Fratelli Tutti: por una sociedad abierta

Fratelli tutti, la flamante encíclica del papa Francisco, con su extensión de 287 números casi iguala el récord de Evangelii gaudium (288 números). Quizás haya una razón detrás de esta coincidencia. Mientras que Evangelii gaudium tenía un carácter “inaugural”, presentando nada menos que el programa de su pontificado, Fratelli tutti constituye una especie de “Suma” (en el sentido de exposición sistemática y abarcadora) destinada a dar forma final a toda su enseñanza. Y es aquí, más que en los contenidos particulares, donde parece residir su mayor novedad. En una mirada global, el eje del documento se identifica sin dificultad: el Papa propone el ideal de la fraternidad como el camino para pasar de una sociedad “cerrada” a una sociedad “abierta”, inspirándose en el ejemplo del encuentro entre San Francisco y el sultán Malik-el-Kamil, y en su propio encuentro (ocho siglos después, en febrero de 2019) con el Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb.
Francisco comienza con un dramático diagnóstico del mundo actual bajo el título “Las sombras de un mundo cerrado” (cap. I). La historia está dando marcha atrás, con el resurgimiento de los nacionalismos, la pérdida del sentido social, el globalismo que uniforma la cultura mundial, el individualismo y el consumismo sin límites, la política de la polarización, las amenazas al medioambiente, la cultura del descarte, la desigualdad, la violación de los derechos humanos, guerras, miedos, aislamiento, etc. Éste es un mundo “que corre sin un rumbo común”. La pandemia ha desenmascarado las falsas ilusiones de nuestra civilización: en ella es la misma realidad “que gime y se rebela” ante nuestro modo de enfrentarla, como debería resultarnos evidente de la consideración de que “todo está conectado” (aunque no es claro por qué se debería considerar cualquier tipo de relación como causalidad). Pese a estos y otros males denunciados prolijamente, el sombrío panorama concluye con un llamado (un poco abrupto) a la esperanza.
A continuación (cap. II), el Papa desarrolla una larga y pormenorizada meditación sobre la parábola del Buen Samaritano, que debe ser entendida como “un ícono iluminador, capaz de poner de manifiesto la opción de fondo que necesitamos tomar para reconstruir este mundo que nos duele”, haciendo propia la fragilidad de los demás y promoviendo un bien auténticamente común. De esta manera, se abre el camino para “pensar y gestar un mundo abierto” (cap. III). Ello requiere salir de nosotros mismos para entrar en un círculo cada vez más amplio de relaciones, impulsados por la caridad, para reconocer al otro, quienquiera que sea, como alguien “caro” a nosotros, es decir, “estimado como de alto valor”. Ésta es la base de la “amistad social” que hace posible para cualquier sociedad la apertura a una verdadera universalidad, capaz de incluir las periferias geográficas y existenciales.
Dentro de este marco conceptual, hay algunos temas que reclaman especialmente una reflexión crítica. El documento persiste en afirmaciones difíciles de compaginar con aspectos básicos de la lógica económica y con los datos empíricos. Por ejemplo, en su n. 20, se refiere a “la obsesión por reducir los costos laborales” como factor generador de desempleo. No considera la posibilidad de que los costos laborales, cuando son excesivos, sean precisamente lo que dificulta el acceso al empleo, provocando desocupación e informalidad. Aquellas palabras sonarán como música a los oídos de cierto sindicalismo local que, invocando los derechos de los trabajadores, defiende un statu quo que beneficia a los propios y perjudica a todos los demás.
En el n. 21 rechaza la idea de que “las reglas económicas” (?) han reducido la pobreza: “Cuando dicen que el mundo moderno redujo la pobreza, lo hacen midiéndola con criterios de otras épocas no comparables con la realidad actual”. Esta frase no distingue entre pobreza absoluta y pobreza relativa. La primera (un concepto fijo: tener ingresos por debajo del nivel de subsistencia) se redujo a la mitad en 20 años (del 20% en 1990 al 10% en 2015), constituyendo en palabras del Premio Nobel Angus Deaton “el acontecimiento más importante en relación con el bienestar del mundo desde la Segunda Guerra Mundial”, y del cual, sin embargo, la Iglesia Católica aún no ha tomado nota.
El n. 119 afirma explícitamente que “si alguien no tiene lo suficiente para vivir con dignidad se debe a que otro se lo está quedando”, y cita en su apoyo a San Juan Crisóstomo cuando dice: “no compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos”. Decir lo primero es aferrarse a una imagen anacrónica de la economía como “suma cero”, en la cual, al no crearse nueva riqueza, unos sólo podían enriquecerse a expensas de otros. Pero en la economía moderna, el fenómeno del desarrollo permite generar nueva riqueza, lo cual hace posible que todos puedan prosperar cooperando entre sí. ¿No es eso mismo (extender la prosperidad a todos) lo que propone la encíclica en otros pasajes? En cuanto a las citas de los Santos Padres, las mismas no tienen el sentido que el texto les atribuye: ellos nunca negaron el derecho de la propiedad privada, sino que advertían sobre su uso, que debe contemplar las necesidades de los demás.
