Un Sínodo inédito

La organización de un próximo Sínodo en la región Panamazónica provoca una cierta curiosidad desde el punto de vista eclesial: ¿qué importancia tiene esta región cuya población es pequeña en relación con otras notablemente más pobladas o con problemas significativamente mayores? Es una pregunta introductoria y capciosa, porque no existe un criterio meramente humano para discernir la importancia de un sector de la Iglesia: la Iglesia que peregrina en la región de Amazonía es tan valiosa como la que lo hace en otra parte del mundo.
Naturalmente, el interés de realizar este Sínodo está relacionado con el sustrato territorial y biológico de la zona: las selvas amazónicas sostienen buena parte del equilibrio del planeta. Son, en una metáfora más cercana a la realidad que a la literatura, uno de los “pulmones“ de la biosfera.
El Instrumentum laboris de la Asamblea Especial para la Región Panamazónica del Sínodo de los Obispos, que se realizará del 6 al 27 de octubre en Roma, lo especifica: “El territorio de la Amazonía comprende parte de Brasil, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Guayana, Surinam y Guayana Francesa en una extensión de 7,8 millones de km2, en el corazón de América del Sur. Los bosques amazónicos cubren aproximadamente 5,3 millones de km2, lo que representa el 40% del área de bosque tropical global. Esto es apenas el 3,6% del área de tierras emergidas de la tierra, que ocupan unos 149 millones de km2, o sea, cerca del 30% de la superficie de nuestro planeta. El territorio amazónico contiene una de las biosferas geológicamente más ricas y complejas del planeta. La sobreabundancia natural de agua, calor y humedad hace que los ecosistemas de la Amazonía alberguen alrededor del 10 al 15% de la biodiversidad terrestre y almacenen entre 150 mil y 200 mil millones de toneladas de carbono cada año” (n. 10).
Tal situación geográfica y ecológica determina una originalidad que no tiene comparación. Por otra parte, ese marco la convierte en una zona con relevancia real sobre el clima de la Tierra. En otras palabras: siendo una realidad local, adquiere una importancia para todos los habitantes del mundo.
Parece muy atinada la focalización del documento. En el capítulo 1 se explicita: “Este Sínodo se desenvuelve en torno a la vida: la vida del territorio amazónico y de sus pueblos, la vida de la Iglesia, la vida del planeta” (n. 8). El concepto “vida”, claramente analógico, atraviesa el proyecto sinodal. Resulta positivo que se haya consolidado una visión integral de la vida, saliendo de perspectivas unilaterales: salvación del alma, liberación socio-política, eclesiocentrismo, etc. En este sentido, la Amazonía aparece como un símbolo de la unidad entre creación y plan de salvación. La soteriología –doctrina de la salvación– incluye alma, cuerpo, cultura, sociedad y también naturaleza. Del “salva tu alma” al “salva el Amazonas” hay un salto analógico que no excluye a ninguno de los elementos del conjunto. En este sentido, el Sínodo puede colaborar para equilibrar una mirada de la evangelización polarizada en lo meramente espiritual o lo puramente socio-político.
En este punto es conveniente advertir un hecho que, aunque evidente, suele diluirse en los documentos eclesiales: la Iglesia es parte del problema ambiental, no una entidad espiritual que viene a resolver todo. En otras palabras, hay una dimensión antropológica y ontológica común entre creyentes y no creyentes; sólo por “estar” en el mundo se lo transforma, se lo altera. También la Iglesia en Amazonía ha modificado los ecosistemas: no hay neutralidad eclesial aquí. Pero, además, ha habido mucha connivencia –intencional o no– en proyectos de deforestación, destrucción de biodiversidad, etc. con participación directa o indirecta de católicos. En efecto, gran parte de los pueblos amazónicos han sido cristianos; muchas empresas, incluso de las que la Iglesia se ha beneficiado, están organizadas por cristianos. Este es un tema clave, sobre el cual se debería profundizar en el Sínodo. Poco ayudan los planteos dicotómicos o desencarnados. Se necesita de un trabajo conjunto de científicos lo más neutrales posible, habitantes de las regiones, filósofos y teólogos, sociólogos y economistas que puedan ayudar a discernir la posibilidad –o no– de un desarrollo sostenible en la zona amazónica.
