“Vitch era una suma de grises, como tantas personas”

Entrevista a la documentalista Sigal Bujman, directora del film sobre el artista polaco Ignace Levkovitch que se presentó en la 14° edición del Festival Internacional de Cine Judío en la Argentina.

Suele decirse que “el arte nos salva”. La frase tuvo irónica aplicación para el actor y director judío Reinhold Schunzel, el de la comedia Viktor und Viktoria, tan popular que los nazis lo calificaron de “ehrenairer”, ario honorario, y lo siguieron festejando hasta 1937. Él emigró a los Estados Unidos justo a tiempo. La ironía fue doble para la Lilliput Troupé de los hermanos Ovitz, una familia de siete artistas enanos y tres altos, de origen judeo-rumano, excepcionalmente autorizados para actuar por los pueblos. Hasta que en 1944 los enviaron al campo de Auschwitz. Pero se salvaron, gracias al entusiasmo que sus shows musicales provocaban en el personal del lugar, incluyendo al propio y terrible doctor Mengele. Otro fue Ignace Levkovitch, alias Vitch, caricaturista y genio de la mímica. Noche tras noche, en plena guerra, los nazis se agolpaban en el mayor teatro de Berlín para aplaudirlo. Sólo que, en este caso, todos ignoraban que era judío. ¿O alguien lo protegía? Así lo recuerda Vitch, uno de los títulos más interesantes vistos en el 14° Festival de Cine Judío de este año. Charlamos con su autora, la documentalista Sigal Bujman.

-Usted habla español casi perfectamente, ¿dónde lo aprendió?

-Nací en un kibbutz de Israel, pero mis padres son argentinos. Descendemos de aquellos judíos que vinieron a fundar colonias agrícolas gracias al barón Hirsh a fines del siglo XIX. Incluso viví cuatro años aquí, cuando era niña.

– Y después alzó vuelo.

-Sí, me fui a estudiar actuación en los Estados Unidos, y cine en Israel. Luego, durante tres años recorrí varios países haciendo la serie de viajes y cultura Fantastic Festivals of the World, que mostraba costumbres singulares y a veces similares, como la celebración de los muertos en Japón y en México. También durante tres años hice cortos para una asociación de padres que perdieron a sus hijos por el conflicto palestino-israelí, pero padres de ambos lados, unidos en el dolor. Con ellos entrevisté al entonces ministro Ehud Barak y a Yasser Arafat.

-¿Cómo fue su encuentro con Arafat?

-Me besó la mano. Un hombre de muchísimo carisma, muy atento, muy emotivo. Lo vi lagrimeando cuando un padre judío le contó sobre su hijo. Pero después siguió la violencia. Otro hombre singular que conocí es un alcalde filipino, Edward Hagedorn, que fue mafioso y ahora es militante ecologista. Sólo que defiende la selva con métodos mafiosos.

-Cada uno tiene cosas buenas y malas. Por ejemplo, Vitch. Cuéntenos quién era.
-Ignace Levkovitch desde niño dibujaba a sus vecinos, actuaba, soñaba con dejar su pueblito polaco y brillar en las grandes ciudades. Llegó a Hollywood, tuvo su fama en los restaurantes de lujo haciendo caricaturas, y también en los escenarios. Hablaban del “toque Chaplin”, se codeaba con las estrellas, pero lo expulsaron por indocumentado. Luego se impuso en el Folies Bergere de París, donde Maurice Chevalier era la estrella máxima. Cuando llegaron los nazis, Chevalier se fue y él aprovechó a ser primera figura. Una noche lo vieron Goebbels y Goring, y lo invitaron a actuar en el Scala de Berlín, el mayor teatro de varieté de la época. Imposible rehusarse. Ahí siguió, alternando con diversas giras, hasta que en 1943 mandaron a los artistas a trabajar en las fábricas de armas. Entonces escapó a pie rumbo a la frontera, donde lo apresó la Resistencia. No lo fusilaron porque reveló que era judío.

-¿Los alemanes nunca se dieron cuenta?

-Es una incógnita. ¿Acaso alguien lo protegía? ¿O supo disimular tan admirablemente? ¡Y lo veían todas las noches en el escenario! Para cerrar la historia, cuando la Resistencia lo soltó, él actuó para los soldados americanos, y con ellos llegó hasta Nüremberg. Ahí vio a Goring por última vez, pero él sentado en la platea y Goring en el centro de atención, en el banquillo de los acusados por crímenes de guerra. Luego Vitch se reinventó en Londres, formó familia con una bailarina inglesa, Wendy Leyton, y terminó en Australia como gerente de un hotel. Apareció en algunas películas, pero nunca llegó a ser la gran estrella inolvidable que hubiera querido.

-Da para una gran comedia dramática.
-Ya estoy escribiendo el guión. Pero el documental que traje enfoca otra cosa: la vergüenza de sus hijas.
-¿Cómo es eso?

-Ellas lo sienten culpable de sobrevivir. No es ni héroe clásico ni víctima, no escondió a nadie, como Chevalier, Josephine Baker o Edith Piaf, que ni siquiera eran judíos. Les molesta que pensara sólo en sí mismo. El tuvo dos mujeres anteriores, también bailarinas: Paulette Lederman, franco judía, con quien se casó en la mayor sinagoga de París, y tuvo un hijo, pero el matrimonio duró poco; y una alemana, Ingeborg Regauer, que se negó a casarse con él pero le dio una hija, a la que vio contadas veces.

-¿Qué fue de esas mujeres?

-Ingeborg se ubicó en el Scala de Barcelona, dejando a la nena con su abuela en Breslau, que parecía seguro hasta que avanzaron los soviéticos y la vieja y la niña debieron escapar bajo la nieve. Se salvaron, tras mucho sufrimiento. Mientras, Paulette, sobreviviendo en el mercado negro, puso al chico en un internado católico y lo visitaba una vez al mes. Una tarde no vino. El hijo escapó del internado, fue al hogar y lo encontró clausurado. Ahí entendió que no tenía más mamá. Entró, se llevó los recuerdos que pudo, y después de la guerra se reencontró con el padre, lo saludó, y se fue a vivir a Israel, asqueado de Francia. Investigando, encontramos la fecha y el número de tren en que se llevaron a la madre a Auschwitz. Algo que también les molesta a las hijas inglesas (a la alemana la vio muy poco) es que el padre nunca les transmitió lo que sabía del Holocausto, porque toda su familia natal murió en la Guerra, salvo un hermano, con el que nunca se encontró y parece que tampoco lo buscó demasiado. Pareciera que su lucha fue sólo por mantener el arte del varieté; ese era su orgullo.

-Quizás alguien tenía que hacerlo.

-Conocí a un sobreviviente que al comienzo de la ocupación se ganaba la vida llevando a los nazis por bares y burdeles. Así evitó usar la estrella amarilla. Él me dijo: “Me sentía mal, pero tenía que vivir”. Luego entró en la Resistencia, lo capturaron, y estuvo en un campo hasta la Liberación. Le mostré la foto de Vitch actuando con la bandera nazi de fondo. La miró y me dijo: “No lo juzgo. Era un artista e hizo lo que tenía que hacer”. Creo que las cosas nunca son blanco o negro. Y que Vitch era una suma de grises, como tantas personas.

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