Habitar nuestro espacio interior

“Teníamos que parar, lo sabíamos.
Todos sentíamos que nuestro hacer era demasiado enloquecedor.
Todos nosotros fuera de nosotros mismos.
Agitando cada hora y haciéndola producir.
Necesitábamos detenernos y no pudimos.
Era necesario que lo hiciéramos juntos.
Reducir la velocidad, pero no pudimos.
No había fuerza humana que lo pudiese frenar.
Y es que este era un deseo tácito compartido,
como una voluntad inconsciente, quizás, nuestra especie
desató las cadenas que tenían blindada
nuestra simiente y abrió las fisuras más secretas
para dejarnos entrar.
Ahora estamos en casa.
Es portentoso lo que sucede
y hay oro, creo, en este tiempo extraño.
Quizás hay dones,
pepitas de oro para nosotros, si nos ayudamos.
Hay un destino común que nos mantiene aquí
lo sabíamos, pero no muy bien.
O todos o ninguno.
Un organismo solo. Toda la especie la llevamos dentro nuestro.
Dentro nuestro la salvamos.
En esta cercanía estamos aquí, más atentos creo.
Nuestra mano será más delicada en el hacer de la vida.
Ahora sabemos qué triste es estar a un metro de distancia.

Fragmento de “Teníamos que detenernos”, de Mariángela Gualtieri

Como nunca, en una época como la nuestra, ha habido tanto miedo: tanto miedo para desear, para soñar, para disfrutar con hondura, tanto miedo para vivir la Vida y atrevernos a descubrir de dónde venimos, hacia dónde vamos y quiénes somos de verdad.
Es fundamental descubrir el horizonte, descubrir a dónde queremos ir –que es muy distinto a perdernos por senderos no elegidos–.
Es mucha la gente instalada en el miedo; algunos lo padecen y lo viven como si fuera lo normal, pero la gran mayoría ni siquiera lo advierte porque están atrincherados en rígidos esquemas defensivos y sus vidas terminan convirtiéndose en una penosa lucha de poder y de dominio, en todos los niveles de la existencia.
¿Qué arquetipo y qué sistema de vida está sojuzgando a nuestra sociedad?

ESTADO DE NECESIDAD

Si prestamos atención y no jugamos a las escondidas con nosotros mismos, podemos darnos cuenta –aunque nos resulte incómodo– de cuántas cosas fuimos eligiendo a lo largo de nuestra vida por miedo y no porque es lo que de verdad soñábamos o anhelábamos; por temor a que suceda algo distinto y desacomode esa fuerza repetitiva de la costumbre que nos ata a lo mismo de siempre; para evitar, una vez más, lo desconocido, creyendo que cambiar o intentar nuevos caminos nos llevaría a cosas peores.
Estamos inmersos en una estrecha condición de supervivencia que nos sujeta a un estado de necesidad permanente. Cuando se vive en ese estado de necesidad, las condiciones están dadas para manipular y vulnerar la integridad de las personas, en especial, de los más débiles.
Somos educados como súbditos de una cultura, de una estructura social y, sobre todo, de una política que, tal como es ejercida en la actualidad, no hace más que fomentar el arquetipo de la víctima: el de alguien que se siente carente de recursos propios, por lo tanto, inadecuado e incapaz, y cree que no le queda más remedio que vivir sometido a lo que el exterior le pueda ofrecer y con terror a que pueda quitarle lo poco que posee.
El único y verdadero confinamiento es el estado de letargo en el que estamos sumergidos. Hay quienes duermen y no saben que duermen; y hay quienes duermen, pero tienen consciencia de que duermen.
Nuestra auténtica condición humana es otra y, tarde o temprano, tendremos que despertar de nuestro letargo y vivir una vida lúcida, llena de dones y liberadora.

