Desconcierto e incoherencias

Comentario de la puesta de Apolo y Jacinto, de Mozart (Centro Cultural 25 de Mayo, Buenos Aires).

Lisa y llanamente una burla a la Iglesia y, peor aún, una blasfemia sin atenuantes. Además de una subversión grosera del intermedio musical que el joven Mozart compuso en 1767 sobre el texto en latín escrito por el sacerdote Rufinus Widl. El regisseur Javier González Cano demostró poseer una imaginación tan perversa como antimozartiana; no sólo inventó escenas de alto contenido sexual, desde el prolongado revuelco inicial de dos jóvenes monjes semidesnudos hasta los tocamientos, caricias, gemidos y latigazos que se propinan abierta o disimuladamente unos con otros, hombres y mujeres. El insulto consistió en mezclar todo eso delante del crucifijo sobre el altar, recibiendo la eucaristía y las bendiciones, e intercalando un fragmento del coral de Bach y varios textos de la Misa, que por supuesto no existen en la partitura y que aquí se le asignaron a un libidinoso padre Widl (Sergio Carlevaris, que lamentablemente supo recitar y actuar muy bien).

El dislate se hizo explícito desde el listado del programa de mano, que unió el personaje de Apolo con el de Jesús, a quien el director de escena le hizo decir frases del Evangelio totalmente fuera de lugar, con lo cual el disparate llegó al insulto. Nadie que me conozca puede afirmar que yo sea un chupacirios y más de uno sabe de mi particular distanciamiento respecto de la ortodoxia religiosa, pero creo que hay límites que el respeto por la fe de las personas y por la obra de Mozart –ambos sagrados– no pueden ni deben traspasarse, como aquí sucedió.

Es cierto que en el libreto preparado para la Universidad de Salzburgo, el padre Widl realizó cierta cirugía de urgencia para disimular los amores homosexuales entre Apolo, Céfiro y Jacinto que relata Ovidio en sus Metamorfosis; así fue inventado el personaje de Melia, la hermana de Jacinto requerida de amores. Pero como esta ópera era prácticamente desconocida entre nosotros (entiendo que se trataba del estreno absoluto aquí) y el programa de mano no traía referencia alguna a las circunstancias de su creación, el público debió salir sumamente desconcertado ante las incoherencias entre lo que se cantaba y lo que se veía. Lo más logrado estuvo en el vestuario (Nélida Bellomo) y, por supuesto, en la música del compositor de apenas once años en su primer intento de teatro lírico.

Dicho esto, creo que para una revista como CRITERIO poco importa explayarse sobre las bondades de la interpretación musical, que las hubo, especialmente en las riesgosas coloraturas de Victoria Gaeta y en la correcta ejecución musical del conjunto orquestal dirigido por el joven Ulises Maino, de apenas 25 años de edad. Pero las delicias del oído quedaron lastimosamente afectadas por las agresiones al ojo y al entendimiento.

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