debido a diversos conflictos en todo el planeta. Por su parte, el director alemán Simon Verhoeven realizó una comedia cuyo título original es Bienvenido a la casa de los Hartmann, y que en la Argentina adquirió el más universal, anodino –y perteneciente a otro film– Bienvenido a Alemania. Ambos films dan cuenta de los migrantes pero también de una mixtura de recursos expresivos. El de Verhoeven, si bien menor en la escena internacional, resultó el más taquillero en Alemania y permitió una reflexión próxima sobre la crisis de los refugiados. Verhoeven pertenece a una familia de artistas (es nieto del director alemán Paul Verhoeven, casado con la actriz Doris Kiesow, quien tuvo dos hijos que continuaron la senda creativa: Lis Verhoeven, actriz y primera esposa de Mario Adorf; y Michael Verhoeven, director que se casó con la actriz Senta Berger, padres de Simon). El actor y director visitó el país en ocasión del 17 Festival de Cine Alemán y habló con CRITERIO sobre ciertas variables de un film tan exitoso y de gusto para el gran público como divisor de aguas para la crítica especializada.

¿Cómo se logra una comedia con un tema tan complejo y urticante como el de la inmigración en Europa?
Creo que en general tengo una visión comediante del mundo que me permite soportarlo. En un principio parto de la idea de que se trata de un tema serio y pienso de manera seria sobre los personajes cuando todavía no sé qué dirección voy a tomar. La situación de base me fascinó: una familia de clase media alta con problemas propios y occidentales que se confronta con una persona de África que trae consigo otros problemas. Cuando terminé el primer boceto me di cuenta de que es un tema muy rico para una comedia, pero no por eso deja de ser una película seria.

La familia disfuncional es la base del cine contemporáneo pero se añade el componente de la inmigración. ¿Cuál fue el equilibrio?
No lo pensé demasiado. Cuando comencé a meditar el tema era hasta bastante inocente y luego llegó septiembre de 2015, en Alemania se abrieron las fronteras y aparecieron cientos de miles de personas. El país estaba en ebullición, confundido, peleándose unos con otros a nivel familiar y mi pequeño tema se había convertido en una metáfora de todo un país. Luego me vi obligado a decidir si se podía reflejar en una comedia esta complejidad. Y me di cuenta de que sí. Traté de ser tan actual como pude y no tener una visión única de la situación, porque es un tema complejo y no hubiese sido correcto tener una opinión fácil. Creo que la película fue aceptada porque el público se ha reconocido al no imponerse una opinión políticamente correcta; una familia tan sobrepasada por la situación como los propios espectadores.

¿Cree que la película ha contribuido a cierta comprensión distinta sobre el tema de la inmigración?
Hay un periodista que aprecio mucho y que dijo que para Alemania la película fue liberadora porque no tiene una opinión prefijada y es una especie de válvula en donde uno puede reírse de la propia confusión, del desafío y las dificultades. La película aportó para ser más honestos en el trato con la crisis migratoria y pensar en cómo se puede ayudar a una persona, qué puede significar para un refugiado encontrar un hogar, aunque sea mi película una ficción.

¿Por qué eligió una fotografía tan vivaz y plena de colores y por qué el uso de los primerísimos primeros planos?
Creo que soy muy malo en autoanalizarme. Algunas cosas son intuitivas y sólo tuve la intención de ir hacia una dirección muy llena de vida que no va con el tema más orientado al realismo. Elegí un mundo caluroso para ofrecerle al espectador una puerta de entrada y disimular cuan serio es el tema que se narra. Creo también que para muchos refugiados Alemania es un país muy colorido y brillante porque ellos vienen de la oscuridad. Los planos dependen un poco de cada secuencia, pero muchas veces al refugiado lo quise separar de alguna manera. Por ejemplo, cuando él llega a la mesa tiene un primer plano y la familia no, porque son una unidad.

Como actor trabajó, entre otros, con Bruce Beresford. ¿Aplica algunas enseñanzas de esa experiencia como director?
Era muy joven; algo que me impresionó de él era la increíble paz que había en el set aunque fuera enorme y con muchísima gente. Cuando Bruce Beresford hablaba lo hacía muy bajo y todos los demás lo imitaban. Los directores más silenciosos me gustan más que los gritones. Pasaron veinte años; recuerdo que traté de investigar mucho sobre mi personaje porque era uno de tipo histórico como Walter Gropius, uno de los popes de la Bauhaus, en Bride of the Wind. Era un lindo elenco, Jonathan Pryce hacía de Gustav Mahler, Vincent Pérez de Oskar Kokoschka y Sarah Winter era la musa de pasiones, Alma Mahler.

¿Cómo fue su formación artística considerando que proviene de una familia de artistas?
Mario Adorf (N.dR. el recordado protagonista de El Tambor) es mi tío y lo admiro, si bien no tuve mucho contacto con él. Fue muy difícil encontrar mi identidad artística aunque por otro lado la ventaja es que crecí entre películas como algo natural. Íbamos todos los domingos al cine como si fuésemos a la Iglesia; el cine para mí tenía algo de religión. Fue una decisión difícil porque no me sentía cómodo de seguir en cierta manera los pasos de los demás; tampoco se me hizo fácil y por eso me fui de Alemania. Considero que hago películas completamente diferentes a las de mi papá, aunque quizás algún día encuentre similitudes. Fue muy divertido, lo fue para mí y para el equipo porque le decía: “Mamá, veamos esta escena”, en lugar de decirle Sra. Berger. El regalo de trabajar con ella fue que me permitió tener otra mirada, no sólo como madre sino como actriz.

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