Los que se fueron

La Fundación Sales dio a conocer en la Academia Argentina de Letras una original antología poética recopilada por Santiago Sylvester y presentada por Santiago Kovadloff.

Con la presencia de la titular de la Academia, Alicia María Zorrilla, y de varios académicos, el director de la Fundación Sales, Arturo Prins, abrió la presentación indicando que la antología es la cuarta que se edita, con 25 poetas argentinos contemporáneos cada una, diferenciadas por sus antólogos –Osvaldo Svanascini, Antonio Requeni y Sylvester–como poesía Renovadora, Tradicional, De las provincias y Los que se fueron.

Este nuevo volumen tiene analogías con la actividad central de la Fundación Sales desde hace 43 años, que es el sostenimiento de científicos argentinos. Muchos de nuestros investigadores emigran y no vuelven. De allí el apoyo de la Fundación para que permanezcan en el país.

Prins recordó a dos Premios Nobel de ciencias que fueron miembros de la Academia Argentina de Letras: Bernardo Houssay y Luis Federico Leloir. Precisamente a sus discípulos apoya la Fundación Sales.

Consciente de que no se incluyó a otros valiosos poetas, la Fundación editará un segundo tomo de cada uno de los publicados, para completar el número de 50 poetas por tomo, con los mismos criterios de selección. Así, la obra completa expresará a 200 autores de reconocida excelencia y trayectoria.

Reproducimos aquí fragmentos de los discursos de presentación de la Antología.

Nuestra tierra suele expulsar gente propia

La Argentina se ha jactado siempre, con algo de razón, de ser un país receptor de gente llegada de todas partes del mundo. Una prueba práctica y muy a mano podría ser la guía de teléfonos de cualquier ciudad: allí conviven pacíficamente apellidos de las más variadas procedencias, lo que denota la mezcla afortunada que somos, lograda rápidamente y casi sin conflictos. Sin embargo, una vez aceptada esta evidencia, también parece cierto lo contrario: que vivimos en una tierra que cada tanto expulsa gente propia. Una afirmación que puede sonar un poco dura, pero siempre es perfectamente inútil negar la realidad.
También podemos recordar que estamos vivos en un mundo que se mueve: somos seres en tránsito, no necesariamente fijados en un sitio, ni demasiado sedentarios, y ésta sería una comprobación algo tranquilizadora porque vendría a decirnos que los argentinos nos vamos, y a veces volvemos, porque el movimiento está en la naturaleza humana. Y está bien, aceptemos esta premisa; pero después tenemos que recordar que la movilidad de nuestra gente ha estado desde el comienzo signada por nuestra historia.
La cantidad de próceres que sufrieron exilio es notable: Sarmiento, Alberdi, Echeverría y buena parte de la llamada Generación del ‘37 (siglo XIX); y desde entonces, periódicamente, hay una grey argentina distribuida por el mundo, un fluir constante que ha respondido a distintas razones, la mayoría desdichadas.
El exilio político ha estado en el ADN de nuestro siglo XX, y todavía podemos recordar que salvar la vida, eludir la cárcel o la tortura, son acciones que marcaron para siempre nuestra vida nacional, además de dejar rastros imborrables en mucha gente. A esto se sumaron razones menos dramáticas, pero a veces tan urgentes como resolver dificultades económicas, laborales o de destino personal. Y podemos agregar otras razones: estudio, formación o simple necesidad de irse; pero lo cierto es que nunca dejó de haber una comunidad de nuestro país dispersa en el extranjero.
En ese trastierro, que tuvo como destino muchos países, la presencia de los poetas ha sido numerosa; y ya va siendo hora de recogerla en una muestra que los instale como parte de la poesía argentina. Demasiadas veces, y salvo contadas excepciones, esos poetas reciben el tratamiento de quedar en una frontera más bien difusa: no siempre reconocidos en el país de destino, y bastante olvidados en el de procedencia.
Recoger en una publicación esa comunidad que vive en distintos países, de también distintas lenguas, parece ser un caso de justicia evidente, aunque haya que contar con limitaciones de información, de comunicación, incluso de difusión de las obras. En esta selección, la tarea está hecha con la premisa de que los incluidos son poetas que viven, o han vivido, en el extranjero, y que no han vuelto a residir en la Argentina; es decir, aquí no están los que, después de vivir fuera, han vuelto al país y se han integrado a sus avatares y destino. En esta situación hay muchos, entre los que puedo contar al que ha realizado esta tarea y está escribiendo estas líneas.
El propósito de este libro no es tanto hacer una antología sino una muestra: limitada a 25 poetas, de acuerdo con las características de la colección de antologías que viene publicando desde hace tiempo la Fundación Sales en sus Ediciones Papiro.

