En nombre de la fraternidad humana

El Documento firmado por el papa Francisco y el Gran Imán de Azhar Ahmad Al-Tayyeb en los Emiratos Árabes Unidos en febrero pasado tiene una enorme relevancia cultural, política y religiosa.

El pasado 4 de febrero en Abu Dabi, capital de los Emiratos Árabes Unidos, tuvo lugar la firma de un importantísimo documento en relación a la convivencia interreligiosa y política de nuestros días. El papa Francisco, cabeza de la Iglesia católica, a la que pertenecen más de 1.500 millones de fieles, y el Gran Imán de Azhar Ahmad Al-Tayyeb, considerado por un gran número de musulmanes sunitas como la máxima autoridad islámica y fuente de su jurisprudencia, firmaron el “Documento sobre Fraternidad Humana por la paz mundial y la convivencia común”, donde de modo inédito expresan acuerdos fundamentales en materia de convivencia religiosa y política y profundas coincidencias en las bases axiológica racionales sobre las cuales ellas deben asentarse.
Andrea Tornielli, un destacado vaticanista, lo consideró «no sólo un hito en las relaciones entre el cristianismo y el islam, sino que representa también un mensaje con un fuerte impacto en la escena internacional».
El contenido expresa no sólo puntos básicos comunes de ambas tradiciones religiosas, sino también la adhesión de ambas a muchos de los valores de la cultura moderna y contemporánea. Dignidad de la persona humana, fraternidad y solidaridad, rechazo a toda clase de violencia en materia religiosa, cuidado del medio ambiente y de la casa común son algunos de esos valores comunes expresados en el Documento.
También se pone de manifiesto una común visión trascendente, teísta, creacionista y personalista, y se formula una fuerte denuncia y condena a los que entienden son algunos de los principales males de nuestro tiempo: las guerras, el armamentismo, la degradación moral, las injusticias y desigualdades sociales, la discriminación, el terrorismo, el extremismo, el fundamentalismo, el integrismo, la corrupción, etc., y se llama a los creyentes a luchar contra esas lacras morales y políticas.
El valor principal que se afirma y que da el título al documento es el de la fraternidad humana. En efecto, la Declaración se formula

“En nombre de la «fraternidad humana» que abraza a todos los hombres, los une y los hace iguales. En el nombre de esta fraternidad golpeada por las políticas de integrismo y división y por los sistemas de ganancia insaciable y las tendencias ideológicas odiosas, que manipulan las acciones y los destinos de los hombres”.
Se afirma con absoluta claridad que toda religión verdadera es contraria a la guerra, a la violencia y a toda forma de extremismo, que pueden ser en ocasiones consecuencias de la desviación o instrumentalización del genuino sentimiento religioso:
“Además, declaramos –firmemente– que las religiones no incitan nunca a la guerra y no instan a sentimientos de odio, hostilidad, extremismo, ni invitan a la violencia o al derramamiento de sangre. Estas desgracias son fruto de la desviación de las enseñanzas religiosas, del uso político de las religiones y también de las interpretaciones de grupos religiosos que han abusado –en algunas fases de la historia– de la influencia del sentimiento religioso en los corazones de los hombres para llevarlos a realizar algo que no tiene nada que ver con la verdad de la religión, para alcanzar fines políticos y económicos mundanos y miopes. Por esto, nosotros pedimos a todos que cese la instrumentalización de las religiones para incitar al odio, a la violencia, al extremismo o al fanatismo ciego y que se deje de usar el nombre de Dios para justificar actos de homicidio, exilio, terrorismo y opresión. Lo pedimos por nuestra fe común en Dios, que no ha creado a los hombres para que sean torturados o humillados en su vida y durante su existencia. En efecto, Dios, el Omnipotente, no necesita ser defendido por nadie y no desea que su nombre sea usado para aterrorizar a la gente” (1).
Desde una visión fundada en verdades religiosas que se comparten, se hace un claro llamamiento para el logro de una convivencia pacífica y fraterna en el mundo:

“Nosotros –creyentes en Dios, en el encuentro final con él y en su juicio–, desde nuestra responsabilidad religiosa y moral, y a través de este Documento, pedimos a nosotros mismos y a los líderes del mundo, a los artífices de la política internacional y de la economía mundial, comprometerse seriamente para difundir la cultura de la tolerancia, de la convivencia y de la paz; intervenir lo antes posible para parar el derramamiento de sangre inocente y poner fin a las guerras, a los conflictos, a la degradación ambiental y a la decadencia cultural y moral que el mundo vive actualmente”.
Desde la perspectiva católica, el Documento es una reafirmación de principios ya expuestos en las enseñanzas magisteriales, especialmente después del Concilio Vaticano II, sobre la libertad religiosa, la justa autonomía de lo temporal, los derechos humanos, etc., y más recientemente sobre los temas ecológicos.
En cambio, al menos para los estudiosos occidentales, la afirmación de esos valores por una de las máximas autoridades religiosas del ámbito musulmán constituye una cierta novedad por demás auspiciosa.
La afirmación de la fraternidad humana universal que trasciende a la pertenencia a una determinada comunidad religiosa o nacional; la renuncia completa a la violencia, a la guerra o al extremismo como medio de difundir las convicciones religiosas; la afirmación de la libertad religiosa como derecho humano fundamental; la promoción de una cultura de la tolerancia, la convivencia y la paz; el valor positivo de la religión; la consideración valiosa de los progresos científicos y técnicos; el derecho a una ciudadanía política plena de todas las personas, más allá de su pertenencia religiosa; los iguales derechos de la mujer; la importancia central de la familia en la vida social, los derechos sociales de los menores y ancianos, a quienes se identifica como grupos vulnerables merecedores de una especial atención y tutela por parte de las autoridades públicas y la protección impostergable del medio ambiente son principios que se reafirman, comparten y expresan en el texto.
El Documento constituye un avance muy considerable en el diálogo interreligioso entre catolicismo e islamismo y ofrece múltiples posibilidades para su profundización en el futuro, con los innumerables beneficios que ello tiene para la convivencia universal.

El autor es Miembro de la Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Aires

1. En su parte final, señala el Documento que el pretende ser “un llamamiento a toda conciencia viva que repudia la violencia aberrante y el extremismo ciego; llamamiento a quien ama los valores de la tolerancia y la fraternidad, promovidos y alentados por las religiones”.

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