Tal es el sentido de la enseñanza constante de la Iglesia según la cual la propiedad privada está subordinada al destino universal de los bienes. Pero esta dimensión social de la propiedad es abordada por la encíclica como si fuera la única, soslayando la importancia de su rol en el desarrollo personal y familiar, así como en el funcionamiento sano de la vida económica. Se abre así el camino para muchos abusos, desde la intervención arbitraria del Estado en nombre de la justa distribución, hasta las acciones de hecho de particulares alegando necesidad (como las tomas de tierra en nuestro país). Un derecho de propiedad débil no perjudica tanto a los “ricos”, que siempre tendrán manera de poner a salvo sus bienes, sino al sector productivo en su conjunto, y sobre todo a los pobres, fomentando la inseguridad jurídica y la dependencia de la asistencia estatal.
En el n. 122 advierte que “el derecho de algunos a la libertad de empresa o de mercado no puede estar por encima de los derechos de los pueblos, ni de la dignidad de los pobres”. Aunque la formulación no termina de ser clara, parecería una contraposición entre alternativas excluyentes, cuando la experiencia demuestra que es la libertad de empresa o de mercado (por otro lado, avalada por Juan Pablo II en Centesimus annus) el sistema que arroja mejores resultados económicos y humanos, como puede observarse en la correspondencia entre los índices de libertad económica y desarrollo. De hecho, no se comprende cómo se concilia este recelo hacia la libertad económica con el elogio que hace el documento de la “noble vocación empresarial” (n. 123).
La sistemática caricaturización del libre mercado va de la mano de la crítica dirigida a lo que parece ser el principal enemigo a combatir: el liberalismo. Francisco sustituye la tradicional contraposición entre socialismo y liberalismo, por otra entre “populismos y liberalismos”. Se podría considerar un progreso la distinción que el Papa introduce entre los líderes “populares” que interpretan las aspiraciones de sus pueblos, y los “populistas” que manipulan sus emociones en provecho propio. Sin embargo, no hay ninguna mención de las características institucionales del populismo, lo cual es un paso atrás respecto del Documento de Aparecida (2007), donde se describía al “neopopulismo” como “diversas formas de regresión autoritaria por vía democrática” (DA 74). Para diferenciar el gobernante “popular” del “populista” habrá que apreciar no su respeto de las instituciones, sino su capacidad de captar la identidad profunda del Pueblo, que para colmo –aclara el Papa– no es racional sino “mítica”. Una tarea en verdad difícil.
Por el otro lado, hablar de “liberalismos” en plural podría parecer un reconocimiento (que respecto del socialismo la Iglesia había hecho ya desde Pío XI) de que bajo ese rótulo existen una diversidad de corrientes que no se pueden equiparar entre sí. Sin embargo, el plural “liberalismos” indica aquí sólo el propósito de no excluir de la crítica ninguna variante del mismo. Por otro lado, jamás define el concepto de “liberalismo”, lo que le permite identificarlo con todo tipo de males (individualismo, materialismo, consumismo, egoísmo, etc.). Cuesta creer que no se haya encontrado en ese pensamiento algún elemento rescatable para la promoción de una sociedad “abierta”. Mientras tanto, el socialismo ha sido bajado silenciosamente del banquillo de los acusados. Si en Venezuela sucede lo que sucede, es porque Maduro es como es, y no porque el “socialismo del siglo XXI” sea en sí perverso e ineficiente.
Este sesgo distorsiona el análisis de muchos problemas, por ejemplo, el de las migraciones. Nadie estaría en contra de la exhortación del Papa a responder a este fenómeno en base a los cuatro verbos: “acoger, proteger, promover e integrar”. Es posible también que, como dice el documento, muchos migrantes sean atraídos a “la cultura occidental” por “expectativas poco realistas que los exponen a grandes desilusiones”. Pero también se puede suponer que estas personas asumen conscientemente un riesgo tan grave no porque estén seguras de lo que van a encontrar en el lugar de destino, sino porque están seguras de lo que dejan atrás en sus países de origen, invariablemente no-capitalistas: situaciones de miseria, violencia y opresión, sobre las cuales el documento sencillamente calla.
La necesidad de construir sociedades abiertas, animadas por el espíritu de fraternidad, es indudable, y en buena hora que el Papa nos lo recuerde, como uno de los grandes temas pendientes de nuestra reflexión social. Pero si reclamamos “apertura” para las personas, ¿por qué no también para el intercambio de bienes conforme a las reglas del libre comercio? Y si eso vale entre países, ¿por qué no habría de valer dentro de un mismo país? La falta de consistencia salta a la vista. Afortunadamente, Fratelli tutti señala con claridad el camino para superar sus propios límites: el diálogo atento y respetuoso con los hermanos que piensan distinto, sin rótulos ni descalificaciones. Ésa es la condición indispensable para construir una sociedad fraternal y abierta.

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