Santiago Sylvester

La antología expresa a poetas dispersos por la tierra

La antología poética que hoy presentamos remite a algunas realidades simbólicas que exceden el campo de la poesía. En la historia argentina hay un rasgo distintivo, como bien recordaba Sylvester, entendido como el destino de quienes por razones políticas se vieron obligados a dejar el país. No somos pocos los que tenemos hijos o nietos que han tenido que irse o han querido irse. Nuestro país ha sido el destino de quienes siguen llegando, y es el punto de partida de quienes se siguen yendo.
Si me permiten una referencia personal, lo menos que puedo decir, como judío, es que pertenezco a un pueblo que fue de aquí para allá durante por lo menos 21 siglos. Mis padres nacieron aquí y dejaron la Argentina en los años ‘50. Mi hijo mayor reside en Londres desde hace 30 años. No se fue del país por razones políticas, sino por razones no del todo comprensibles para un padre y una madre que lo extrañan. Allí siguió haciendo su vida, la fundó de un modo distinto al que habría sido de haberse quedado aquí. Como poeta que figura en esta antología con otros que se fueron, integra esa estirpe de argentinos que escriben en su propio idioma, el castellano, esa otra patria que reúne a los poetas de este libro: la lengua común, un territorio.
Quiero decir aquí algo acerca de su editor, Arturo Prins y la Fundación Sales que dirige. La generosidad que significa e implica el hecho de publicar poesía es realmente elogiable. Es cierto que se trata de una fundación, que no busca un negocio, pues editar poesía significa consagrar un esfuerzo editorial, el reconocimiento a una palabra poco exitosa en el mercado de venta y compra, y de lectura. No conozco a un solo poeta al que le convenga escribir poesía. Hay una fatalidad de hacer, que se llama vocación, la vocación de un editor como Arturo Prins y la fundación que dirige. Estamos ante un editor vocacional de poesía. Tenemos que agradecer su dedicación a la poesía. Y también al autor de este libro, al autor de Los que se fueron, Santiago Sylvester.
Es mucho lo que podría decir de él porque es mi amigo. Y es mucho lo que podría decir de él porque es un poeta al que admiro. Voy a tratar de llegar directamente a ambas cosas. Este libro está amparado, sin darle dramatismo, por una vida y una trayectoria personal. No dudaría en llamarlo un libro autobiográfico. Esta antología está precedida por otra que él mismo realizó sobre poetas argentinos que forman parte de otro exilio, del exilio de vivir en el interior del país. Poetas que aún no gozan de prestigio, del consenso siquiera, en quienes Sylvester vio algo consistente como es la dedicación a la poesía y por eso los reunió en la anterior antología de Poesía de las provincias que también editó la Fundación Sales.
Un hombre como Sylvester, que recorre buena parte de su país cediéndole un espacio a los que se dedican a la poesía, es de alguna manera un oyente de lo diaspórico, de lo que está escindido, de lo que está segmentado. Genera espacios de convergencia para que se escuchen unos a otros. Hombres y mujeres que acaso no se hubieran encontrado o no se encuentren nunca en su vida, pueden encontrarse en esta nueva antología que hoy presentamos, escucharse, descubrirse transgeneracionalmente. Aquí hay muertos memorables, como Juan Gelman, y gente nacida en el año 1974, dispersos por la tierra. Todo esto lo realizó un hombre, Sylvester, que conoció la incertidumbre de saber si volvía o no de un exilio, que en algún momento se preguntó y que en algún momento dijo ahora o nunca.
Cuando él reúne a Los que se fueron, sabe de qué está hablando.

Santiago Kovadloff

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