“CASA TOMADA”*
Si miramos las historias de vida de nuestros antepasados y si las comparamos con las nuestras, han sido –en mayor o menor medida–mucho más duras, con menos recursos, con menos oportunidades. Hoy sabemos muchas más cosas; no obstante, pese a la psicologización que inunda nuestro tiempo, por la cual tendríamos que estar más preparados y confiados que en épocas antiguas, el malestar, el sufrimiento, la vulnerabilidad, la desorientación y la confusión siguen dominando nuestra vida.
¿Por qué la inmensa mayoría vive en una condición tan estrecha y angustiante, perdidos por los pasillos de un laberinto de mera supervivencia?
El poder, el que está oculto e invisible, se ríe en las sombras al ver un escenario poblado por una marea de gente aterida, entre los que se mezclan manipuladores y manipulados, invirtiendo los roles alternativamente. Tanto unos como otros, seres humanos empobrecidos, viven en el exilio de sí mismos.
La educación formatea en lugar de formar, no se educa para el mundo interior, allí donde residen nuestros dones. Crecemos desconectados de nuestro mundo interior, sin verdadero autoconocimiento; peregrinamos sin brújula y sin saber quiénes somos de verdad. Toda la sociedad, cada vez más, nos arrastra a un nivel muy periférico y superficial: se vive de cara al exterior, imitando vidas ajenas y de espaldas a nuestro potencial, que anida en lo más íntimo de nosotros. Consumir y producir es el alfabeto con que escribimos la vida de cada día.
Como en el cuento de Cortázar, nuestra casa, nuestro espacio sagrado, que es nuestra interioridad, allí donde florece nuestra identidad primordial, va siendo ocupada por personajes, con los que nosotros mismos nos vestimos para salir a escena. No brillamos con luz propia, somos eclipsados por la luz artificial de autoridades exteriores que no nos representan y que nos exilian de nuestro propio hogar.
Estamos invadidos y condicionados por propagandas externas que son poderosamente planificadas y programadas. Es impactante ver cómo nuestras mentes, casi en un estado hipnótico, consumen la fabricación de noticias, que se presentan como “información de la realidad”.
No llegamos a darnos cuenta cómo funcionamos en este planeta “globalizado”: a medida que crecemos vamos cediendo nuestra presencia; esa presencia que está ligada a nuestra identidad esencial.
Una angustia latente y, las más de las veces, manifiesta, va tiñendo nuestro día a día y devorando lo mejor de nosotros y también de los otros.
Una de las trampas de lo que llamamos “normalidad” es vivir exactamente al revés de lo que verdaderamente somos. En lugar de actualizar y desarrollar lo que traemos y somos, cada edad que alcanzamos representa la pérdida casi irrecuperable de otra.
Muchos son los que están forzados, en este sistema, a vivir una vida que no es la adecuada para ellos o no la han elegido en absoluto, y transcurren su pequeña existencia en la lucha o en la resignación.
Esa alegría de vivir fue enterrada, poco a poco, por la adaptación forzada, la obligación de cumplir con modelos impuestos y el intento de alcanzar metas que ni siquiera fueron elegidas libremente. Nos hemos acostumbrado a vivir la angustia existencial no como una señal de alerta que nos susurra el camino de regreso a nuestro estado natural de bienestar, sino como un estado crónico, habitual y globalmente consensuado, hasta por las ciencias de la salud.
¿Qué queda de una existencia en la que no hay frescura y libertad, en la que no hay gozo de compartir nuestros dones y en la que, por miedo, nos vendemos como meras fuerzas productivas?

GIRAR LA MIRADA
“Todos nosotros fuera de nosotros mismos”, escribe la poeta.
No hay que atribuir al azar que cada vez más seres humanos sean forzados a vivir en el exilio de sí mismos, sofocados por la extrema condición de supervivencia.
No llegaremos muy lejos si nos empeñamos en seguir huyendo de la realidad que gira a nuestro alrededor y que llevamos dentro.
La vida que late en nosotros sigue siendo ese llamado profundo, gracias al cual –antes o después–, nos invita a retomar nuestra búsqueda interior, a girar la mirada hacia nuestra realidad más profunda y perenne. Dentro nuestro y nunca fuera de nosotros radica nuestra auténtica potencia y autodeterminación.
El despertar de las personas empieza cuando están dispuestas a dejar de ser víctimas y asumir la responsabilidad del propio crecimiento y desarrollo. Ningún programa político y social puede ser fecundo si, además de proveer un techo y comida, no eleva el nivel de consciencia de las personas.
Pero, como sabemos, “un ciego no puede guiar a otro ciego”. La ceguera es propia de un sistema basado en el desprecio por el más débil y la obediencia al poderoso. El miedo y el terror enceguecen tanto al poderoso como al débil.
Si se nos enseñara a dar la vuelta y prestar atención a nuestro espacio interior, a conectar con lo esencial, nos daríamos cuenta de que todo lo que un ser humano sueña y anhela lo lleva consigo. El verdadero crecimiento no es sólo hacia afuera, que es lo más efímero y pasajero –como la vida misma lo demuestra, una y otra vez, cuando nos desilusionamos, nos hartamos o nos desengañamos–, sino hacia lo más hondo de nosotros mismos, allí donde nuestros dones esperan germinar y manifestarse. Es la manifestación de esos dones lo que cultiva nuestra libertad y nuestra dignidad de ser.
Como dice un viejo proverbio: “en la vida aprendemos o por discernimiento o por sufrimiento”. Pareciera que, para la mayoría de todos nosotros, prima el sufrimiento y rara vez nos guía la claridad del discernimiento.
Crisis personales o sociales, quiebres internos o externos, dolores y traumas, llegan a nuestra vida cuando se van agotando los viejos y estrechos recursos con los que aprendimos a afrontar la existencia.
“Vino nuevo en odres nuevos” implica tener el coraje de dejar lo viejo y abandonarse a lo desconocido.
Nuestra alma conoce la sacralidad de la vida y no permitiría jamás tanto sufrimiento gratuito; no vinimos a sufrir sino a manifestar la magnificencia de lo que somos, allí donde lo somos, en nuestro sagrado espacio interior. Lo verdaderamente traumático, lo que nos hace sufrir, es no poder expresar y manifestar nuestro tesoro interior.
El exterior sólo puede facilitar u obstaculizar con sus innumerables programas y condicionamientos, y por más duras que sean las restricciones o prohibiciones que nos cercenan, nunca podrán anular o quitar lo que ya somos en un nivel central y profundo.
La libertad es nuestro destino y la autonomía es una conquista propia de nuestro desarrollo personal y social.

