Reseña de Sólo la noche, de John Williams (Buenos Aires, 2019, Fiordo)

La habitación de Arthur, quien vive sin mayor compañía que sus fantasmas y voces interiores, y es la puerta de acceso a una soledad conmovedora. “Una figura solitaria sobre una extensión desértica inmutable no está tan sola como alguien que se pierde en la infinitud de una ciudad abarrotada” se lee. Pero no será un día más en la rutinaria vida de este joven de 24 años; se ve interrumpida por una carta y una invitación. Aceptar la cita podría ser la oportunidad de sanar antiguas heridas –tan profundas como para no haber podido transitar su vida adulta– pero también el riesgo de revivir esos viejos traumas nunca superados.
¿Es posible recomponer el vínculo primordial de un padre y un hijo cuando lo único que los une es una ausencia? ¿Puede enterrarse el horror para trazar un futuro feliz, una vida común?
Aún cerca de una mujer bella, deseada, el dolor se impone hasta tornarse monstruoso: “Ahí estaban ellos, tan cerca el uno del otro que sus cuerpos se tocaban, cada uno consciente de la presencia del otro, cada uno a su manera preocupado por el otro, cada uno esforzándose por perforar la carcasa del otro para descubrir una realidad interior, tratando de convencer al otro, de la manera más sencilla posible, de salir de su carcasa; y ambos fracasaban miserablemente en cada intento”.
Sólo la noche es la primera novela de John Williams, escrita en 1948, y traducida por primera vez al castellano por la editorial argentina Fiordo, que hace unos años también publicó Stoner, donde el escritor y poeta norteamericano narra la conmovedora vida de un profesor universitario que se vuelve entrañable a medida que avanzan las páginas.

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