La Iglesia ante la cuarentena

Como era de prever, el espinoso tema de la cuarentena como respuesta a la pandemia del Covid-19 ha dado lugar a posturas antagónicas, felizmente minoritarias, que sostienen o rechazan en bloque esta estrategia sanitaria. Es que la actual cuarentena reviste el carácter de un verdadero conflicto ético, es decir, una situación que involucra distintos principios o valores que parecen inconciliables, obligando a la búsqueda de soluciones de compromiso, siempre imperfectas, provisorias y opinables, para tratar de atender en la medida de lo posible las distintas exigencias que plantea la realidad.
La cuarentena, en este sentido, genera una tensión inevitable entre el bien común y los derechos individuales, entre la vida física y las necesidades económicas, entre la seguridad del aislamiento y sus consecuencias físicas y psicológicas, entre la agilidad de las respuestas y la penosa búsqueda de consensos, entre la responsabilidad del Estado por la salud de la población y la confianza en la responsabilidad personal, entre el necesario liderazgo presidencial y el respeto de los mecanismos republicanos, etc. Ante semejante desafío, es grande la tentación de buscar atajos, optando por un privilegiar una única perspectiva, en lugar de afrontar el difícil trabajo atender simultáneamente a todos los aspectos de la situación.
Esta tendencia a la simplificación no se verifica sólo en la sociedad civil sino que también tiene lugar dentro de la Iglesia. En su homilía del 25 de Mayo, el Cardenal Poli, comentando el evangelio del Buen Samaritano afirmaba:
“A los que leemos esta parábola en el siglo XXI nos parece un exceso de generosidad, y entra en conflicto con nuestro culto a las libertades individuales, a la vida privada, a nuestro tiempo, nuestras cosas, planes, agendas y proyectos cerrados, donde las necesidades del otro no entran o, en el mejor de los casos, tienen que esperar. Ese modo de ser se paraliza cuando un virus hace saltar todo por el aire y nos devuelve la mirada a lo esencial, para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, valorando el don de la vida a cualquier otro interés, estableciendo un orden de prioridades centrado en el bien común, fijando la mirada en cuidar a todos, especialmente, los que corren más riesgos”.
Sin duda, el principio del Bien Común es fundamental en la enseñanza social de la Iglesia, y su mención en este contexto es oportuna y obligada. Pero en lugar de equilibrar esta referencia con una advertencia sobre la necesidad de respetar al mismo tiempo las libertades individuales, el texto parece sugerir que cualquier conflicto con el Bien Común sólo puede ser el resultado de “nuestro culto” (obviamente, inmoderado) de las mismas.
La razón, a juicio del Cardenal, es que este virus “nos devuelve la mirada a lo esencial”, a saber, que debemos preferir “el don de la vida a cualquier otro interés”. Tal sería el correcto “orden de prioridades fundado en el Bien Común”. Pero si este criterio fuera aplicado consistentemente, la cuarentena debería durar hasta que desaparezca el último vestigio de esta enfermedad, cualesquiera que sean las consecuencias humanas y materiales. Una tal visión es en el fondo contradictoria, ya que por sus consecuencias previsibles pondría en peligro incluso la vida física que se propone defender.
El Cardenal cita en su apoyo al papa Francisco, quien sostiene:
“Algunos gobiernos han tomado medidas ejemplares con prioridades bien señaladas para defender a la población. (…) primero la gente. Y esto es importante porque todos sabemos que defender la gente supone un descalabro económico. Sería triste que se optara por lo contrario, lo cual llevaría a la muerte a muchísima gente, algo así como un genocidio virósico».” (1)
El Papa también señala la vida física como prioridad absoluta, aun a costa del “descalabro económico”, como única forma de evitar un “genocidio virósico”. De esta manera, el conflicto desaparece (de un modo imaginario, por supuesto) y por lo tanto ya no hay necesidad de buscar equilibrios. Pero así se soslaya el hecho de que un eventual “genocidio económico” (para parafrasear la retórica elegida por el Papa) podría acarrear consecuencias de similar magnitud.
En el otro extremo, algunos cardenales, otros prelados y académicos, publicaron el 8 de mayo un “llamamiento” con motivo de la pandemia. (2) En este texto comienzan diciendo:
“Los hechos han demostrado que, bajo el pretexto de la epidemia de Covid-19, se ha llegado en muchos casos a vulnerar derechos inalienables de los ciudadanos, limitándose de forma desproporcionada e injustificada sus libertades fundamentales, entre ellas el ejercicio de las libertades de culto, de expresión y de movimiento. La salud pública no debe ni puede convertirse en excusa para conculcar los derechos de millones de personas en todo el mundo, y menos aún para que las autoridades civiles eludan su obligación de obrar con prudencia en pro del bien común. Esto es tanto más cierto cuanto más aumentan las dudas planteadas por muchos en torno a la verdadera capacidad de contagio, peligrosidad y resistencia del virus. Muchas voces autorizadas del mundo de la ciencia y de la medicina confirman que el alarmismo que han manifestado los medios informativos al Covid-19 no parece totalmente justificado”.
Los autores de la carta parecen haber hecho la opción por una prioridad absoluta distinta: los derechos individuales. Es cierto que mencionan el Bien Común, pero dan a entender que sólo contando con una certeza científica absoluta estaría “totalmente justificado” que las autoridades limiten los derechos individuales de alguna manera. ¿Qué autoridad civil en el mundo entero estaría a la altura de semejante estándar?
En resumen, ambos extremos buscan lo mismo: soslayar el conflicto ético a través de una simplificación, por la cual hay un único valor o un único principio a tener en cuenta. Pero mucho más realista sería focalizarse en la proporcionalidad entre las medidas que se adoptan y todas las consecuencias previsibles, incluyendo las referidas a la vida física. En efecto, si ésta estuviera excluida de toda consideración de proporcionalidad, no se deberían fabricar automóviles, ni construir autopistas, ni autorizar velocidades máximas superiores a los 20 km/h, porque tales decisiones tienen un inevitable costo en vidas.
La proporcionalidad de la cuarentena debe ser monitoreada constantemente, en cada uno de sus aspectos, buscando conciliar en la medida de lo posible las diferentes necesidades, sin acordar prioridad excluyente a ninguna de ellas. Esto es conforme a la Doctrina Social de la Iglesia, que aplica una multiplicidad de principios a cada cuestión, buscando un equilibrio reflexivo entre ellos. Recurrir a esta tradición sería un valioso aporte a la prudencia, la moderación y la humildad que este presente tan delicado reclama de todos nosotros.