MANIFESTAR LOS DONES
No hay nada que dé mayor plenitud que la actualización de nuestro potencial interior; un potencial de dones que está siempre disponible en ese lugar y será nuestra capacidad de respuesta la que nos desarrollará y nos permitirá descubrir que “hay pepitas de oro para nosotros, si nos ayudamos”.
Las personas que se encuentran con su verdadero ser, en su identidad profunda, no les cuesta realizarse, sencillamente se manifiestan.
Uno de los mayores problemas es que seguimos aceptando acríticamente modelos como cuando éramos niños y, curiosamente, los modelos que se venden en esta sociedad son siempre de grandiosidad, llenos de un ansia voraz de superioridad –es el lenguaje del poder–. Aceptar la propia unicidad, aquello que nos hace ser únicos, no tiene que ver con ser más que los otros. La comparación, ese gesto de mirar constantemente afuera y juzgar, es un camino de ida que nos aleja de nuestras raíces e impide reconocernos en lo que sí somos.
Se nos educa en autoridades de todo tipo y género, siempre mirando hacia afuera y creyendo, ilusoriamente, que la verdad de lo que somos intrínsecamente tiene que revelarla alguna autoridad de turno. Una semilla de girasol no dice: “tengo que hacer un curso para ser girasol”.
Nuestra esencia está hecha sólo de cualidades: nuestra capacidad original de amar, de comprender y de actuar, son las que mueven la vida de cada día y de cada uno de nosotros. El juego de la existencia es la manifestación de esas cualidades que laten en lo más íntimo.
Nuestros dones naturales son la manifestación de esas cualidades primordiales. Lo que llamamos limitaciones o defectos son nuestras cualidades esenciales no desarrolladas.
Toda nuestra vida es constantemente un proceso de actualización de un potencial físico, afectivo, mental y espiritual.
Es nuestra capacidad de respuesta, de movilizar lo mejor de nosotros, la que nos desarrolla, y son mis respuestas las que dependen únicamente de mí. El exterior, con sus estímulos, alienta o entorpece el desarrollo de lo que traemos cuando llegamos a este mundo. Nada ni nadie nos puede arrebatar nuestra esencia.
Siempre estamos buscando la plenitud: todos, con mayor o menor consciencia, deseamos vivir y gozar de la Vida; todos, con mayor o menor profundidad, deseamos comprender y amar porque ésta es nuestra verdadera naturaleza. El problema es que la buscamos en el lugar equivocado, fuera de nosotros mismos; seguimos funcionando bajo un viejo paradigma, basado en la desconexión de nuestra esencia.
Si la primera alfabetización se basó exclusivamente en la instrucción meramente técnica y racional; ya está brotando con más fuerza –siempre estuvo presente pero eclipsado por los autoritarismos de turno– una nueva alfabetización que celebra el encuentro con lo esencial. No podemos ser auténticos sin expresar nuestra propia luz interior.
Algún día alcanzaremos la “mayoría de edad” y, como seres maduros y evolucionados, dejaremos de mirar sólo el afuera, dejaremos de esperar que del exterior nos llegue lo imprescindible y empezaremos a vivir y no tan sólo a sobrevivir.
Alcanzar la “mayoría de edad” es atrevernos a zambullirnos en esta Vida inmensa que nos fue regalada y convertirnos en el centro de nuestra existencia, descubrir la cualidad de ser focos emisores y no sólo receptores, pasar de la carencia al descubrimiento de nuestra potencia, de la culpabilidad a la responsabilidad, del reproche y el reclamo eterno al agradecimiento.

Ángela Sannuti es Licenciada en Psicología

1 Readers Commented

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  1. Luis Jorge on 29 julio, 2020

    Gracias Ángela Sanutti por tus palabras llenas de esperanza. Ayudarnos a redescubrir el maravilloso musterio de la Vida! Es una invitación a ingresar al interior, a descubrir, a responsabilizarse, a comprender y a amar. Hermosa sugerencia para salir de la tiranía del miedo. Gracias!!

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