Olga Orozco, el centenario en la sombra

Su departamento del 9° piso de la calle Arenales tenía un pequeño balcón repleto de plantas. Eran tantas que casi no podía verse hacia al exterior desde un interior dominado por muebles de noble madera y más plantas con flores. No alcanzó la fama que permiten las instantáneas y las aglomeraciones aunque tiene el sitial reservado de una de las grandes poetas argentinas y, quizás, la última de gran jerarquía del siglo XX. Olga Orozco perteneció a mundo para iniciados donde está presente lo inasible, el tiempo, la memoria, la búsqueda de Dios y, con seguridad, la muerte como la acechanza más evidente de su magistral poética. Murió el 15 de agosto de 1999 lejos de su pampeana Toay natal, que hoy la evoca como la hija pródiga de un mundo alucinado, repleto de fantasmas y sombras, y que la vio nacer el 17 de marzo de 1920. En 1928 la familia se trasladó a Bahía Blanca, donde una sombrerera italiana le enseñaría los secretos del tarot, y de allí, a Buenos Aires hacia 1936. Su llegada a la gran ciudad le permitió cursar estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA (en la revista del Centro de Estudiantes publicaron por primera vez un poema suyo) así como aproximarse al surrealismo argentino, donde descollaba la personalidad chispeante de Oliverio Girondo. “Lo conocí en 1939 en una comida de escritores donde él devoraba una polenta con pajaritos. No pude evitar una lágrima piadosa con esos frágiles huecesitos que crujían en sus fauces. De pronto rechazó el plato y exclamó: ‘No puedo comer cuando una ninfa llora’”, recordaría Orozco a propósito de su primer encuentro con el autor de Espantapájaros, el inicio de una amistad que se prologaría toda la vida. Un año más tarde formará parte de la revista Canto, acompañando a su esposo Miguel Ángel Gómez, que fue el director junto a Julio Marsagot y Eduardo Calamaro (sólo hubieron dos ediciones).
Publicó su primer libro a instancias de Rafael Alberti, que leyó en una fiesta la revista y la señaló entre los mejores escritores de la publicación, así como a Enrique Molina (con quien Orozco vivió un apasionado romance entre 1944 y 1948). En esa tertulia estaba también Gonzalo José Bernardo Juan Losada Benítez, que confió en la recomendación y en 1946 editó en Losada su primer libro titulado Desde lejos. Pese a la gran agitación política del momento, que se reflejaba en el campo de las artes, será la muerte la protagonista de su escritura. Pero no la muerte heroica del campo de batalla, el sacrificio ante el ideal o la tragedia que se impone, sino el mundo espectral de seres conocidos que se acercan susurrando desde otro plano, con la muerte como alteridad y entendimiento dentro de un camino presente desde la vida: “Esperadme, esperadme, inasibles criaturas del rocío, porque despertaré / y hermoso será subir, bajo idéntico tiempo, / las altas graderías de la ciudad del sol y las tormentas, / y repetir aún, sin desamparo, las radiantes edades que la tierra enamora”. (“Quienes rondan la niebla”).
Al vínculo onírico de las imágenes del surrealismo, la autora añade la dimensión metafísica en un diálogo permanente con Dios. La metáfora simbólica del más allá se profundizará en Las muertes (1952), donde subyace el poema homónimo y desde donde pueden resumirse las constantes poéticas: la muerte, la metafísica del ser, lo onírico, el ritual y el paso del tiempo con anclaje en el pasado. Esa obra de juventud es el catalizador de toda su literatura posterior.
Pero había en paralelo otra Olga Orozco. Con su gravitante voz hacía comentarios sobre teatro clásico español y argentino y participaba de radioteatros en Radio Municipal, y luego también en Radio Splendid, en la compañía de Nydia Reynal y Héctor Coire. Seguramente allí conoció al actor José María Gutiérrez, quien fue su pareja, y juntos tuvieron un bar-happening denominado “La Fantasma” en San Telmo, epicentro de tertulias de los poetas, donde se paseaba disfrazada de fantasma. En ese bar se producirá el encuentro entre Olga Orozco y Alejandra Pizarnik, quien le entregó algunos poemas que luego aparecerían en La tierra más ajena, y sellaron una amistad inquebrantable hasta el suicidio de Pizarnik en 1972. Pese a los direccionamientos diferentes, estaban emparentadas creativamente en lo metafísico, con un mismo punto de partida, lo apocalíptico y el deseo; en un caso el deseo ante la pérdida (Orozco) y en el otro, como escape de la pulsión sexual (Pizarnik).
En 1979, ya con varios libros publicados, en Mutaciones de la realidad dedicó “Pavana para una infanta difunta” a Alejandra Pizarnik: “¡Ah los estragos de la poesía cortándote las venas con el filo del alba, / y esos labios exangües sorbiendo los venenos de la inanidad de la palabra! / Y de pronto no hay más. / Se rompieron los frascos. / Se astillaron las luces y los lápices. / Se desgarró el papel con la desgarradura que te desliza en otro laberinto. / Todas las puertas son para salir. / Ya todo es el revés de los espejos”. Curiosamente un fin concreto que no observa atisbos desde otro mundo y para el cual no hay retornos ni mitificaciones.
