La poesía y el teorema

Durante muchos años, como parte de un tema de nuestra disciplina (la arquitectura), tuvimos conocimiento de la obra y las ideas de un estudio español situado en Cataluña y encabezado por dos arquitectos que eran amigos entre sí: Joan Margarit y Carles Buxadé. Así, la fórmula Margarit y Buxadé se hizo familiar para los que teníamos contacto frecuente con la arquitectura contemporánea.
Lo que no sabíamos, lo que ignorábamos del todo en este suburbio, era que el arquitecto Joan Margarit iba a recibir el Premio Cervantes 2019, pero no en su carácter de arquitecto reconocido sino en su condición de poeta notorio y bilingüe (catalán y español). Nada menos.
Y esto último viene a demostrar que no es muy afinado nuestro contacto con la poesía contemporánea, ya que el colega arquitecto publicó casi un libro por año durante un tiempo y vine a conocer el premio que acaba de recibir por una página del diario La Nación y una breve y maciza entrevista en Babelia, el prestigioso suplemento de cultura del diario El País, de España.
Para ubicarnos en cuanto a las cualidades de la sociedad que mencioné al comienzo de estas líneas, baste decir que participan en la actualidad de las obras que se realizan en la Sagrada Familia (proyecto de Antoní Gaudí) de Barcelona. Pero además, son coautores –con Martorell y Bohigas– del Palacio Nuevo de la Rambla (1990/93) en Barcelona, donde participaron en varios trabajos notables para los Juegos Olímpicos de 1992, entre ellos el Anillo Olímpico de Montjuic.
Pero ocurre algo curioso y simétrico: del mismo modo de nuestro desconocimiento de su vasta y sólida obra poética, los que lo veneran por su escritura ignoran sus múltiples logros notables en el campo de la arquitectura. Por eso es preciso destacar que vincular a la arquitectura y la poesía no parece caprichoso y desde hace mucho hemos calificado a célebres arquitectos como poetas por los perfiles de su producción. Así, el finlandés Alvar Aalto (Kuortane, 1898/1976); o Louis Kahn, estonio-norteamericano (nació en Estonia en 1901, pero llegó a los 4 años a los Estados Unidos, donde se crió y trabajó en Filadelfia); y Peter Zumthor, genial arquitecto suizo (Basilea, 1943) que recita un poema cuando imagina un nuevo espacio.
La primera vez que –junto con mi esposa– ingresamos a la maravillosa Santa María dei Fiore, en Florencia, fue hace 50 años. Y ocurrió entonces algo inolvidable: yo no soy cristiano, y al estar debajo de aquella cúpula mítica, en la magia de ese espacio, me puse a llorar. Porque percibía a la vez una experiencia lírica y sensorial. La obra de Filippo Brunelleschi (Florencia, 1377/1446) rebosaba poesía.
Entre más de quince libros publicados, en español y en catalán o en ediciones bilingües, por Joan Margarit, elegí seis que ya proclaman un resplandor desde el título, uno de los cuales puede despistar al distraído, se llama Cálculo de estructuras, y no es un tratado de hormigón armado, es un libro de pura poesía, aun cuando su autor redactó también con su socio Carles Buxadé un volumen que sí explica el Método Margabux para resolver esqueletos edilicios.
Los otros cinco títulos que propongo observar son: Para tener casa hay que ganar la guerra, Misteriosamente feliz, Arquitectura de la memoria, Casa de misericordia y Amar es dónde.
Cuando le preguntaron en Babelia qué le hizo querer ser poeta, Margarit –siempre austero y medido, virtudes que enriquecen por igual sus dos vocaciones– respondió: “El amor. Con 17 años me enamoré de una chica y le escribí el único poema mío que me sé de memoria (y el único que nunca he recitado ni recitaré en público)”. Esto lo dice con una sonrisa de boca chiusa, que es el rasgo de su rostro de hombre bueno y medido, casi tímido a sus 81 años.

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