Gustavo Irrazábal es Doctor en Teología Moral

NOTAS
1. Carta a Roberto Andrés Gallardo, 30 de marzo de 2020 en La vida después de la Pandemia, Editrice Vaticana, 2020.
2. El texto completo en español puede encontrarse en: https://infovaticana.com/2020/05/07/sarah-y-otros-cardenales-y-obispos-firman-un-importante-documento-sobre-el-coronavirus/ (consulta: 3 de junio de 2020)

1 Readers Commented

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  1. lucas varela on 30 julio, 2020

    Siempre, el orden de prioridades se fundó en el Bien Común. Lo contrario es una “canallada”. El actual presidente se ha cansado de explicar el tema, pero no hay peor sordo que quien no quiere escuchar,
    Este “orden” nunca fue estático, hubo modificaciones sobre la marcha de la pandemia y el proceso de aprendizaje y conocimiento de los científicos y expertos. Y los resultados fueron magníficos, comparado con por ejemplo Estados Unidos (país del agrado del padre Irrazábal).
    Pero el padre Irrazábal parece incapaz de comprender (sospecho que por su ideología extrema) que el orden de prioridad es definido por los hechos, por la evolución del contagio, y por el conocimiento.
    La cuarentena no es peronista, y la libertad tampoco es neoliberal o conservadora. Todo lo que importa es el “bien común”, la salud de “los mercados” está en segunda prioridad, mal que le pese.

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