Producir o perecer: el mandato de la academia contemporánea

Escuché por primera vez la expresión publish or perish (“publica o perece”) en un taller de escritura académica durante mi primer año de doctorado sobre Estudios Islámicos en la Universidad Libre de Berlín. Si bien la expresión me era nueva, no me hacían falta explicaciones para comprender su significado. En el mundo académico de hoy escribir es, antes que nada, una estrategia de supervivencia, no sólo en el sentido metafórico de mantenerse activo como miembro del gremio científico sino en el mucho más concreto de conseguir los recursos mínimos para pagar una renta modesta y una alimentación digna. Las aspiraciones de consumo de un académico sin plaza (es decir, la mayoría de los académicos que sostienen las labores de docencia e investigación en las universidades contemporáneas) cada vez se parecen menos a las de la clase media y más a las de la clase trabajadora. Esa precarización del trabajo académico no es producto de la falta de recursos económicos sino de políticas concretas para transformar a las universidades en el mundo contemporáneo. En efecto, las universidades con peores condiciones laborales de la mayor parte de la planta docente son a su vez las más prestigiosas del mundo occidental: las antiguas universidades británicas (Oxford y Cambridge) y las famosas instituciones de la llamada “IVY league” en los Estados Unidos. En la lucha por la supervivencia dentro de ese sistema deliberadamente precarizado, la escritura tiene un papel central porque se la entiende como el producto mensurable del mérito académico. Una vez dentro de ese sistema, hay que escribir o perecer porque después de más de una década de especialización en una disciplina científica o humanística, difícilmente se cuenta con la preparación para desempeñarse en otro ámbito laboral y, de hacerlo, nos acompaña el oprobio del fracaso. Pero no sólo nos sostiene el miedo al fracaso o el deseo del éxito –alcanzar la estabilidad laboral y el prestigio de una plaza permanente en alguna universidad–; lo que nos mantiene trabajando en un entorno cada vez más hostil y con menos esperanzas de futuro es el amor por el trabajo intelectual, por la educación y por la escritura en sí.
Particularmente en los cada vez más defenestrados ámbitos de las ciencias sociales y las humanidades, aunque también en las llamadas ciencias “duras” (pienso en los divulgadores de la ciencia cuyos libros despertaron mi interés por la física y la biología) quienes elegimos profesiones cuya tarea más visible es escribir lo hicimos porque amamos la escritura, porque escribir es un acto que nos vincula, nos coloca en un mundo en donde leemos y nos leen, y hallamos en el texto una posibilidad más profunda para el encuentro con los otros de lo que normalmente permite la comunicación oral: volvemos a los textos que nos conmovieron o nos hicieron pensar para reencontrarnos con nuestras reflexiones y para re-crearlas. Bien decía Borges que el libro es una extensión de la memoria, yo añadiría que no es una memoria individual sino compartida en ese ámbito misterioso y fértil que une y separa simultáneamente al escritor y al lector. Para quien ama la escritura (de cualquier género), escribir es también una necesidad personal, escribimos muchas cosas que nadie más lee porque escribir es una manera de pensar, de ordenar y reinventar el mundo interior, de formar proyectos que dotan de sentido a la vida.
Entendida así, en la búsqueda personal del sentido de la vida y en el encuentro con los otros, la escritura existe como acto creativo, no como acto productivo. Sin embargo, desde hace algunas décadas el modelo neoliberal de “excelencia académica” que impera en las universidades occidentales (y en muchas de las periferias del occidente) nos ha sometido a sistemas de evaluación que se basan en el volumen más que en el contenido de nuestra escritura (cuántas publicaciones ostenta nuestro CV), que determinan la calidad del texto no por sus aportaciones sino por su aceptación en revistas y editoriales prestigiosas, y que reducen al mínimo indispensable la comunicación con nuestros pares: la presentación de un artículo en un congreso internacional, por ejemplo, no suele durar más de quince o veinte minutos en que difícilmente se puede transmitir el trabajo de meses, a veces años, detrás del texto que, si tenemos suerte, acaba en compilaciones y memorias que anhelamos no por la posibilidad de intercambiar ideas con otros colegas sino por los puntos que nos puede aportar esa publicación para mantener o solicitar el financiamiento que sostiene no sólo nuestra investigación, sino nuestra vida. Publica o perece.
Entendido como producto, el texto académico está hueco, se vuelve un mero signo de estatus en un sistema jerárquico que promete prestigio y una mínima seguridad laboral en un entorno cada vez más precario. Al mismo tiempo que se ha ido forjando la idea de la productividad académica, las universidades e institutos se han convertido en espacios laborales más hostiles, cuyo funcionamiento depende ya en su mayor parte de profesores temporales con magros contratos. La lectura arbitrada que permite una de las pocas formas de evaluación cualitativa que persisten en la academia contemporánea se ha vuelto un trabajo sin paga (mal llamado “honorario”) que abruma a los ya sobrecargados profesores e investigadores y a menudo intuimos el fardo de la amargura en sus respuestas; de ahí la innumerable cantidad de chistes entre académicos sobre la maldad del “segundo árbitro” (en inglés, reviewer number two) que obstaculiza las publicaciones que necesitamos desesperadamente.
Para alcanzar el éxito en la academia contemporánea es preciso acostumbrarnos a pasar por la balanza de la productividad, a sobrevivir a los constantes filtros del sistema, a convertirnos en sus operadores vengativos y a ser los árbitros más crueles de nuestra propia carencia productiva cuando el amor por la escritura, las ciencias y las artes no alcanza para vencer a la desesperanza y la soledad de este sistema. Esa costumbre inculca una moral del trabajo que nos hace sentirnos culpables del inconfesable pecado de la procrastinación, ese síntoma de una enfermedad que nos supera y de la que no tendríamos que culparnos porque emerge de la necesidad de distanciarnos de una labor acelerada, precarizada y cada vez más carente de sentido propio. En la medida en la que normalizamos el sentimiento de culpa por necesitar pausas para poner nuestra labor en perspectiva, nos volvemos menos críticos con las prácticas de simulación de una producción académica abundante que rozan, cuando no violan, los límites de la ética profesional: la publicación de investigaciones a medio desarrollar, la apropiación del trabajo de estudiantes y asistentes de investigación en publicaciones de coautoría, la publicación innecesariamente repetida del mismo trabajo con cambios de forma. La moral productiva y la ética profesional se ven cada vez más enfrentadas. Nada de esto sería necesario si aceptáramos que la escritura creativa no se puede juzgar con los mismos parámetros que la producción de mercancías. Lo que anhelamos no es mucho: derechos laborales elementales y una comunidad de colegas que tengan tiempo de leernos y a los que podamos leer con el gusto y la calma que son condiciones indispensables para la crítica constructiva. Cuando los escritores apasionados que dedicaron por lo menos una década de su vida al sueño de crear y comunicar ideas complejas huyen de la escritura y temen a sus lectores, sabemos que algo no está funcionando bien en la academia. El desafío no es el éxito dentro del sistema actual, sino la recuperación y reinvención de entornos significativos para la escritura.

Lucía Cirianni Salazar es Licenciada en Etnología y en Letras por la ENAH de México, Master en Estudios de Asia con especialidad en el Medio Oriente

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