Entre Las muertes, cuya edición original cuenta con ilustraciones de Juan Battle Planas, y Los juegos peligrosos, su siguiente trabajo, existe una pausa de diez años. Este libro explicita un mundo interior donde están presentes la cartomancia, la astrología e incluso el peligroso juego del amor. Es un libro de fractura del mundo tangible, donde lo desconocido e inasible toma posesión, invadiendo el ámbito de lo real. Este libro expande los límites del verso de 13 a increíbles 112, entre el poema más corto y el más largo, y Los juegos peligrosos convierte a Olga Orozco en una poeta dentro del canon porque gana el entonces influyente Primer Premio Municipal de Poesía en 1962. A partir de ese libro el surrealismo de algunos primeros poemas es abandonado de pleno a favor de la obra orgánica que indaga el misterio personal y no existen fronteras entre la realidad y la búsqueda ontológica de Dios. No casualmente su siguiente libro de poemas, Museo salvaje (1974) –escribe en 1967 La oscuridad es otro sol como aproximación a una narrativa poética autobiográfica– desnude el artificio literario y lo exponga sin miramientos.
Los ‘60 también fueron para Olga Orozco una aproximación al periodismo, como redactora de la revista femenina Claudia, donde llegó a utilizar ocho seudónimos escribiendo sobre los temas más variados: “Consultorio sentimental” por Valeria Guzmán, “Libros” por Martín Yánez; “Comentarios científicos” por Jorge Videla; “Ocultismo” por Richard Reiner; Temas varios por Sergio Medina; notas frívolas por Carlota Ezcurra; “Moda” por Elena Prado y las biográficas por Valentín Charpentier. La directora de Claudia quiso compilar sus notas periodísticas pero ella se negó. Asimismo, entre 1968 y 1974 trabajó junto a María Julia Onetti (prima de Juan Carlos Onetti), en el horóscopo del diario Clarín, donde compartían la firma “Canopus”.
Esa década significó también la llegada del amor. En un viaje a París conoció al arquitecto Valerio Peluffo, al que reencontró en una reunión de amigos en Buenos Aires y donde la dueña de casa pidió una tirada de tarot; y él también: “Le dije que estaba muy deprimido porque acababa de tener una ruptura de carácter afectivo. Pero que no se preocupara, que la mujer de su vida estaba a sus puertas. Que era una mujer morena, de ojos claros, que era artista, una mujer muy sensible, muy inteligente, generosa, comprensiva… una mujer fantástica. Y él anotaba absolutamente todo. Después me llevó a casa, siguió llamándome por teléfono, fuimos a comer, vimos Bonino aclara ciertas dudas, fuimos al teatro, bueno, después nos casamos. Cuando yo hacía algo que no le gustaba sacaba el papel y me decía: ‘Mirá el retrato que te hiciste’, y yo no pensaba para nada que estaba hablando de mí”, confió en una entrevista televisiva. Vivieron juntos hasta la muerte de Peluffo en 1990. Cuatro años más tarde el libro Con esta boca, en este mundo lo recuerda: “Ah, si pudiera encontrar en las paredes blancas de la hora más cruel / esa larga fisura por donde te fuiste, / ese tajo que atravesó el pasado y cortó el porvenir” (“En la brisa, un momento”). En 1971 Olga recibió en Buenos Aires el Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía.
Pero 1977 será el año de uno de sus trabajos más importantes con Cartas a Berenice. Berenice proviene de un poema de Calímaco (La cabellera de Berenice), y si bien a su autor se lo reconoce como “padre de la bibliotecología”, en el caso del poema donde Berenice ofrece su cabellera a Afrodita relucen los astros, tanto es así que una constelación luego fue bautizada de tal modo. Aunque el nombre también puede rastrearse en un cuento de Edgar Allan Poe vinculado al horror de ultratumba. Pero también el nombre griego Berenice significa “portadora de la victoria”.
Seguramente demasiada referencia histórica y literaria para la auténtica depositaria del nombre y la dedicatoria: una pequeña gatita vagabunda que llegó a la ventana de Olga Orozco a través de una tabla que ella extendió sobre un patio, y que crió con infinito amor durante 15 años y medio. Como suerte de tótem sagrado para la escritora trascendía el perfil de una simple mascota y era todo un universo de sentido. En sus conversaciones con Gloria Alcorta para el libro Travesías, resume: “Cuando yo trabajaba y tenía un horario para levantarme o me quedaba dormida, Berenice me tiraba de la manta a la hora señalada; se trepaba a la cama y yo me despertaba como con un zorro alrededor del cuello. Le escribí un libro cuando murió, los Cantos a Berenice, que son diecisiete cantos”, el libro a través de Berenice resulta una meditación contemplativa de las fuerzas ocultas y también sobre las variaciones del tiempo.
