Dylan Thomas y la música de las palabras

En 1951, un joven que estudiaba la obra del escritor británico Dylan Thomas (1914-1953) le escribió algunas preguntas que fueron respondidas por el autor y luego publicadas por primera vez en castellano en la revista Sur (N. 283, 1963). La primera se refería a por qué comenzó a escribir poesía. El entrevistado ilustró con sus primeros recuerdos la relación íntima que entablan música y poesía.

Para responder a esta pregunta diría que en primer lugar quería escribir poesía porque me había enamorado de las palabras. Los primeros poemas que conocí fueron canciones infantiles y, antes de poder leerlas, me había enamorado de sus palabras, sólo de sus palabras. Lo que las palabras representan, simbolizan o querían decir tenían una importancia muy secundaria; lo que importaba era su sonido cuando las oía por primera vez en los labios de la remota e incomprensible gente mayor que, por alguna razón, vivía en mi mundo. Y para mí esas palabras eran como pueden ser para un sordo de nacimiento que ha recuperado misteriosamente el oído: los tañidos de las campanas, los sonidos de instrumentos musicales, los rumores del viento, el mar y la lluvia, el ruido de los carros del lechero, los golpes de los cascos sobre el empedrado, el jugueteo de las ramas contra el vidrio de una ventana. No me importaba lo que decían las palabras, ni tampoco lo que le sucediera a Jack, a Jill, a la Madre Oca y a todos los demás; me importaban las formas sonoras que sus nombres y las palabras que describían sus acciones creaban en mis oídos; me importaban los colores que las palabras arrojaban a mis ojos. Me doy cuenta de que quizá, mientras repienso todo aquello, estoy idealizando mis reacciones ante las simples y hermosas palabras de estos poemas puros, pero eso es todo lo que puedo recordar, aunque el tiempo haya podido falsear mi memoria. Me enamoré inmediatamente –ésta es la única expresión que se me ocurre–, y todavía estoy a merced de las palabras, aunque ahora a veces, porque conozco muy bien algo de su conducta, creo que puedo influir levemente en ellas, y hasta he aprendido a dominarlas de vez en cuando, lo que parece gustarles. Inmediatamente empecé a trastabillar detrás de las palabras. Y cuando yo mismo empecé a leer los poemas infantiles y, más tarde, otros versos y baladas, supe que había descubierto las cosas más importantes que podían existir para mí. Allí estaban, aparentemente inertes, hechas sólo de blanco y negro, pero de ellas, de su propio ser, surgían el amor, el terror, la piedad, el dolor, la admiración y todas las demás abstracciones imprecisas que tornan peligrosas, grandes y soportables nuestras vidas efímeras.

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