En particular, sería de esperar que los teólogos que influyan en el Sínodo no trasladen dicotomías sociológicas sobre temas cuya raíz es absolutamente común (la Tierra, su destino). No hay aquí una “teología del pueblo” o “de la liberación” que deba ser opuesta simplistamente a una teología del neoliberalismo. La cuestión parece mucho más compleja. Por lo pronto, todos los implicados en la región –salvo quizás los grupos que conservan una vida más marginada, algo que el texto recuerda– participan de estructuras tecnológicas, económicas, industriales y comunicacionales surgidas en su mayoría en el marco de la Modernidad liberal, científica y tecnológica. Se trata, obviamente, de esa Modernidad que está produciendo efectos devastadores e inimaginables sobre el ambiente. Sin embargo, la Iglesia también “está” inmersa en ese mundo (viaja con aviones y combustible fósil, utiliza bancos o los tiene directamente, apoya industrias o investigación tecnológica). Incluso, muchas veces, se producen discursos cruzados originados en miembros eclesiales: se condena la destrucción ambiental pero se promueven sistemas productivos contradictorios. En ese sentido, resulta interesante una matización que incluye el Instrumentum laboris en este tema. Y cuando habla de “corrupción” se integra a las estructuras eclesiales (n. 81). Se previene sobre el cuidado en los financiamientos económicos que puedan provenir de empresas que producen daños ambientales. “Considerando la situación de carencia de medios económicos de las Iglesias particulares en Amazonía, se debe prestar una especial atención a la procedencia de donaciones u otra clase de beneficios, así como a las inversiones realizadas por las instituciones eclesiásticas o los cristianos. Las Conferencias episcopales podrían ofrecer un servicio de asesoramiento y de acompañamiento, de consulta y de promoción de estrategias comunes frente a la corrupción generalizada y también frente a la necesidad de generar e invertir recursos para apoyar la pastoral” (n.83).
En el texto a debatir no aparecen caminos para una explotación económica racional. Por otra parte, hay una tendencia a exaltar las culturas y las creencias de los pueblos aborígenes, sin considerar que el anuncio del Evangelio supone también replanteos de tipo antropológico-culturales. El presidente brasileño, Jair Bolsonaro, ha manifestado públicamente su “preocupación” por las definiciones que puedan surgir del encuentro en Roma. Su Jefe de Gabinete de Seguridad Institucional, el general Augusto Heleno Ribeiro Pereira, adelantó su estrategia: “El Gobierno también buscará alianzas con gobernadores, alcaldes y autoridades eclesiásticas para intentar reducir el alcance de la conferencia”.
Por otro lado, el Instrumentum laboris dedica mucho espacio a cuestiones relacionadas con la estructura eclesial de la región, en vistas a su tarea evangelizadora. En parte por la tradición propia, en parte por el contexto natural y sociológico, pero también por dificultades internas –faltas de agentes de pastoral, “heridas” por la colonización, lugar de la mujer– propone algunas sugerencias que han sido recogidas –en forma casi exclusiva– por los medios de comunicación: ordenación de hombres mayores casados, reubicación de la mujer en las comunidades, valorización de los sabios de los pueblos originarios que puedan transmitir inculturadamente el Evangelio, liturgias más adaptadas en lenguas y símbolos a las culturas locales, entre otras. Cabe señalar que se trata de un texto para debatir, no constituye un documento de la Iglesia.
Daría la impresión que el Sínodo se ve como un “ensayo” para otras Iglesias locales, una especie de ámbito de prueba de cambios que resultan más dificultosos en otras regiones. Una Iglesia que se reforme en su estructura para hacerse más misionera, en un contexto en el que la naturaleza cercana, nuestra biosfera, se muestra aceleradamente más finita y vulnerable. De este modo, regiones que antes parecían remotas, se transforman en casi sagradas, desde el punto de vista de la supervivencia global. En este sentido, el Sínodo bien puede ser un aporte para la conciencia ambiental general como también una vía de concreción de caminos misioneros ajustados a la fragilidad de la vida en el planeta.

RECUADRO
El documento completo está disponible en: http://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2019/06/17/ins.html

1 Readers Commented

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  1. horacio bottino on 28 septiembre, 2019

    Se acabó el eurocentrismo imperialista colonial tiránico

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