Cantos a Berenice es un libro plurifacético. Está dedicado a una relación tempo-espacial ejemplificada en una suerte de diario sobre la relación de la escritora con su gata, que se convierte asimismo en sujeto depositario de un halo de leyenda. Pero es un destinatario con una relación sujeto-objeto en permanente transmutación a través de todo el libro, lo cual sirve para reafirmar el desdoblamiento metafísico de la protagonista dentro del vínculo interno del relato entre destinatario-hablante.
Los años ’80 serán de reconocimiento pleno, principalmente desde el Gran Premio del Fondo Nacional de la Artes en 1980, al que sucederán el Primer Premio de Poesía Esteban Echeverría (1981), Primer Premio de la Fundación Fortabat (1987), Primer Premio Nacional de Poesía (1988), Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (1989), así como la Láurea de Poesía de la Universidad de Turín (1989). Esos años felices se encuentran enmarcados en la producción de Mutaciones de la realidad (1979) y En el revés del cielo (1987), existiendo entre ambos también La noche boca arriba (1984), que confirma un balance de dos libros por década producidos por la autora, a excepción de los setentas, sin duda los más prolíficos de su carrera.
Mutaciones de la realidad (1979) es el libro que más condensa su poética sobre el tiempo, en relación al análisis del fluir de la cronología, a través de una perspectiva autoconsciente. En Variaciones sobre el tiempo demuestra que el carácter dual de la dimensión metafísica de antaño ha cambiado. El tiempo se agota y no ofrece la seguridad de la alteridad. Es la herida sin alternativas pero también a lo que debe ofrecérsele resistencia, y adquiere la dimensión de una pregunta que todo lo envuelve. El tiempo es destructor y la muerte una presencia.
El sentido religioso, en cambio, se impone en La noche a la deriva (1984), y aquilata la despedida terrena en En el revés del cielo (1987), con una voz constante en la búsqueda de Dios. En Travesías, con la oportuna coordinación de Antonio Requeni, confirma esta reflexión: “Yo soy absolutamente religiosa. Tengo tal vez un exceso de fe y creo más en lo que no veo que en lo que veo”, dijo. Las huellas del catolicismo mariano de su infancia y juventud se funden con los ritos orientales y el culto pagano, lo cual permite situar su trabajo en la consumación de cierto gnosticismo que crea diversos perfiles de su obra y de su entendimiento con la fe.
En 1990 recibió el Premio “San Martín de Tours” al mérito literario; un año más tarde viaja a España invitada por la Universidad de Salamanca para un encuentro del que también participaron el chileno Gonzalo Rojas, el colombiano Álvaro Mutis, el peruano Emilio Adolfo Westphalen y el puertorriqueño Francisco Matos Paoli. Dos años después recibió el Gran Premio de Honor de la Fundación Alejandro Shaw y en 1994 el Premio Kónex de Platino de la Fundación Konex. En 1995 viajó a Washington para recibir el Premio Gabriela Mistral de la OEA, y aquí ganó el Premio Fundación El Libro (1995) y el Premio de Honor de la Academia Argentina de Letras (1995).
En 1993 la también poeta Alina Diaconú la convoca para un libro en homenaje a Alberto Girri, a quien Orozco dedicó el poema “Espejo en lo alto”, que luego incluyó en su último libro publicado en vida, Con esta boca, en este mundo (1994). Sus otros libros, con poemas inéditos, relatos de infancia, antologías y compilaciones, fueron El cerco de Tamarindo (1995), También la luz es un abismo (1995), Eclipses y fulgores (1998) y Relámpagos de lo invisible (1998).
Gustaba de los chocolates con churros de la confitería El Cervatillo, de las plantas de su balcón, de haber regresado luego de muchos años a la casa de Suipacha 1444, donde habían vivido Oliverio Girondo y Norah Lange y sus infinitas tertulias hasta el amanecer. “Allí conocí a Lysandro Galtier, de quien fui muy amiga, a Xul Solar, Rojas Paz, Córdova Iturburu y Evar Méndez. A Molinari lo reencontré, porque ya lo conocía. También conocí allí a Ulyses Petit de Murat, de quien fui muy amiga, y a González Tuñón, que era muy gracioso”, señalaría en Travesías.
El final físico no tuvo poesía: la necesidad de un by-pass, un debilitamiento que preanunciaba el adiós, papeles en orden para un camino a la clínica sin retorno y una mano sostenida por la de Andrea Gutiérrez, ante la perduración del misterio.
En 1998, al recibir el premio de literatura de América Latina y el Caribe Juan Rulfo en México, en un ejemplificador discurso de aceptación Olga Orozco señaló: “La poesía no admite otros compromisos ni otras presiones que los que la ley impone a su existencia o a su naturaleza misma, y que varían de acuerdo con los reglamentos interiores de cada poeta. En cambio, sus posibilidades de liberación son incalculables”.

Pablo De Vita es crítico cinematográfico, profesor universitario y periodista cultural

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